Uladislao Castellano Castro Barros, (*)

Uladislao Castellano Castro Barros, (*)[1]

Varón 1834 - 1900  (65 años)

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  • Nombre Uladislao Castellano Castro Barros 
    Sufijo (*) 
    Nacimiento 23 Nov 1834  Yacanto, San Javier, Córdoba, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Sexo Varón 
    Fallecimiento 6 Feb 1900  San Javier, Córdoba, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    ID Persona I684037  Los Antepasados
    Última Modificación 28 Nov 2022 

    Padre Francisco Javier Castellano Bringas 
    Madre María del Rosario Castro Barros Almonacid,   n. La Rioja, La Rioja, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    ID Familia F36975  Hoja del Grupo  |  Family Chart

  • Mapa del Evento
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  • Fotos
    Castellano Castro Barros, Uladislao
    Castellano Castro Barros, Uladislao

  • Notas 
    • Tercer arzobispo de Buenos Aires.
    • Era un 23 de noviembre de 1834 y una nueva vida nacía ante la mirada de los centenarios algarrobos de Yacanto, en Traslasierra. Un niño más treparía por sus ramas añosas, pero éste era diferente, éste treparía más alto. Sus padres, Francisco Javier Castellano Bringas, también nacido en este solar y María del Rosario Castro Barros, riojana, le inculcaron desde muy pequeño el amor a las virtudes que lo adornarían toda su vida. Así creció fuerte y piadoso en el seno de una familia cristiana.
      Se cuenta una vez, que en su vieja casa paternal, aproximadamente a la edad de seis o siete años, Uladislao ya presentía el llamado de Dios: ser sacerdote. ¡Qué alma privilegiada¡ ¡A esa edad! De niño era callado, pero con aquel silencio de las almas grandes, y alegre, de aquellos que ya gozan de las interioridades del alma. Sus juegos eran como los de cualquier niño de su edad, pero... había ?algo? que no era un juego, era como un ?anticipo?. Todas las tardes a la ?hora de la oración?, quizás un momento antes de la diaria reunión familiar, para el rezo del Santo Rosario, Uladislao se ponía un ropaje ?a modo de casulla?, y tomando entre sus manos un pequeño cartón blanco de las dimensiones de la Sagrada Forma, lo elevaba al cielo diciendo:
      ?Te veo y no Te veo,
      entre cristales te veo,
      y aunque sin ver, yo creo?.
      Esto se repetía cada tarde en la vieja casa familiar de Yacanto.
      Cuando tenía 9 años fue enviado a la capital de su provincia para estudiar. Allí no cesó de dar pruebas de capacidad y amor al estudio. Al reabrir sus puertas el seminario de Córdoba, Nuestra Señora de Loreto, su rector el Padre José Saturnino de Allende solicitó al padre del joven que le permitiera ingresar en dicha casa. Uladislao gustoso de la propuesta, ingresó el 7 de marzo de 1853 y se convirtió en el primer alumno.
      Tres años más tarde, se graduó en Teología, Derecho Civil y Canónico en la Universidad de Córdoba, ejerciendo a su vez, el cargo de prefecto de estudios en el seminario. Más tarde fue a Buenos Aires en donde ejerció como profesor en el Colegio eclesiástico y recibió las órdenes menores de manos de Mons. Escalada. Por razones de salud volvió a Córdoba, pero al poco tiempo retornó nuevamente a la capital, donde Mons. Escalada lo ordenó sacerdote el 18 de septiembre de 1858.
      De nuevo en Córdoba, desempeñó numerosas tareas, tanto pastorales como académicas. Por un lado, se ocupaba de la cátedra de teología de la Universidad. Por otro lado, desempeñó por más de veinte años el cargo de rector del seminario. Así se dedicó de todo corazón a la enseñanza de los futuros sacerdotes. Para esto organizó el seminario, mediante nuevas constituciones, trayéndole estabilidad y nivel intelectual. Y los efectos de tan admirable tarea comenzaron a mostrarse poco a poco. Aquí, en este mismo valle, en 1869, en el Curato del Tránsito de San Alberto se comenzaba a respirar una atmósfera de fervor religioso particular. Nuestro santo el padre Brochero había comenzado su obra. Providencialmente Brochero había sido su alumno del seminario, había sido formado por hombre virtuosos e ilustrados. Así cada vez que monseñor Castellano venía de visita por este valle y pasaba por el Tránsito, se alegraba profundamente. Nunca olvidaría en su corazón que Brochero le había pedido que fuera su Padrino de Ordenación Sacerdotal, aquel 4 de noviembre de 1866, día de inolvidables recuerdos y que él mismo había moldeado en esta alma virtuosa, su apreciado alumno, con su ejemplo, esa plegaria honda que ya había quedado imborrable en su corazón y en su vida.
      En lo que se refiere a la prosa, poseían sus escritos un notable poder de síntesis, que le sirvió también para el apostolado, difundiendo con claridad y caridad el pensar evangélico y la doctrina cristiana.
      En 1878, luego de un breve episcopado, moría Mons. Álvarez, y el Cabildo Eclesiástico eligió a Castellano, Vicario Capitular y Gobernador del obispado en sede vacante.
      Durante su oficio, se enfrentó con las más recias campañas liberales frente a las ?Leyes Laicas? que fueron contrarrestadas por sus valientes cartas pastorales, donde pudo defender las libertades de la Iglesia y que a su vez sirvieron de enseñanza clara para los católicos de la época.
      Era sabido que su candidatura para el episcopado era conocida tanto en el Senado, como en la misma Roma, y con la llegada a Córdoba del obispo Fray Mamerto Esquiú, corrió su nombre para obispo auxiliar. La Santa Sede había consultado al pastor franciscano sobre la capacidad para el episcopado de Castellano y el santo obispo respondió afirmativamente expresando que era ?el mejor de los sacerdotes argentinos?.
      Cuatro años después, el 24 de septiembre de 1892, fue nombrado por León XIII obispo titular de Ankialo y Auxiliar de Córdoba.
      El 30 de noviembre de ese año, Mons. Toro consagró a dos obispos juntos, a Uladislao Castellano y a Rosendo de la Lastra y Gordillo, como auxiliar también de la misma sede. A Monseñor Uladislao, se le encomendó el ministerio de apacentar la grey del sur de la provincia, desde la ciudad de Río Cuarto en donde se dedicó a visitar, durante casi tres años, en nombre del Obispo de Córdoba, aquella zona que se iba poblando rápidamente, gracias a la gran afluencia migratoria y a la llegada del ferrocarril.
      Tras el deceso de Mons. Aneiros, el 12 de setiembre de 1895, León XIII lo designó tercer arzobispo de Buenos Aires cuando contaba ya con 61 años.
      Al tomar posesión del Arzobispado, el 24 de noviembre de ese mismo año, la República se hallaba al borde de una guerra con Chile, a raíz de cuestiones limítrofes. Con este motivo, Monseñor Castellano en señal de hermandad, invitó para que se le impusiera el palio a Mons. Mariano Casanova, arzobispo de Santiago de Chile. Su presencia fue un signo de unidad religiosa y eclesial. El prelado transandino fue recibido con todos los honores oficiales y con aclamaciones por el pueblo, tanto más llamativas cuanto más tensas estaban las relaciones entre ambos países. Su llegada fue signo de una ?aurora preciosísima de paz?, como lo recordó más tarde Castellano, en un informe al Secretario de Estado de la Santa Sede.
      Fueron en realidad, las palabras conciliadoras de los dos pastores las que lograron en pocos días, ayudar en la solución del conflicto diplomático.
      Durante su período al frente del arzobispado, la iglesia particular de Buenos Aires se fue consolidando, recuperando lentamente sus fuerzas, luego de un siglo plagado de dificultades, crisis y persecuciones.
      Entre los logros más destacados merece señalarse la concreción de un proyecto pensado años antes: la construcción de un nuevo seminario de mayores dimensiones, dado el sostenido crecimiento de vocaciones que se verificaba en la ciudad.
      Adquirió el terreno ubicado en Villa Devoto y gracias a la generosidad de Mercedes Castellanos de Anchorena la obra pudo llevarse a cabo en poco tiempo, ya que los primeros seminaristas pudieron ocupar el nuevo solar a principios de 1899, faltando poco para terminar la obra. Se trasladaron allí los 120 seminaristas de Buenos Aires y La Plata, quedando en ?Regina? el Seminario Menor con 50 alumnos.
      Entre otra de sus preocupaciones más urgentes no olvidamos su interés por recibir, acompañar y proteger a las nuevas congregaciones instaladas en el país y particularmente en la ciudad, como fue el caso de los salesianos de Don Bosco. En Buenos Aires tuvo la gracia de conocer al beato Ceferino Namuncurá, con motivo del certamen anual de Catecismo. Ceferino, nuestro santito de la Patagonia, había salido ganador y fue precisamente el arzobispo Castellano quien lo coronó ?Príncipe de la doctrina cristiana?.
      En Córdoba principalmente, apoyó a nuevas órdenes que pugnaban por salir y en este quehacer se cruzó con grandes fieles cristianos con perfume de santidad a los que los animaba el mismo celo: expandir la fe.
      Muchas de estas órdenes compartían un mismo fin: se dedicaban al cuidado y promoción de la mujer. Así encontramos a las ?Religiosas Terciarias Mercedarias del Niño Jesús?, institución religiosa iniciada por el venerable fray José León Torres y la Congregación de las Hermanas Misioneras Terciarias Franciscanas puesta en marcha en Argentina por la beata María del Tránsito Cabanillas.
      Y en este valle tenemos la huella de la beata Madre Catalina de María Rodríguez, quien a pedido de San Brochero viene a Traslasierra con las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús, para atender el Colegio de Niñas y la Casa de Ejercicios.
      También Monseñor Castellano va a sostener al Padre José María Bustamante, jesuita, promotor los Ejercicios Espituales Ignacianos y de la educación y formación religiosa de la juventud. Junto con el Pbro. David Luque, funda las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús. Y este sabio jesuita más tarde fundará las Congregación de Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento, orden destinada a la formación de las futuras maestras católicas.
      Dado el aumento de sacerdotes que se fue dando en estos años, en Buenos Aires, Castellano pudo erigir nuevas parroquias en su extensa arquidiócesis.
      Un acontecimiento singular, que marcó el porvenir de las iglesias del continente latinoamericano, fue el Concilio Plenario Latinoamericano, convocado por el papa León XIII. Se trató entonces de un concilio general del que participó Castellano junto a los obispos de todos los países con el fin de estudiar y examinar las reales necesidades de las iglesias, definir prioridades, plantarse fuertemente contra los que intentaban atacar y silenciar la fe católica. Frente al auge de las doctrinas liberales y anarquistas, era necesario fomentar la piedad, la acción apostólica y promover la disciplina y la formación del clero, a fin de que el mismo estuviera a la altura de las circunstancias. Aquí el arzobispo Castellano tuvo un lugar destacado.
      Significó la primera expresión de cohesión continental en el interior de la Iglesia y del episcopado, después de la organización de las nuevas repúblicas. También produjo un cuerpo doctrinal y disciplinar que con coraje y sinceridad vino a fortalecer la unidad de la Iglesia latinoamericana.
      Por todo lo expresado, es necesario conocer más a fondo su caminar, primero como fiel cristiano, después como hombre de Dios y de la Iglesia, como discípulo-misionero de Jesús Buen Pastor. Así nos ayude a reconocer y despertar su experiencia de Fe y vida entregada, ofrecida por la salvación de muchos.
      Su fallecimiento ocurrió durante sus vacaciones, en su pago natal de Traslasierra en la noche del 6 de febrero de 1900. Las vacaciones no existen para los sacerdotes, que viven con tanta intensidad su ministerio, y Monseñor lo sabía bien... A pesar de su edad y de los tremendos calores de la región, decidió ir a San Pedro a administrar confirmaciones. Así tras horas y horas de ceremonia, se volvió para su pueblo San Javier. Ya a mitad del camino comenzó a sentirse mal, se acercaba su fin como la carreta a su querido pueblo. Pero desgraciadamente sus ojos no pudieron volver a contemplar su querido solar y tuvieron que contentarse con el saludo de las sierras benditas, porque víctima de una grave conmoción cerebral, perdió el conocimiento. Y cuando la caravana entró con paso lento y cansado por el calor a la plaza San Javier, Monseñor Uladislao ya estaba en los brazos de Jesús y María. Había obtenido un descanso merecido. Los algarrobos se inclinaron ante sus restos y desde ese momento no dejaron de custodiarlo allí, en el templo parroquial de San Javier. Su última voluntad había sido cumplida: descansar en el suelo donde había nacido.
      El Gobierno Nacional decretó duelo, siendo imponentes las exequias fúnebres celebradas. En la oración fúnebre pronunciada por Mons. Pablo Padilla en Córdoba se dijo: ?Bajo el calor de su espíritu, formáronse varias generaciones de sacerdotes ... Acaso es el único sacerdote argentino de quien se pudo decir que fue jefe de escuela. Dirigió a la Iglesia argentina con la prudencia de los estadistas, con la bondad de los justos, y con el celo del apóstol. Fue misionero, escritor, confesor, director de almas, maestro y consejero. Con toda justicia se ha dicho de él que tenía la sencillez del apóstol San Juan y el celo piadoso de San Pablo?.
      El Papa León XIII al enterarse de la noticia, manifestó: ?Ha muerto uno de los más queridos, uno de los mejores?. [2]

  • Fuentes 
    1. [S246] Wikipedia, (www.wikipedia.org).

    2. [S1677] Castellano, Juan Martín, Castellano, Juan Martín, (jmcastellano(AT)gmail(DOT)com).