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- Nació en Olgiate Olona, pueblo próximo a Milán, al norte de Italia, el 7 de diciembre de 1852, siendo bautizado al día siguiente en la Parroquia Santi Stefano e Lorenzo. Fueron sus padres Filippo Giosué Colombo y Teresa Almasio.
Enviado a América en busca de un mejor futuro, la tradición relata que, alrededor del año 1860, iba desde su residencia en Azul a extraer piedra caliza de un campo que tenía en lo que más adelante sería el partido de Olavarría.
En un principio, Colombo resolvió cultivar trigo, pero pronto cambió de idea. En cambio, se lanzó a la explotación de canteras en las inmediaciones de Loma Negra, construyendo dos hornos para la fabricación de cal. En 1873 se trasladó a unos terrenos cercanos a Sierras Bayas (donde aún existen restos de sus primitivas hornallas), radicándose definitivamente en esa localidad y fundando su empresa explotadora: 'La Confianza'.
Al efecto, fundó una sociedad en Azul, transportando el rudimentario producto en carro. De ahí que en sus comienzos la cal fabricada en Olavarría fuera conocida como 'Cal de Azul', debido a que el punto de embarque por ferrocarril se efectuaba en la Estación Azul, pues dicho método de transporte no había llegado aún ni Sierras Bayas ni a Olavarría.
Colombo fue quizá el primer fabricante de cal de la región, y los diversos peligros y contratiempos que debió atravesar quedan reflejados en la siguiente anécdota, mencionada en la 'Descripción amena de la República Argentina' de Estanislao S. Zeballos: "Ve usted, doctor, aquel rancho al pie de los cerros de San Jacinto? - me decía. - Lo veo. - Pues ahí vive un italiano que en 1875 vino a poblar y fue rodeado por los indios. El pobre estaba perdido, cuando se le ocurrió atar una segadora Wood al caballo y cargar a los bárbaros, haciendo funcionar los brazos y cuchillas de aquella máquina. Los indios huyeron espantados y no volvieron a acercarse al indomable colono'." Otra estrategia empleada por el terrateniente, consistía en colocar palos de escoba y sombreros sobre las pilcas de la estancia, a fin de engañar a los indios y mantenerlos alejados, creyendo éstos que se trataba de hombres armados de fusil que montaban guardia en la casa.
Otro relato sobre este tipo de inconvenientes ha llegado hasta nuestros días. El recuerdo pertenece a Félix Caro, hijo de Pedro Caro (uno de los primeros pobladores de Olavarría), que lo pasó al profesor Amadeo Ronco. Este lo escribió con el propósito de que sirviera de lección en las escuelas:
"Sucedió en los últimos días del año 1875. En aquella época, el fortín de Olavarría, en la provincia de Buenos Aires, era una de las avanzadas de la civilización, defendido apenas por una reducida guarnición de veinte milicos mal armados. En los alrededores, muchos cristianos habían levantado sus casas, de material algunas y de barro y paja las demás.
En días tranquilos, los indios se llegaban hasta la población, como una prueba de amistad hacia los blancos, con quienes comerciaban y hasta intervenían en sus fiestas, sobre todo cuando abundaba el alcohol. [...]
Un muchacho llamado Jenaro era perseguido a caballo por algunos indios.
No pudiendo refugiarse en lo de Caro, se dirigió a lo de los hermanos Colombo, dos italianos que tenían casa de material, segura contra las primitivas armas de los indígenas.
No obstante la invulnerabilidad de las paredes de ladrillos, los hermanos Colombo y sus peones estaban intranquilos y una gran confusión reinaba en la casa cuando llegó Jenaro; pero luego que les hubo contado lo sucedido y animados por el valiente muchacho, todos se aprestaron a la defensa, por si los salvajes intentaban un asalto.
Los indios - cuarenta o cincuenta - no se atrevieron a ponerse a tiro; efectuaron varios parlamentos y por fin resolvieron sitiar la casa, para lo cual formaron una gran rueda alrededor de ella, sin perderla de vista un sólo instante.
La salvación de los cristianos dependía de la cantidad de víveres y municiones que tuvieran, pues no podían confiar en que los escasos soldados del fortín acudieran en su ayuda. Cuatro días, con sus respectivas noches, estuvieron los indios rondando la casa. El ánimo de los dueños de la finca y de sus peones se resentía; sólo conservaba su sangre fría aquel muchacho valiente, quien a pesar de sus escasos años poseía la seriedad necesaria para invitarlos a rezar una oración a veces o la agudeza espiritual para hacer una broma cuando lo creía oportuno.
La cuarta noche fue terrible; algunas flechas cayeron sobre la casa, prueba evidente de que los indios se habían acercado aprovechando la oscuridad; el temor de sufrir una muerte cruel anonadaba a los ocupantes; por momentos, hasta el mismo Jenaro se sentía deprimido. Hicieron varios disparos con sus precarias armas de fuego de corto alcance, sin saber si habían dado en el blanco; pero debían economizar las municiones. Las horas parecían interminables; todos ansiaban ardientemente la llegada del nuevo día, pues a la luz del sol los pampas no se atrevían a aproximarse. Uno de los peones sufrió un ataque de nervios y hubo que atarlo para evitar que se lastimase.
Así transcurrió aquella noche angustiosa, hasta que la escasa luz del alba llevó a los sitiados una doble alegría, pues con la aparición del sol oyóse a lo lejos la estridente voz de un clarín que ahuyentó a los indios; era la voz amiga de las fuerzas nacionales que, al viento la bandera argentina, llegaban desde Las Flores en auxilio de los habitantes del pago de Olavarría".
Por esos años el vecino de Olavarría Agapito Guisasola escribía: "A principios de 1877, las dieciséis leguas cuadradas medidas y amojonadas según el artículo primero de la Ley (que se sancionara) el 10 de noviembre de ese año eran un semidesierto que sin temor merodeaban los indios malones".
En el informe del agrimensor Coquet, fechado en mayo de 1877, figura que se le asignó a Colombo la chacra 564, ubicada en Olavarría, para dedicarse en ella a tareas agrícolas.
Seguramente el italiano no imaginó que su descubrimiento produjera, como cuenta la tradición, una "fiebre de la piedra". Tanto fue así que en 1879 ya había un decreto provincial reglamentando la explotación de canteras en el "paraje Sierras Bayas del Partido de Olavarría" (Libro del Centenario de Olavarría, 1967); muy pronto se instalaron grandes fábricas cementeras y enormes contingentes humanos en la zona.
Hacia 1880 Colombo inició la extracción de arcillas, arenas y calizas en Sierras Bayas, donde construyó el casco de lo que con el pasar de los años se convertiría en la estancia familiar: "La Teresa" (que era tanto el nombre de su madre como el de su mujer). Dos años después se le unieron sus hermanos Celeste y Giovanni Colombo, quienes viajaron desde Italia acompañados de sus hermanas Giovanna y Teresa y un grupo de paisanos suyos, los Landoni (Hilario y seis hijos), Agustín Galli y Giovanni Parini.
Poco antes de iniciar la travesía Giovanni Colombo se había casado con Virginia Landoni; su hermana Teresa con Carlo Vittorio Emanuele Landoni y Olimpia Landoni, de sólo doce años, con Agustín Galli. Era mejor enfrentar la vida en las nuevas tierras con una compañía.
La poca aceptación de la cal en aquellas épocas, que sólo era utilizada para blanquear paredes, provocó la bancarrota de la sociedad; pero Colombo, hombre de carácter tesonero y fuerte contra la adversidad, decidió seguir luchando, prácticamente solo, convirtiendo la empresa en una de las más florecientes en la primera década del siglo.
En marzo de 1913 se creó por ley el distrito de Esteban Echeverría. En su articulado se indicaba que "el Poder Ejecutivo, recabará de los vecinos de Monte Grande, los terrenos necesarios para edificios públicos". Fue gracias a las donaciones de los vecinos que se pudo poner en funcionamiento el flamante municipio. Según la rendición de cuentas efectuada por la Comisión de Vecinos constituida el 22 de marzo de 1913, a Colombo se le pagaron $305,50 por la cal suministrada.
En 1929 las canteras de Ambrosio Colombo tenían escritorio en Vieytes 490, Capital Federal, y anunciaban en los diarios como "Canteras de Sierras Bayas, FC del Sud".
Falleció en Buenos Aires el 23 de diciembre de 1930 y fue sepultado en la bóveda familiar en Hinojo.
Una calle en Sierras Bayas lo recuerda.
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