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- Periodista. Hizo sus estudio, en la escuela del pueblo natal donde aprendió las primeras letras. y en 1872, pasó al internado fundado por Urquiza en Concepción del Uruguay. La clausura del establecimiento lo sorprendió en tercer año, y para completar los estudios ingresó en la Escuela Normal de Paraná, donde no logró el titulo de maestro a causa de una revuelta estudiantil contra el director José Maria Torres. En 1879, vino a Buenos Aires, iniciándose como periodista del diario El Nacional. Más tarde, hizo crónicas policiales en La Pampa, hasta ingresar en 1881 a La Patria Argentina, donde colaboró y se vinculó con Eduardo Gutiérrez para incorporarse después a La Nación como cronista parlamentario. Su primer libro Esmeraldas, aparecido en 1882, es una serie de veinte cuentos picarescos, sin mayor valor literario. Poco después, en los folletines de La Razón y Sud-América comenzó con éxito la publicación de sus cuadros de costumbres bajo el seudónimo de Nemesio Machuca. Estas escenas llenas de un sano sentido del humor y de un realismo gráfico, pintaban al gaucho entrerriano y pampeano en su lenguaje y hábitos con admirable precisión. Entretanto, fundó un periódico de vida efímera: Fray Gerundio; colaboró en El Fígaro, y después junto con el dibujante español Eduardo Sojo redactó El Qui¡ote, diario satírico, de caricaturas políticas que se hizo muy popular, pero que pronto abandonó. En 1886, a raíz de una pleuresía, se manifestó la enfermedad que minaría su organismo. Al abandonar el periodismo ese mismo año, ingresó en la Policía como Comisario de Pesquisas, organizando la actual División de Investigaciones, y donde permaneció largo tiempo. En ese cargo se puso en contacto directo con los bajos fondos y familiarizóse con la vida porteña. De la información que acumuló dio a conocer dos volúmenes: Galeria de Ladrones de la Capital, 1880 a 1887 (1887), donde incluyó 200 retratos de ladrones, cada uno de los cuales "va acompañado de una descripción del individuo; de la enumeración de sus delitos; de las condenas que ha sufrido y de una ligera reseña de sus hábitos". Estas sumarias descripciones, debidas a la pluma de Álvarez, son acaso las que Ricardo Rojas entendió mencionar al referirse a una Vida de los ladrones de Buenos Aires y sus maneras de robar, como obra autónoma de Álvarez. Es también resultado de esta época, el libro publicado en 1897, bajo el seudónimo de Fabio Carrizo, titulado: Memorias de un vigilante, en el que ya se perfila como el retratista de las clases de "medio pelo" y popular del 70 hasta los primeros años del siglo XX. Nombrado oficial mayor del Ministerio de Marina, se le encomendó contratar marineros para la Armada en la zona del litoral. De este viaje por el Delta y su trato con la gente que poblaba los pajonales de la bravía comarca entrerriana y santafecina, habla en su Viaje al país de los matreros (1891), libro lleno de vida y color locales, escrito con un conocimiento cabal de la tierra y del hombre que la moraba. También en el mismo año editó En el Mar Austral, donde describe Ushuaia, Punta Arenas, Bahía Desolación y los canales fueguinos. En 1898, fundó con el dibujante Manuel Mayol y el escritor Eustaquio Pellicer, españoles los dos, el semanario Caras y Caretas, del que fue su primer director, y que tanta popularidad alcanzó hasta 1952, fecha en que dejó de aparecer. En esa revista, ya con el seudónimo de Fray Mocho, publicó los Cuentos y Cuadros de la Ciudad, los que marcan una evolución definitiva, "la parle más original y amena", donde "se muestra como creador de un procedimiento y un estilo", como dice Ricardo Rojas. Durante cinco años sus páginas semanales, densas y amenas, fueron esperadas con avidez. Eran, por lo general, diálogos en que los personajes al hablar iban retratándose física y moralmente en cada palabra. Con gracia retozona hacía escenas de un auténtico porteñismo, tan a lo vivo, que aparecieron todos los tipos característicos e interesantes de ese tiempo: vividores, arribistas, faroleros, engreídos, el compadrito, el vigilante, el cuarteador, el rentista, viejas criollas, el gaucho, el mayoral, en fin, el arrabal v la Gran Aldea entera, desfilan en este calidoscopio porteño. Enfermo viajó al Paraguay en busca de alivio. Luego regresó a Buenos Aires, donde murió el 23 de agosto de 1903, a los 45 años de edad. AI despedir sus restos, Martiniano Leguizamón dijo de él que "Habla peleado bravamente la vida, había sufrido ocultando las lacerantes heridas con aquella risa juguetona que sólo la muerte pudo arrancar de sus labios, y había vencido destacando su personalidad de escritor nacional, con perfiles netos, inconfundibles". Fray Mocho, en la evocación de Roberto J. Payró, que fue también su amigo, decía "que tenía los ojos vivos y maliciosos iluminando su cara redonda de rasgos abultados, que las viruelas hablan contribuido a hacer toscos sin vulgarizarlos por eso. La boca gruesa, esbozada sonrisa de todos matices, desde el de la burla hasta el de la bondad. El cráneo voluminoso, estaba cubierto de espeso cabello negro, siempre muy corto; ancho de espalda y cargado de hombros, con aire de soldado o de marinero, andaba de una manera peculiar, medio torcido, actitud que los años acentuaron a consecuencia de su mala salud. Usaba siempre una americana oscura, gris o marrón, sombrero blanco caldo sobre el ojo izquierdo y hablaba con voz mezcla de bajo y barítono, áspera, con modulaciones de cantante, que acentuaba al decir un chiste o una "agachada" siempre fácil para su agudísimo ingenio". [4]
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