| Notas |
- En el Buenos Aires de la década de 1820 todo el mundo sonreía al escuchar cualquiera de sus nombres: Francisco "Pancho" Álzaga (hijo del desgraciado Martín), Miguel de Azcuénaga (hijo del Brigadier del mismo nombre); Jaime Marcet, el librero catalán; y el cordobés Juan Pablo Arriaga. A excepción de Marcet, el resto pertenecía a familias distinguidas, y eran conocidos por despilfarrar sus fortunas en amantes, bailes, fiestas, cafés, juegos, etc.
En 1826 Álzaga, amante del lujo y la comodidad, contrajo matrimonio con Catalina Josefa Rita Benavides Costa, a quien, en honor a su figura, llamaban "La Estrella del Norte". Hija de un español y una porteña, era una muchacha de grandes ojos negros, mirada brillante, con un rostro perfecto, sonrosado, delicado, y un cuerpo escultural. Voluptuosa pero grácil, típica belleza andaluza. Si bien su familia era distinguida, no era rica y el lujo no era su entorno habitual. Como todos los hombres que la conocían, Álzaga quedó hechizado con la muchacha la noche que la conoció. Le ofreció el paraíso y ella aceptó. Si bien quería a su marido, en nada se compraba con la idolatría que por ella sentía el hijo del mítico alcalde ejecutado. Quedaban atrás los días en que el galante Álzaga extendía su capa sobre el barro para que alguna beldad evitara ensuciarse, abandonando luego la prenda para que se la llevara algún andrajoso. Ahora pertenecía a "La Estrella del Norte" en cuerpo y alma. O al menos así fue a lo largo del primer año de matrimonio, en que abandonó las reuniones sociales, los cafés y los encuentros con amigos.
Al poco tiempo, su afición por el tren de vida despreocupado y licencioso que tanto le gustaba volvió a imponerse. Álzaga y sus amigos, una vez más, derrochaban dinero por toda la ciudad. Alquilaban casas donde ofrecían banquetes pantagruélicos a los que asistían toda clase de comensales: aristócratas, comerciantes, funcionarios y, por supuesto, muchas damas. Siempre se los veía juntos: en el teatro, en los cafés, en una reunión en casa de uno o de otro. En ocasiones, estas orgías duraban días, hasta agotar los manjares y el vino.
¿Qué sabemos de Juan Pablo Arriaga? Dejo la palabra al célebre escritor Eduardo Gutiérrez (1851-1889), autor, entre otras cosas, de "El asesinato de Álvarez" (1896):
"Era Juan Pablo Arriaga un joven de veintiún años, perteneciente a una de las principales familias de Córdoba.
Hijo de D. Fermín J. de Arriaga, quien cifraba en él toda su felicidad, se había criado viendo complacidos sus menores caprichos.
Así había nacido haciendo su voluntad, hasta la edad que hemos apuntado, en que era perfectamente libre.
Arriaga tenía una gran tienda de ropa hecha, a la vuelta de lo de Marcet, casa que él manejaba, pues el negocio era suyo, habiéndolo habilitado su señor padre.
Arriaga era rico, no necesitaba de aquel negocio para vivir, pero era preciso ocupar el tiempo en algo para no morir de fastidio.
Juan Pablo Arriaga era un joven alto y delgado de ojos celestes, de mirada suavísima y de un coló que hubiera envidiado la joven más hermosa.
Un bigote sedoso y ondulado, daba un gracia infinita a su labio expresivo y travieso y su caballera ensortijada y rubia, caída descuidadamente sobre su espalda fuerte y esbelta.
Hemos hablado de muchas personas que vivieron en aquella época y conocieron a las personas que figuran en este horrible crimen, y todas ellas están contestes en la hermosura de Arriaga.
Era aquel, nos dicen, el joven más arrogante y hermoso que haya vivido en Buenos Aires.
Su fisonomía, de una suavidad rara, no tenía ese afeminamiento natural en los hombres lindos.
Era una belleza varonil y perfectamente acentuada.
Arriaga que conocía toda su hermosura y el efecto que ésta hacía entre las muchachas, vestía siempre de una manera irreprochable, y con un esmero de mujer coqueta.
Su frac, siempre de un corte elegante y de riquísima tela parecía siempre recién estrenado, jamás se le veía con la menor manchita, ni el menor defecto.
Era lo que hoy se llamaría un dandy y un dandy lujosísimo.
Arriaga gastaba sin mirar para atrás.
Su negocio le daba para atender cómodamente todas sus necesidades y su porvenir lo tenía asegurado por el capital y la fortuna paterna, que sin ser de las primeras, no era tampoco de las últimas.
Él era el chiche de todos los salones, pues a mas de su físico simpático y atrayente, Arriaga tenía un espíritu bello, cultivado con esmero y con una delicadeza encantadora.
Chistoso y alegre, lleno de cuentos y de jaranas, las muchachas se disputaban su sociedad al extremo de armar rueda allí donde se sentaba.
El tocaba el piano y cantaba a la guitarra con especial sentimiento.
Sus tristes provincianos hacían verdadera roncha en el corazón de las jóvenes.
Así es que no había tertulia completa si no había estado Arriaga, siendo el primer invitado que figuraba en todas las listas. En las reuniones de medio pelo, como en los salones, era él quien se llevaba la palma, y en las parrandas de rompe y razga era él el que hacía mayor brecha."
Aunque Arriaga mantenía cuatro o cinco amantes, la principal era Josefa "Pepita" Sánchez, que estaba perdidamente enamorada de él. Ella tenía esperanzas de casarse y no perdía oportunidad de decirle a su querido que amigos como Álzaga y Marcet eran una pésima influencia. Por su parte, el catalán siempre estaba listo para desprestigiar a Pepita, diciéndole a su amigo que no era más que una mujerzuela. Juan Pablo, siempre alegre y bonachón, se divertía con estas contradicciones y cerraba la disputa con una sonora carcajada.
Veamos ahora, entonces, quién era Jaime Marcet. Sabemos que era natural de Manresa, Cataluña, y no mucho más. Tenía 28 años, era alto y de buen aspecto. Según sus propios dichos, había embarcado rumbo a América buscando fortuna. Consiguió un empleo en la librería más importante de Buenos Aires, la de Pedro de Usandivaras, sobre la calle Potosí (hoy Alsina), entre Universidad (hoy Bolívar) y Reconquista (hoy Defensa). Ese joven catalán, de apenas veinte años, conquistó a Usandivaras y a su hermana menor, Jacoba. Si bien recibía múltiples invitaciones de la sociedad, el español trabajaba de sol a sol, sin descansar y sin distraerse. Un día propuso a su jefe crear "bonos" de lectura, una forma de alquilar libros, lo que incrementó la clientela del local considerablemente. Usandivaras tomó tanto cariño a su empleado que incluso pensó en darle parte de las ganancias una vez que cumpliera un año como dependiente. Pero, de la noche a la mañana, un hombre fuerte y sano como era el librero, comenzó a resentirse. Fiebre, espasmos, y debilidad crónica lo confinaron al lecho. Los médicos no lograban dar con la fuente del mal.
Cuando Usandivaras finalmente murió, no pasaron inadvertidas las exageradas muestras de dolor del catalán. Y, por supuesto, no faltó quien dijera que Marcet había tenido algo que ver con la muerte de su empleador. Sea como sea, con el visto bueno de Jacoba, el catalán reabrió el local y comenzó a administrarlo como si fuera suyo. Al poco tiempo Marcet y Jacoba se casaron y celebraron la luna de miel en la costa de San Isidro, en la quinta de unos amigos.
Ahora, después de años de injusta postergación, Marcet podía dar rienda suelta a sus actividades sociales. Comenzó a codearse con los jóvenes más prominentes de ese entonces: Álzaga, Azcuénaga, Arriaga. Al poco tiempo eran inseparables. El librero ejercía un extraño dominio sobre el resto, especialmente sobre Álzaga y Arriaga, con quienes organizaba extravagantes fiestas donde abundaba la comida, el vino, la música y las mujeres. A la par con el tren de vida calavera de sus amigos, también él tomó una amante: Mercedes Rossi.
Marcet, Arriaga y Álzaga continuaron con sus juergas nocturnas a pesar de los rezongos de Jacoba, de que Pepita había dejado a Arriaga y de que la idolatrada Catalina Benavídez más bien parecía una viuda. Todas suponían que sus respectivos hombres se hallaban expuestos a las malas influencias de sus amigos, aunque fuera Marcet quien llevara la voz cantante. Azcuénaga, en cambio, a quien el catalán no le caía en gracia, intentó alejar a sus amigos del librero. Pero el marginado fue él; Marcet había ganado la pulseada. Poco a poco, las finanzas del grupo comenzaban a resentirse, y mientras que los otros dos disfrutaban de una holgada posición, Marcet sólo contaba con su librería.
Una de esas noches, el catalán se encontró con sus amigos en el Café de La Victoria, esquina de Bolívar y Victoria (hoy Irigoyen). Marcet les calentaba la cabeza a los otros dos: pronto tendrían que encontrar alguna forma de darle un respiro a sus mermadas fortunas. Si pretendían mantener su tren de vida, tendrían que buscar alguna alternativa. A través del humo y la oscuridad, el librero analizó a sus acompañantes unos momentos, en silencio. Después habló. Conocía a un gallego, Francisco Álvarez; aunque sólo fuera de vista, de los cafés. De un día para el otro, Marcet había comenzado a visitar su tienda. Era un comerciante de 35 años, y poseía una tienda de ropa en el local número 38 de la Recova Nueva. Había llegado desde España en compañía de su hermano Ángel, y logró hacer fortuna. También era un conocido acreedor. De carácter débil y más bien simplón, inocente hasta el ridículo, admiraba al grupo de amigos y se divertía escuchando sus anécdotas. Hubiera querido ser como ellos, formar parte de esa aventura sinfín, pero no contaba con las relaciones necesarias. Álvarez guardaba todas sus posesiones de valor en unos baúles, en su domicilio, justo encima de su tienda. Muy pronto cayó en la mira del insaciable catalán. Durante una de sus aparentemente inocentes visitas, lo invitó a pasar el rato con él y sus amigos. Finalmente, como si Fortuna lo hubiera escuchado, tendría acceso a aquellas legendarias fiestas. Si necesitaban dinero, ese tonto podría prestarles todo el que necesitaran. Álzaga y Arriaga intercambiaron miradas cómplices y las tres copas chocaron.
El plan, como era de esperarse, provino de Marcet: invitarían al gallego a una cena con algunas mujeres que tendrían instrucciones de seducirlo y hacerle creer que estaban enamoradas de él. Ese sábado el grupo alquiló una casa con este propósito y Álvarez fue el centro de la fiesta. Las mujeres lo rodearon, lo halagaron, lo hicieron beber. Los amigos lo incitaron a tocar la guitarra mientras las dos mujeres fingían pelearse por la atención del tendero. Arriaga corrió al piano y entonó un vals; las dos muchachas tirotearon a Álvarez, que trastabillaba y se abrazaba a ellas. Álzaga le hizo una zancadilla a una y todos rodaron por el piso, reventados de la risa. Todavía en el piso, su compañera se subió sobre Arriaga, sobre ellas las otras y sobre esa montaña humana, Álzaga dio una vuelta carnero. Terminado el tumulto, las chichas exigieron a Álvarez que cantara algo, como castigo por haberse caído. Agotado, sin voz, esquivando servilletas anudadas que los otros hombres le arrojaban, cumplió. Al clarear el día todos apuraron la retirada, pues era domingo y de un momento a otro lo más respetable de la ciudad llegaría para atender al servicio en la Catedral, muy cerca de donde ellos estaban. Álvarez, que quería seguir la fiesta, salió tambaleándose. Álzaga y Marcet lo llevaron hasta su tienda, y quienes lo conocían no daban crédito a sus ojos. Que un hombre serio y respetable como él estuviera en semejante estado y en semejante compañía era un verdadero escándalo. Aunque su propio hermano lo reconvino, Álvarez hizo oídos sordos: ahora aquellos eran sus amigos, ellos lo habían elegido. Y las cenas y los bailes se sucedieron.
Marcet precisaba que el derroche fuera cada vez mayor, porque la segunda parte de su plan sólo podía llevarse a cabo si Álzaga y Arriaga se pasaban de la raya. Estando en casa del catalán, éste propuso a sus amigos robar para hacer frente a sus gastos. Ante la expresión desconcertada de los otros dos, Marcet ensayó una pobre justificación. Álzaga se dio por satisfecho, y Arriaga lo tomó como un juego. Primero intentaron entrar en la casa del comerciante Camilo Velarde, pero el plan fracasó; con el primer ruido, el dueño de casa se despertó y los espantó a los gritos, aunque sin reconocerlos. Irónicamente, esa noche Velarde terminaría pidiéndole ayuda a su vecino: Jaime Marcet.
La próxima víctima sería, por supuesto, el pobre Álvarez. El librero dijo que, sin bien podían asustarlo, si la cosa se iba de las manos sería preciso estar resueltos a actuar. Esta fue la primera vez que se deslizó la posibilidad de asesinarlo. Álzaga y Arriaga estuvieron de acuerdo. El plan era sencillo. Alquilarían la casa de Eduviges Berois, viuda de Juan Lafranca, ubicada en la calle San Juan 7 (hoy Esmeralda), entre Las Torres (Rivadavia) y Piedad (Bartolomé Mitre), por aquel entonces un sitio alejado del centro. Era un punto poco iluminado, junto al Hospital de Mujeres. Del alquiler se hizo cargo Arriaga, que aseguró a la viuda que mostraría la casa a un interesado: el coronel Román Deheza. Una vez cerrado el trato, Arriaga aguijoneó a Marcet. ¿Y qué si Álvarez hablaba? Pues también para esto la respuesta era simple: no hablaría, y de intentarlo lo matarían. Arriaga vaciló; él no tenía corazón para esas cosas. Entonces el librero puso en duda la hombría de su amigo, y el cordobés no se quejó más, asegurando que los seguiría hasta el final. Como Álvarez había manifestado deseos de comprar un piano, afirmarían haber encontrado un vendedor, que los esperaba en la casa mencionada. Una vez allí, lo conminarán a entregarles su fortuna. Como el gallego era muy asustadizo, los amigos se confiaron. ¿Pero qué pasaría si, en el peor de los casos, Álvarez terminaba muerto? ¿Cómo sacarían el cadáver sin levantar sospechas? Marcet dijo que lo llevarían a la quinta de Álzaga, en Barracas; allí nunca lo encontrarían.
Era junio y ese invierno era extremadamente frío. La cita quedó convenida para el sábado 5 de julio de 1828. El librero, mientras tanto, envió dos puñales al armero Tomás Heredia, para que los afilara. Le dijo que comerían carne con cuero en San Fernando.
A esta altura una cosa era clara: Álvarez no podía salir vivo del trance, o los mandaría a prisión. La tarde del 5, los tres amigos se reunieron para tomar vino y darse ánimo. El librero y Arriaga se encontraron con Álvarez en el Café de los Catalanes. Álzaga, que había seguido bebiendo, los esperaría en la casa de la calle San Juan. El grupo llegó al anochecer. A la entrada había una escalinata empinada. Arriaga subió primero, seguido por Álvarez, que escuchó cómo Marcet echaba los pasadores de las puertas. Temiendo que le fueran jugaran alguna broma pesada, el gallego quiso retirarse. El catalán pretendió tranquilizarlo, pero Álvarez insistió. Álzaga lo esperaba arriba, aseguraron. Arriaga sudaba a pesar del frío. Entonces, Álzaga apareció en los altos e instó al gallego a subir. Un poco más tranquilo, el comerciante subió hasta donde estaba el otro, seguido por Marcet y Arriaga. "¿Dónde está el piano?", se extrañó. Estaba más adentro; pasaron a otra pieza. "¿Y el piano?" "En la otra pieza." Nada. Álvarez comenzó a desesperarse. '¿Y el piano?", volvió a mascullar. Marcet y Álzaga blandían sus puñales y Álvarez se desvaneció. Aprovechando la ocasión, Marcet se agachó y le hundió el filo en el cuello. Lo arrastraron hasta la letrina, con el puñal todavía clavado, para evitar que saliera demasiada sangre. Obedeciendo una orden de Marcet, Álzaga se acercó, retiró el puñal y le hizo una largo tajo sobre la garganta, de lado a lado. Como esto no le pareció suficiente, el librero recogió el arma y le provocó otra herida, profunda y circular. Álvarez se estremeció y murió.
Los asesinos estaban exhaustos, con el pelo pegado a la frente y las manos manchadas de sangre. Era preciso terminar con todo aquello.
El líder ordenó a Arriaga buscar un carruaje, mientras él y Álzaga rodeaban el cuello del muerto con pañuelos de mano y lo arrastraban a la otra pieza. Lo despojaron de su billetera, de un anillo de brillantes, que pasó a Marcet, y de las llaves de su casa. No sin algún trabajo, bajaron el cadáver por la escalera. Salieron a la calle, uno a cada lado del muerto, como si se tratara de un borracho. Lo sentaron en la calesa, prendieron cuatro abanos y pusieron uno en la boca de Álvarez. Convinieron regresar al día siguiente y borrar los rastros de sangre. Ya se encargarían de sus propias prendas; Arriaga tenía sangre en los volados del sueño de su camisa.
A las diez de la noche estaban en la quinta, donde Álzaga habló con Bernardo González, el cuidador. Sin demasiados rodeos le dijo que traían un muerto, un amigo que había perdido la vida en un duelo. Lo enterrarían en la quinta, sin hacer demasiado barullo, porque de hacer público aquello podrían sufrir las consecuencias. Leal a su patrón, González prometió guardar silencio. Álvarez quedó sepultado detrás de un grupo de grandes naranjos. El cuidador recibió órdenes de Álzaga de sembrar allí maíz o alfalfa al día siguiente. Regresaron a la ciudad, devolvieron el carruaje a la caballeriza de Juan Moore y fueron a casa del muerto. En total, encontraron 80.000 pesos.
Al abandonar la casa, Álzaga se puso pálido. Había dejado el puñal entre los almohadones del carruaje. Al día siguiente Marcet intento recuperarlo, pero no lo encontró. Se lo acercó el propio Moore: los habían encontrado cuando lavaban la calesa. Como el puñal estaba limpio y el hombre se le devolvió sin más observaciones; el librero supuso que su cómplice lo habría limpiado.
Álzaga volvió a la botella y no mostró ningún indicio de culpa; Arriaga andaba pálido y descompuesto; y Marcet ya maquinaba los pasos a seguir. Cuando la desaparición de Álvarez se hiciera pública, ellos se mostrarían consternados, pero dirían que seguramente se debiera a alguna aventura amorosa del gallego.
Al día siguiente Marcet y Arriaga compraron esponjas y tierra y enviaron a sus criados Pascual y Agustín a limpiar y cubrir la sangre que había quedado en casa de la viuda de Lafranca.
Quien primero apareció haciendo preguntas fue Ángel Álvarez, hermano del muerto. Si tan amigos eran de su hermano, sabrían al menos qué lugares frecuentaba. Si se los facilitaban, él mismo iría a buscarlo. El librero mencionó la casa de varias señoritas, que según él Álvarez frecuentaba; pero Ángel recibió esta información con reservas. Luego se dirigió a casa de su hermano, donde para su sorpresa encontró un gran desorden. Dos días después, los asesinos se adelantaron a los verdaderos amigos de Álvarez: fueron a dar aviso al jefe de la policía, Gregorio Ignacio Perdriel. Un par de días después el diario El Tiempo fustigaba a las autoridades por no haber avanzado en un caso que estaba en boca de todo Buenos Aires.
El 11 de julio, Ángel Álvarez confió a sus amigos que no le quedaba la menor duda de que aquellos tres degenerados habían atacado a su hermano. Si Francisco andaba todo el día con ellos, y de un día para el otro ya no se sabía nada de él, no había demasiadas posibilidades. El boca en boca hizo el resto y en poco tiempo todas las sospechas apuntaban al infame trío.
La opinión pública quedó dividida entre aquellos que consideraban que los amigos eran inocentes y las acusaciones infundadas, y quienes no dudaban en señalarlos con el dedo. Álzaga, Marcet y Arriaga entraron en pánico. Éste se encerró en su casa y no salió por varios días. El catalán creía que el rumor en su contra lo había echado a correr el propio Arriaga, vencido por la culpa. Entonces Marcet hizo lo que mejor sabía: se dispuso a sacar del medio a Arriaga, y así se lo comunicó a Álzaga. Y como su cómplice había estado hablando mucho con Miguel de Azcuénaga, que no había tardado en sospechar del trío, también éste debía morir. El librero estaba fuera de control. Pronto desistió, comprendiendo que esto llamaría demasiado la atención. Finalmente, y en compañía de Álzaga, Marcet se presentó en lo de Arriaga y le propuso matar a Azcuénaga, nada menos que a su mejor amigo. ¿Con qué fin? Si lo eliminaban, además de acallar los murmullos, podrían apoderarse de su fortuna y así completar el golpe dado contra Álvarez. Arriaga se negó terminantemente, pero los otros dos abandonaron su casa sin cambiar de idea: era necesario acabar con Azcuénaga.
Una vez más el escenario sería la quinta de Álzaga: allí forzarían a Azcuénaga a pelear y lo acometerían. Tras invitarlo para el día siguiente, ellos se presentaron más temprano, desenterraron el cuerpo del comerciante y, luego de sujetarlo a una gran piedra, lo arrojaron al fondo de una noria. Esperaron entonces a Azcuénaga, que no se presentó. Un mensaje anónimo lo había puesto en guardia. Si aceptaba cualquier tipo de invitación, estaba en juego su vida. Nunca se supo quién envió aquella nota, y el receptor tampoco quiso averiguarlo; tomó aquello como una conformación de las sospechas que caían sobre Álzaga y Marcet, y la reivindicación de su amigo, Juan Pablo Arriaga. Lo que sí sabemos es que por aquellos días, Arriaga entregó a Azcuénaga dos pistolas, y lo previno contra los otros dos. Por lo tanto, no es difícil suponer quién había sido el informante anónimo.
Fue también Arriaga quien - como el narrador de El corazón delator - sucumbió a la culpa y, abriendo el paraguas antes de que llueva, publicó un aviso en los diarios los días 14 y 16 de julio en el que declaró su inocencia y afirmó que no había tenido "relación íntima con el desgraciado Álvarez" consignando que "el día de su desaparición ha estado en casa de personas respetables." Para sostener esta coartada se valió de la estima de sus vecinos, que intentaron ayudarlo pero sin resultado.
La opinión pública comenzó a cerrar filas; el vacío y el vértigo estrecharon a los acusados. Álzaga y Marcet quedaron aislados de los ambientes sociales; los conocidos de Arriaga le retiraron el saludo. Los amigos, antaño tan alegres y licenciosos, dejaron de asistir a los salones, cafés y tertulias. Convencidos de que había sido Arriaga quien alertó a Azcuénaga, Marcet y Álzaga decidieron envenenarlo con arsénico. El veneno estaba listo cuando Arriaga, el único arrepentido, se presentó ante Perdriel, rogándole que le metiera preso y lo investigara. Supuso que esa sería la mejor manera de despejar las sospechas y terminar con las habladurías. Una hora empleó el jefe de policía en explicarle que no tenía pruebas ni contra él ni contra sus amigos, y que lo mejor sería olvidarse del asunto. Cuando lo acompañaba hasta la puerta, un ordenanza le entregó un oficio urgente. El semblante de Perdriel se transfiguró.
El gobierno había librado una orden de arresto contra Álzaga, Marcet y Arriaga, a fin de iniciar un sumario, esclarecer los hechos y despejar el rumor. De esta forma, Arriaga quedó detenido en el acto. Un agente encontró al librero ensillando un caballo, listo para darse a la fuga. Las autoridades notaron ciertas incongruencias en sus declaraciones, aunque ambos negaron tener nada que ver con la desaparición de Álvarez. Álzaga, mientras tanto, se ocultó.
Perdriel revisó la casa de la calle San Juan, donde encontró patentes pruebas de que allí habían derramado sangre. Había salpicaduras en el piso, en las paredes, incluso en la escalera, todo disimulado con cal y tierra. Paralelamente, varios testigos dijeron haberlos visto el 5 y el 6 de julio, entrando, saliendo o en los alrededores de la casa. Moore habló del puñal hallado en la calesa. Vicenta tuvo su oportunidad de brillar: se vengó declarando contra Marcet, acusándolo de haber matado a Usandivaras y de haber intentado otro tanto con Jacoba. Agregó que en la noche del 5 el librero había pedido a su criado Pedro Antonio una jarra con agua para lavarse las manos ensangrentadas. El criado corroboró lo dicho por la negra. La policía también supo que el catalán había hecho afilar dos puñales antes del sábado, y que con Arriaga habían comprado esponjas y una bolsa de cal. Los amigos de Álvarez dijeron, además, que ese día el comerciante tenía previsto comprar un piano para vendérselo a su amigo Álzaga. Fue entonces que el juez Bartolomé Cueto intervino directamente.
A pesar de todos los indicios, el juez sabía que sin cuerpo no había delito. Fue entonces que el destino se complotó contra los asesinos. Un grupo de chicos que se había introducido en la quinta de los Álzaga para cazar pájaros, dieron casualmente con el cadáver, delatado por el insistente ladrido de un perro. Cuando se asomaron a la noria, vieron una mano emergiendo la superficie. Una patrulla mandada por el comisario Agustín Herrera se apersonó en el lugar y, con ayuda de algunas sogas, sacaron el cuerpo. Estaba desfigurado, pero Ángel y dos amigos lo reconocieron. Era el 24 de julio de 1828. Como se acostumbraba en ese entonces, Marcet y Arriaga fueron llevados ante el cadáver para que confesaran el delito. Sin embargo, ambos mantuvieron su declaración de inocencia.
Sin embargo, íntimamente Arriaga estaba quebrado. A quienes iban a visitarlo, les pedía que le llevaran veneno.
La aparición del cuerpo convenció a Álzaga de la necesidad de huir. Propuso a su mujer, la espléndida Estrella del Norte, que lo acompañara; pero esto sólo sirvió para confirmarle a Catalina sus sospechas. Su marido era un asesino. Él partió y ella vistió de luto desde entonces. El prófugo se ocultó en casa de su amigo Carlos Terrada, que intentó convencerlo de que se entregara. Álzaga vacilaba. La policía se presentó de improviso en casa de su amigo y el asesino se ocultó en un gran ropero para burlar a los agentes. Francisco escribió a su hermano Félix, que pagó en oro un buque que sacara al culpable de la ciudad y lo llevara a Montevideo.
Los restos de Francisco Álvarez fueron entregados a su hermano y finalmente sepultados en la iglesia de San Francisco. Una escueta inscripción recordaba el hecho: "Don Francisco Álvarez. Asesinado por sus amigos. 1828."
El fiscal de la causa, Dr. Francisco Planes, no tenía dudas contra Marcet y Arriaga; pero el apellido Álzaga le pesaba. En un primero momento aseguró que lo acusados "se habían hecho indignos de ser tratados como hombres." Solicitó al juez una pena de doscientos azotes por las calles, cuatro horas de vergüenza pública, y destierro perpetuo para Arriaga y Marcet. Para Álzaga, en cambio, pidió sólo el destierro perpetuo. Pero la opinión pública consideró que el pedido del fiscal era demasiado benévolo. Por su parte, los acusados se espantaron al oír aquello de los azotes y solicitaron a la fiscalía otras penas.
El 1º de agosto de 1828, el juez Cueto condenó a Marcet, Arriaga y Álzaga, éste último en ausencia, a la pena de muerte. La ejecución se llevaría a cabo en la Plaza de la Victoria. Una vez fusilados, los cadáveres serían colgados en la horca "a la pública expectación." El librero designó a uno de los mejores defensores de la ciudad, Pedro José Agrelo, mientras que Arriaga contrató a José Gabriel Ortiz de Ocampo.
Entretanto, el padre de Arriaga, Fermín José, al tener noticia de su prisión, se apresuró a venir de Córdoba en su ayuda. La prensa habla de él con simpatía, calificándolo de "generoso padre" y es Félix Frías padre quien presta la fianza en ayuda de su amigo cordobés. Su abogado, Ocampo, realizó una brillante defensa del joven acusado.
La causa pasó a la Cámara para su confirmación o rechazo. Los porteños celebraron la sentencia del juez Cueto, a pesar de que terminaría con la vida de Arriaga, que despertaba cierta compasión. El caso Álvarez había servido para poner en evidencia la monstruosa personalidad de Marcet. Arriaga, inmaduro y confiado, había sido un instrumento del malvado librero, se repetía. El gobernador Dorrego tenía muy en cuenta estas opiniones, por lo que aceptó recibir a Fermín José de Arriaga, el padre del acusado, aunque se mostró inflexible cuando el hombre pidió por la vida de su hijo. Jacoba Usandivaras de Marcet no hubiera movido un dedo por la suerte de su marido. Sin embargo, no estaba dispuesta a soportar la humillación que significaba ser la viuda de un ajusticiado, por lo que interesó en el asunto a Juan Manuel de Rosas, con quien la unía algún lejano parentesco. Como intuía que Dorrego no haría nada por Marcet, Rosas visitó al alcalde de la prisión, Antonio Tejedor, y le pidió que lo dejara escapar. El guardián se negó. Marcet entonces pidió a su mujer que le llevara dos pistolas. Pretendía hacerse llevar ante el juez Cueto y matarlo. Por supuesto, Jacoba fue registrada y descubrieron las armas.
Los parientes de los acusados se presentaron entonces en casa del vencedor de los brasileños, el almirante Guillermo Brown, el hombre más prestigioso del momento. Brown (que había perdido a su hija en un accidente, menos de un año atrás) pidió personalmente al gobernador por la vida de los sentenciados. Dorrego no podía desairarlo sin más. Hizo una solemne promesa: de un momento para otro se esperaba la llegada de una embarcación que conducía los tratados de paz con el Brasil. Si la nave atracaba antes del 16 de septiembre, fecha fijada para la ejecución, indultaría a los prisioneros. Sin mucho más que hacer, todos se dieron por satisfechos.
Por aquel entonces Arriaga estaba enamorado de una muchacha a quien - por intermedio de su confesor - dejó "su retrato y varias cartas" prohibiéndole "pueda revelar este secreto que lo hago ya como a mi director espiritual."
Fermín Arriaga, entretanto, había publicado la defensa de su hijo con una enternecedora y digna dedicatoria al público:
"Si el deseo de no omitir medio alguno que pueda resultar en beneficio en un hijo desgraciado, me ha impelido a dar a la prensa la defensa de su causa, el respeto que tribute a la opinión, me inspira el deber de dedicársela al generoso pueblo de Buenos Aires. No es mi objeto excitar la compasión de una sociedad resentida, ni el atrevido empeño de presentarle un inocente.
No, lejos de mí una idea que serviría para desconceptuarme, en los mismos momentos que trato de acreditar la pureza de mis sentimientos.
Es sólo el interés que este documento pueda leerse en el augusto tribunal de la fama pública y verse desde allí, con fijeza el grado de criminalidad en que aparece el defendido. Yo me conformaré con sus decisiones, sea cual fuere la acogida que merezca; no por eso se perturbará mi resignación: ya está hecha.
Yo beberé basta la heces el cáliz amargo que me ha preparado el destino; y si logro sobreponerme a los pesares encadenados que la desgracia misma ofrece ya a mi imaginación, no por eso diré que mi alma es grande: nada valgo, nada seré y de todos modos tributaré una sumisa gratitud a la sociedad en que existo".
Seguían algunas consideraciones de gratitud hacia el defensor, Ortiz de Ocampo, y terminaba diciendo: "En todo tiempo diré que esta defensa, en mis mayores conflictos, me dio momentos de consuelo, y que en ella y en la bondad del público, a quien se consagra, tuvo siempre fijas sus esperanzas este angustiado padre."
El día de la ejecución llegó y los detenidos se prepararon para morir. Alrededor de las nueve y media de la mañana, piquetes de caballería de la escolta y del regimiento de Colorados, como asimismo un regimiento de los Cívicos, marcharon a la plaza y formaron fila desde la puerta del cabildo hasta el lugar de la ejecución, cerca del fuerte; todas las fuerzas estaban bajo las órdenes del teniente coronel Manterola.
Alrededor de las diez y media las puertas de la cárcel del Cabildo se abrieron: una compañía de granaderos del regimiento 5º de cazadores marchó a paso lento, formada en dos pelotones. Inmediatamente detrás del primero iba Arriaga, con la cabeza y el rostro cubierto con un pañuelo, acompañado y confortado por sacerdotes y frailes franciscanos. Marcet iba delante del segundo pelotón, con la cabeza descubierta; caminó con paso también seguro, mirando en derredor. Su cara, pálida, no trasuntaba ninguna emoción particular; era asistido igualmente por sacerdotes.
Ambos infortunados tenían un pequeño crucifijo en sus manos y estaban abrigados con capotes.
La procesión marchó a paso lento; los prisioneros iban encadenados. Llegados al lugar de la ejecución, fueron colocados cada uno en una silla; Marcet abrazó a algunos amigos y murmuró algo a uno de ellos lo que, que después se supo era un pedido para que los soldados no disparasen a su cabeza. Fueron fusilados a las once menos cuarto; Arriaga cayó muerto instantáneamente, pero Marcet no: le fueron disparados dos tiros de gracia y entonces dejó de moverse. Los cuerpos fueron colgados de las horcas erigidas frente a la casa del asesinado, suspendidos con sogas colocadas bajo sus brazos y expuestos por una hora. Cumplido este plazo, fueron bajados y depositados en los carros que estaban esperando y trasladados al cementerio de la Recoleta. La multitud era inmensa, con gran cantidad de mujeres e incluso niños; todos los balcones y azoteas que tenían vista a la plaza estaban colmados de espectadores. Hubo por Arriaga un gran sentimiento de conmiseración.
En el momento en que los verdugos terminaban de colgar el cuerpo de Marcet, un navío atravesaba la dársena exterior del puerto. Traía la paz con el Brasil; el salvoconducto de los ajusticiados había llegado demasiado tarde. Una algarabía general recorrió la ciudad de punta a punta, y casi podría decirse que todos olvidaron (al menos por un momento) la tétrica escena que acababan de presenciar.
Juan Manuel Beruti dejó constancia del hecho en sus "Memorias": "El 16 de septiembre de 1828. En este día fueron fusilados y colgados en la horca Jaime Marcet, natural de Cataluña, y Juan Pablo Arriaga, natural de Córdoba, por haber robado y asesinado a don Francisco Álvarez, habiendo fugado Francisco de Álzaga, cómplice en el mismo delito, que está sentenciado a la misma pena en caso de ser aprehendido. Fueron ejecutados a las 11 de este día, y estuvieron colgados hasta las 12 ½, en que por respeto a las familias los bajaron y fueron llevados al cementerio a enterrar. Estos reos eran personas decentes, emparentados con familias de representación y muy estimados del público; pero sin embargo de ello, y de los muchos empeños que hubo, fue inexorable la justicia, haciendo se cumpliese la ley para escarmiento de otros y satisfacción de la vindicta pública. Marcet murió de 28 años de edad y Arriaga de 21, y los pongo en este diario por extraño que unas personas tan decentes, y con tantos empeños, no pudieron escapar de perder la vida con infamia, por la rectitud de los jueces."
Al día siguiente el capellán Tomás Ladrón de Guevara hacía en El Tiempo la siguiente publicación, acompañando el billete que escribió Arriaga media hora antes de marchar a la muerte. Su lectura conmueve por su apacible sencillez.
"CORRESPONDENCIA
Sres. Redactores de El Tiempo.
Muy señores míos: el desgraciado Don Juan Pablo Arriaga me pidió encarecidamente en los últimos momentos de su vida, publicar los sentimientos de que estaba poseído: y como, en mi concepto, nada puede decirse, que iguale en expresión y vehemencia a lo que, con este motivo produjo aquel infortunado joven, suplico a vdes. se sirvan insertar en su periódico el adjunto billete, copiado literalmente del que me entregó al partir al cadalso.
Quiera, pues, el cielo que el último escrito de D. Juan Pablo Arriaga, se grabe con carácter indeleble en el corazón de todos, y muy particularmente en el de los jóvenes; que se extienda cuanto la memoria de su atentado, y le aprendan de memoria los padres e hijos de familia; pues sobre ser a propósito para la reforma de las costumbres, borrará las impresiones desagradables que produjo aquel, y eternizará su memoria aun más que su delito mismo. Si todos hubieran podido presenciar el rubor y serenidad con que salió al suplicio!
En el primero habrían visto reconocer la justicia de la indignación pública por su delito, y en la segunda habrían entendido que su corazón era superior a todas las desgracias, y bebía sin temblar el ingrato cáliz de la muerte, esperanzado en mejor vida.
No; D. Juan Pablo Arriaga, no salió al patíbulo con frente erguida, como salieron Padilla y Bravo, porque era muy diversa su causa: pero ni estos ni ninguno, le aventajó en serenidad, y la prueba es el billete que escribió y me entregó al salir de la capilla, y que mostraré gustoso a cuantos quieran verle. Líneas rectas, caracteres iguales, puntuación exacta: no parece sino que le escribió al levantarse de la cama, en el día de su mayor contento.
Repito que le mostraré gustoso a cuantos quieran verle; y añado que, en hacerlo, tendrá el mayor placer su muy atento servidor y capellán Q. B. S. M.
Tomás L. de Guevara y Guzmán.
BILLETE DE D. JUAN PABLO ARRIAGA
Falta media hora para salir al suplicio, y mi corazón siente más que la muerte, la infamia.
Por eso y para satisfacción de mis queridos padres, de mis parientes y amigos, y sobre todo, en obsequio de la religión católica en aquellos me educaron, y es en este terrible momento mí único consuelo, autorizo al presbítero don Tomás Ladrón de Guevara, para que en los periódicos de esta ilustre capital, o en el modo y forma que mejor le pareciere, haga entender a los vecinos de ella y al mundo todo, que mi corazón se resistió siempre al crimen; que si le cometí fue por efecto de las malas compañías, y que en cuanto a las verdades católicas nunca dudé de ellas, y menos en este trance fatal.
Sirva, pues, mi confesión de satisfacción a mis queridos padres, a mis dulces parientes y buenos amigos y sirva de escarmiento al mundo civilizado.
El infeliz y desgraciado.
Juan Pablo Arriaga.
En la capilla, a las 9 1/2 de la mañana del 16 de Septiembre de 1828."
¿Qué fue del prófugo Pancho Álzaga? Tras su huida se afincó en Paso de los Libres, Corrientes, donde contrajo matrimonio con Gabina Ojeda y al menos nueve hijos. En 1841 se presentó ante el general José María Paz, que se encontraba reuniendo tropas en Corrientes para abrir la campaña contra Rosas. "¡Usted! - gritó el general -, yo no quiero asesinos en mi ejército. Usted no tiene siquiera el derecho de morir por su patria. ¡Salga usted de mi vista!". Así recordaba el episodio en sus Memorias. Álzaga murió a la edad de 81 años, el 4 de enero de 1884.
¿Y Catalina Benavídez? Como se dijo, el luto de la alguna vez célebre? La Estrella del Norte? duró el resto de su vida. Tras la huida de su marido, ella y su hijito Martín Leandro (comerciante, fallecería soltero en Buenos Aires en 1847) sufrieron el vacío más absoluto. La sociedad entera les dio la espalda; fueron despreciados incluso por su propia familia. Antes de morir, la madre de Catalina destinó todos sus bienes a la beneficencia. En poco tiempo Catalina era la sombra de lo que había sido; ya no había rastros de su lozanía y su característica frescura, su belleza quedó sepultada para siempre. Contrajo nupcias con Juan Bautista Pedro Trápani, pero cuando éste murió, al mediados de 1870, se vio obligada a amasar pan, y finalmente a mendigar en las puertas de las iglesias. "¡Mirala, mirala! ¡Es la mujer de Pancho Álzaga, el asesino!" fue el estribillo malicioso que gobernó el resto de sus días. Fue internada en el Hospital de Mujeres de la calle Esmeralda, aledaño a la casa donde décadas antes fuera asesinado Álvarez. Cuando murió fue colocada en un féretro que sería trasladado a la Recoleta al día siguiente. Al caer la noche, fue dejado en la capilla del hospital. Santiago Calzadilla, que dejó material invaluable sobre las costumbres porteñas del siglo XIX, dejó constancia del horroroso desenlace: "Depositado su cuerpo en la capilla del cementerio por haber sido conducida tan tarde aunque precipitadamente, al día siguiente fue encontrada en un rincón de la capilla misma. Por un esfuerzo supremo había roto el cajón y salido de él, muriendo quizás recién de ese mismo esfuerzo." El cuerpo estaba recogido y ensangrentado junto al altar, el rostro transfigurado por el dolor. Había despertado durante la noche y, viéndose encerrada, llena de desesperación, se destrozó las uñas, las manos, los brazos, la cara (ese rostro que alguna vez había hecho suspirar a medio Buenos Aires), hasta lograr romper la madera. Una vez afuera, se arrastró hasta ese rincón y murió, probablemente de un ataque al corazón. [1]
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