| Notas |
- Su abuelo materno, al testar en 1697, declaró ser su tutor y curador por muerte de sus padres y lo mejoró con la cuarta parte del tercio de sus bienes. Declaró, asimismo, que el rey de España "me hizo merced del hábito de la Caballería de Santiago o la que yo quisiera escoger de las tres Ordenes Militares" y que no habiendo podido armarse Caballero "pido y mego con todo rendimiento a la Católica y Real Majestad de Nuestro Rey se sirva de pasar la dicha merced en el dicho mi nieto Don Juan de la Palma Lobatón".
En 1713 recuperó una estancia situada en "el río que llaman de los Arrecifes", distante de la ciudad mas de treinta leguas, herencia de su abuelo materno, que se hallaba "a réditos pupilares" en poder de su tío y tutor Alonso del Pozo y Silva y lindaba con Antonio de Vergara, clérigo", y tierras despobladas. La estancia tenía un montéenlo de frutales y se hallaba poblada con ganados mayores y menores. El 7.7.1714 la vendió a Diego de Santana.
En enero de 1717 fue elegido regidor y poco después fue designado diputado para asistir al alférez real en la preparación de los festejos del día de San Martín, patrono de la ciudad, y especialmente en todo lo relacionado con "el cuidado y compostura de la Plaza para los días de toros" que serían tres: dos en honor del Santo y el tercero para celebrar el "feliz arribo" a Buenos Aires del gobernador Bruno Mauricio de Zabala. En diciembre, para buscar alivio a la gran epidemia que afligía a la población, fue nombrado para vigilar el estado general de la ciudad, debiendo evitar "todo cuanto pueda ser dañoso al bien común" y favoreciera la propagación de la peste, que ya había cobrado muchas víctimas. Y en 1719 intervino para que el gobernador levantara la prohibición de hacer vaquerías en la otra banda del río a los vecinos que tenían "repartimiento de cueros".
Conjuntamente con sus obligaciones de cabildante, se ocupada de la explotación de sus estancias y chacras. En enero de 1719 arrendó por diez años a Martín de Peredo una chacra en el pago de la costa, "como a dos leguas de la ciudad", que tenía un monte de frutales y otro de espinillos, una casa de paja maltratada, una atahona con veinte caballos mandos y "atahoneros", una carreta usada y "otros aperos". Juan reveló su interés en esta chacra al dejar sentado en la escritura que "en el caso de ser vendida ha de ser preferido como comprador".
En 1722 el Cabildo le confió la misión de llevar a la Banda Oriental un regalo para dos caciques minuanes y tratar con ellos la paz, procurando rescatar a dos españoles que mantenían como rehenes y le dio, a tales fines, amplia libertad "para que ajuste las capitulaciones que mas convengan".
En mayo de 1724, a causa de un pedido del teniente de gobernador, Juan fue sus pendido -ignoramos los motivos- en el ejercicio del cargo de regidor junto con un grupo de cabildantes. Seis años después - noviembre de 1730- Carlos III mandó restituirlos en sus cargos ocasión en la que fueron llamados y se les dio a todos, otra vez, "el lugar y aciento que les toca".
En 1731, al testar su tío y tutor Alonso del Pozo y Silva le donó "una estancia de media legua de frente al linde de Joseph de Hinojosa, río abajo -Arrecifes- por los muchos y buenos servicios que le debo y otras justas causas que me mueven".
Juan de la Palma fue un hombre distinguido, de juicio mesurado, cumplidor fiel de sus obligaciones de funcionario, delicado en el manejo de los dineros públicos y su voto como cabildante fue siempre decidido y franco, expresado con firmeza a favor de las causas que consideró justas o de interés públicas. Moderado en sus costumbres, conservador de las tradiciones de la ciudad y de los usos de su pueblo, las defendió con ahinco siempre que fue necesario. Dinámico y empeñoso, en diversas ocasiones se le confió la organización de las fiestas públicas, especialmente las que se celebraban para honrar a San Martín, patrono de la ciudad. Así en 1732, se le comisionó para que pidiera al gobernador "mande romper bando" para que los vecinos monten a caballo dicho día "para acompañar el Real Estandarte en el paseo acostumbrado", hábito que aparentemente iba cayendo en desuso. En otra ocasión se opuso a que los cabildantes quitaran de sus indumentarias las golillas "por de uso inmemorial". Otro día se quejo de no haber sido citado al acuerdo como correspondía, y a pesar de encontrarse en los por tales, se negó a entrar porque "no traía capa". Tanto se lo designaba para escribir las cartas al Rey como para ocupar el cargo de comisario cuando el Gobernador Salcedo, en 1734, hizo la primera división de la ciudad, encargando a estos funcionarios la confección de un plano y la colocación de los primeros carteles con los nombres de las calles porteñas. Atento a la seguridad de la ciudad y al manejo de sus fondos, pidió en septiembre de 1740 que se le informara "sobre los gastos demandados por las expediciones que se han hecho contra los indios infieles" que robaban ganado, asaltaban las estancias y llegan audazmente hasta las puertas de la ciudad.
En marzo de 1746 Juan compareció ante el escribano Camón y declaró que sus cinco hijas "se hallaban con el ánimo deliberado de entrarse religiosas en el Monasterio de Santa Catalina y Santa Rosa erigido en esta dicha ciudad... el día de Nuestra Señora de la Encamación del Hijo de Dios 25 del corriente..." y por tanto donaba "por vía de dote para su entrada al Monasterio y por cuenta de sus legítimas paterna y materna de cada una la casa de su morada" que lindaba con Dionisia de Asocar y Roberto de la Fontaine.
A mediados de 1749 comenzó a faltar a los acuerdos del Cabildo por su mala salud. El 14 de Junio testó ante el escribano Cabral y en tal ocasión dijo ser "regidor decano propietario desta ciudad, vecino della" y agregó que las casas de su morada eran de Juan de Lezica137. En 1751 su salud lo obligó a faltar a varios acuerdos y debido a ello en marzo se negó a aceptar la vara de fiel ejecutor y el Cabildo lo intimó para que así lo hiciera pues, según le informaron "se fue oy día de los portales de estas casas sano y bueno".
En 14 de junio de 1759 volvió a testar y dispuso que su cuerpo, ataviado con el hábito y cordón de San Francisco, fuera sepultado en "esta Santa Catedral declarando que soy hermano de la Cofradía y hermano del Glorioso San Pedro". Mencionó como bienes suyos la casa de su morada, cercada de pared, y una quinta en el ejido de la ciudad en la que tenía un homo de cocer material, varias casas y un monte de duraznos, todo cercado de tunas. Declaró también ser amo de ocho esclavos negros y haber criado una niña llamada María Isabel de la Rosa138. El acta del Cabildo del 27 de octubre de aquel año dice: "...respecto de aver fallecido don Juan de la Palma..." párrafo que nos induce a suponer que murió entre el 20 y el 26 de octubre de 1759. [3]
|