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- Además de político fue catedrático de Derecho Político en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y escritor especializado en el humor, firmando con su nombre o con el seudónimo "Americus" artículos en el diario La Nación y en las revistas El Hogar, Caras y Caretas y Nosotros.
Escribió libros, folletos, infinidad de artículos periodísticos, y fue parte de los más destacados círculos intelectuales. Tuvo amistad con Rubén Darío, con Roberto Arlt, Arturo Cancela, Roberto Gache, Enrique Méndez Calzada, José Ingenieros, Joaquín de Vedia, Enrique González Tuñon, Héctor Blomberg, Eduardo Mallea, Álvaro Melián Lafinur y otros que siempre valoraron la mordacidad de sus escritos y el mucho humor que surgía de su pluma. Supo caracterizar a determinados tipos porteños como "el cultivador de embajadores" el "snob", "el guarango" "el sincero insoportable". Se ha dicho con acierto que Loncán es un continuador de la corriente literaria genuinamente argentina de la generación del 80: Miguel Cané, Eduardo Wilde y Lucio V. Mansilla; también se observan en sus textos las resonancias de los escritos de autores extranjeros como Anatole France, Eça de Queirós y William Thackeray.
Describió admirablemente tipos humanos, y especialmente a los personajes de los círculos que frecuentaba. Su perspectiva estaba relacionada con la clase dirigente, la élite de educación anglofrancesa. Tal vez por eso sus crónicas tienen siempre un interlocutor particular perteneciente a su grupo de amigos y a su círculo social que iba desde el Jockey Club al Círculo de Armas, y a los literatos que escribían en el diario La Nación, aunque también era un gran observador de costumbres y de todo lo que ocurría en Buenos Aires.
Como profesor era célebre por sus ayudas a los alumnos, pero no toleraba el desconocimiento de la historia del país, y la desaprensión aquellos que frecuentaban los claustros, sin asumir las responsabilidades de estudiar.
En esa especie de refugio del diario La Nación escribía sus célebres crónicas, y confraternizaba con sus amigos, opinaba sobre todo aquello que era objeto de sus preocupaciones, como el destino de su patria y las calamidades políticas que observaba que cada vez toleraba menos.
Desde joven le interesó la política y fue diputado nacional por el partido conservador de la provincia de Buenos Aires, ministro de la intervención federal en Tucumán en 1930, cuando el golpe militar del Gral. Uriburu, pero quizás su labor pública más destacada, la que terminaría en tragedia, fue su designación como consejero de la Embajada argentina en Paris, donde estuvo desde 1938, hasta la invasión alemana en 1940.
Hombre solidario recurrieron a su ayuda varios escritores españoles exiliados, a quienes no les negó el asilo y se reunió con ellos en el café Voltaire el 8 de octubre de 1938. El grupo estaba compuesto por Menéndez Pidal, Baroja, Marañon, Azorín, quienes luego le obsequiaron El Hechicero de Valera firmado por todos ellos.
En sus años en Francia colaboró activamente como escritor en Le Temps, Le Figaro. Les Nouvelies Litteraires, Je suis partout y Mercure de Francia. Publicó en París diversos ensayos sóbre Mariano Moreno, Domingo F. Sarmiento, Esteban Echeverría, Juan B. Alberdi, Juan M. Gutiérrez, Bartolomé Mitre, Paul Groussac, Luis M. Drago y Leopoldo Lugones. Tuvo además una labor cultural sobresaliente, enalteciendo siempre los valores de su patria.
Tuvo muchos amigos y adversarios que le tuvieron respeto, porque sabían de sus convicciones y la buena fe con la que escribía. Fue un formidable orador, y sus palabras siempre resultaban conmocionantes por la sinceridad y el apasionamiento. Como señaló Manuel Galvez "En la sociedad distinguida se le apreciaba mucho, como persona y como orador: no tanto como escritor. Era un orador de excepción, y algunos le consideraban como el sucesor de Belisario Roldán. Pero en el ambiente literario, en el que dominaba una camarilla izquierdista, se le negaba todo el mérito y era porque frecuentaba la sociedad principal y el Jockey Club... También le juzgaban snob, no literario sino social. Decían que, de origen modesto - su padre era maestro de escuela- se había metido en la aristocracia a fuerza de adulaciones. Pero Loncán nada tenía de adulón, y su espíritu era fino y distinguido".
Enrique Loncán sembró admiración en algunos y en otros rechazos. Se le quitó la posibilidad de que su segundo libro Mirador Porteño ganara el Premio Nacional, que a juicio de Borges y Ugarte merecía el galardón. Este suceso, parafraseando sus palabras, sería: sorprende al necio cuando alguien con bajo perfil accede a la vida política de un país o, como en su caso, que con apellido insospechado proveniente de una familia humilde, alcanzara por mérito propio el reconocimiento social, y que fuera aclamado en las más diversas manifestaciones de la vida nacional.
Cuando se decidió el traslado de la embajada argentina en Paris, tuvo un feroz enfrentamiento con el embajador Miguel Angel Cárcano, a quien acusó de usar la valija diplomática, para proteger objetos de valor de algunos funcionarios, y haber nombrado contra todos los usos y reglamentos a Eduardo Martinez de Hoz en un cargo, quien fue detenido en Hendaya, al descubrir que pensaba trasladar alhajas y objetos de valor, lo que estaba prohibido por las autoridades. aunque todos estos hechos quedaron sepultados por la posición social del imputado. Después de una pública discusión con Cárcano decidió regresar al país a su costa. Se trasladó a Portugal, de allí a Estados Unidos y finalmente a Buenos Aires. Sabía que se había pedido su cesantía.
Llegado a Buenos Aires, no podía guardar silencio ante lo que había visto, e hizo pública su denuncia sobre los hechos ocurridos en la embajada. El 24 de septiembre de 1940 fue recibido por sus numerosos amigos que festejaron su vuelta, pero ya estaba la citación del Canciller para que se presentara.
El 30 de septiembre de 1940 el Ministro de Relaciones Exteriores José María Cantilo, lo llamó para que diera explicaciones. Nunca se supo que pasó en esa larga entrevista, pero al salir del Palacio San Martín se dirigió a una bar de Alem y Sarmiento, y mientras esperaba un café, se encerró en un baño y se pegó un tiro.
En una carta que dejó había escrito: "Al formular estos cargos entiendo servir los verdaderos intereses de la democracia, que no es una fórmula de gobierno destinada a favorecer exclusivamente a los poderosos, sino a todas las clases sociales. El régimen democrático en nuestro país debe defenderse con los recursos inalienables de la verdad y la justicia; aplicar en el gobierno las normas del engaño, el privilegio y la ocultación, es trabajar para la dictadura." [5]
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