José Félix Esquivel Aldao Anzorena, (*)

José Félix Esquivel Aldao Anzorena, (*)[1]

Varón 1785 - 1845  (59 años)

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  • Nombre José Félix Esquivel Aldao Anzorena 
    Sufijo (*) 
    Apodo El Fraile 
    Nacimiento 11 Feb 1785  Mendoza, Mendoza, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Sexo Varón 
    Fallecimiento 1845  Mendoza, Mendoza, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    ID Persona I648468  Los Antepasados
    Última Modificación 10 Feb 2018 

    Padre Francisco Esquivel Aldao 
    Madre María del Carmen Anzorena Nieto,   n. Mendoza, Mendoza, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Casado Mendoza, Mendoza, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    ID Familia F217923  Hoja del Grupo  |  Family Chart

  • Fotos
    Esquivel Aldao Anzorena, José Félix
    Esquivel Aldao Anzorena, José Félix
    por Fernando García del Molino

  • Notas 
    • Félix Esquivel y Aldao había nacido en Mendoza en octubre de 1785. Se dice que su familia, los Aldao, provenían de Santa Fe. Es lo que se dice. Su padre era militar y sus dos hermanos, José y Francisco, también siguieron la carrera de las armas. El destino quiso que quien en el futuro habría de ser el más guerrero, el más cruel y, seguramente, el más valiente de la familia, fuera destinado a la carrera eclesiástica.
      A partir de 1816, el fraile Aldao se sumó al Ejército de los Andes. Lo hizo en su condición de capellán, pero pronto el destino lo colocará ante el dilema de elegir entre la Biblia y el sable y, por supuesto, elegirá el sable. Los hechos ocurrieron en una pequeña escaramuza militar en Chile, conocida como el combate de Guardia Vieja. No se saben bien los detalles de la refriega, pero sí se sabe que en cierto momento el padrecito Aldao ocupó el centro del combate repartiendo mandobles a diestra y siniestra. Era un hombre alto, bien plantado, musculoso y la expresión de su rostro estaba muy lejos de ser angelical. Con su túnica blanca, su figura se distinguía en el campo de batalla como un espectro o como un enviado de la muerte.
      Cuando concluyó el combate, Aldao se dedicó a atender a los heridos. Su sotana estaba manchada de sangre y barro. El general Gregorio de las Heras, que miraba asombrado ese espectáculo imponente, le dijo: "Padre, cada uno en su oficio; a Su Paternidad el Breviario, a nosotros la espada". La observación debe haber sido una humorada, porque en el mismo campo de batalla, Aldao se integró al cuerpo de Granaderos con el grado de teniente.
      Durante casi siete años el fraile Aldao acompañará a San Martín en sus campañas militares. Participará en las batallas de Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú; en Perú, será guerrillero. Las Heras y San Martín respetarán su coraje. El mismo respeto le tenía Lavalle, quien lo había visto matar a un oficial español en Maipú, un gigante que barría patriotas con su sable. Aldao fue el único que se animó a enfrentarlo. Con agilidad y elegancia esquivó un furioso sablazo de su enemigo y acto seguido lo atravesó con la espada. No conforme con ello, bajó del caballo y lo decapitó. La escena de Aldao exhibiendo a la soldadesca la cabeza del enemigo debe de haber sido estremecedora, sobre todo porque quien se jactaba de esa hazaña, unos meses antes había ingresado al ejército como capellán.
      Todos sus ascensos militares Aldao los ganó en el campo de batalla. Ese fue siempre su orgullo. Unos años después, metido de lleno en las guerras civiles, fue tomado prisionero por los tropas de Paz quien ordenó trasladarlo con otros oficiales a Córdoba. Mientras los prisioneros desfilaban por la plaza, eran insultados por la chusma. Los insultos más ofensivos eran contra Aldao. "Has cubierto de luto a tu patria", le gritó un hombre, tal vez recordando la masacre de Pilar, el ajusticiamiento de los prisioneros y la orden de degollar a Laprida. La respuesta de Aldao fue tan veloz como su sable: "Y también le he dado días de gloria".
      En 1823 Aldao vivía en Lima. No se ganaba la vida como militar sino como tahúr. Tahúr y mujeriego. Se dice que en las mesas de juego acumuló una interesante fortuna y en algún momento pidió autorización para regresar a su patria. Se la dieron, pero de Perú se fue acompañado por una hermosa mujer que decidió entregarse a él sabiendo que para la época se trataba de una unión maldita.
      Para 1825 Aldao ya estaba instalado con su mujer y sus hijos en Mendoza. Se dedicaba a la actividad privada y a su familia. Pero por poco tiempo, porque sus hermanos lo alentaron para lanzarse a la política. Y él supuso que los tres unidos eran invencibles. No estaban del todo equivocados. A partir de 1826 será el hombre fuerte de la región. Curiosamente, el hombre que antes de morir dirá "fui débil pero nunca unitario", se inició en las guerras civiles protegiendo al gobernador unitario de San Juan, Salvador María del Carril, y a su Constitución liberal y anticlerical. Después, los avatares de la política lo irán volcando hacia la causa federal de la mano de Facundo Quiroga.
      Cuando en 1829 Paz derrotó al Tigre de los Llanos en Oncativo, uno de sus prisioneros fue Aldao. A pesar de las presiones que recibió para fusilarlo, Paz se negó a hacerlo y finalmente lo desterró a Bolivia. Regresó a Mendoza en 1832. En 1841 enfrentó a los ejércitos de Lavalle y Lamadrid. Participó en la batalla de Angaco, considerada la batalla más sanguinaria de nuestras guerras civiles y fue uno de los testigos de la victoria federal en Rodeo del Medio, la batalla "donde tío Angel (Pacheco) le ganó a tío Goyo (Lamadrid)", como dirá consternada muchos años después Mariquita Sánchez de Thompson.
      La leyenda insistirá en remarcar los vicios del fraile. Como toda leyenda, hay en ella algo de verdad y mucho de mentira. Aldao no debe haber sido mejor ni peor que otros caudillos que debieron asumir responsabilidades en un tiempo donde las diferencias se resolvían con sangre. Sin embargo, Sarmiento, su enemigo declarado, le reconoció virtudes que jamás les reconoció a Quiroga o a Rosas: "En medio de tantas cualidades malas, este hombre tenía algunas virtudes recomendables. Ha tenido amigos que lo han estimado entrañablemente y cuyo afecto lo ha sobrevivido a la distancia y a la muerte. Sabía hacerse amar por sus soldados. Solía distribuir granos en gran cantidad entre los pobres y muchos infelices le deben su subsistencia. Personas que lo han conocido de cerca aseguran que tenía un amor entrañable a sus hijos. Toda Mendoza acompañó su cadáver a la iglesia...".
      por Rogelio Alaniz en
      www.revisionistasdesanmartin.blogspot.com

  • Fuentes 
    1. [S246] Wikipedia, (www.wikipedia.org).