Ruy Díaz Melgarejo[1]

Varón


Información Personal    |    Notas    |    Fuentes    |    Todos    |    PDF

  • Nombre Ruy Díaz Melgarejo 
    Sexo Varón 
    ID Persona I44452  Los Antepasados
    Última Modificación 22 Dic 2009 

    Padre Los Melgarejo 
    ID Familia F28424  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia Clara 
    Hijos 
    +1. Francisca de Melgarejo
    Última Modificación 22 Dic 2009 
    ID Familia F17524  Hoja del Grupo  |  Family Chart

  • Notas 
    • Ruy Díaz Melgarejo era sevillano, probablemente de la aldea de Salteras, nacido hacia 1519. Sus padres se llamaron Francisco de Vergara y Beatriz de las Roelas, y sus abuelos Hernando de Vergara y Francisca de Ribera (). Entre sus hermanos se conoce a Hernando o Fernando Ortiz Melgarejo; a Juana Ortiz Melgarejo, residente en Sevilla, en el lugar de San Juan de Caldebeato, desposada con Antonio de Añasco; y a Francisco Ortiz de Vergara, compañero de Ruy en la conquista del Río de la Plata, donde conquistó también la oportunidad de casarse con Marina de Irala, una de las hijas mestizas del célebre Caudillo de este apellido.
      Ruy Díaz Melgarejo era hijodalgo. Sirvió durante cinco años en las tropas imperiales de Carlos V; con el Duque de Borbón, en Francia e Italia y en la toma y saqueo de Roma (1527); a las órdenes del Maestre de Campo Juan de Vargas, en Mesina; y bajo el comando del Marqués del Vasto en las campañas de Sicilia y Negroponte y en la captura de la plaza de Castelnovo. Más tarde - tendría como 32 años de edad -, el 2-XII-1540, se hizo a la vela desde Cádiz rumbo al nuevo mundo, en la expedición del Adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, en compañía de su hermano Ortiz de Vergara.

      Frente a un mundo incógnito y salvaje

      De los primeros pasos de nuestro personaje en tierra guaraní poco se conoce. Solo se sabe que estuvo en la jornada que, por orden de Cabeza de Vaca, llevó Irala contra el cacique Aracaré en 1542, y que acompañó también a este Capitán en su exploración por las regiones del norte paraguayo.
      En el imprevisto escenario americano, colmado de riesgos, todo despertó el asombro de los conquistadores españoles; no solo las selvas impenetrables y sus ríos torrentosos con cataratas imponentes - como esas del Iguazú -, sino que la naturaleza en su conjunto, a través de su flora y fauna, de sus aborígenes levantiscos y de sus mujeres paradisíacas, sorprendió el ánimo de aquellos animosos europeos desde el primer momento. Y hasta un insecto como el cucuyo o tuco, que ellos llamaron "carbunclo", no dejó de excitar la curiosidad siempre alerta de los recién llegados (). Barco de Centenera, en su Argentina famosa, lo describe así al luminoso bichito:

      "Un animalejo es, algo pequeño,
      con espejo en la frente reluciente,
      como la brasa ígnea en recio leño,
      corre y salta veloz y diligente.

      Y recuerda el Arcediano:

      "Cuán triste se halló, y cuán penoso,
      Ruy Díaz Melgarejo, que hallado
      había, a mi me dijo, uno muy hermoso.
      Perdiólo por habérsele volcado
      una canoa en que iba muy gozoso.
      Yo le vi lamentar su suerte y hado,
      diciendo, - Si el carbunclo no perdiera,
      con él al gran Philipo yo sirviera".

      Alguien dijo, con razón, "el hombre es un animal político"

      Mas dejando de lado tales ocurrencias anecdóticas, un tanto pueriles, en el campo concreto de la historia destaquemos la actitud de nuestro conquistador frente al golpe de mano que, en la Asunción, llevaron a cabo los Oficiales Reales contra el representante legítimo del Rey.
      A Melgarejo - como lo escribiera él mismo muchos años después - la asonada y prisión subsiguiente de Cabeza de Vaca le tomó de sorpresa. No obstante decidió liberar al Adelantado corridas algunas horas del motín derrocador. Con su hermano Francisco Ortiz de Vergara y varios amigos, "acudí con mis armas a la posada del Capitán de su guarda"; pero el contragolpe fracasó, y Ruy y sus compañeros de intentona fueron reducidos y apresados; sin que ciertas averiguaciones posteriores, llevadas adelante por quienes detentaban el poder, consiguieran de algunos soldados testimonios probatorios de la deslealtad de Melgarejo a la lejana potestad imperial de Carlos V.
      Según se sabe, la destitución subversiva de Cabeza de Vaca desató en la ciudad paraguaya la lucha abierta que se venía gestando allí desde el día en que llegó el Adelantado de España. Dos bandos contrarios irreconciliables se disputaron el poder. De un lado los Oficiales Reales y los "conquistadores viejos"; Felipe de Cáceres, don Francisco de Mendoza (mi antepasado), Pedro Dorantes, Garcí Benegas, Alonso de Cabrera, Diego y Gonzalo de Acosta, Jaime Resquín, Francisco Alvarez Gaytán, Hernán Arias Mansilla, Juan de Ortega, el teutón Ulrico Schmidl, los clérigos Francisco de Andrade, Juan Gabriel Lazcano y Bernaldo Armenta, y muchos más que tenían a Irala (mi ascendiente) por Caudillo; y frente a ellos los leales del Adelantado, entre los que se contaban Ruy Díaz Melgarejo, Diego de Abreu, Francisco Ortiz de Vergara, Alonso Riquelme de Guzmán (remoto abuelo mío también), Pedro Estopiñán, Hernando de Ribera, Pedro de Molina, Juan Pabón, los sacerdotes Antonio de Escalera, Francisco González Paniagua, Rodrigo de Herrera, Martín González y Luis de Miranda, andaluces en su mayor parte, como su desventurado jefe.
      Díaz Melgarejo había sido detenido la misma noche del derrocamiento de Alvar Núñez (24-IV-1544), aunque logró burlar la vigilancia de sus carceleros y huir a esconderse a una tumba existente debajo del altar mayor de la Iglesia del monasterio de Nuestra Señora de la Merced. Allí - claro que con la complicidad de los frailes que le daban de comer - se pasó soterrado nueve meses, esperando la hora del desquite; del contragolpe "alvarista" que se gestó, pacientemente, durante ese lapso expectante.
      El alejamiento de Irala, que incursionaba hacia el Perú, fue aprovechado por sus opositores que actuaron sobre el ánimo de don Francisco de Mendoza, en quien aquel Caudillo delegara el mando antes de partir. Dichos opositores, complotados para trastornar el orden político local, acudieron a la casa de Mendoza aduciendo que Irala - cuya ausencia prolongábase demasiado - como gobernante de facto había carecido de facultades legales para traspasar su autoridad; de modo que se hacía necesario reunir a los vecinos de la Asunción a fin de que ellos, por medio del voto - conforme en aquella Real Cédula de Carlos V, fechada el 12-IX-1537 -, legalizaran el régimen anómalo existente desde que Alvar Núñez fuera depuesto.

      De como las elecciones tramposas poseen abolengo histórico en estas latitudes

      Parece que Mendoza se dejó convencer de que tenía seguro el triunfo electoral; por lo que accedió a regularizar, mediante el comicio, sus discutidos títulos gubernativos. Al efecto, con repiques de campana hizo convocar a todos los pobladores asuncenos; quienes acudieron a la Iglesia Matriz a elegir Gobernador; dispuestos a votar por "la persona que según Dios y sus creencias parezca más suficiente para el dicho cargo". Celebrada la misa, la elección se desarrollaba sin novedad, cuando de repente introdújose en el templo un tal Castillo, apodado "el Largo" - no diré "hombre de acción", porque todos lo eran en esos andurriales guaraníticos -, el cual tomó la papeleta del voto y la rompió en pedazos. Era esta la señal convenida para desatar la gresca. Los "alvaristas" reaccionaron violentamente e impidieron la entrada de Mendoza al recinto comicial. "Rui Dix Melgarejo dixo que no había de entrar (Mendoza) en la elección por haber pedido al Gobernador (Cabeza de Vaca) la espada cuando lo prendieron"; y Hernando de Ribera proclamó, sin ambajes, "que aunque Francisco de Mendoza tubiese botos no había de mandar". En esta forma tumultuosa los conjurados lograron hacer elegir por mandatario a Diego de Abreu. Y como posteriormente Mendoza no se resignara a reconocer ese fraude manifiesto, sus enemigos lo condenaron a la última pena. Antes de subir al cadalso, y para salvar su vida, don Francisco les propuso a Melgarejo y a Abreu celebrar un pacto de alianza mediante el cual ambos se casarían con dos hijas doncellas del reo; mas tal ofrecimiento fue rechazado, y la aristocrática testa del hijo del Conde de Castrojeriz rodó por el suelo ante los espectadores aterrados.

      "Donde las dan las toman"

      Poco tiempo, en verdad, habrían de cantar victoria Abreu, Melgarejo y sus parciales "alvaristas"; Irala retornó implacable a la Asunción; y no obstante haber apresado a aquellos dos cabecillas, estos fugaron de la cárcel en julio de 1549. El gobierno organizó entonces una verdadera cacería contra los decapitadores de Francisco de Mendoza. Ello obligó, a nuestro prófugo, por simple instinto de conservación, a pasarse casi cuatro años ocultándose continuamente en salvaguarda de su pellejo. A veces en "casas secretas"; cuando no "metido en los bosques espesos"; siempre, como quien dice, a salto de mata; en los primeros tiempos, junto con Abreu; hasta que a ese "caballero de Sevilla, de mí natural deudo, vecino y amigo" - como lo recordaría Melgarejo más tarde - "en un bosque, durmiendo, con un arpón lo mataron".
      En 1553 pudo el hombre regresar a la Asunción bajo palabra de no meterse en política; empero, por esto o por aquello, volvió a ser detenido con otros "alvaristas" y, cargado de cadenas, remitido a Irala que acampaba a 30 leguas al norte de la ciudad, en un paraje llamado Ayuruquizaba. Una vez ahí, el astuto y escurridizo Capitán logró escapar de nuevo; y con un soldado de apellido Flores, cruzando selvas, ríos y montañas, acosado sin tregua por los salvajes, se internó en la jungla brasileña. En tan accidentado peregrinaje - como el mismo lo dijo -, "después de muchos trabajos, peligro, ambre y desnudez", al llegar a cierto pueblo de "tupíes", estos mataron a Flores "y se lo comieron con grandes fiestas". Y refiere Díaz de Guzmán - el cronista - que Melgarejo hubiera seguido la misma suerte si una india, súbitamente enamorada de él, no le facilita la fuga.

      En cadena prosiguen los lances novelescos

      Así, el desertor pudo continuar la marcha hasta la playa de San Vicente, sobre el dilatado océano, en cuya Capitanía se encontró con los expedicionarios de la armada de Sanabria, quienes luego de una travesía trasatlántica llena de vicisitudes, habían sido auxiliados y permanecían detenidos por las autoridades portuguesas del lugar.
      En efecto; vacante el adelantazgo del Río de la Plata a raíz del descalabro político sufrido por Alvar Núñez Cabeza de Vaca, la corona aceptó la propuesta de Juan de Sanabria para continuar la conquista de esas regiones rioplatenses; y capituló con este el 22-VII-1547. Distintas circunstancias impidieron que Sanabria cumpliera su contrato, y falleció dejando el compromiso pendiente. Su hijo Diego renovó la concesión paterna el 17-III-1549; y con el apoyo económico de su madre - o madrastra - Mencía Calderón, pudo equipar un navío y dos bergantines que puso bajo el mando del veterano conquistador Juan de Salazar de Espinosa, desterrado del Paraguay por "alvarista". Acompañaron a Salazar en la aventura; la animosa empresaria doña Mencía y sus hijas; el hidalgo Capitán Francisco Becerra, su mujer Isabel de Contreras y sus hijas; y entre otros pasajeros de pró, Hernando de Trejo, Cristóbal de Saavedra y Hernando de Salazar. Por su parte el Adelantado Sanabria retrasado quedó en Sevilla, dispuesto a zarpar más tarde, con otros elementos y refuerzos rumbo a los territorios de su mando. El viaje de doña Mencía y sus acompañantes, entretanto, resultó lleno de peripecias. A poco de navegar la flota (1550) se acabó el agua a bordo; temporales y vientos contrarios arrastraron luego a la nao de las señoras contra las costas de Guinea, donde fue saqueada por los corsarios franceses, que respetaron el honor de las mujeres, lo que - según Hans Staden, testigo y futuro cronista del suceso - "tratándose de franceses no fue pequeña la aventura". En la mayor indigencia los expedicionarios prosiguieron la navegación hacia Santa Catalina, en el Brasil, en cuyas proximidades dos de las tres naves de la armada se fueron a pique. Doña Mencía y su gente pudieron alcanzar la costa y, desde ahí, enviar emisarios a Irala, a fin de que acudiese a socorrerlos desde la Asunción. Como el tiempo transcurriera y se acumularan las dificultades, después de fabricarse un bergantín, los náufragos consideraron conveniente trasladarse a San Vicente; en cuya localidad hallaron socorro las señoras, aunque todos los españoles quedaron detenidos por los lusitanos. En esa situación se encontraban ellos, cuando en el lugar se hizo presente Ruy Díaz Melgarejo, que venía huído de Irala. Conoció el entonces a Elvira - una de las hijas del Capitán Francisco Becerra y de Isabel de Contreras -, y a fines de 1553 se casó con ella.
      A este respecto, Barco de Centenera versificó en La Argentina:


      "La costa del Brasil está temblando
      sabiendo de Rui Díaz la venida,
      que piensan que se viene apoderando
      de todo lo que halla de corrida.
      Pues saben como ha andado conquistando,
      y que tiene la tierra así rendida;
      y no saben que quiere Melgarejo.
      Mas ved en que ha parado su consejo.

      Allega a San Vicente, dó Cupido
      desembaraza cruel su flecha dira;
      y hácele quedar preso y rendido
      al rostro angelical de doña Elvira.
      Quien indios y españoles ha vencido,
      vencido y muerto queda porque mira.
      Y piensas tú, Cupido, no lo fueras
      mirando a doña Elvira de Contreras!.

      De Medellín salió la dama bella,
      de conocida casta y gente clara;
      y aunque fue en hermosura linda estrella,
      fortuna se mostró con ella avara". ()

      Varios años residió Melgarejo en San Vicente, aquella Capitanía lusitana de la costa. Allí nacieron sus hijos legítimos; y desde allí se hubiera embarcado para España con los suyos si los portugueses no lo hubieran impedido. En tal situación resolvió escribirle a Irala y someterse a su autoridad legal. "Visto que los portugueses no me dexaron embarcar - lo enterará más tarde al Rey, desde la Asunción - úbeme de esta ciudad de tornar, donde allé de legítimo governador al que todo fue causador (de sus males), y ansí (a Irala) le obedecí y como echura de V.M. le serví".
      Retornó, pues, Melgarejo al Paraguay en 1555, en compañía de Salazar de Espinosa y de otros expedicionarios. Y con ellos un tal Gaete que arreaba a "siete vacas y un toro" de propiedad de los hermanos portugueses Cebrián y Luis de Goes; plantel legendario del cual - junto con las haciendas mandadas traer posteriormente del Alto Perú por el Adelantado Juan Ortiz de Zárate - derivan los primitivos rebaños bovinos que poblaron después las pampas litorales argentinas.
      Irala conocía bien a Melgarejo, cabecilla virtual de los opositores de su gobierno y de su persona, por lo tanto resolvió alejarlo de la Asunción, encomendándole el emplazamiento de un pueblo en el trayecto hacia Santa Catalina, en la región del Guayrá, que nuestro Capitán había recorrido tantas veces.

      Fundación de Ciudad Real y posterior drama conyugal de Melgarejo

      En llevando a cabo la misión encomendada, Ruy Díaz Melgarejo, a principio de 1557, estableció en las soledades del Guayrá, el reducto de "Ciudad Real". "El governador me mandó con ciertos amigos a poblar fuera un asiento que llaman Guairá, junto al río que llaman Paraná, la vuelta del Piquirí - le escribía el fundador a su Rey -. Yo aceté por parecerme que servía mucho a V.M.; y que mis amigos que son los probes que siempre a V.M. lealmente an servido, les sacaba del captiberio y de debaxo de la lanza de quien, tantos años a, nos la tiene en los pechos (ese "quien" es Irala, al que Melgarejo no puede aludir sin odio); por que (Irala) asta en el repartimiento que hizo desta tierra a ninguno dellos yndio dió".
      Siete años hubo de permanecer nuestro Capitán al frente de "Ciudad Real"; y en 1561 soportó allí una gran sublevación de indios comarcanos, que terminó en asedio contra la aislada población por él fundada. En circunstancias tan apremiantes, Melgarejo envió a un cacique amigo suyo con un mensaje escrito para su hermano Ortiz de Vergara, a la sazón Gobernador, pidiéndole socorro. Este, sin demora, despachó hacia aquel punto con refuerzos a Alonso Riquelme de Guzmán, quien supo cumplir con éxito su cometido, liberando a Melgarejo de su difícil situación, lo que significó salvarle la vida.
      Más tarde, Ortiz de Vergara dispuso enviar a su hermano a España en calidad de Procurador de la Provincia; por lo cual Ruy se vino en 1563 del Guayrá a la Asunción con toda su casa, mujer e hijos". Pero como los carpinteros de ribera no habían terminado aún de construir la carabela que le conduciría a Europa, el Gobernador dispuso que el emisario ultramarino realizara, antes, una expedición punitiva terrestre contra ciertos naturales alzados en la región del Paraná. Y de vuelta de este escarmiento militar, tocóle a nuestro hombre convertirse en protagonista de una venganza terrible, cuyo argumento bien hubiera podido dar forma a un drama de Lope o de Calderón.
      Parece que doña Elvira, su mujer, lo engañaba con un clérigo llamado Juan Fernández Carrillo. Enterado Melgarejo de la infidelidad de su consorte, no vaciló en matar a la pareja de adúlteros en defensa de su honra. Martín de Barco Centenera dejo rimada esta versión sobre dicho sangriento episodio pasional:

      "Casóse (doña Elvira) en mal punto y hora mala;
      Dios sabe lo que siento en escribillo.
      Amor, que con lo bajo lo alto iguala,
      le hace aficionarse a Juan Carrillo.
      Cójelos Melgarejo en una sala,
      y como no es el caso de sufrillo,
      aunque la dama es tal, y el galán viejo,
      a entrambos los ha muerto Melgarejo".

      "Entrando el Capitán a su aposento,
      al adúltero mató de una estocada.
      La dama viene al grito con lamento;
      la gente viene al grito alborotada.
      Ayúdanlo a matar. Oh crudo cuento!.
      ¿Que no hay quien te defienda, desdichada?.
      Fenece la extremada hermosura,
      en el colmo de extensa desventura".

      A raíz de este doble crimen, Melgarejo, excomulgado, huyó nuevamente a territorio portugués por temor a la justicia Real. Sus hijos menores de edad quedaban desamparados en la Asunción. Por dicho motivo fue que, en 1564, el Procurador Gaspar de Ortigosa solicitó al Alcalde le nombrase tutor de los mismos; lo que dicho Juez proveyó de conformidad.

      Regresa Melgarejo, funda "Villa Rica" y reanuda impetuosa actividad política

      No se prolongó por mucho tiempo el alejamiento del fugitivo. En 1569 los pobladores de "Ciudad Real" - sus "probes" amigos - se sublevaron contra el Teniente del Guayrá Riquelme de Guzmán. Entonces el Gobernador interino Ortega creyó, con razón, que el veterano fundador de dicha ciudad, con su prestigio de caudillo, era sin duda el hombre indicado para imponer sosiego en ese su antiguo feudo, y lo mandó llamar.
      Previo levantamiento de la excomunión por el clérigo Paniagua, Provisor del Obispado paraguayo, Ruy Díaz Melgarejo llegó a la Asunción; y, de ahí, se va para "Ciudad Real", donde no le costó nada dominar la revuelta. Mas una vez dueño de la situación, lejos de corresponderle a Riquelme, que, como sabemos, le había salvado del asedio de los indios en 1561, lo derrocó y se hizo proclamar él en su lugar. Acaso Melgarejo no le perdonaba a su ex correligionario el casamiento con la hija de Irala, que consideraba una claudicación indigna del Capitán sobrino de Cabeza de Vaca.
      Teniente General del Guayrá, por obra y gracia de su prepotencia, Melgarejo, en aquel período de su vida, fundó la ciudad de "Villa Rica del Espíritu Santo", en el paraje llamado "Cuaracyberá"; aislado entre montañas, selvas y esteros; donde pese a todo llegó, en febrero de 1570 con 40 hombres y 53 caballos. En ese sitio salvaje hizo edificar una iglesia, levantar un fortín, constituir un cabildo y repartir solares y chacras entre sus acompañantes.
      Y quedó enclavada ahí, en pleno trópico, en una región a la que se suponía pletórica de oro, aquella avanzada de la conquista castellana en el Río de la Plata; malogrado punto de partida - por falte de visión en las altas autoridades metropolitanas - de la corriente expansiva y colonizadora rioplatense hacia las costas del Atlántico, hacia esa riquísima zona litoral - que perdimos para siempre - formada hoy por los estados brasileños de Río Grande do Sul, Santa Caterina y Paraná.
      Después del establecimiento de "Villa Rica", Melgarejo - a los 51 años de edad - creyó culminar su carrera de conquistador y fundador de pueblos. Empero, estaba de Dios que sus trabajos aún no habían de concluir en dichas tierras. En efecto: destituído de la gobernación paraguaya el hermano suyo, Ortiz de Vergara, por orden del nuevo Adelantado Ortiz de Zárate, que demoraba su viaje en España, nombróse en reemplazo de aquel al inspirador del golpe contra Alvar Núñez, al matador de Abreu y enemigo tradicional de Melgarejo; Felipe de Cáceres; quién dispuso la cesantía de su adversario, y envió para reemplazarlo en la jurisdicción de ese gobierno, otra vez a Alonso Riquelme de Guzmán. Sin embargo, el Señor del Guayrá, se negó a entregar el poder y desacatóse contra las autoridades de la Asunción. Para ello le bastó convocar a los vecinos y soldados de "Villa Rica" en un Cabildo abierto que lo proclamó Capitán General y Justicia Mayor de esa región, en nombre de su hermano depuesto. Tal desplante caudillesco fue suficiente para que gran parte de los hombres que seguían a Riquelme se pasaran a sus filas. El representante del Gobernador Cáceres, imposibilitado de llevar adelante su misión, cayó prisionero. Y Melgarejo, a la manera del clásico guerreador de la historia antigua, hizo con el vencido una entrada triunfal en "Villa Rica"; "llevando adelante de sí, en una hamaca, al preso, formada la gente en escuadrón tocando pífanos y tambores" - como nos lo cuenta el cronista de La Argentina, hijo del escarnecido don Alonso.
      El año 1572 se produce otro tumulto en la Asunción; los partidarios de Ortiz de Vergara destituyen y apresan a Cáceres, en una asonada que dirigió el Obispo de la Torre, quien acusaba a dicho Gobernador de "luterano". Como resultado de esta alteración política quedó Martín Suárez de Toledo, interinamente, a la cabeza de la Provincia. Suárez mandó llamar a Melgarejo para encargarle la conducción del prisionero Cáceres a España, al mismo tiempo que llevaría informaciones a la Corte sobre el estado y necesidades de los pobladores de estas comarcas, en procura de su pronto remedio. Además - la caridad empieza por casa - nuestro viajero hizo levantar su "Probanza" de méritos y servicios, el 11-II-1573, a fin de ser gratificado por las autoridades del reino; honroso testimonio que había de presentar junto con unas muestras de piedras auríferas recogidas en los cerros de Cuaracyberá.
      Finiquitados los aprestos para la larga travesía, la carabela partió de la Asunción el 14-IV-1573, llevando a su bordo a Ruy Díaz Melgarejo; al preso Felipe de Cáceres; al Obispo de la Torre, que en la metrópoli disponíase a querellar a Cáceres ante el Tribunal de la Inquisición; y, entre un número indeterminado de soldados, viajaba también con ellos Rodrigo Melgarejo, hijo mayor de Ruy, mozo de 17 años resuelto a ordenarse sacerdote en un monasterio de San Vicente. En otra nave, los escoltó aguas abajo Juan de Garay, hasta la laguna de los Patos sobre el Paraná y, de ahí, en histórica jornada:

      "río arriba se ha tornado,
      y puebla a Santa Fé, ciudad famosa.
      La gente que está en torno ha conquistado,
      que es de ánimo costante y belicosa.
      Los argentinos mozos han probado
      allí, su fuerza brava y rigurosa,
      poblando con soberbia y fuerte mano
      la propia tierra y sitio del pagano".


      Ayuda a la expedición de Ortiz de Zárate

      Al recalar en San Vicente, los antedichos viajeros supieron que Juan Ortiz de Zárate había pasado para el Río de la Plata a tomar posesión de su adelantazgo. Entonces Melgarejo determinó alcanzar a la armada de aquel concesionario regio, y ponerse a sus órdenes, sin que a este respecto valieran las protestas del Obispo. En consecuencia puso en libertad a Cáceres para que continuara el viaje por su cuenta, y se separó del mitrado que, enfermo de disgusto, murió en la Capitanía portuguesa poco después.
      Desanda camino, por tanto, nuestro Capitán, y alcanza a la armada de Ortiz de Zárate en San Gabriel, en un momento oportunísimo, ya que el Adelantado venía "con extrema necesidad, tanta que se le moría la gente que traya". Hallábanse los expedicionarios en peligro de ser asaltados por el cacique de los charrúas, Zapitán o Zapicano, cuando - dice el Padre Lozano - "aportó su gente el Capitán Ruy Díaz Mergarejo, con cuya vista no son ponderables los júbilos en que prorrumpieron todos los de la armada, como si de repente resucitaran de muerte a vida". Y Hernandarias, en 1598, le había dado al Rey la siguiente referencia sobre ese suceso; "dicho General Ruy Díaz Melgarejo ... fue el primero que socorrió al Adelantado Juan Ortiz de Çarate en este rrio de la plata, viniendo para el efecto del brasil con un nauio cargado de bastimentos a su propia costa, y fue gran parte para que no pereciese aquella armada que estava en grande aprieto de hambre y de enemigos, por hauerles muerto, al dicho adelantado, mucho gente los yndios charrúas".
      Luego del providencial contacto de Melgarejo con los desmoralizados sobrevivientes de la expedición zaratina - "guerreros de taberna, espuma de los malecones sevillanos", los moteja despectivamente Groussac -, el avezado conquistador que los socorriera, de hecho convertido en factótum del Adelantado, guió a las embarcaciones recién venidas hasta la isla de Martín García, donde la armada se guareció durante tres meses; lapso suficiente como para, previa exploración de las costas aledañas, fundar el pueblo de "San Salvador" - nombre que sin irreverencia, mas de alguno podría venerar asociado al del propio Ruy Díaz Melgarejo
      "San Salvador" tuvo su emplazamiento a orillas del río del mismo nombre, en territorio de la banda oriental del Uruguay, como a 100 kilómetros al norte de la isla Martín García. Allí, en ese precario asiento que tan poco duraría, el 3-XII-1575 falleció y quedó enterrado el cadáver de Francisco Ortiz de Vergara - el hermano de Melgarejo -, el cual después de su destitución había ido a España a rehabilitarse, y volvía al Paraguay, donde lo aguardaba su familia, en calidad de Tesorero de la armada de Ortiz de Zárate.
      Poco antes, mientras Melgarejo estaba empeñado en el rescate de unos cristianos cautivos de las tribus ribereñas, apareció Juan de Garay, su concuñado, quien, desde Santa Fé, acudía con refuerzos y bastimentos para el Adelantado. Tal encuentro feliz, mancomunó a los dos capitanes famosos, parientes y amigos, en la tarea de sostener algunas escaramuzas con los indios. Ambos se incorporaron luego al grueso de la armada para remontar los ríos Paraná y Paraguay y desembarcar, finalmente, en la Asunción, con Ortiz de Zárate, el 8-II-1575.

      Ultimo gobierno, mercedes y privilegios concedidos a nuestro personaje

      Cinco meses mas tarde, el 7 de julio, el Adelantado nombraba a Melgarejo Gobernador del Guayrá, la áspera comarca que había requerido sus mejores afanes, y donde, a la sazón, los naturales estaban en guerra contra las autoridades españolas. Los títulos del favorecido eran literalmente los de "Teniente Gobernador Capitán General y Justicia Mayor de la Ciudad Real y de Villa Rica del Espíritu Santo", y habrían de corresponderle por tres vidas en esta última ciudad, y por dos en la otra; con facultades para gobernarlas, repartir encomiendas, nombrar lugartenientes y demás amplias atribuciones del caso. Asimismo se le agració con una encomienda de 300 leguas de tierra y 352 "fuegos" (vale decir, unidades sociales indígenas constituídas por un padre de familia con su mujer e hijos) comprendidos dentro de la expresada superficie. "Os doy y encomiendo para que gozeis dellos por vuestra vida y por la de un hijo legítimo vuestro" - rezaban los fundamentos de la Real Cédula respectiva, en mérito a los 35 años que llevaba el interesado de residencia en esos lejanos territorios, donde sirvió "bien y fielmente" al Rey y fundó pueblos y descubrió minas, y por el socorro dado oportunamente a Ortiz de Zárate, "como caballero e hijodalgo que sois, fiel y leal basallo de su magestad, zeloso de su rreal seruicio".
      A ley de Gobernador del Guayrá, Melgarejo se dedicó afanosamente a la busca y cateo de las minas de Cuarecyberá, con la esperanza de encontrar oro. Trabajó en eso personalmente, aunque era "hijodalgo y no artesano", cual consta en su "Probanza" de servicios de 1578; documento ese donde el testigo Francisco Pérez de Canales dijo de él que "de un año a esta parte todos los más días le e visto estar en la fragua desta villa, traficando con gran cuidado y asistencia, en fundir y ensayar el metal de herro para sacallo a luz".
      Así, en vez de oro y plata, nuestro conquistador metido a minero extrajo hierro, lo cual - a juicio suyo -, después de lo principal "que es el ensalsamiento de nuestra Santa fee catholica", resultó de "gran utilidad a todos los vecinos, y por ser Remedio de todos, en gran necesidad y penuria como avía del dicho yerro, por ser el Rescate e moneda que se usa en esta tierra, e carecer como carecían muchos de una cuña e un cuchillo".
      Todavía, durante su postrer gobierno, efectuó Melgarejo una "entrada" contra los tupíes, nación "yndómita y mui belicosa, y que comían carne humana"; antecedente que no impidió el rescate de "diez españoles y una mujer casada con su marido, la qual le tenían quitada los dichos yndios, y se aprovechaban della".
      El 22-IX-1587, el viejo Capitán, prácticamente retirado de su feudo del Guayrá, presentó al Cabildo de la Asunción un memorial por el que solicitaba en propiedad una legua de terreno, próximo al río "Tobatí" y a un campo suyo de este nombre que poblaba su hijo Hernando Melgarejo; terreno cuyo dominio se le adjudicó, atento los méritos del peticionante, para establecimiento de estancia, corrales y casas.
      Por 1590 - frisaba en los 71 años - don Ruy se instaló en Santa Fé, la ciudad fundada por su concuñado Garay, resuelto a pasar el final de su vida el lado de su hija Isabel de Carvajal, que necesitaba amparo, pues sus enemigos políticos acababan de ajusticiarle al marido, Capitán Gonzalo Martel de Guzmán, acusado de "trayzión".

      Disposiciones finales y sucesión de mi conjeturado decimotercer abuelo

      Ya vislumbrando la muerte, Melgarejo ordenó su testamento, que firmó el 5-X-1595, en casa de su hija Isabel, por ante mi antepasado el Escribano Francisco Pérez de Burgos.
      Empezó el otorgante por manifestar en esa escritura, "que si para la expedición de alimentos del cuerpo humano pone el hombre en este mundo toda la diligencia posible, cuanta mayor razón la debe poner para conseguir el camino y carrera de salvación, y que el alma goce de la gloria prometida por Nuestro Señor". Mandó colocar sus restos en "la Iglesia del bienaventurado San Françisco desta ciudad (Santa Fé), en la sepoltura en que está enterrado mi hijo (político) don Gonzalo Martel de Guzmán", amortajado con los atributos de hermano de las Cofradías de Nuestra Señora del Rosario y de la Concepción. Recomendó que sus armas; arcabúz, espada, daga y celada, se entregaran a su hijo natural Francisco de Guzmán. Declaró "haber poblado y poblado las dos çiudades Real y Villa Rica del Espíritu Santo, en las provincias del Guairá"; y dispuso que la encomienda de más de 300 leguas que allá poseía, así como solares, estancias y mercedes de su propiedad en dichos parajes, quedaran para el Capitán Manuel de Frías y la esposa de éste, su nieta Leonor de Ortega Martel de Guzmán. También le dejaba al matrimonio Frías-Martel "los bienes, herencias, heredades y possessiones, sensos y tributos", de la sucesión de sus padres "que tengo en los Reinos de España", en "la aldea de Salteras", donde han de hallarse esos bienes que Frías, en persona o mediante apoderado debía cobrar. A Hernando Melgarejo, otro de sus hijos naturales, y a las hijas de éste Isabel y Beatriz, les legaba su estancia poblada "de la otra vanda del Río el Tovaty", próxima a la Asunción, de una legua de tierra en "quadra". En cuanto a sus hijos legítimos, cuyos nombres estampó en el testamento, declaraba haberles ya entregado sus respectivas partes hereditarias en vida. Finalmente designó por sus albaceas a los Capitanes Manuel de Frías y Hernandarias de Saavedra y a su bastardo preferido, fray Francisco de Guzmán; todo por ante los testigos Juan de Encina y Pedro de Alcaráz, vecinos de Santa Fé, y los residentes en el mismo punto, Jerónimo Pérez y Felipe López, y bajo el refrendo autorizante del "Scribano de su magestad" Francisco Pérez de Burgos. [2]

  • Fuentes 
    1. [S112] Los Antepasados, A lo largo y más allá de la Historia Argentina, Ibarguren Aguirre, Carlos Federico, (Trabajo inédito), Tomo VIII, Los López Tarifa Humanés Naharro (Confiabilidad: 3).

    2. [S112] Los Antepasados, A lo largo y más allá de la Historia Argentina, Ibarguren Aguirre, Carlos Federico, (Trabajo inédito), Tomo VIII, Los Melgarejo (Confiabilidad: 3).