GENEALOGÍA

Nuestra completa base de datos

Conquistadores, descubridores, gobernantes, caudillos, militares, escritores... descubra quiénes fueron, quiénes fueron sus mayores y quienes son sus descendientes.

Sumérjase en la más completa base de datos de genealogía de las familias tradicionales argentinas.

 

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HERÁLDICA

El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

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San Martín y el Ejército del Norte

Ratio:  / 23

por Cosme Beccar Varela

extraído del libro "Aquellas aguas trajeron estos lodos"
Editorial Armerías, Buenos Aires 2013 

San Martín, nombrado jefe del ejército del Norte el 3 de Diciembre (1813) se hizo cargo recién el 20 de Enero (1814) y no enteramente porque mantuvo a Belgrano como segundo en el mando. San Martín, en realidad, nunca tuvo la intención de ejercer esa jefatura y quiso conservar a Belgrano a su lado para poder retirarse en cualquier momento.  Su idea fue siempre ocupar Chile, hacerse fuerte allí e invadir el Perú por mar. Ese era el plan  Maitland que había estudiado en Inglaterra y no lo abandonó nunca. 

La política del Río de la Plata no le interesaba porque sabía que Inglaterra no dejaría que España retomara Buenos Aires y, además, no quería polemizar con Alvear.  Había decidido formar una nueva rama de la logia “Lautaro” con los oficiales del ejército del Norte y una vez disciplinados bajo el régimen de la logia, dejar la custodia de la frontera Norte en manos de Güemes, Warnes y Arenales, con alguna tropa además de la caballería volante que respondía al primero y con el resto del ejército formar en la provincia de Cuyo un ejército de los Andes que le respondiera totalmente para pasar a Chile. Contaba con que podría invadir el Perú y tomar Lima antes de que Pezuela o cualquier otro general que mandara el virrey Abascal pudieran vencer la resistencia de esos jefes.

En cumplimiento de ese plan se instaló en Tucumán, mandó construir fuera de ella una “ciudadela”, una verdadera fortaleza en la cual se podría resistir el avance realista, en el último de los casos.

San Martín congenió con Güemes sin pretender asociarlo a la logia. El lado mundano del carácter del general se sentía atraído por la personalidad de aquel aristócrata salteño que habiendo sido teniente del regimiento Fijo de Buenos Aires a los 20 años, durante las invasiones inglesas, había vuelto a Salta “llamando la atención del vecindario –dice Vicente Fidel Lopez-, y deberíamos decir, escandalizándolo también con sus audaces y repetidas calaveradas a la cabeza de muchos otros jóvenes como él, jinetes y desalmados por pasatiempo…Levantando el espíritu de aquellos calaveras que hasta entonces no se habían ocupado sino de asaltos amorosos, de raptos, de bromas arriesgadas y de mil otros desacatos…Güemes fue uno de los primeros que arrastrando bajo sus órdenes a sus amigos y usando la fama que le habían dado en el pueblo sus audaces correrías, se pronunció por la Revolución” y hasta ayudó a Balcarce a detener a Liniers en su intento de resistencia en Córdoba.

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Viaje al fondo del tiempo

Ratio:  / 3

por José María Posse Posse
extraído de "Los Posse, el espíritu de un clan", 1993.

 

“Cuanto más atrás puedas mirar, más adelante verás”. Winston Churchill.

 

Voy a Galicia en busca de un pasado indeciso y remoto. El tren se detiene en Santiago de Compostela, una mañana gris de lluvia tenue y frío intenso. A medio día, ya en el hostal del convento de San Francisco, me encamino a la zona histórica de la ciudad. Las nubes se abren para mostrar un brillante cielo azul, mientras transito por el camino de las centenarias peregrinaciones, sorprendido por la arquitectura medieval, estrechas callejuelas de piedra flanqueada por edificios con recovas de arcos antiquísimos.

En una esquina, un gaitero de jeans y zapatillas, ejecuta melodías folklóricas. Mas allá, un flautista rescata sonidos olvidados de música barroca.

Por estas mismas calles caminó, dos siglos atrás, el fundador de mi familia tucumana, y yo lo evoco: desde mi llegada es como si sintiera una presencia invisible y amiga: tal vez la fiebre de un resfrío mal curado aviva a mi imaginación.

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Morir en Buenos Aires

Ratio:  / 2

por Omar López Mato
Revista “Todo es Historia”, nro. 424, Noviembre 2002

John Steinbeck decía que una persona pudo haber vivido una vida dorada o una vida deslucida, con afectos o desencuentros, pero al morir se convierte en el centro de una de las manifestaciones más complejas de la sociedad: los ritos funerarios, reflejos de los hábitos y costumbres de un pueblo o una época. Nuestra ciudad nació y creció entre muertos que se enterraron y descansaron por siglos en lugares insospechados para nuestras mentes del siglo XXI.

 

Entierros, velatorios y cementerios en la vieja ciudad

El 11 de junio de 1580, al fijar don Juan de Garay la cruz de madera donde debía levantarse la iglesia mayor de la nueva ciudad, con la presencia de los dos únicos sacerdotes que lo acompañaron, fray Juan de Rivadeneira y Antonio Díaz Picón, indicaba de alguna forma, dónde dejarían sus huesos los fieles cristianos que tuviesen la peregrina idea de morirse en esta mísera aldea. Allí se enterraron los primeros habitantes de esta Santísima Trinidad y su puerto de Santa María de los Buenos Aires, y luego se enterrarían por casi dos siglos dentro de las iglesias que lentamente poblaron la ciudad. Todavía esos templos albergan a algunos grandes señores honrados con la proximidad al altar que su prosapia y prodigiosas acciones les permitieron merecer. Uno de los más antiguos habitantes porteños que se conserva en la Catedral, fue nuestro primer obispo, fray Pedro de Carranza, fallecido hacia 1630.

 

Descanso eterno en las Iglesias

En la iglesia San Juan Bautista descansan los restos de don Pedro Melo de Portugal y Villena, quinto virrey del Plata, muerto en Montevideo hacia 1797 y trasladado a este reposo eterno por expresa voluntad. Además, bajo el coro de esta iglesia existe una cripta que albergó los cuerpos de doscientas setenta monjas clarisas.

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Itinerario final de Rosas (1852)

Ratio:  / 62

 

por Jorge A. Vilella Tonnelier

extraído de "Cuentos de la Ciudad Vieja". Madrid, 2008.
ISBN: 9788493661106

 

En su retirada de la batalla de Caseros, Rosas fue herido en la mano derecha por una bala de fusil, aunque levemente, cuando abandonaba el campo de batalla, apenas pasada la una de la tarde. Le quedaban fuerzas bravas y leales, pero dado el desastre de la mayoría de las tropas que comandaba y el caos que el enemigo había producido entre sus filas en cuanto comenzaron las hostilidades, al mediodía la dio por perdida y enfiló hacia Buenos Aires cruzando las líneas enemigas con la división de gauchos veteranos que días antes habían desertado del ejército de Urquiza, matando al coronel Aquino. Acaso el grupo era demasiado vistoso para un hombre que ya tenía otros planes. En cuanto pudo, lo que equivale a decir en cuanto quiso, se los sacó de encima y siguió acompañado solamente por su asistente de confianza Lorenzo López.

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La prueba de la posesión de escudos de armas

Ratio:  / 14

 

por Enrique Sancho-Miñano (h).
Miembro del Centro de Estudios Genealógicos y Heráldicos de Tucumán.
Artículo publicado en Revista del Centro de Estudios Genealógicos y Heráldicos de Catamarca, Año 1, Nº 1, editorial Sarquís, Catamarca, 2010, pág. 147-149.

 

Introducción

Por una confusión muy extendida, mucha gente cree que encontrar su escudo es tan sencillo como buscarlo en un nobiliario o blasonario o, peor todavía… en Google.
Esta confusión parte del error de creer que los escudos son de apellidos. Un absurdo con mayúsculas producto del desconocimiento de lo que es y representa un escudo de armas.
Quienes así actúan, no comprenden que –de la misma manera que las marcas comerciales identifican a una concreta firma– los escudos de armas identifican a una concreta familia o linaje, al constituir, como dice Luis Valero de Bernabé, “el genuino signo de identidad, medio de cohesión y síntesis gráfica de los valores e historia de cada linaje”.

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Los automóviles y la quinta de San Isidro

Ratio:  / 2

 por Carlos F. Ibarguren Aguirre
extraido de "Los Antepasados", Buenos Aires, 1983

Durante tres décadas, sólo cuatro automóviles hubo sucesivamente en la casa de mis abuelos Aguirre: el "Eléctrico", el "Charrón", un "Daimler" y un "Cadillac". El recuerdo de el "Eléctrico" se remonta a mi más tierna infancia. Su grande y lujosa carrocería, con asientos "vis a vis", estaba tapizada por dentro de cuero negro "capitoné". El vehículo era puesto silenciosamente en marcha, desde el pescante, por José "el portugués" -- antiguo cochero -- quien, uniformado de azul oscuro con botones de bronce y gorra de visera, cual un comodoro empuñaba el volante y las palancas propulsoras de la energía encerrada en los acumuladores. Ibamos los niños en el "Eléctrico" a tomar aire y sol a la Recoleta o a Palermo, en cuyos jardines, poblados de gente menuda, corríamos detrás de una pelota o del aro que se hacia rodar a golpes de palito; esquivando gobernantas alemanas, mises inglesas, niñeras gallegas vestidas como "nurses", profusión de bicicletas y cochecitos con lactantes a cargo de amas tocadas con cofias y lazos de colores, a estilo de aldeanas francesas.

Después -- heredado de don Manuel viejo -- un "Charrón" a nafta -- limusina cerrada proveniente de Francia -- sustituyó al "Eléctrico". Y más tarde vino el poderoso "Daimler", de motor alemán construido en Inglaterra y manejado aquí por el "chauffeur" coruñés Manuel Montes -- doble fila de botones en la guerrera y polainas negras. (Los coches oficiales del Presidente Sáenz Peña y de sus Ministros eran todos de la marca "Daimler"). Finalmente mi abuela doña Enriqueta, en los últimos años de su vida, movilizábase, hasta la quinta de San Isidro, sobre un cómodo "Cadillac" norteamericano. 

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La tésis de Ramón J. Cárcano sobre "Los hijos adulterinos, incestuosos y sacrílegos"

Ratio:  / 5

 por Alejandra Díaz Bialet

Ramón José Cárcano César, el dos veces gobernador de Córdoba (1913-1916 y 1925-28), recordaba como en su niñez había salido huyendo de la escuela rural de San Francisco del Chañar, en su provincia natal, para nunca jamás volver, después que un tal Doroteo, por entonces su maestro, hubiese estado a punto de pegarle en la mano con una palmeta de madera de algarrobo, en una suerte de castigo ejemplar a todo el curso.

Parece ser que después de varios días de deliberaciones, sus padres, Inocente Cárcano y Honoria César, decidieron que fuera su abuelo, Francisco Marcos César, quien tomara a su cargo la instrucción primaria. Este Francisco, proveniente de una familia que se había establecido en la provincia a principios del siglo XVII, poseedor de tierras y de un comercio de ramos generales y acopio de frutos del país, tenía también, por parte de su hermano Pedro, un sobrino que se llamaba Justino César. Ambos pasarían a significar mucho en la existencia del futuro gobernador de la provincia.

Así, con estas palabras describe Cárcano lo que pudo el amor donde antes solo reinaban los gritos y los golpes:


“Mi abuelo me conduce a su escritorio, la pieza más fresca de la casa, atestada de diversas mercaderías, y frente a una ventana me sienta sobre una petaca de cuero cruda, cubierta de blandos tejidos elaborados en Tulumba. Pone en mis manos una cartilla y un puntero de palma, planta abundante en el lugar, y empieza la primera lección de papá Francisco, como yo le llamaba,... Ese día aprendo muy bien la lección y recito el abecedario de memoria. Mi abuelo me acaricia, abre una gaveta del almacén y me ofrece un puñado de pasas de uva. Las lecciones se repiten con el mismo éxito y la misma recompensa: pasas de higo, pelones, patay, chancaca, nueces, almendras mistol, avellanas, maní y algunas veces naranjas que vienen de La Rioja."

"Siento cariño por mi cartilla. Todos los días antes de la hora, espero sentado en la petaca al venerable maestro. A las pocas semanas leo y escribo directamente. La palmeta esta vencida. Nada se edifica con el golpe y el dolor. El cómitre Doroteo queda derribado por la escuela de mi abuelo sin haber leído a Pestalozzi. Todo florece con amor.”

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Carlos Ibarguren Uriburu

Ratio:  / 5

 

por Carlos Federico Ibarguren Aguirre

extraído de "Los Antepasados". Buenos Aires, 1983.

 

En 1882 - a la edad de 5 años - llegó con su familia desde Salta a Buenos Aires, cuya jurisdicción provincial acababa de nacionalizarse. Su padre había sido llamado por el Presidente Roca a fin de organizar la justicia ordinaria en la flamante Capital de la República, como primer presidente de la Cámara Civil de Apelaciones. 

A leer y escribir aprendió el niño con doña Serafina Martínez - nieta del General Arenales - que daba clases particulares en su casa. Después lo inscribieron en la escuela “de las 5 esquinas”, regentada por la señorita Amalia Gramondo.

Prosiguió sus estudios secundarios, sucesivamente, en el Colegio Literario “de mister Frequer”, en el de Bachilleres, en el viejo Colegio Nacional, y en el “del Plata”, que dirigía el profesor Edgar Courteaux; para matricularse más tarde en la antigua Facultad de Derecho de la calle Moreno, graduándose allí de abogado en 1898, con el premio de “medalla de oro". Su tesis doctoral versó sobre la “Institución de Heredero”, y fue padrino de la misma el doctor Wenceslao Escalante, profesor de Filosofía del Derecho, a la sazón Ministro de Hacienda, quien, poco antes, nombrara al sobresaliente discípulo secretario suyo.

Por esas fechas el joven Ibarguren fundó, con algunos amigos, una revista literaria: Juventud, al paso que incursionaba en el periodismo, mediante uno que otro “suelto” en las columnas del diario El País, cuyo director era su primo Pancho Uriburu. A comienzos de esta centuria estrenóse como catedrático de historia en el Colegio Nacional Norte; y, desde 1902, fue profesor de “romano” en la Facultad de Derecho. Seis años más tarde dictaba el curso de historia argentina en la Facultad de Filosofía y Letras, y, por breve tiempo, profesó en la Universidad de La Plata.

En la Facultad de Derecho porteña alcanzó el Vicedecanato; y al retirarse en 1922 voluntariamente de la carrera docente, otorgáronle el título de Profesor Honorario de las casas de estudio donde enseñara por casi un cuarto de siglo; a una de las cuales, además, representó en el Consejo Superior de la Universidad. Fruto de sus estudios y lecciones sobre la época de Roma son los libros Las obligaciones y el contrato en el derecho romano y argentino, Una proscripción bajo la dictadura de Syla e Historias del tiempo clásico. Por otra parte, desde 1904 había desempeñado los cargos de Oficial Mayor y luego de Subsecretario de hacienda, en los respectivos ministerios de Escalante, José María Rosa y Enrique Berduc.

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