GENEALOGÍA

Nuestra completa base de datos

Conquistadores, descubridores, gobernantes, caudillos, militares, escritores... descubra quiénes fueron, quiénes fueron sus mayores y quienes son sus descendientes.

Sumérjase en la más completa base de datos de genealogía de las familias tradicionales argentinas.

 

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HERÁLDICA

El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

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Los Aráoz, una familia histórica

Ratio:  / 20

por José María Posse Posse
Una Estirpe de Patriotas en  La Batalla de Tucumán

A principios de 1812 el ejército del Rey, avanzaba desde el Norte tomando venganza en las personas de los cabecillas revolucionarios: eran juzgados sumariamente, los fusilaban e incautaban sus bienes. Sus familias quedaban en la miseria. Los tucumanos fueron los primeros en plegarse a la causa de mayo, dieron asimismo a sus propios hijos al ejército del norte al que apoyaron material y financieramente. Si los españoles lograban ingresar a Tucumán, la represión en contra de los cabecillas revolucionarios hubiera sido implacable y seguramente habrían corrido ríos de sangre. La suerte de la patria naciente y la de los tucumanos de entonces estaba echada. Fue por ello que los patriotas comprometidos como los Aráoz, se negaron a entregar las armas de la ciudad al ejército de Belgrano en retirada. Si debían morir, harían pagar caro sus vidas.

Corrían los primeros días del mes de setiembre de 1812. El General Manuel Belgrano retrocedía desde Jujuy, regando una estela de desolación tras de sí. Buenos Aires había sido categórica: dejar abandonadas a su suerte a las provincias norteñas. Gregorio Aráoz de La Madrid (izquierda), en sus Memorias recuerda vívidamente aquellos días: "Llegamos a Tucumán a mediado de Septiembre y seguidos de cerca por el ejército de los españoles…, por cuya razón nuestro general en jefe estuvo decidido a continuar su retirada hasta Córdoba. Esta determinación alarmó tanto a los tucumanos que, se presentó su gobernador Bernabé Aráoz (en ésta parte del relato, Lamadrid se confunde ya que por entonces Aráoz no había sido designado gobernador), acompañado de mi tío el Dr. Pedro Miguel Aráoz que era el cura y vicario…, a pedir al señor general que no los abandonasen y ofrecerle que alarmarían toda la provincia y correrían la suerte que les deparase una batalla cuya demanda fue apoyada muy eficazmente por mi primo el mayor general Díaz Vélez, por el teniente coronel Juan Ramón Balcarce…el señor general accedió a esta petición tan determinada y dictó las órdenes más necesarias para esperar al enemigo. El gobernador Aráoz acompañado del cura y vicario y de otros varios ciudadanos, fueron a la campaña y al tercer días se presentaron al señor general con cerca de 2000 hombres decididos (aquí Lamadrid exagera el número de voluntarios, aunque seguramente muchos habrían sido descartados por ser muy ancianos o jóvenes), los que fueron armados inmediatamente de lanzas y aún de cuchillos que colocaban amarrados en lugar de moharras, los que no las tenían". Lamadrid continúa su relato: “Empezó desde aquel momento el señor Balcarce a ejercitarlos mañana y tarde en las principales maniobras de la caballería, a cuyo efecto destinó a varios oficiales…” 

La tarea de regimentar un ejército de reclutas, darle una mínima instrucción militar, fortificar una ciudad indefensa y levantar el temple a una urbe que, por primera vez, veía a sus puertas el peligro de una batalla sangrienta, debió ser sin duda tarea de titanes. Bernabé Aráoz y sus familiares estuvieron a la cabeza de aquellos. Incluso el grueso de las milicias tucumanas estaban compuestas por las peonadas de las estancias de los Aráoz. 

 

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Monseñor Dean Dr. D. Juan José Álvarez

Ratio:  / 2

Publicado en Buenos Aires en el año 1872
en el periódico "La República" y copiado del
"Diccionario Biográfico Americano" de 1875
y otras publicaciones.

Al aplaudir sinceramente el acierto con que ha procedido el Senado Argentino, en su propuesta en terna para Arzobispo; componiéndola de tres personas de indisputable mérito, por sus servicios, talentos y virtudes, y felicitándonos de ver figurar en ella á nuestro compatriota el Dr. Alvarez; nos ha parecido bien escribir algunas líneas, manifestando á grandes rasgos, los antecedentes políticos y la carrera eclesiástica y literaria de este ilustre y modesto sacerdote, que hace honor al clero de la República. 

Estando ya propuesta á Su Santidad por el Poder Ejecutivo Nacional, el Reverendo Padre Esquiú, que venía primero en la terna, nuestra intencion no es otra que dar a conocer aquel otro ilustre ministro del Señor y justificar la dignísima eleccion del Senado. Serémos sumamente concisos: de esa manera quedarán solo de relieve los verdaderos hechos, sin que nada se deba á la habilidad del cronista: el lector podrá hacer la apreciacion de esa vida intachable y colmada de honores merecidos. 

El Ilustrísimo Prelado Doméstico de Su Santidad, Dean de la Santa Iglesia Catedral del Paraná, Monseñor Doctor Don Juan José Alvarez, es oriundo de la Ciudad del Paraná, Provincia de Entre-Rios, en la República Argentina, y podrá contar cuarenta y cinco años. (En 1872) 

Hizo y terminó sus estudios preparatorios en la Ciudad de Buenos Aires, en el Colegio de la Compañía de Jesús, y los estudios Teológicos en el Convento de San Francisco de la misma. 

Estudió jurisprudencia en esta Universidad, de donde recibió el grado de Doctor en ambos Derechos, el 17 de Diciembre del año 1846. En el año de 1845, dictó gratuitamente, en la misma Universidad, la Cátedra de Filosofía, a solicitud de los notables alumnos que allí cursaban, y en sustitución del muy digno patriota Dr. D. José Leon Banegas, impedido por larga y grave enfermedad; habiendo sido sus discípulos, entonces, los Dres. D. Manuel Quintana, Don Manuel Antonio Argerich y otros ilustrados Abogados, que hoy honran el Foro Argentino y la ciencia de Hipócrates. 

En Abril de 1847, el Ilustrísimo Señor Obispo Diocesano Doctor Don Mariano Medrano y Cabrera, le confirió las órdenes sagradas y cantó su primera misa el 1º de Mayo del mismo año.

Ingresó á la Academia Teórico-Práctica de Jurisprudencia en Noviembre de 1849, y en el año de 1854, se le espidió el título de Abogado, que se registra en el archivo de la Escribanía Pública de D. Pedro Calleja y Prieto. 

En el año de 1851, encontrándose emigrado el Dr. Alvarez, en Montevideo, con motivo del pronunciamiento militar del General D. Justo José de Urquiza, Gobernador de Entre-Rios, contra la tiranía de Rosas; fue nombrado Capellan de Honor y Secretario, á la vez, de la Legación Argentina, que se acreditó cerca del Gobierno de la Repúbica Oriental del Uruguay, y que desempeño el Dr. D. Diógenes J. de Urquiza. 

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El proyecto de monarquía americana... (Parte II)

Ratio:  / 3

 

por J. Santiago Castillo – Illingworth

(Leer aqui la primera parte de este artículo)

¿Reconquista o Instauración?

Opina el Internuncio, que la reconquista de América por parte de la Corona española, aunque posible,  no es conveniente porque movería a celos a las demás potencias europeas, en la medida en que afectaría el comercio, que desde la independencia, los países de Europa realizan libremente con América;  el liberalismo económico que impera en occidente en el siglo XIX no podría tolerar unas restricciones comerciales, producto de la dominación política, más aun, cuando esas relaciones se han institucionalizado ya, dando resultados económicos apreciables tanto para los comerciantes singularmente considerados, como para las economías de los países que directamente intervienen en ella:  “por tanto, en el caso de intentar una reconquista, no solo los comerciantes sino las Cámaras, especialmente de Francia e Inglaterra, y todos los escritores públicos alzarían su voz”  (1);  incluso se llegaría al caso, en opinión siempre de Baluffi, de que los monarcas europeos se vieran en la necesidad de defender, directa o indirectamente a las repúblicas americanas y su independencia (2).

Mientras el liberalismo de principios de siglo, con el pretexto de las libertades de los pueblos americanos, coadyuvaron con hombres, armas y dinero a la causa de la independencia, con el único interés de defender la libertad de comercio, ahora no tendrían pretexto que oponer al establecimiento de reinos nuevos, regidos por miembros de diversas Casas reinantes (3).  Por lo demás, la idea de distribuir los nuevos reinos a miembros de varias Casas soberanas, presenta varias ventajas:  supone un timbre de honor para la nación que llegue a poner un rey en América, conserva la utilidad de la libertad de comercio y destruye ese foco libertario que tan funestas consecuencias podría producir contra las monarquías europeas.  Baluffi es de la idea de que un proyecto semejante sería eficacísimo para destruir las maniobras del liberalismo contra la institución monárquica: “...destruyendo esta mecha de libertad, que puede ser tan fatal para Europa si pronto no se aplasta, este proyecto, digo, encontraría fácilmente apoyo en todos los gabinetes, en todos los hombres sensatos, en los escritores de buena fe y podría con muy poca contradicción destruir las maniobras del liberalismo” (4).

Por lo que hace a América, está convencido de que la sola idea de la reconquista sería fatal para la causa de Carlos V:   los partidos normalmente opuestos entre si, se unirían para defender la libertad americana;  incluso aquellos que desean la monarquía, se verían obligados a abrazar el republicanismo para defender la causa nacional.  Los pueblos americanos lucharon por obtener la independencia de España y lucharán ahora unidos para sostener la independencia.  La experiencia relativamente reciente, a la época del informe, de la expedición de Morillo, enviado por Fernando VII para sujetar a las colonias, es lo suficientemente cruel y triste, como para que los americanos estén dispuestos a soportarlas otra vez.  “La opinión republicana en América entonces había cesado – apunta Baluffi – la república había caído en el mayor descrédito, pero esa inhumanidad del todo impolítica y más que todo injusta e irracional, hizo revivir el espíritu republicano, y lo alimentó.  Sin eso las Repúblicas no existirían y serían todas colonias de España” (5).

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Manuel Antonio Castro y González

Ratio:  / 1

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraido de "Los Antepasados", Buenos Aires, 1983

Manuel Antonio Castro y González (ilustración abajo), nació en Salta el 9-VI-1776 (no en 1772 como estampa el Doctor Levene, cuando se refiere al personaje en su estudio sobre La Academia de Jurisprudencia). Según yo vi en el Libro Nº 6 de Bautismos de la Iglesia de La Merced de Salta, al folio 177 consta que el 12-VI-1776 fue cristianado, por el Maestro Francisco Toledo, Manuel Antonio, “criatura de tres días”, hijo legítimo de Pheliciano Castro y de doña Margarita González; fueron padrinos del párvulo el Maestre de Campo Miguel Gallo y doña Angela Gallo.

Después de recibir nociones primariaabandonó la “Casa de Trejo” y pasó a la Universidad de Chuquisaca, donde el año 1805 — uno después de Mariano Moreno y Antonio Sáenz, y dos antes que Tomás de Anchorena — Castro se recibió de abogado. (Con él también los salteños Mariano Joaquín de Boedo, futuro Diputado al Congreso de Tucumán, y José María de Otero Torres).

El doctor Castro se inicia en la función pública

El historiador Vicente F. López pintó a don Manuel Antonio de esta manera en cuatro párrafos, sin demasiada simpatía; “Tenía una frente angosta y elevada, pómulos saliente, carrillos enjutos, cejas arqueadas y altas, ojos convergentes como los coyas, pero grandes y con forma de almendras; color bilioso, oscuro, busto tieso y cabeza ensimismada. Hombre serio y de probidad intachable, gozaba de mucha reputación y respeto ... Su estilo era árido y campanudo, de poca inventiva en el desarrollo y poca extensión en el movimiento de ideas ... Estaba habituado a hablar con imaginación y gusto literario, su frase era casi siempre afectada, engreída y pretenciosa, aunque correcta, honrada y regular”.

Así pues, con su título doctoral debajo del brazo, no permaneció Castro inactivo en el Alto Perú. El Virrey le nombró subdelegado ante las autoridades de la Paz, de la región de Yungas; y el Gobernador Intendente de la Paz y Presidente de la Audiencia de Charcas, García de León Pizarro, lo convirtió en su secretario de confianza.

Por entonces, García Pizarro y el Arzobispo de la Plata Benito María Moxó y Francolí, eran sospechado de “carlotistas”, y de ser meros instrumentos del Virrey “francés” Liniers. El 25-V-1809 una pueblada, dirigida por los Oidores y el bajo clero, al grito de “quieren entregarnos a los portugueses!”, “viva don Fernando VII!”, irrumpió por las calles de Chuquisaca. Las turbas se apoderaron del palacio; el Presidente García Pizarro fue hecho prisionero; la Audiencia quedó a cargo del gobierno, y el Coronel Arenales tomó el mando de las milicias lugareñas, a fin de salvaguardar el orden y sostener la rebelión.

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Barrios de Buenos Aires: Caballito

Ratio:  / 2

por Diego M. Zigiotto

Entre tantos errores que cometemos los porteños, solemos decir que vamos “al Centro” cuando nos acercamos a la zona del Obelisco o a la “City” porteña. En realidad, lo correcto, cuando uno dice que va “al Centro” es venir a este barrio, a Caballito, que se encuentra exactamente en el centro de Buenos Aires.

Caballito debe su nombre a la pulpería inaugurada en 1821 por el genovés Nicolás Vila en la esquina de Rivadavia y Emilio Mitre. La veleta del comercio pertenecía a una antigua nave ballenera fondeada en el puerto de la ciudad, y tenía la forma de un pequeño caballo. Las carretas que iban hacia el oeste hacían una parada “en el caballito”, y así le quedó entonces el nombre a este rincón de Buenos Aires. Hoy la veleta original se encuentra en el Museo del Transporte de Luján, aunque hay un proyecto para que sea devuelta al barrio, para ser exhibida en el Museo Luis Perlotti, en la calle Pujol. En la plazoleta Primera Junta, frente a su emplazamiento original, se encuentra una réplica de la figura, realizada por el propio escultor Perlotti. También se ubica allí el monumento a Miguel de Azcuénaga, uno de los vocales de la Primera Junta.

Caballito limita con otros siete barrios: La Paternal y Villa Crespo, al norte; Almagro y Boedo al este; Parque Chacabuco al sur; y Flores y Villa General Mitre, al oeste. Los límites los constituyen las avenidas Juan B. Justo, San Martín y Ángel Gallardo, la calle Río de Janeiro, las avenidas La Plata y Directorio, y la calle Curapaligüe y su continuación, Donato Álvarez.

Unos párrafos atrás hablábamos del Centro. Exactamente el centro geográfico de Buenos Aires se encuentra en la calle Avellaneda 1023, y una placa así lo señala. Conviene aclarar que, desde que se ganaron tierras al río de la Plata con la Reserva Ecológica, la ciudad aumentó su superficie y, por ende, se corrió el centro unos metros hacia el este.

El barrio fue en sus orígenes una zona de quintas, comunicadas entre sí por el Camino Real (la actual avenida Rivadavia) y algunos caminos vecinales. El estado de estas vías era lamentable, situación que se agravaba cuando llovía mucho. Durante varios años, distintas comisiones vecinales se reunían para paliar este problema, tapando los baches o directamente pequeños pantanos que se formaban con agua estancada. En una memoria municipal consta que “(El vecino) Gervasio Castro eliminó dieciocho pantanos grandes y chicos que se extendían entre Caballito y La Floresta”.

Sólo se mejoró el camino a partir de 1870, cuando se estableció un sistema de cobro de peaje a las carretas y diligencias que se dirigían al vecino pueblo de San José de Flores, o más allá, a Luján e incluso hasta Córdoba, Mendoza o Salta.

 

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El proyecto de monarquía americana en la correspondencia del Internuncio Gaetano Baluffi. 1837 (Parte I)

Ratio:  / 4

por J. Santiago Castillo-Illingworth

Los proyectos de restauración monárquica en América  - o de instauración, según se vea -  son hasta bien entrado el siglo XIX, una realidad de la que pocos en su época se atrevieron a hablar directamente y de la que, hasta hace relativamente poco tiempo, casi no se había escrito (1).  Quizá la sola idea de que luego de las largas y dolorosas luchas por la independencia se volviera a pensar en traer la monarquía a América como forma de gobierno, produjera rubor en muchos, una especie de sonrojo por lo que podría parecer un deshacer lo andado, el reconocimiento quizá de la poca reflexión con que los pueblos americanos se lanzaron a buscar su propia manera de vivir y de construir su futuro, sin contar apenas con una estructura política, administrativa o económica adecuada, o en última instancia el temor de parecer retrógrado en medio de una sociedad que pretendía estar a la última en materia de ideas políticas y organizativas, aparte del hecho cierto de que tres siglos de tradición monárquica dejó necesariamente un surco profundo en la mente de muchos de los hombres de la época, a los que otra forma de gobierno parecería idea descabellada o al menos temeraria.  

Pero es un hecho que las ideas de restauración de la antigua monarquía española o de instauración de monarquías nuevas – sobre todo estas últimas -  estuvieron presente en la mente de muchos, americanos y extranjeros, tanto en el momento mismo de la lucha por la libertad - el caso quiteño es en ese aspecto típico, así como el más tardío del Río de la Plata – como en los años posteriores a la independencia (2).  Su rastro, unas veces con claridad meridiana, otras velado por las razones que hemos apuntado,  aparece en los documentos de la época, al punto de que en los últimos años son algunos los autores que se han detenido a estudiar esa realidad.

La idea de la forma monárquica de gobierno, fue planteada al principio tanto como un intento de resolver el problema de la guerra misma, como para solucionar la cuestión del reconocimiento internacional de los nuevos Estados, como bien anota Ana Gimeno (3).  Más adelante, pero dentro también del ámbito temporal de la independencia,  la idea monárquica tuvo como razón principal la de dar solidez a las nuevas repúblicas, haciendo las veces de puente de unión entre la monarquía española  y aquellos regímenes que tendrían como protagonistas a los generales victoriosos de las guerras de independencia (4).

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La Casa de Ibarguren en la Calle Charcas

Ratio:  / 6

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
El Retoño, 6 de Julio de 1956

El mundo donde se despertó mi inteligencia y mi fantasía, en el que articulé mis primeras palabras y adquirí la noción elemental de las personas y las cosas, estuvo constituido por estos cuatro ambientes entrañables: la residencia materna de Aguirre en la calle Cerrito 271 — donde nací; la quinta de San Isidro, mirando desde lo alto al río; la estancia y campos de “El Chajá”, en los tradicionales pagos del Tuyú; y la casa de mi abuela Ibarguren, en la calle Charcas, frente a la Plaza Libertad.

Este último edificio, en aquel lejano entonces, había ya experimentado varias modernizaciones, a tono con las distintas épocas corridas desde fines del tiempo de Rosas en que se levantó. Pese a tales sucesivos retoques, su estructura primordial nunca llegó a descaracterizarse del todo, y bajo los detalles accidentales que le fueron agregados a lo largo de más de ochenta años, el antiguo caserón conservaba su traza originaria todavía.

Su exterior chato y macizo, revocado de amarillo crema, destacaba en su centro una gran puerta de dos hojas de madera lustrada, con goznes, buzón, manijas y llamador de bronce; junto a cuyo quicio una chapa de lo mismo relucía con esta inscripción: “Federico Ibarguren, Abogado” (derecha).

A cada lado de esa única entrada, encuadrábanse dos amplias ventanas con molduras, antepecho y cornisas de estilo italianizante; cuyas celosías de maderilla gris, se desplegaban y recogian desde adentro, tiradas por un cordón. Esta sobria fachada que describo — sin otros aditamentos que los referidos y el zócalo trazado paralelo a la vereda — culminaba en una balaustrada de columnitas de argamasa, tras la cual se prolongaba la azotea.

Franqueado el umbral, luego de subir los peldaños de mármol del zaguán, daba uno con la gran arcada o pórtico que servía de encajadura a la puerta cancel, cuyos vidrios entrelazaban grabadas las letras iniciales del dueño de casa: “F. I.”.

Detrás de esos cristales, rectangulado por habitaciones puestas en fila, el primer patio extendíase espacioso como atrium de vivienda romana; con su piso de mármol a cuadros blancos y negros semejante a un ajedrezado colosal, en donde — alfil maravilloso en tablero de gigantes — el brocal del viejo aljibe sólo servía de apoyo a cierta caprichosa maceta, en forma de cisne, de la cual desbordaba un helecho exuberante. Hacían parte también del arreglo de ese espacio descubierto, tres o cuatro macetones de cemento a la manera de absurdos troncos imaginarios con auténticas plantas tropicales de grandes hojas verdes.

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Los avestruces blancos de Victorino Alday

Ratio:  / 8

 

Escrito por Mercedes J. Aldalur
Transcripción y adaptación: Carlos Horacio Arias Alday

Voy a ocuparme de la vida y obra de un hombre, cuya personalidad parece haber sido olvidada, pese a que su nacimiento acaecido en circunstancias tan singulares y vinculado a un episodio histórico trascendente, como es la Revolución del Sur, parecería que debió dejar su existencia, protegida de adversidades, incluso de la ingratitud humana.

Afortunadamente, los enveses de tal índole, no inciden sobre el espíritu de hombres de, tal temple, el ideal los rebasa… y si su destino los lleva a transitar en función de primeros pobladores sobre esta pampa hirsuta de cardos, lo hacen con el denuedo y el ímpetu de avestruces y bagualas, hechos a correr contra la dirección del viento.

Me estoy refiriendo a Don Victorino Alday Lapalma. Quién era él?

Un ornitólogo empírico, que realizó un experiencia científica de caracteres poro comunes, me atrevería a decir "única", en la historia de la ornitología argentina y universal.

Todo cuanto aquí se relata está periodísticamente documentado en diarios de la época, correspondientes a ciudades del interior y los más prestigiosos de la Capital Federal. 

Pero dejemos que sea el autor de esta hazaña científica quien al responder a requerimientos de los diarios "La Voz" de Maipú y "El Nacional" de Dolores, nos relate, dándonos a conocer a un tiempo mismo, en qué circunstancias originalísimas vino a la vida.

"Nací en Chascomús, allá por el 1839". "Mi padre, español, era "salvaje unitario" y como tal participó en los gloriosos hechos de armas que tuvieron por teatro aquel histórico poblado". "Cuando las bravas legiones del Sur, fueron batidas por fuerzas rosistas en la laguna de Chascomús, mi padre como "libre tirador estuvo al frente de un cantón". "Para evitar que nuestra madre fuera blanco de las balas enemigas la ubicó en la misma azotea". "Próxima a darme a luz y en las circunstancias apuntada, recibió un proyectil en pleno vientre."

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Barrios de Buenos Aires: La Reserva Ecológica

Ratio:  / 2

por Diego Zigiotto

En la avenida Costanera Tristán Achával Rodríguez, a la altura del boulevard Azucena Villaflor, podemos apreciar una estatua, en la que un hombre se encuentra en actitud de arrojar un salvavidas. El monumento homenajea al empresario italiano Luis Viale, quien, en 1871, durante el naufragio del vapor “América”, se quitó s u salvavidas para dárselo a Carmen Pinedo de Marcó del Pont, por entonces embarazada. El hombre le dijo que era preferible salvar dos vidas en lugar de una, la suya, y a continuación desapareció en las aguas del Río de la Plata.

La estatua de Viale se inauguró en este lugar en 1937, y justamente se lo homenajeaba arrojando el objeto a las aguas del río… Pero pasó el tiempo, y el río desapareció. Hoy Viale mira el horizonte y no encuentra el agua: frente a él se encuentra una gran extensión de tierra de trescientas sesenta hectáreas, que fueron denominadas Reserva Ecológica Costanera Sur.

En este lugar se encontraba el paseo obligado de muchos porteños entre las décadas de 1910 y 1950. Aquí estaba el Balneario Municipal, donde nuestros abuelos se refrescaban en las agobiantes jornadas de calor. 

Con la decadencia del balneario, a fines de los ´50, estos terrenos se fueron rellenando. Las tierras que hoy conforman la Reserva se ganaron al río desde 1978, con los escombros provenientes de la demolición de las viviendas que dio paso a la construcción de las autopistas porteñas. Luego la naturaleza hizo su trabajo: el viento acercó semillas de diferentes árboles y arbustos; las crecientes del Paraná traían camalotales con culebras, roedores y hasta algunos yacarés. Las aves se dieron cuenta de que era un lugar interesante para anidar… Y así llegaron garzas, caraos, gallaretas, teros y cisnes, que se confunden entre los bosquecitos de ceibos, sauces, acacias y aromos y entre las matas de cortaderas y pajas bravas. En verano se los ve a muchos disfrutando del sol a la orilla del agua, junto con tortugas y lagartos overos. Surgieron también espontáneamente algunas lagunas, aunque su nivel de agua depende de la cantidad de lluvias y de la evaporación, ya que no están conectadas con el río. 

Y así fue como la Reserva se formó sola. El entonces Concejo Deliberante le dio el estatus de área protegida en 1986, para conservar las diferentes especies animales y vegetales. 

Desde el primer momento se permitieron las visitas al lugar. Del desorden inicial se pasó a controlar el área con guardaparques y alambrados. Claro que de vez en cuando, y no espontáneamente, surgen algunos principios de incendio: la zona vale millones de dólares, más desde que se creó el barrio de Puerto Madero, apenas a unas cuadras, y muchos quieren hacer negocios en vez de proteger “a pajaritos y pajonales”.

Y el pobre Luis Viale intenta ver el río, pero no llega desde su pedestal. Quizás sería una buena idea trasladar la estatua, porque la naturaleza no va a dar marcha atrás en la Reserva Ecológica.

La Hidalguía en el Valle de Reocin (Siglos XVI-XIX)

Ratio:  / 4

por Manuel Rafael García-Mansilla

Que significaba la condición de hidalgo entre los Siglos XVI y XIX? En sentido lato, hidalgo es todo hombre noble;  así está definido en las Siete Partidas. Con ser hidalgo se tiene igualdad esencial con todos los que son. “Un hidalgo no debe a otro que a Dios o el Rey nada”, dirá el escudero de El lazarillo de Tormes. 

Muchos ejemplos podrían citarse, pero todo esta resumido en estos cuatro versos de El Caballero de Illescas:

La nobleza es la virtud;
todos nacimos de un padre,
es la tierra común madre
de la cuna al ataúd.

Es pues la virtud, que cada uno ostenta, la que en definitiva nos da el valor del hombre. Y si la sangre ha de probarse por la virtud y no puede usurpar su puesto, menos lo podrán las condiciones sociales en que las personas se encuentren o su riqueza: “la honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso” (Don Quijote, parte II, capítulo XXXII)

Queremos comenzar los relatos sobre el Valle de Reocín con fragmentos del libro de Javier Ortiz Real, titulado “Reocín – Sus pueblos y su historia”. Hoy nos referiremos a la hidalguía en el Valle de Reocín.

“El Valle de Reocín constituyó en la antigüedad una de las jurisdicciones administrativas en que se dividió la antigua Merindad de Asturias de Santillana. El Becerro de las Behetrías le reseña como territorio vinculado a la familia de García Fernández de Cossío. Hasta fines del siglo XVI, sus entidades de población estuvieron sometidas al señorío de la Abadía de Santillana y al Ducado del Infantado. Desde entonces fue uno de los Nueve Valles de las Asturias de Santillana, agrupando las siguientes núcleos de población: Barcenaciones, Bárcena la Puente (Puente San Miguel), Helguera, Mercadal, Quijas, Reocín, Santisteban, La Veguilla y Villapresente. Desde el siglo XVII, su capital, Puente San Miguel, lo fue también de la "Provincia de los Nueve Valles", y de la posterior Provincia de Cantabria, construyéndose allí la Casa de Juntas para celebrar las sesiones.”

Resulta sorprendente la mayoritaria condición de hidalgos de las gentes del hoy llamado ayuntamiento de Reocín, el  que se refleja en los padrones de población que obran en los archivos históricos. Los padrones constituyen en sí mismos una fuente documental primaria de carácter histórico y naturaleza administrativa, emanados de autoridad pública, de primer orden. Su nombre deriva del latín “patronus” y son una lista o nómina realizada en los pueblos con intencionalidad fiscal, en los que se anotaba a cada uno de los vecinos con distinción de su estado, ya hidalgo (nobles), ya pechero. Tal intencionalidad traía consigo, como decimos, el que se hiciera distinción expresa entre los hidalgos o nobles, es decir, entre los exentos y privilegiados de ciertas cargas fiscales por un lado, y los pecheros o del “estado llano” o “general”, obligados a pagar por el otro.

La importancia de tal distinción era enorme, pues no podemos olvidar que el disfrute de la condición de hidalgo implicaba privilegios no sólo en el orden fiscal, sino también en el orden jurídico como la de ser juzgados por sus pares, no sufrir tormentos, o no experimentar embargos por razón de deudas ( salvo cuando se adeudaba al rey ) ; además a esto se sumaba la exención de tributos personales tales como no tener que soportar alojamientos de tropa y , además, una casi exclusiva posibilidad de acceso a las magistraturas municipales.

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José Bernardo Iturraspe

Ratio:  / 9

por Juan Fernando del Pazo

José Bernardo Iturraspe nació en el seno de la familia constituida por José Iturraspe Gálvez y María del Carmen Freyre, y conoció desde muy joven las privaciones y sinsabores que la participación en la política acarrean. En su casa se vivieron persecuciones durante la hegemonía de Rosas. Un tío materno, Ventura Freyre, fue fusilado por orden de Juan Pablo López, cuando éste todavía respondía a las órdenes de don Juan Manuel. Dice la tradición que cuando Garibaldi incursionó por estas tierras, adhiriendo a la lucha contra Rosas, encontró refugio en la estancia paterna, y que en gratitud por este gesto, legó su sable al dueño de casa y gentil huésped.

José Bernardo Iturraspe nace en la ciudad de santa Fe el 30 de julio de 1847, siendo bautizado al día siguiente por el cura de la Matriz don José de Amenábar, bajo el padrinazgo de sus tíos Bernardo y Elena Iturraspe. En cumplimiento de una tradición inveterada recibió el nombre del santo del día anteponiéndoseles los del padre y padrino: José Bernardo Ignacio.

Inicia sus estudios en el Colegio de la América del Sud, de Buenos Aires (en donde tiene como compañeros, entre otros, a Roque Sáenz Peña, Joaquín Cullen y Máximo Paz), continuándolos en el recientemente reabierto colegio de los jesuitas de su ciudad natal.

Tras un fallido intento por dedicarse al estudio de las leyes, decide emplearse en un Registro de Comercio de la ciudad de Buenos Aires. Al poco tiempo se establece en Montevideo al frente de una Casa de Cambios y Corretajes.

Años más tarde, respondiendo al llamado de su padre, se hace cargo de la empresa familiar: el molino harinero “San José”, en la ciudad de Esperanza. Será a cargo de la administración del molino en que se hará evidente su condición de empresario pujante y exitoso. Con la adquisición de grandes extensiones de tierras en las provincias de Santa Fe y Córdoba funda las colonias de San Vicente, Alcorta, San Jorge, Sastre, Margarita, Eustolia, Elisa, Ceres, Iturraspe, San Bernardo, en la primera,  y en Córdoba, las de Freyre, Iturraspe, Luis A. Sauze, Quebracho Herrado y  San Francisco.

Nunca había participado directamente en la política local, si bien por razones de parentesco pertenecía al partido opositor al gobierno. Recuérdese la lucha entre el iriondismo gobernante, enrolado en el Club del Pueblo, y el partido liberal, o de La Conciliación, en cuyas filas actuaban tíos, primos y hermanos de don José Bernardo.

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