GENEALOGÍA

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Conquistadores, descubridores, gobernantes, caudillos, militares, escritores... descubra quiénes fueron, quiénes fueron sus mayores y quienes son sus descendientes.

Sumérjase en la más completa base de datos de genealogía de las familias tradicionales argentinas.

 

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HERÁLDICA

El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

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San Martín y el Comodoro William Bowles

Ratio:  / 2

por Cosme Beccar Varela
extraído del libro "Aquellas aguas trajeron estos lodos"
Editorial Armerías, Buenos Aires 2013 

 

Uno de los motivos principales del viaje de San Martín a Buenos Aires, inmediatamente después de la victoria de Maipú, fue entrevistarse nuevamente con el Comodoro William Bowles, jefe de la flotilla inglesa estacionada en el Rio de la Plata. 

Ya habían estado juntos a fines de 1817, hacía apenas seis meses, pero al parecer, consideraba fundamental conversar nuevamente con él, dado que el éxito obtenido en Maipú le daba una mayor autoridad para las negociaciones que tenía en vista.

Nueve días después de la batalla de Chacabuco (13 de Febrero de 1817) San Martín escribió una carta a Bowles fechada el 22 de ese mismo mes y año. A raís de eso, el comodoro inglés informa a su gobierno que San Martín “expresa sus deseos de entrevistarse conmigo y su persuasión acerca de las ventajas que estas provincias derivarán de nuestra reunión, (lo que) sólo puede ser concebido como significando que él tiene algún plan que confiarme en el cual la intervención del gobierno de SM (Británica) puede ser necesaria y que él no se atreve a librarlo a papel escrito.” (Sierra, op.cit. pag. 586).

Lamentablemente para San Martín, cuando llegó a Buenos Aires en su primer viaje, después de Chacabuco, Bowles estaba en Río de Janeiro motivo por el cual conversó extensamente con el cónsul inglés, Mr. Staples y el 17 de Abril (1817) le escribió a Bowles lamentando “que mi penoso y dilatado viaje (desde Chile) haya sido inútil pues mi principal objeto no era otro que el de abrazarlo y repetir nuestras antiguas conferencias en beneficio de estos países…Mr. Staples informará a V. de todo y bajo estos principios haré cuanto esté a mis alcances para la terminación de una guerra desastrosa, y la exterminación del poder español en América.” (ibidem, pag. 584). El general quería que Bowles le diera “los esclarecimientos que pueda sobre este particular (la terminación de la guerra) los que conservaré con la mayor reserva.” (Sierra, op.cit., carta de San Martín a Bowles del 18 de Junio de 1817, citada en la nota de pag. 585).

Según Staples informó a sus superiores del Foreign Office, San Martín “declaró que su principal deseo era que el gobierno británico le informara en alguna forma secreta, el camino que, de seguirlo, contara con su aprobación” (ibidem, pag. 585).

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Ninguna sonrisa en las fotos antiguas

Ratio:  / 1

www.abc.es / Sección Cultura / 06.10.2013

Sonreír ante una cámara es hoy un acto reflejo y casi hasta una obligación pedida por el fotógrafo. Pero no siempre fue así. Un vistazo a un álbum antiguo y no hay asomo de una risa, ni siquiera estiran tímidamente los labios. Todos serios, mortalmente graves. ¿Por qué nadie sonreía en los retratos? ¿Cuándo empezamos a alegrarnos delante de un objetivo?

Las razones son básicamente dos: técnica y, sobre todo, moral. Al comienzo de la era de la fotografía, en el siglo XIX, los retratados debían pasar un largo tiempo hasta que el daguerrotipo era capaz de captar la imagen, al menos diez minutos para recoger la luz. Imposible mantener un gesto forzado durante tanto tiempo sin que el resultado fuera un borrón. De hecho, en ocasiones contaban con reposacabezas para evitar el entumecimiento muscular.

Las razones técnicas no invitaban entonces a la alegría, pero los retratados tampoco habrían esbozado ningún síntoma de alborozo aunque la tecnología hubiera sido más rápida. El motivo principal para no sonreír delante de una cámara era moral. La sonrisa era vista tradicionalmente en occidente como un gesto infantil y principalmente desdeñoso. La cultura artística europea mostraba que la risa estaba reservada para los locos, los borrachos, los niños, la gente del espectáculo y las prostitutas.

La literatura al respecto es abundante. El escritor Mark Twain, según recoge el artista Nicholas Jeeves en un artículo publicado en The Public Domain Review, dejó anotado: «Una fotografía es un documento demasiado importante, y no hay nada que lo dañe más y lo estropee que una tonta, estúpida sonrisa grabada para la posteridad». Los retratos fotográficos, entonces caros, estaban reservados a personalidades o gente pudiente, preocupadas en ofrecer una imagen responsable de sí mismos. Como anotó el escritor Charles Dickens: "La sonrisa es para las damas y caballeros a los que no les importa parecer inteligentes".

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El proyecto de monarquía americana... (Parte III)

Ratio:  / 3

por J. Santiago Castillo – Illingworth

(Leer aquí la primera parte de este artículo)

(Leer aquí la segunda parte de este artículo)

Las ideas monárquicas en América

Si así veía el Internuncio la situación de las repúblicas americanas frente a la posibilidad de una vuelta a la monarquía ¿cuál era el pensar de los americanos respecto a esa posibilidad?

Retrotrayéndonos a la época de la independencia, y a las fórmulas que entonces se pusieron de manifiesto como un modo de acabar con las guerras y de llegar a un acuerdo con España, es claro que la idea fue siempre la de separar las posesiones españolas de la metrópoli y crear en ellas estados independientes, organizados bajo la forma de monarquías constitucionales.  Así, el Plan de Iguala de 1821, preveía el establecimiento de una monarquía moderada, es decir constitucional, con Fernando VII como Emperador, estableciéndose la posibilidad de llamar a un Infante español en caso de que don Fernando no pudiese venir a América. (1)

Sintomática es la perplejidad producida en el cabildo abierto reunido en Buenos Aires el 22 de mayo de 1810, donde la discusión se centra en buscar el modo de mantener la legitimidad del gobierno por sobre todas las cosas, legitimidad que solo podía encontrarse salvando de algún modo el principio monárquico (2). Por lo que se refiere a la Argentina, un autor contemporáneo señala que "Desde 1815 el ideal republicano de los revolucionarios perdió terreno en beneficio de las ideas monárquicas.  La necesidad cada vez mayor de restablecer el orden interno y el prestigio de la autoridad, la urgencia de conservar la unidad del Estado, el deterioro económico, fueron todos factores que impulsaron  a adherirse a una forma monárquica de gobierno" . (3)

En la Argentina, se barajaron alternativas monárquicas, que iban desde la coronación de un descendiente de los Incas, planteada al Congreso por Manuel Belgrano, hasta la fórmula planteada por la misión Rivadavia - Belgrano, destacada en nombre de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que pensó en un hijo de Carlos IV, para reinar sobre ellas (4) pasando  por la candidatura de un príncipe de la casa de Bragaza, o la de Luís Felipe de Orleans, propuesta en agosto de 1818 por Pueyrredón (5).

 

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La Capitana María Remedios del Valle, “Madre de la Patria”

Ratio:  / 38

por Carlos P. Ibarguren Uriburu
La Prensa, 8 de Mayo de 1932

Una Mendiga

En la recova de la plaza de la Victoria o en el atrio de San Francisco, de San Ignacio o de Santo Domingo, veíase arrebujada en un manto de bayetón oscuro a una vieja mendiga, conocida en el barrio con el apodo de La Capitana. Su figura era familiar a los vecinos: encorvada y magra, diríase la imagen mísera de la senectud con su tez terrosa y arrugada, su boca hundida sin dientes y sus ojos empañados. Con voz débil ofrecía en venta a los transeúntes pasteles, tortas fritas o fruta, que llevaba en una batea; a veces imploraba por el amor de Dios una limosna. Vivía en un rancho de las afueras, donde empezaban las quintas. Aterida de frío en invierno, chapaleando barro bajo la lluvia o sofocada por el sol de enero, recorría el mismo trayecto cotidiano en procura de su pan. Era cliente de los conventos, donde comía la sobra y los desperdicios que le daban.

Llamábase María Remedios del Valle y se ignoraba tanto su nombre como la verdadera razón de su apodo. Ella decía que era capitana del ejército, nombrada por el general Belgrano en los “tiempos de la patria”. “Hoy — exclamaba con frecuencia — ya no hay patria, no se pelea por ella como antes.” Y mostraba cicatrices en los brazos y en las piernas, de heridas que decía había recibido en la guerra de la Independencia. Las gentes escuchaban sus relatos y sonreían compasivamente; creíanla delirante por la vejez y la miseria.

Un día el general Viamonte la reconoció. “Sí, es ella, La Capitana, la madre de la patria, la misma que nos acompañó al Alto Perú”, dijo al percibirla, y acercándose a la pordiosera le preguntó por su nombre. La pobre anciana, que varias veces había golpeado la puerta del general sin poder verle, porque era despedida por los criados, le refirió su desvalimiento. El veterano, conmovido, la incitó a que recurriera al gobierno solicitando amparo. Corría entonces el año 1827, la anarquía y la crisis política habían derribado a Rivadavia, cuya caída trajo consigo el derrumbamiento de la autoridad nacional. El breve interregno del doctor López restableció la provincia de Buenos Aires y el coronel Dorrego fue elegido gobernador; la petición de María Remedios del Valle, presentada cuando se desencadenaban tan graves acontecimientos, traspapelose sin tener resolución definitiva.

 

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El espíritu y la cultura hispánica en la expresión popular Argentina

Ratio:  / 2

por Carlos P. Ibarguren Uriburu

La expresión superior de un pueblo es su cultura, vale decir, el conjunto de conceptos religiosos, morales, científicos, sociales y políticos que fundamentan su vida colectiva y las obras estéticas creadas por sus artistas y literatos. El alma española resplandece en su cultura y encierra en su grandeza y profundidad todas las antinomias del mundo y de la vida: el misticismo arrobador y el sensualismo crudo, el optimismo aventurero y el pesimismo fatalista, la picardía chispeante y la gravedad severa, la generosidad caballeresca y la venganza iracunda, la arrogancia y la abnegación. Y por sobre todas esas múltiples facetas dos rasgos dominantes: el culto a la honra y el amor a lo hazañoso y a lo heroico.

El alma hispana cuando vibra exaltada forja epopeyas. Ondas henchidas de ideal y de pasión despiertan súbitamente en ella, y la llevan a destinos trascendentales en la historia para realizar gestas imperecederas. Así, los formidables conquistadores de América agrandaron el mundo para enjambrar pueblos nuevos; los fervorosos místicos se elevaron al cielo para divinizar en el arte las imágenes humanas y humanizar las divinas; los literatos clásicos inmoralizaron en la lengua castellana los sueños de los poetas y la comedia y la tragedia de los hombres.

Al recorrer tierras de España he admirado con emoción las esencias de su ánimo: las he sentido en las viejas ciudades y en los campos, en las catedrales y en los claustros, en los palacios y en las casonas, en los señores y en los labriegos. Y tanto en los monjes de Zurbarán como en los Cristos de Morales, en las tallas del Montañes y de Alonso Cano, en los cuadros de Velázquez y de Goya, vemos esa intensa mezcla de exaltación idealista y de fuerte realismo que campea también en las páginas del Quijote.

El espíritu del pueblo argentino primogénito fue engendrado por el español; pero sus rasgos son más atenuados, su psicología más morigerada y sus destellos menos fuertes que los de este. Su expresión se refleja fielmente en el idioma: el nuestro tiene en el acento una dulzura de que carece el habla de España; el tono con que pronunciamos las voces refleja esa diferencia: es más apagado y más blando, como su nuestra tierra pródiga, nuestro clima benigno y nuestro cielo etéreo hubieran suavizado en los hijos la reciedumbre del alma materna.

Quien estudiara solamente la ciudad de Buenos Aires y su cultura creyendo que esta metrópoli condensa con fidelidad todos los aspectos de la Argentina, incurriría en error. Buenos Aires, como las grandes ciudades portuenses y los ricos centros mercantiles, es cosmopolita; alberga copiosamente a hombres de todas las razas y se oye en sus calles la algarabía de todas las lenguas. La Argentina más genuina y característica está en las campañas, en las provincias. Las urbes populosas no tienen, por lo general, acentuado tipo nacional, ecepto aquellas que representan y conservan una tradición histórica de siglos. La fisionomía propia y la vida esencial de un país, sobre todo cuando es agrícola y pastoril, está en los campos, donde la geografía y las fuerzas telúricas de cada comarca determinan la idiosincrasia de los aborígenes y hasta influye en su tipo físico.

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Los Aráoz, una familia histórica

Ratio:  / 22

por José María Posse Posse
Una Estirpe de Patriotas en  La Batalla de Tucumán

A principios de 1812 el ejército del Rey, avanzaba desde el Norte tomando venganza en las personas de los cabecillas revolucionarios: eran juzgados sumariamente, los fusilaban e incautaban sus bienes. Sus familias quedaban en la miseria. Los tucumanos fueron los primeros en plegarse a la causa de mayo, dieron asimismo a sus propios hijos al ejército del norte al que apoyaron material y financieramente. Si los españoles lograban ingresar a Tucumán, la represión en contra de los cabecillas revolucionarios hubiera sido implacable y seguramente habrían corrido ríos de sangre. La suerte de la patria naciente y la de los tucumanos de entonces estaba echada. Fue por ello que los patriotas comprometidos como los Aráoz, se negaron a entregar las armas de la ciudad al ejército de Belgrano en retirada. Si debían morir, harían pagar caro sus vidas.

Corrían los primeros días del mes de setiembre de 1812. El General Manuel Belgrano retrocedía desde Jujuy, regando una estela de desolación tras de sí. Buenos Aires había sido categórica: dejar abandonadas a su suerte a las provincias norteñas. Gregorio Aráoz de La Madrid (izquierda), en sus Memorias recuerda vívidamente aquellos días: "Llegamos a Tucumán a mediado de Septiembre y seguidos de cerca por el ejército de los españoles…, por cuya razón nuestro general en jefe estuvo decidido a continuar su retirada hasta Córdoba. Esta determinación alarmó tanto a los tucumanos que, se presentó su gobernador Bernabé Aráoz (en ésta parte del relato, Lamadrid se confunde ya que por entonces Aráoz no había sido designado gobernador), acompañado de mi tío el Dr. Pedro Miguel Aráoz que era el cura y vicario…, a pedir al señor general que no los abandonasen y ofrecerle que alarmarían toda la provincia y correrían la suerte que les deparase una batalla cuya demanda fue apoyada muy eficazmente por mi primo el mayor general Díaz Vélez, por el teniente coronel Juan Ramón Balcarce…el señor general accedió a esta petición tan determinada y dictó las órdenes más necesarias para esperar al enemigo. El gobernador Aráoz acompañado del cura y vicario y de otros varios ciudadanos, fueron a la campaña y al tercer días se presentaron al señor general con cerca de 2000 hombres decididos (aquí Lamadrid exagera el número de voluntarios, aunque seguramente muchos habrían sido descartados por ser muy ancianos o jóvenes), los que fueron armados inmediatamente de lanzas y aún de cuchillos que colocaban amarrados en lugar de moharras, los que no las tenían". Lamadrid continúa su relato: “Empezó desde aquel momento el señor Balcarce a ejercitarlos mañana y tarde en las principales maniobras de la caballería, a cuyo efecto destinó a varios oficiales…” 

La tarea de regimentar un ejército de reclutas, darle una mínima instrucción militar, fortificar una ciudad indefensa y levantar el temple a una urbe que, por primera vez, veía a sus puertas el peligro de una batalla sangrienta, debió ser sin duda tarea de titanes. Bernabé Aráoz y sus familiares estuvieron a la cabeza de aquellos. Incluso el grueso de las milicias tucumanas estaban compuestas por las peonadas de las estancias de los Aráoz. 

 

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Monseñor Dean Dr. D. Juan José Álvarez

Ratio:  / 2

Publicado en Buenos Aires en el año 1872
en el periódico "La República" y copiado del
"Diccionario Biográfico Americano" de 1875
y otras publicaciones.

Al aplaudir sinceramente el acierto con que ha procedido el Senado Argentino, en su propuesta en terna para Arzobispo; componiéndola de tres personas de indisputable mérito, por sus servicios, talentos y virtudes, y felicitándonos de ver figurar en ella á nuestro compatriota el Dr. Alvarez; nos ha parecido bien escribir algunas líneas, manifestando á grandes rasgos, los antecedentes políticos y la carrera eclesiástica y literaria de este ilustre y modesto sacerdote, que hace honor al clero de la República. 

Estando ya propuesta á Su Santidad por el Poder Ejecutivo Nacional, el Reverendo Padre Esquiú, que venía primero en la terna, nuestra intencion no es otra que dar a conocer aquel otro ilustre ministro del Señor y justificar la dignísima eleccion del Senado. Serémos sumamente concisos: de esa manera quedarán solo de relieve los verdaderos hechos, sin que nada se deba á la habilidad del cronista: el lector podrá hacer la apreciacion de esa vida intachable y colmada de honores merecidos. 

El Ilustrísimo Prelado Doméstico de Su Santidad, Dean de la Santa Iglesia Catedral del Paraná, Monseñor Doctor Don Juan José Alvarez, es oriundo de la Ciudad del Paraná, Provincia de Entre-Rios, en la República Argentina, y podrá contar cuarenta y cinco años. (En 1872) 

Hizo y terminó sus estudios preparatorios en la Ciudad de Buenos Aires, en el Colegio de la Compañía de Jesús, y los estudios Teológicos en el Convento de San Francisco de la misma. 

Estudió jurisprudencia en esta Universidad, de donde recibió el grado de Doctor en ambos Derechos, el 17 de Diciembre del año 1846. En el año de 1845, dictó gratuitamente, en la misma Universidad, la Cátedra de Filosofía, a solicitud de los notables alumnos que allí cursaban, y en sustitución del muy digno patriota Dr. D. José Leon Banegas, impedido por larga y grave enfermedad; habiendo sido sus discípulos, entonces, los Dres. D. Manuel Quintana, Don Manuel Antonio Argerich y otros ilustrados Abogados, que hoy honran el Foro Argentino y la ciencia de Hipócrates. 

En Abril de 1847, el Ilustrísimo Señor Obispo Diocesano Doctor Don Mariano Medrano y Cabrera, le confirió las órdenes sagradas y cantó su primera misa el 1º de Mayo del mismo año.

Ingresó á la Academia Teórico-Práctica de Jurisprudencia en Noviembre de 1849, y en el año de 1854, se le espidió el título de Abogado, que se registra en el archivo de la Escribanía Pública de D. Pedro Calleja y Prieto. 

En el año de 1851, encontrándose emigrado el Dr. Alvarez, en Montevideo, con motivo del pronunciamiento militar del General D. Justo José de Urquiza, Gobernador de Entre-Rios, contra la tiranía de Rosas; fue nombrado Capellan de Honor y Secretario, á la vez, de la Legación Argentina, que se acreditó cerca del Gobierno de la Repúbica Oriental del Uruguay, y que desempeño el Dr. D. Diógenes J. de Urquiza. 

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El proyecto de monarquía americana... (Parte II)

Ratio:  / 3

 

por J. Santiago Castillo – Illingworth

(Leer aqui la primera parte de este artículo)

¿Reconquista o Instauración?

Opina el Internuncio, que la reconquista de América por parte de la Corona española, aunque posible,  no es conveniente porque movería a celos a las demás potencias europeas, en la medida en que afectaría el comercio, que desde la independencia, los países de Europa realizan libremente con América;  el liberalismo económico que impera en occidente en el siglo XIX no podría tolerar unas restricciones comerciales, producto de la dominación política, más aun, cuando esas relaciones se han institucionalizado ya, dando resultados económicos apreciables tanto para los comerciantes singularmente considerados, como para las economías de los países que directamente intervienen en ella:  “por tanto, en el caso de intentar una reconquista, no solo los comerciantes sino las Cámaras, especialmente de Francia e Inglaterra, y todos los escritores públicos alzarían su voz”  (1);  incluso se llegaría al caso, en opinión siempre de Baluffi, de que los monarcas europeos se vieran en la necesidad de defender, directa o indirectamente a las repúblicas americanas y su independencia (2).

Mientras el liberalismo de principios de siglo, con el pretexto de las libertades de los pueblos americanos, coadyuvaron con hombres, armas y dinero a la causa de la independencia, con el único interés de defender la libertad de comercio, ahora no tendrían pretexto que oponer al establecimiento de reinos nuevos, regidos por miembros de diversas Casas reinantes (3).  Por lo demás, la idea de distribuir los nuevos reinos a miembros de varias Casas soberanas, presenta varias ventajas:  supone un timbre de honor para la nación que llegue a poner un rey en América, conserva la utilidad de la libertad de comercio y destruye ese foco libertario que tan funestas consecuencias podría producir contra las monarquías europeas.  Baluffi es de la idea de que un proyecto semejante sería eficacísimo para destruir las maniobras del liberalismo contra la institución monárquica: “...destruyendo esta mecha de libertad, que puede ser tan fatal para Europa si pronto no se aplasta, este proyecto, digo, encontraría fácilmente apoyo en todos los gabinetes, en todos los hombres sensatos, en los escritores de buena fe y podría con muy poca contradicción destruir las maniobras del liberalismo” (4).

Por lo que hace a América, está convencido de que la sola idea de la reconquista sería fatal para la causa de Carlos V:   los partidos normalmente opuestos entre si, se unirían para defender la libertad americana;  incluso aquellos que desean la monarquía, se verían obligados a abrazar el republicanismo para defender la causa nacional.  Los pueblos americanos lucharon por obtener la independencia de España y lucharán ahora unidos para sostener la independencia.  La experiencia relativamente reciente, a la época del informe, de la expedición de Morillo, enviado por Fernando VII para sujetar a las colonias, es lo suficientemente cruel y triste, como para que los americanos estén dispuestos a soportarlas otra vez.  “La opinión republicana en América entonces había cesado – apunta Baluffi – la república había caído en el mayor descrédito, pero esa inhumanidad del todo impolítica y más que todo injusta e irracional, hizo revivir el espíritu republicano, y lo alimentó.  Sin eso las Repúblicas no existirían y serían todas colonias de España” (5).

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Manuel Antonio Castro y González

Ratio:  / 1

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraido de "Los Antepasados", Buenos Aires, 1983

Manuel Antonio Castro y González (ilustración abajo), nació en Salta el 9-VI-1776 (no en 1772 como estampa el Doctor Levene, cuando se refiere al personaje en su estudio sobre La Academia de Jurisprudencia). Según yo vi en el Libro Nº 6 de Bautismos de la Iglesia de La Merced de Salta, al folio 177 consta que el 12-VI-1776 fue cristianado, por el Maestro Francisco Toledo, Manuel Antonio, “criatura de tres días”, hijo legítimo de Pheliciano Castro y de doña Margarita González; fueron padrinos del párvulo el Maestre de Campo Miguel Gallo y doña Angela Gallo.

Después de recibir nociones primariaabandonó la “Casa de Trejo” y pasó a la Universidad de Chuquisaca, donde el año 1805 — uno después de Mariano Moreno y Antonio Sáenz, y dos antes que Tomás de Anchorena — Castro se recibió de abogado. (Con él también los salteños Mariano Joaquín de Boedo, futuro Diputado al Congreso de Tucumán, y José María de Otero Torres).

El doctor Castro se inicia en la función pública

El historiador Vicente F. López pintó a don Manuel Antonio de esta manera en cuatro párrafos, sin demasiada simpatía; “Tenía una frente angosta y elevada, pómulos saliente, carrillos enjutos, cejas arqueadas y altas, ojos convergentes como los coyas, pero grandes y con forma de almendras; color bilioso, oscuro, busto tieso y cabeza ensimismada. Hombre serio y de probidad intachable, gozaba de mucha reputación y respeto ... Su estilo era árido y campanudo, de poca inventiva en el desarrollo y poca extensión en el movimiento de ideas ... Estaba habituado a hablar con imaginación y gusto literario, su frase era casi siempre afectada, engreída y pretenciosa, aunque correcta, honrada y regular”.

Así pues, con su título doctoral debajo del brazo, no permaneció Castro inactivo en el Alto Perú. El Virrey le nombró subdelegado ante las autoridades de la Paz, de la región de Yungas; y el Gobernador Intendente de la Paz y Presidente de la Audiencia de Charcas, García de León Pizarro, lo convirtió en su secretario de confianza.

Por entonces, García Pizarro y el Arzobispo de la Plata Benito María Moxó y Francolí, eran sospechado de “carlotistas”, y de ser meros instrumentos del Virrey “francés” Liniers. El 25-V-1809 una pueblada, dirigida por los Oidores y el bajo clero, al grito de “quieren entregarnos a los portugueses!”, “viva don Fernando VII!”, irrumpió por las calles de Chuquisaca. Las turbas se apoderaron del palacio; el Presidente García Pizarro fue hecho prisionero; la Audiencia quedó a cargo del gobierno, y el Coronel Arenales tomó el mando de las milicias lugareñas, a fin de salvaguardar el orden y sostener la rebelión.

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Barrios de Buenos Aires: Caballito

Ratio:  / 2

por Diego M. Zigiotto

Entre tantos errores que cometemos los porteños, solemos decir que vamos “al Centro” cuando nos acercamos a la zona del Obelisco o a la “City” porteña. En realidad, lo correcto, cuando uno dice que va “al Centro” es venir a este barrio, a Caballito, que se encuentra exactamente en el centro de Buenos Aires.

Caballito debe su nombre a la pulpería inaugurada en 1821 por el genovés Nicolás Vila en la esquina de Rivadavia y Emilio Mitre. La veleta del comercio pertenecía a una antigua nave ballenera fondeada en el puerto de la ciudad, y tenía la forma de un pequeño caballo. Las carretas que iban hacia el oeste hacían una parada “en el caballito”, y así le quedó entonces el nombre a este rincón de Buenos Aires. Hoy la veleta original se encuentra en el Museo del Transporte de Luján, aunque hay un proyecto para que sea devuelta al barrio, para ser exhibida en el Museo Luis Perlotti, en la calle Pujol. En la plazoleta Primera Junta, frente a su emplazamiento original, se encuentra una réplica de la figura, realizada por el propio escultor Perlotti. También se ubica allí el monumento a Miguel de Azcuénaga, uno de los vocales de la Primera Junta.

Caballito limita con otros siete barrios: La Paternal y Villa Crespo, al norte; Almagro y Boedo al este; Parque Chacabuco al sur; y Flores y Villa General Mitre, al oeste. Los límites los constituyen las avenidas Juan B. Justo, San Martín y Ángel Gallardo, la calle Río de Janeiro, las avenidas La Plata y Directorio, y la calle Curapaligüe y su continuación, Donato Álvarez.

Unos párrafos atrás hablábamos del Centro. Exactamente el centro geográfico de Buenos Aires se encuentra en la calle Avellaneda 1023, y una placa así lo señala. Conviene aclarar que, desde que se ganaron tierras al río de la Plata con la Reserva Ecológica, la ciudad aumentó su superficie y, por ende, se corrió el centro unos metros hacia el este.

El barrio fue en sus orígenes una zona de quintas, comunicadas entre sí por el Camino Real (la actual avenida Rivadavia) y algunos caminos vecinales. El estado de estas vías era lamentable, situación que se agravaba cuando llovía mucho. Durante varios años, distintas comisiones vecinales se reunían para paliar este problema, tapando los baches o directamente pequeños pantanos que se formaban con agua estancada. En una memoria municipal consta que “(El vecino) Gervasio Castro eliminó dieciocho pantanos grandes y chicos que se extendían entre Caballito y La Floresta”.

Sólo se mejoró el camino a partir de 1870, cuando se estableció un sistema de cobro de peaje a las carretas y diligencias que se dirigían al vecino pueblo de San José de Flores, o más allá, a Luján e incluso hasta Córdoba, Mendoza o Salta.

 

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El proyecto de monarquía americana en la correspondencia del Internuncio Gaetano Baluffi. 1837 (Parte I)

Ratio:  / 4

por J. Santiago Castillo-Illingworth

Los proyectos de restauración monárquica en América  - o de instauración, según se vea -  son hasta bien entrado el siglo XIX, una realidad de la que pocos en su época se atrevieron a hablar directamente y de la que, hasta hace relativamente poco tiempo, casi no se había escrito (1).  Quizá la sola idea de que luego de las largas y dolorosas luchas por la independencia se volviera a pensar en traer la monarquía a América como forma de gobierno, produjera rubor en muchos, una especie de sonrojo por lo que podría parecer un deshacer lo andado, el reconocimiento quizá de la poca reflexión con que los pueblos americanos se lanzaron a buscar su propia manera de vivir y de construir su futuro, sin contar apenas con una estructura política, administrativa o económica adecuada, o en última instancia el temor de parecer retrógrado en medio de una sociedad que pretendía estar a la última en materia de ideas políticas y organizativas, aparte del hecho cierto de que tres siglos de tradición monárquica dejó necesariamente un surco profundo en la mente de muchos de los hombres de la época, a los que otra forma de gobierno parecería idea descabellada o al menos temeraria.  

Pero es un hecho que las ideas de restauración de la antigua monarquía española o de instauración de monarquías nuevas – sobre todo estas últimas -  estuvieron presente en la mente de muchos, americanos y extranjeros, tanto en el momento mismo de la lucha por la libertad - el caso quiteño es en ese aspecto típico, así como el más tardío del Río de la Plata – como en los años posteriores a la independencia (2).  Su rastro, unas veces con claridad meridiana, otras velado por las razones que hemos apuntado,  aparece en los documentos de la época, al punto de que en los últimos años son algunos los autores que se han detenido a estudiar esa realidad.

La idea de la forma monárquica de gobierno, fue planteada al principio tanto como un intento de resolver el problema de la guerra misma, como para solucionar la cuestión del reconocimiento internacional de los nuevos Estados, como bien anota Ana Gimeno (3).  Más adelante, pero dentro también del ámbito temporal de la independencia,  la idea monárquica tuvo como razón principal la de dar solidez a las nuevas repúblicas, haciendo las veces de puente de unión entre la monarquía española  y aquellos regímenes que tendrían como protagonistas a los generales victoriosos de las guerras de independencia (4).

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