GENEALOGÍA

Nuestra completa base de datos

Conquistadores, descubridores, gobernantes, caudillos, militares, escritores... descubra quiénes fueron, quiénes fueron sus mayores y quienes son sus descendientes.

Sumérjase en la más completa base de datos de genealogía de las familias tradicionales argentinas.

 

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HERÁLDICA

El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

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El labrador de los valles

Ratio:  / 1

por Carlos P. Ibarguren Uriburu

 

La población andina vive agrupada en los valles, al borde de los ríos y de los arroyos que descienden de la cordillera. El agua corriente es, en esas regiones secas, el más anhelado elemento; el hombre se radica, solamente, donde ella existe. La naturaleza impuso la irrigación como una necesidad en esas comarcas.

Los españoles, conquistadores, no encontraron en los Andes argentinos los anhelados metales preciosos que yacían en los cerros peruanos, y que habían encendido la imaginación; ellos resignáronse de tal desencanto y se vincularon al suelo con una labor menos codiciosa y más mansa; la agricultura que, desde épocas remotas, era realizada por las tribus aborígenes. 

Los viejos cronistas revelaron, sorprendidos, la magnitud de los cultivos en la región andina. La conquista no modificó en los naturales esta dedicación labriega y el pueblo, resultante de la fusión de la raza europea dominadora con la americana dominada, continuó sembrando en los valles la tierra regada.

En el periodo colonial, el suelo, distribuido entre los vencedores, había sido repartido con las tribus que lo cultivaban. El régimen de las encomiendas no presentó, en los Andes, los caracteres que tuvo en el litoral, donde los nómades escapaban, a causa de su movilidad, al dominio del conquistador. En los valles de la cordillera, los siervos, vinculados a la gleba, trabajaban permanentemente para sus amos, y la propiedad organizose sobre la base de pocos terratenientes que dominaban paternalmente a la multitud proletaria de labradores, indígenas y mestizos. Ese régimen existe, hoy mismo, en los valles calchaquíes y en las grandes fincas montañosas de Salta, de Catamarca y de La Rioja, donde el extranjero no ha cundido todavía y la sociedad no se ha modificado sensiblemente.

La situación geográfica de las comarcas andinas no fue propicia para el desenvolvimiento, en gran escala, del comercio; la considerable distancia que separa a esas comarcas de los puertos del litoral estaba agravada por la lentitud délos transportes. Al oeste, la escarpada cordillera dificultaba, a causa de su fragosidad, el tráfico mercantil con la costa del Pacífico.

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Un ajuar a principios del siglo XVIII

Ratio:  / 3

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
extraído de "Los Antepasados", Buenos Aires, 1983

 

Miguel de Riglos ("Riblos") compareció ante el Escribano Francisco de Angulo y los testigos Alférez Miguel González Pacheco, Teniente Juan Ponce, Capitán Juan de la Torre y Licenciado Francisco José Verois, y dijo; Que “por quanto tengo tratado de contraer Matrimonio con Doña Josepha de Albarado, según orden de nuestra Santa Madre Iglesia, a honrra y gloria de Dios nuestro señor, y porque antes que se efectúe el vínculo he venido a otorgarle Recibo y carta de dote a la susodicha, de todos los vienes muebles y rayces que la susodicha tiene suyos y heredados del Capitán Joseph de Alvarado, su padre, y de Doña Beatriz Jofré de Arce, muger legítima del Capitán Don Pedro de Vera y Aragón, difuntos; para que se sepa con toda claridad y distinción”. Riblos nombraba tasador de dichos bienes al Alguacil Mayor Miguel de Obregón y, por su parte “Doña Josepha de la Rossa y Albarado” (sic) nombró al Capitán Nicolás de Torres, quienes evaluaron ese conjunto dotal en 24.447 pesos y 2 reales."

En esa escritura de reconocimiento de dote que se otorgó el 13-III-1711 ante el Escribano Francisco de Angulo, tanto Riblos como su futura consorte Josefa Rosa de Alvarado, mandaron a sus criados “fueran sacando las alhajas y demás cosas en presencia de los Tasadores (Miguel de Obregón y Nicolás de Torres) para que hicieran la tassación, a un quarto y sala principal de las cassas de su morada, y dieron principio para ello cossa por cossa, en la forma siguiente, de que dicho Don Miguel de Riblos se fue recibiendo”.

La lista es un maravilloso documento de lo que constituia el abundante "ajuar" de una dama de la alta sociedad porteña a principios del siglo XVIII. 

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La amargura del General San Martín

Ratio:  / 3

por Carlos P. Ibarguren Uriburu
"
En la penumbra de la historia"
La Prensa, Mayo 22 de 1932

"La revolución me ha hecho conocer,
muy a pesar mío, a la generalidad de los hombres;
pero tal vez o sin tal vez, ellos nos echarán de menos
antes de que pase mucho tiempo."

San Martín, carta a O’Higgins.

Los argentinos rendimos fervoroso culto a la memoria de nuestro Gran Capitán. El pueblo lo contempla en la imagen estatuaria, montado en su caballo de guerra, y solamente conoce los hechos culminantes de su admirable acción pública que Mitre estudió en su excelente “Historia del General San Martín”. Pero si el prócer se ha difundido, el hombre íntimo es ignorado: su vida interior, sus sentimientos y pasiones, sus amarguras y desengaños durante su larga expatriación voluntaria, han quedado en la penumbra. Debemos mostrar esa alma superior, cuya grandeza recóndita iguala a las hazañas del héroe. Oigámosle en sus cartas privadas, escuchemos sus confidencias y aproximémonos a su espíritu para conocerle y venerarle.

La situación del general en Europa durante los primeros tiempos de su ostracismo era bien triste. Los pocos fondos con que contaba: veintiún mil pesos en títulos públicos del Perú y la problemática renta de una propiedad en Buenos Aires, constituían los únicos recursos calculados para sostener su existencia, con gran penuria económica. El Perú suspendió el pago de los dividendos de su deuda y la casa de Buenos Aires no producía nada. “En tan triste situación y para sostenerme oscuramente he tenido que vender a vil precio los veintiún mil pesos expuestos, no quedándome en el día recurso alguno para subsistir”. Pero no era sólo el precario estado patrimonial — que mejoró más tarde gracias a la ayuda de su amigo Aguado — lo que le afligía: su más intensa amargura dimanaba de las calumnias de los pasquines de Buenos Aires; de la ingratitud de los que creyó amigos, de los ataques de los enemigos y de la guerra de zapa que sordamente le hizo el gobierno para desprestigiarlo y mantenerlo alejado. “Confinado en mi hacienda de Mendoza — escribía a O’Higgins desde Bruselas en 1827 — y sin más relaciones que con algunos de los vecinos que venían a visitarme, nada de esto bastó para tranquilizar la desconfiada administración de Buenos Aires; ella me cercó de espías, mi correspondencia era abierta con grosería; los papeles ministeriales hablaban de un plan para formar un gobierno militar bajo la dirección de un soldado afortunado, etcétera, etcétera; en fin, yo vi claramente que era imposible vivir tranquilo en mi patria interín la exaltación de las pasiones no se calmase, y esta incertidumbre fué la que me decidió pasar a Europa”.

Los pasquines le hostilizaban: “sus carnívoras falanges se destacan y bloquean mi pacífico retiro. Entonces fue que se me manifestó una verdad que no había previsto, a saber: que yo había figurado demasiado en la revolución para que me dejasen vivir con tranquilidad”.

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Los dibujos de Octavio Pinto

Ratio:  / 3

por Carlos P. Ibarguren Uriburu
Septiembre de 1923

Octavio Pinto ha penetrado en el alma aborigen de los montañeses del Norte y la hace palpitar en sus dibujos. La galería de tipos y de escenas que hoy exhibe en Müller es una vigorosa muestra de arte genuinamente argentino; lo es por el amor lugareño con que trata los temas, por el ambiente con que envuelve a las figuras y por la sugestión que éstas infunden. El artista, en este caso, no emplea ningún recurso para impresionar: la línea pura y animada, exenta de todo artificio, es lo único que hay en las imágenes, y lo que les comunica hondamente la vida.

En este momento de inquietud en que, por lo general, el dibujo no aparece con nitidez serena en las formas, y la realidad objetiva se oculta tras de visiones que la deforman, los trabajos de Pinto tan simples y tan sinceros, dan una sensación tranquila de belleza. La simplicidad en el pintor que domina su técnica es manifestación de fuerza y de gracia. Sólo cuando se siente mucho lo que se quiere expresar, y se manejan diestramente los medios, es posible trasmitir la emoción con sencillez. Y esa emoción, así comunicada, define una obra maestra.

Octavio Pinto se nos había presentado como un paisajista vibrante de ensueño y de luz. Ahora nos ofrece en notables dibujos otro aspecto de su arte; la psicología de una raza. Para interpretarla, Pinto ha ido a los cerros y a las quebradas de Salta y de Jujuy, ha convivido con los paisanos que las habitan y ha puesto su espíritu en comunión con esa naturaleza. Por ello ha podido sentir, comprender e interpretar fielmente esa emanación misteriosa que exhala el terruño y se corporiza en el tipo de sus hijos.

Los nativos del Norte son los últimos descendientes de un pueblo que participó de la civilización incaica. En la figura magra y ágil, en el rostro de tez bronceada, y en los ojos asiáticos de mirada enigmática e impasible se revelan los viejos rasgos de la raza autóctona.

En los valles son labradores, y en las alturas son arrieros que trasmontan la cordillera conduciendo recuas de muías y de ganado; aquéllos cultivan, junto a las acequias e hilos de agua que bajan borbollantes de los cerros, las mismas parcelas de tierra que fueron removidas por sus antepasados de servidumbre; éstos peregrinan en caravanas por las fragosas cuestas, al borde de los precipicios, y cruzan las altiplanicies infernales donde moran las divinidades crueles y los genios malignos de la montaña. Son supersticiosos; adoran a la tierra maternal encarnada en la diosa “Pachamama” que otorga sus mercedes en el valle fértil y se estremecen de pavor ante la creencia de encontrar a los seres sobrenaturales que suponen vagan en las cumbres y en los abismos.

Hay en los tipos y en las escenas dibujadas por Pinto una realidad fuerte y sugestiva. “Don Quipildor”, el viejo paisano, labriego y maestro, aprisiona dentro de sí el alma toda de los valles, nos mira mansamente con los ojos apagados para contarnos las fábulas serranas, los misterios de las quebradas, las travesuras del duende y la magia de las yerbas y tomas que las brujas elaboran para el “mal de amores” y el “mal de venganza”. “Doril Humacata”, de pié, erguido y alto, es un arriero curtido por el viento blanco de los Andes, y nos revela en la expresión a la vez, señoril e indígena, y en la esbelta agilidad, su ascendencia hispano-arábiga y calchaquí. La “Niña de Tafí” se nos aparece como una visión oriental, con su silueta nipona y su perfil de ojos oblicuos, en medio de un paisaje que podría decorar un biombo de laca. En las “Ferias” vemos hervir esa vida primitiva que se intensifica allí como en un hormiguero, se adivina la inquietud fugaz que la chicha suscita en los indios, y nos parece escuchar el murmullo de las voces, el rumor de las danzas, el tantarán grave de los tamboriles, las notas agrias del charango o las plañideras de la quena. En cambio, en el “Campo Santo de Purmamarca” sentimos profundamente la soledad, el silencio y la tristeza del ambiente: en el suelo áspero y mineral se alzan, como pequeñas pirámides, las tumbas de piedra con sus cruces entre los cactus rígidos v espinosos; en el fondo, una mole de montaña granítica cierra el horizonte, y abajo, las casas del villorrio duermen solas y frías... Diríase que un soplo de muerte hubiera pasado por ese dibujo, en el que el artista ha querido infundir la impresión desolada de un cementerio de pueblo. En las otras visiones, parece que los trazos de Pinto latieran animados por una ráfaga de vida.

Don Roberto Cunninghame Graham

Ratio:  / 3

 por Carlos P. Ibarguren Uriburu

Un gran espíritu, que parecía venir del fondo de nuestro pasado, acaba de apagarse en esta tierra que visitaba después de sesenta años de ausencia. El destino tiene a veces designios simbólicos. Don Roberto Cunninghame Graham se ha extinguido en la senectud, como una tarde serena, junto a nuestra pampa que él creyó no volvería a ver jamás y cuya imagen lejana le acompañó cariñosamente en su larga vida y llenó de color y de evocación el alma de este artista.

Don Roberto era un hombre de otros tiempos. Su peculiar figura quijotesca representaba fielmente a su espíritu aventurero y soñador. Alto, elegante, fino, su apostura era señoril, sin afectación, su gesto y sus ademanes atraían con llaneza cordial, y en su andar garboso percibíase el donaire de un mosquetero de leyenda. Su noble rostro enjuto de amplia frente, ojos vivísimos y mostachos airosos se alargaba con la perilla puntiaguda que daba a su fisonomía la expresión de un hidalgo español del siglo de oro.

Sangre andaluza, cálida y vibrante de conquistadores hazañosos, y sangre escocesa de arrojados navegantes para quienes el mar ofrecía el encanto inefable del misterio y del infinito, corría en su nervioso cuerpo y lo encendía empujándolo tras de las quimeras. De aquí ese afán errante e inquieto del joven Roberto que lo llevó a peregrinar por los Continentes y especialmente por Sud América, en busca de vida libre, azarosa, de mundos nuevos y de horizontes ilimitados. Ello explica su amor profundo y perenne a la llanura argentina que conociera y sintiera intensamente a mediados del siglo pasado y que -- como dijera en carta íntima a un amigo -- la pampa es un “océano terrestre cuyas olas no amenazan porque acarician”. Y en sus recuerdos -- como él mismo escribiera -- no se borró nunca aquel inmenso y silencioso mar de yerbas en el que todo era espacioso y vasto: La tierra, el cielo, los innúmeros ganados cimarrones, los maravillosos juegos de la luz; las tempestades furiosas y supremas, y por sobre todo el ánimo de los hombres que se sentían libres cara a cara con la naturaleza, bajo estos hondos cielos meridionales.

En sus correrías Cunningham Graham convivió íntimamente con los gauchos, traspasó la frontera, vagó por el desierto y peleó contra los indios.

 

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El arco de plata de Nuestra Señora de la Merced

Ratio:  / 3

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
extraido de "Los Antepasados", Buenos Aires, 1983

En aquellos ayeres lejanos, las prácticas religiosas de cada familia se circunscribían al ámbito exclusivo -- por decirlo así -- de una parroquia determinada. En ese templo todos sus miembros recibían, año tras año, el bautismo y demás sacramentos. Allí, durante el curso de sus vidas, participaban fervorosamente en los ritos y ceremonias del culto; allí contraían matrimonio, educaban a sus hijos y sus cadáveres eran sepultados. Por mucho tiempo todavía, el recuerdo de esos muertos prolongábase para los vivientes en las misas impetratorias de los aniversarios o en la fundación de piadosas Capellanías. Y si, vaya por caso, la Catedral fue panteón para los Riglos durante varias generaciones, y para Alonso de Lajarrota, su pariente y alguno de los Aguirre de la misma estirpe; si entre los cimientos de Santo Domingo son hoy ceniza los cuerpos de Pérez de Burgos y sus descendientes los Rodríguez de Estela, los Soria y los Dogan; si en San Francisco quedó inhumado Pedro de Izarra y, por casi dos siglos, sus vastagos, los Gaete, los Torres y los Quintana tuvieron enterratorio propio; la familia de Gamiz con sus deudos los López Osornio, los Bolaños, los Ruiz, los López Anaya y los Anchorena fueron, a su vez, en la vida y en la muerte, asiduos parroquianos y fieles difuntos de la Iglesia de La Merced.

Ante el altar de este templo inconcluso (que se terminó definitivamente en 1769, gracias a la munificencia de los cónyuges José Ruiz de Arellano y María Rosa Giles), se bendijeron las nupcias del soldado Pedro Gamiz de las Cuevas con Tomasa Alvarez de Lasarte; patriarcas del linaje argentino de su sangre; y en el cementerio anexo a dicho convento -- sobre la actual calle Sarmiento -- recibieron ambos cristiana sepultura. En la iglesia mercedaria fueron también espiritualmente asistidos todos los hijos del referido matrimonio. Uno de los cuales, Pedro Gamiz, profesó en la venerable orden catalana creada por San Pedro Nolasco. Igualmente su sobrino carnal, fray Juan José Bolaños Gamiz, pudo lucir, sobre su hábito blanco, el escudo timbrado con la corona aragonesa, que en uno de sus cuarteles rojos lleva la Cruz de plata de la Catedral de Barcelona y, en el otro, de oro, las cuatro barras verticales de gules que, en el siglo XIII, a dichos religiosos, cuando redimían cautivos entre los moros, les concedió el Rey Jaime I de Aragón.

Por otra parte, tanto Bernarda Gamiz de Bolaños como Nicolasa Gamiz de López Osornio fundaron sendas Capellanías de misas a rezarse en La Merced. Y cuando mi antepasada Isabel de Gamiz, designó -- por señas, pues había perdido el habla -- a sus albaceas testamentarios, al oír el nombre del Reverendo mercedario Fray José Eugenio Díaz lo confirmó de un cabezazo ante el Escribano Herrera.

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El pastor de la pampa

Ratio:  / 20

por Carlos P. Ibarguren Uriburu

La dilatada estepa, húmeda y herbosa, que se extiende en el litoral, ha sido la región mentada cuando se ha descripto la vida y las costumbres en las campañas argentinas.

 

La pampa ha suministrado tema abundante y ofrecido color local a los pintores de nuestro medio, a los poetas nacionales, a los observadores rápidos y a los fáciles sociólogos. Con la pampa y su gaucho vestido con “chiripá”, se ha representado en el extranjero a la Argentina de antaño, como se muestra en las oleografías a España con sus chulos, manolas y toreros, o a Holanda con sus canales bordeados por molinos de grandes astas y sus aldeanos calzados con gruesos suecos de madera.

Algunos viajeros que nos visitaron en el siglo pasado han recordado con amor los cuadros pampeanos: el plano infinito donde la vista corre sobre el mar de pastos rizados por el viento y se hunde en la lejanía luminosa del horizonte; los matorrales de cardos que los animales cruzaban abriendo un laberinto de sendas; los secos pajonales que guarecían a jaguares y a pumas; las frescas lagunas animadas por los cisnes, las garzas, los teros, los chajás, cuyos estridentes graznidos interrumpían la soledad callada; la amplitud del escenario, que exalta el alma como si se la dilatara para abarcar la desmesurada perspectiva; los amaneceres diáfanos, los crepúsculos rojizos intensamente tristes, las borrascas repentinas y furiosas y, por sobre todo, el “ánimo de los hombres que se sentían libres, cara a cara con la naturaleza, bajo estos hondos cielos meridionales” (1).

Esos hombres aportaron el material con que se ha elaborado la leyenda criolla. El poema que ha reflejado fielmente y con gracia rústica la vida en la pampa, define en una estrofa la azarosa existencia del gaucho:

Sin punto ni rumbo fijo 
En aquella inmensidad
El gaucho anda como duende 
Su esperanza es el coraje 
Su guardia: la precaución
Su pingo es la salvación 
Y pasa uno en su desvelo 
Sin más amparo que el cielo
Ni otro amigo que el facón. (2)

Los paisanos, diseminados en la gran llanura, obraban impulsados por un feroz individualismo. La conquista de la pampa fue considerablemente más difícil y cruenta que la de las otras zonas de nuestro territorio.

"Desde que pisaron los españoles estas riberas, han sostenido con los naturales de la pampa las alternativas de la guerra con varia fortuna y, desde luego, se puede asegurar que los establecimientos de esta parte han padecido una persecución tenaz y más fuerte que los otros de América. Al principio los pampas iban de pie, porque caballos no había; pero multiplicáronse éstos considerablemente, los adquirieron los indios y, habiéndose hecho ellos más jinetes que todos nosotros, llegaron a ser y son enemigos más fuertes que antes. La vida errante, el ningún estímulo y la imposibilidad de sostener los establecimientos, son motivos por los cuales no se pueden formar expediciones para la completa conquista de la pampa... Padeceremos por nuestra frontera las vicisitudes de una guerra incómoda y ratera. En este año—1782—de nuestra estadía, han ocurrido tres incursiones de indios, las que aquí se llaman “entradas” y, en ellas, nuestra gente ha sido descarriada... La guarnición que tenemos ahora es de 600 hombres repartidos en un cordón de fuertes... Estos fuertes que se llaman guardias, han aumentado bajo este virreinato... El capitán general José de Andonaegui formó en 1752 tres compañías valerosas, que a la voz de atención blandeaban las lanzas y se llamaron, por ello, blandengues. La mayoría de estos soldados son casados y ellos, sus mujeres y algunos otros vecinos, levantan poblaciones y constituyen pueblos en las guardias." (3).

Así fue conquistada, palmo a palmo, y después de lidiar durante más de un siglo, ese erial inmenso y fértil.

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San Martín y el Comodoro William Bowles

Ratio:  / 2

por Cosme Beccar Varela
extraído del libro "Aquellas aguas trajeron estos lodos"
Editorial Armerías, Buenos Aires 2013 

 

Uno de los motivos principales del viaje de San Martín a Buenos Aires, inmediatamente después de la victoria de Maipú, fue entrevistarse nuevamente con el Comodoro William Bowles, jefe de la flotilla inglesa estacionada en el Rio de la Plata. 

Ya habían estado juntos a fines de 1817, hacía apenas seis meses, pero al parecer, consideraba fundamental conversar nuevamente con él, dado que el éxito obtenido en Maipú le daba una mayor autoridad para las negociaciones que tenía en vista.

Nueve días después de la batalla de Chacabuco (13 de Febrero de 1817) San Martín escribió una carta a Bowles fechada el 22 de ese mismo mes y año. A raís de eso, el comodoro inglés informa a su gobierno que San Martín “expresa sus deseos de entrevistarse conmigo y su persuasión acerca de las ventajas que estas provincias derivarán de nuestra reunión, (lo que) sólo puede ser concebido como significando que él tiene algún plan que confiarme en el cual la intervención del gobierno de SM (Británica) puede ser necesaria y que él no se atreve a librarlo a papel escrito.” (Sierra, op.cit. pag. 586).

Lamentablemente para San Martín, cuando llegó a Buenos Aires en su primer viaje, después de Chacabuco, Bowles estaba en Río de Janeiro motivo por el cual conversó extensamente con el cónsul inglés, Mr. Staples y el 17 de Abril (1817) le escribió a Bowles lamentando “que mi penoso y dilatado viaje (desde Chile) haya sido inútil pues mi principal objeto no era otro que el de abrazarlo y repetir nuestras antiguas conferencias en beneficio de estos países…Mr. Staples informará a V. de todo y bajo estos principios haré cuanto esté a mis alcances para la terminación de una guerra desastrosa, y la exterminación del poder español en América.” (ibidem, pag. 584). El general quería que Bowles le diera “los esclarecimientos que pueda sobre este particular (la terminación de la guerra) los que conservaré con la mayor reserva.” (Sierra, op.cit., carta de San Martín a Bowles del 18 de Junio de 1817, citada en la nota de pag. 585).

Según Staples informó a sus superiores del Foreign Office, San Martín “declaró que su principal deseo era que el gobierno británico le informara en alguna forma secreta, el camino que, de seguirlo, contara con su aprobación” (ibidem, pag. 585).

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Ninguna sonrisa en las fotos antiguas

Ratio:  / 1

www.abc.es / Sección Cultura / 06.10.2013

Sonreír ante una cámara es hoy un acto reflejo y casi hasta una obligación pedida por el fotógrafo. Pero no siempre fue así. Un vistazo a un álbum antiguo y no hay asomo de una risa, ni siquiera estiran tímidamente los labios. Todos serios, mortalmente graves. ¿Por qué nadie sonreía en los retratos? ¿Cuándo empezamos a alegrarnos delante de un objetivo?

Las razones son básicamente dos: técnica y, sobre todo, moral. Al comienzo de la era de la fotografía, en el siglo XIX, los retratados debían pasar un largo tiempo hasta que el daguerrotipo era capaz de captar la imagen, al menos diez minutos para recoger la luz. Imposible mantener un gesto forzado durante tanto tiempo sin que el resultado fuera un borrón. De hecho, en ocasiones contaban con reposacabezas para evitar el entumecimiento muscular.

Las razones técnicas no invitaban entonces a la alegría, pero los retratados tampoco habrían esbozado ningún síntoma de alborozo aunque la tecnología hubiera sido más rápida. El motivo principal para no sonreír delante de una cámara era moral. La sonrisa era vista tradicionalmente en occidente como un gesto infantil y principalmente desdeñoso. La cultura artística europea mostraba que la risa estaba reservada para los locos, los borrachos, los niños, la gente del espectáculo y las prostitutas.

La literatura al respecto es abundante. El escritor Mark Twain, según recoge el artista Nicholas Jeeves en un artículo publicado en The Public Domain Review, dejó anotado: «Una fotografía es un documento demasiado importante, y no hay nada que lo dañe más y lo estropee que una tonta, estúpida sonrisa grabada para la posteridad». Los retratos fotográficos, entonces caros, estaban reservados a personalidades o gente pudiente, preocupadas en ofrecer una imagen responsable de sí mismos. Como anotó el escritor Charles Dickens: "La sonrisa es para las damas y caballeros a los que no les importa parecer inteligentes".

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El proyecto de monarquía americana... (Parte III)

Ratio:  / 3

por J. Santiago Castillo – Illingworth

(Leer aquí la primera parte de este artículo)

(Leer aquí la segunda parte de este artículo)

Las ideas monárquicas en América

Si así veía el Internuncio la situación de las repúblicas americanas frente a la posibilidad de una vuelta a la monarquía ¿cuál era el pensar de los americanos respecto a esa posibilidad?

Retrotrayéndonos a la época de la independencia, y a las fórmulas que entonces se pusieron de manifiesto como un modo de acabar con las guerras y de llegar a un acuerdo con España, es claro que la idea fue siempre la de separar las posesiones españolas de la metrópoli y crear en ellas estados independientes, organizados bajo la forma de monarquías constitucionales.  Así, el Plan de Iguala de 1821, preveía el establecimiento de una monarquía moderada, es decir constitucional, con Fernando VII como Emperador, estableciéndose la posibilidad de llamar a un Infante español en caso de que don Fernando no pudiese venir a América. (1)

Sintomática es la perplejidad producida en el cabildo abierto reunido en Buenos Aires el 22 de mayo de 1810, donde la discusión se centra en buscar el modo de mantener la legitimidad del gobierno por sobre todas las cosas, legitimidad que solo podía encontrarse salvando de algún modo el principio monárquico (2). Por lo que se refiere a la Argentina, un autor contemporáneo señala que "Desde 1815 el ideal republicano de los revolucionarios perdió terreno en beneficio de las ideas monárquicas.  La necesidad cada vez mayor de restablecer el orden interno y el prestigio de la autoridad, la urgencia de conservar la unidad del Estado, el deterioro económico, fueron todos factores que impulsaron  a adherirse a una forma monárquica de gobierno" . (3)

En la Argentina, se barajaron alternativas monárquicas, que iban desde la coronación de un descendiente de los Incas, planteada al Congreso por Manuel Belgrano, hasta la fórmula planteada por la misión Rivadavia - Belgrano, destacada en nombre de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que pensó en un hijo de Carlos IV, para reinar sobre ellas (4) pasando  por la candidatura de un príncipe de la casa de Bragaza, o la de Luís Felipe de Orleans, propuesta en agosto de 1818 por Pueyrredón (5).

 

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La Capitana María Remedios del Valle, “Madre de la Patria”

Ratio:  / 37

por Carlos P. Ibarguren Uriburu
La Prensa, 8 de Mayo de 1932

Una Mendiga

En la recova de la plaza de la Victoria o en el atrio de San Francisco, de San Ignacio o de Santo Domingo, veíase arrebujada en un manto de bayetón oscuro a una vieja mendiga, conocida en el barrio con el apodo de La Capitana. Su figura era familiar a los vecinos: encorvada y magra, diríase la imagen mísera de la senectud con su tez terrosa y arrugada, su boca hundida sin dientes y sus ojos empañados. Con voz débil ofrecía en venta a los transeúntes pasteles, tortas fritas o fruta, que llevaba en una batea; a veces imploraba por el amor de Dios una limosna. Vivía en un rancho de las afueras, donde empezaban las quintas. Aterida de frío en invierno, chapaleando barro bajo la lluvia o sofocada por el sol de enero, recorría el mismo trayecto cotidiano en procura de su pan. Era cliente de los conventos, donde comía la sobra y los desperdicios que le daban.

Llamábase María Remedios del Valle y se ignoraba tanto su nombre como la verdadera razón de su apodo. Ella decía que era capitana del ejército, nombrada por el general Belgrano en los “tiempos de la patria”. “Hoy — exclamaba con frecuencia — ya no hay patria, no se pelea por ella como antes.” Y mostraba cicatrices en los brazos y en las piernas, de heridas que decía había recibido en la guerra de la Independencia. Las gentes escuchaban sus relatos y sonreían compasivamente; creíanla delirante por la vejez y la miseria.

Un día el general Viamonte la reconoció. “Sí, es ella, La Capitana, la madre de la patria, la misma que nos acompañó al Alto Perú”, dijo al percibirla, y acercándose a la pordiosera le preguntó por su nombre. La pobre anciana, que varias veces había golpeado la puerta del general sin poder verle, porque era despedida por los criados, le refirió su desvalimiento. El veterano, conmovido, la incitó a que recurriera al gobierno solicitando amparo. Corría entonces el año 1827, la anarquía y la crisis política habían derribado a Rivadavia, cuya caída trajo consigo el derrumbamiento de la autoridad nacional. El breve interregno del doctor López restableció la provincia de Buenos Aires y el coronel Dorrego fue elegido gobernador; la petición de María Remedios del Valle, presentada cuando se desencadenaban tan graves acontecimientos, traspapelose sin tener resolución definitiva.

 

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