GENEALOGÍA

Nuestra completa base de datos

Conquistadores, descubridores, gobernantes, caudillos, militares, escritores... descubra quiénes fueron, quiénes fueron sus mayores y quienes son sus descendientes.

Sumérjase en la más completa base de datos de genealogía de las familias tradicionales argentinas.

 

Abrir...

HERÁLDICA

El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

leer más...

HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

leer más...




Alambrados y prepotencia... una tradición de toda la vida!

Ratio:  / 3

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires, 1983
Tomo X, Los Pueyrredon

 

A propósito de alambrados, en seguida de adquirir don Manuel Aljandro Aguirre la chacra de Pueyrredon en 1856, es decir a los diez años de haber Newton importado los primeros rollos de alambre con destino a preservar las verduras de su estancia “Santa María” en Chascomús, y prácticamente al mismo tiempo en que Halbach — 1856 — alambrara todo el perímetro de su establecimiento “Los Remedios” en Cañuelas, el señor Aguirre, en San Isidro, utilizó también los hilos de acero para deslindar con ellos su propiedad. Por eso, cuando la historia recuerda a los precursores que adoptaron en sus campos aquel sistema de cercado y seguridad, a partir del cual comienza la era moderna de nuestras explotaciones rurales, el nombre de Manuel Aguirre no debe ser omitido.

Y para probar nuestro aserto, nada más elocuente que esta enérgica nota dirigida por Mercedes Anchorena de Aguirre, el 5-X-1858, a los munícipes del pago de la costa, cuyo texto es el siguiente: 

"Acabo de saber con sorpresa, que por orden de la Municipalidad de San Isidro ha ido una fuerza armada a mi chacra, y sin citarme ni oirme, ha procedido a arrancar todo el cerco de alambrado que por consentimiento de esa Municipalidad, y previa delineación que ella misma mandó hacer, puso mi marido D. Manuel Aguirre. Este ataque a mi propiedad y el modo de hacerlo sin guardar una sóla de las formas que las Leyes han establecido en garantía de los derechos del ciudadano — continúa el escrito, posiblemente redactado por Vélez Sársfield, que era abogado de mis bisabuelos —, me fuerzan a dirigirme a la Municipalidad protestando, como solemnemente protesto, contra aquella medida, y contra el modo vejatorio de ejecutarla, suplicando a los Señores Municipales que, en razón de hallarse mi Esposo ausente en sus estancias, se servirán admitirme esta protesta por todos los daños y perjuicios que mi Esposo reclamará ante Autoridad competente, y contra esa corporación colectivamente y contra sus miembros individualmente, porque cuando los procedimientos son del carácter del que se ha ejecutado en mi casa, la Ley dá esta acción al ciudadano. Dios guarde Uds. muchos años". Firma: Mercedes Anchorena de Aguirre.

Ya en 1868 — según consta en el inventario de la sucesión de doña Mercedes —, la chacra en su fracción delantera, contaba con casi 1.500 varas alambradas con líneas de tres hilos, sujetos con grampas a postes de ñandubay y ñapinday, entre dos filas de cercos de cina cina. Y en esos potreros del casco pastoreaban los caballos de tiro y silla, los bueyes de labor y “siete vacas lecheras inglesas”: las Guernesey, de cuya raza don Manuel fue el introductor en el país. Fuera de este parcelamiento del terreno comprendido entre el ex camino real y la barranca, el resto de la vasta heredad, hasta el fondo de la legua, incluía a tres puestos o poblaciones: “los Olivos” — más tarde quinta de Gómez Aguirre (“la casa chica”) — con su monte venerable de “setenta y seis olivos viejos”; “la Noria”, con su pozo y aparato correspondiente, instalados en el bajo que pertenecería después a los Balcarce; y “el Quintón”, aquella añeja casa de posta colonial, sobre el camino del alto, cuyo edificio con azotea, altillo y corredores, constituía una reliquia histórica que sacrificaron, imperdonablemente, ciertos dirigentes del Jockey Club para no torcer un poco la entrada del hipódromo.

 

El pintor, la asesina y la ahogada

Ratio:  / 8

por Alfonso M. Beccar Varela

La investigación histórico-genealógica es semejante a ir tirando de un hilo sin saber bien que saldrá. Basta tener un poco de memoria, honestidad para aceptar lo que venga y, en nuestros días, una computadora conectada a Internet, para encontrar maravillas. Les cuento lo que me pasó ayer sábado, como un ejemplo que seguramente ha ocurrido a cientos de aficionados como yo.

En Genealogía Familiar siempre quisimos ofrecer al público más que un listado de nombres y fechas de nacimiento. Inspirados en el “mamotreto impublicable” de Carlos F. Ibarguren Aguirre, lleno de jugosas y muy amenas biografías, quisimos desde el primer día ilustrar a esos nombres y fechas con biografías y, cuando existen ilustraciones, sean fotografías o en el caso de antepasados más remotos, fotos de óleos, pinturas o esculturas que nos recuerden la semblanza de los que nos precedieron en la vida y en la historia.

Es por eso que recibo frecuentemente emails de mis amigos y colaboradores con fotos obtenidas generalmente en sitios de instituciones diversas en Internet, que reproducimos citando siempre la fuente de tales fotos. Ayer justamente, un amigo me manda varias fotografías que encontró en el sitio del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. Entre ellas, dos de óleos pintados por Jaboco Fiorini. Uno de María Candelaria Somellera Gutiérrez y otro de su hermano José Mariano. Son muy lindos cuadros que se pueden ver el nuestra página… aunque ver a María Candelaria con bigotes tal vez sorprenda a más de una señora coqueta del siglo XXI.

Al ver el nombre del pintor, inmediatamente recordé que la primera mujer de Darío Beccar Mansilla, hermano de mi tatarabuelo Cosme Beccar Mansilla, se llamaba Catalina Fiorini… y me pregunté lo obvio: “¿Será que Jacobo no era el padre de Catalina?” Las fechas cerraban, más o menos, y era cuestión de lanzarse al cyber espacio para ver que saltaba.

Me fui entonces a Family Search, una fuente de información casi inagotable, y busqué por “Jacobo Fiorini” en Argentina. Encontré dos cosas interesantes: 

Primero, que en el Censo de Buenos Aires de 1869, figuran censados en la calle Esmeralda 301 en Buenos Aires, Darío Beccar, “escribano”, su mujer Catalina Fiorini de Beccar… y tres hermanos de Catalina: Jacobo de 18 años, Lorenzo de 16 y Servino de 14. Los cuatro están listados como “empleados”. (Ver foto abajo).

 

Leer más: El pintor, la asesina y la ahogada

El desfile del Primer Centenario

Ratio:  / 5

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de "Los Antepasados", Buenos Aires 1983

 

Aquel observatorio familiar en lo de Aguirre me había proporcionado el privilegio de ver, año tras año los desfiles de nuestras fuerzas armadas en los días jubilosos de la Patria; comenzando por la gran parada del Centenario, el 25 de mayo de 1910, cuyo espectáculo impresionó para siempre mi memoria infantil. Una inmensa muchedumbre colmaba la antigua Plaza de la Victoria; hasta en los árboles negreaba la gente arracimada en ellos; y en cada balcón, ventana o azotea de los edificios embanderados, bullían enjambres de espectadores pletóricos de entusiasmo. Ante la Casa Rosada habíase levantado un gran palco, tapizado de terciopelo rojo. Sobre esa fastuosa plataforma, los Presidentes de la Argentina y de Chile — José Figueroa Alcorta y Pedro Montt — y la Infanta Isabel de España, en compañía de embajadores, de funcionarios y del mundo oficial, presenciaban aquella disciplinada y vistosa procesión militar de uniformes, de armas y cabalgaduras, al retumbante son de bandas y charangas. Abría esa marcha la Escuela Militar de Chile, proseguida por formaciones marineras yanquis, uruguayas, españolas, japonesas, italianas, francesas, alemanas y portuguesas. Desfilaron después nuestros efectivos navales con sus Almirantes a caballo. Tras las náuticas legiones, vinieron los cadetes del Colegio Militar, sus quepis empenachados con plumas celestes y blancas. Apareció en seguida el batallón de Patricios, de galera y frac, diríase surgido del fondo de la historia. Al trote de sus montados, erectas las lanzas por sobre los napoleónicos morriones, pasaron los Granaderos de San Martín. Y luego los coraceros de metálicos petos que espejeaban al sol; y la vieja infantería, verde el pompón en las gorras y en las charreteras del uniforme azul; y los artilleros — grana el distintivo — con sus bocas de fuego arriba de cureñas, impulsadas por vigorosos frisones. Y encima de sus bicicletas, pedalearon los archivistas, anticipando a futuras unidades mecanizadas. Sin olvidarme de los bomberos con hachas y broncíneos cascos; y de la caracoleante caballería de la Guardia de Seguridad — los “cosacos” —, que dieron fin a aquel inolvidable alarde marcial de una joven y pujante nación, creída entonces estar predestinada a la grandeza.

Después de 1910, muchos desfiles militares se sucedieron en torno de la Plaza de Mayo, y yo los ví pasar desde la casa de Aguirre. Nuestro ejército adoptó los cánones germanos — el quepi trocóse en casco, y luego en gorra de vicera — que le dieron apostura y prestancia casi perfectas en su organización burocrática de paz. Mas los vientos del siglo desataron guerras y convulsiones revolucionarias, y la República no habría de quedar al margen de esos trastornos universales. Un populismo demagógico, la corrupción política, la venalidad administrativa y la lucha de clases, azuzada por la prédica izquierdista, contaminaron nuestro ambiente hasta ayer desprevenido. El empeño por conjurar esas realidades disolventes — no el capricho de un jefe o de una camarilla ambiciosa — determinó que los soldados argentinos dejaran un día de dar vueltas alrededor de la Plaza y, tras del General Uriburu, subir a la Casa Rosada para hacerse cargo del poder que se encontraba prácticamente vacante, jurando ante el país y ante la historia cumplir con patriotismo su cometido — cual lo presencié yo en aquella primavera  de 1930, desde el mirador solariego que recuerdo; sin imaginar que los desbarajustes políticos, económicos y sociales del mundo acababan de llegar también para nosotros.

El labrador de los valles

Ratio:  / 1

por Carlos P. Ibarguren Uriburu

 

La población andina vive agrupada en los valles, al borde de los ríos y de los arroyos que descienden de la cordillera. El agua corriente es, en esas regiones secas, el más anhelado elemento; el hombre se radica, solamente, donde ella existe. La naturaleza impuso la irrigación como una necesidad en esas comarcas.

Los españoles, conquistadores, no encontraron en los Andes argentinos los anhelados metales preciosos que yacían en los cerros peruanos, y que habían encendido la imaginación; ellos resignáronse de tal desencanto y se vincularon al suelo con una labor menos codiciosa y más mansa; la agricultura que, desde épocas remotas, era realizada por las tribus aborígenes. 

Los viejos cronistas revelaron, sorprendidos, la magnitud de los cultivos en la región andina. La conquista no modificó en los naturales esta dedicación labriega y el pueblo, resultante de la fusión de la raza europea dominadora con la americana dominada, continuó sembrando en los valles la tierra regada.

En el periodo colonial, el suelo, distribuido entre los vencedores, había sido repartido con las tribus que lo cultivaban. El régimen de las encomiendas no presentó, en los Andes, los caracteres que tuvo en el litoral, donde los nómades escapaban, a causa de su movilidad, al dominio del conquistador. En los valles de la cordillera, los siervos, vinculados a la gleba, trabajaban permanentemente para sus amos, y la propiedad organizose sobre la base de pocos terratenientes que dominaban paternalmente a la multitud proletaria de labradores, indígenas y mestizos. Ese régimen existe, hoy mismo, en los valles calchaquíes y en las grandes fincas montañosas de Salta, de Catamarca y de La Rioja, donde el extranjero no ha cundido todavía y la sociedad no se ha modificado sensiblemente.

La situación geográfica de las comarcas andinas no fue propicia para el desenvolvimiento, en gran escala, del comercio; la considerable distancia que separa a esas comarcas de los puertos del litoral estaba agravada por la lentitud délos transportes. Al oeste, la escarpada cordillera dificultaba, a causa de su fragosidad, el tráfico mercantil con la costa del Pacífico.

Leer más: El labrador de los valles

Un ajuar a principios del siglo XVIII

Ratio:  / 3

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
extraído de "Los Antepasados", Buenos Aires, 1983

 

Miguel de Riglos ("Riblos") compareció ante el Escribano Francisco de Angulo y los testigos Alférez Miguel González Pacheco, Teniente Juan Ponce, Capitán Juan de la Torre y Licenciado Francisco José Verois, y dijo; Que “por quanto tengo tratado de contraer Matrimonio con Doña Josepha de Albarado, según orden de nuestra Santa Madre Iglesia, a honrra y gloria de Dios nuestro señor, y porque antes que se efectúe el vínculo he venido a otorgarle Recibo y carta de dote a la susodicha, de todos los vienes muebles y rayces que la susodicha tiene suyos y heredados del Capitán Joseph de Alvarado, su padre, y de Doña Beatriz Jofré de Arce, muger legítima del Capitán Don Pedro de Vera y Aragón, difuntos; para que se sepa con toda claridad y distinción”. Riblos nombraba tasador de dichos bienes al Alguacil Mayor Miguel de Obregón y, por su parte “Doña Josepha de la Rossa y Albarado” (sic) nombró al Capitán Nicolás de Torres, quienes evaluaron ese conjunto dotal en 24.447 pesos y 2 reales."

En esa escritura de reconocimiento de dote que se otorgó el 13-III-1711 ante el Escribano Francisco de Angulo, tanto Riblos como su futura consorte Josefa Rosa de Alvarado, mandaron a sus criados “fueran sacando las alhajas y demás cosas en presencia de los Tasadores (Miguel de Obregón y Nicolás de Torres) para que hicieran la tassación, a un quarto y sala principal de las cassas de su morada, y dieron principio para ello cossa por cossa, en la forma siguiente, de que dicho Don Miguel de Riblos se fue recibiendo”.

La lista es un maravilloso documento de lo que constituia el abundante "ajuar" de una dama de la alta sociedad porteña a principios del siglo XVIII. 

Leer más: Un ajuar a principios del siglo XVIII

La amargura del General San Martín

Ratio:  / 3

por Carlos P. Ibarguren Uriburu
"
En la penumbra de la historia"
La Prensa, Mayo 22 de 1932

"La revolución me ha hecho conocer,
muy a pesar mío, a la generalidad de los hombres;
pero tal vez o sin tal vez, ellos nos echarán de menos
antes de que pase mucho tiempo."

San Martín, carta a O’Higgins.

Los argentinos rendimos fervoroso culto a la memoria de nuestro Gran Capitán. El pueblo lo contempla en la imagen estatuaria, montado en su caballo de guerra, y solamente conoce los hechos culminantes de su admirable acción pública que Mitre estudió en su excelente “Historia del General San Martín”. Pero si el prócer se ha difundido, el hombre íntimo es ignorado: su vida interior, sus sentimientos y pasiones, sus amarguras y desengaños durante su larga expatriación voluntaria, han quedado en la penumbra. Debemos mostrar esa alma superior, cuya grandeza recóndita iguala a las hazañas del héroe. Oigámosle en sus cartas privadas, escuchemos sus confidencias y aproximémonos a su espíritu para conocerle y venerarle.

La situación del general en Europa durante los primeros tiempos de su ostracismo era bien triste. Los pocos fondos con que contaba: veintiún mil pesos en títulos públicos del Perú y la problemática renta de una propiedad en Buenos Aires, constituían los únicos recursos calculados para sostener su existencia, con gran penuria económica. El Perú suspendió el pago de los dividendos de su deuda y la casa de Buenos Aires no producía nada. “En tan triste situación y para sostenerme oscuramente he tenido que vender a vil precio los veintiún mil pesos expuestos, no quedándome en el día recurso alguno para subsistir”. Pero no era sólo el precario estado patrimonial — que mejoró más tarde gracias a la ayuda de su amigo Aguado — lo que le afligía: su más intensa amargura dimanaba de las calumnias de los pasquines de Buenos Aires; de la ingratitud de los que creyó amigos, de los ataques de los enemigos y de la guerra de zapa que sordamente le hizo el gobierno para desprestigiarlo y mantenerlo alejado. “Confinado en mi hacienda de Mendoza — escribía a O’Higgins desde Bruselas en 1827 — y sin más relaciones que con algunos de los vecinos que venían a visitarme, nada de esto bastó para tranquilizar la desconfiada administración de Buenos Aires; ella me cercó de espías, mi correspondencia era abierta con grosería; los papeles ministeriales hablaban de un plan para formar un gobierno militar bajo la dirección de un soldado afortunado, etcétera, etcétera; en fin, yo vi claramente que era imposible vivir tranquilo en mi patria interín la exaltación de las pasiones no se calmase, y esta incertidumbre fué la que me decidió pasar a Europa”.

Los pasquines le hostilizaban: “sus carnívoras falanges se destacan y bloquean mi pacífico retiro. Entonces fue que se me manifestó una verdad que no había previsto, a saber: que yo había figurado demasiado en la revolución para que me dejasen vivir con tranquilidad”.

Leer más: La amargura del General San Martín

Los dibujos de Octavio Pinto

Ratio:  / 3

por Carlos P. Ibarguren Uriburu
Septiembre de 1923

Octavio Pinto ha penetrado en el alma aborigen de los montañeses del Norte y la hace palpitar en sus dibujos. La galería de tipos y de escenas que hoy exhibe en Müller es una vigorosa muestra de arte genuinamente argentino; lo es por el amor lugareño con que trata los temas, por el ambiente con que envuelve a las figuras y por la sugestión que éstas infunden. El artista, en este caso, no emplea ningún recurso para impresionar: la línea pura y animada, exenta de todo artificio, es lo único que hay en las imágenes, y lo que les comunica hondamente la vida.

En este momento de inquietud en que, por lo general, el dibujo no aparece con nitidez serena en las formas, y la realidad objetiva se oculta tras de visiones que la deforman, los trabajos de Pinto tan simples y tan sinceros, dan una sensación tranquila de belleza. La simplicidad en el pintor que domina su técnica es manifestación de fuerza y de gracia. Sólo cuando se siente mucho lo que se quiere expresar, y se manejan diestramente los medios, es posible trasmitir la emoción con sencillez. Y esa emoción, así comunicada, define una obra maestra.

Octavio Pinto se nos había presentado como un paisajista vibrante de ensueño y de luz. Ahora nos ofrece en notables dibujos otro aspecto de su arte; la psicología de una raza. Para interpretarla, Pinto ha ido a los cerros y a las quebradas de Salta y de Jujuy, ha convivido con los paisanos que las habitan y ha puesto su espíritu en comunión con esa naturaleza. Por ello ha podido sentir, comprender e interpretar fielmente esa emanación misteriosa que exhala el terruño y se corporiza en el tipo de sus hijos.

Los nativos del Norte son los últimos descendientes de un pueblo que participó de la civilización incaica. En la figura magra y ágil, en el rostro de tez bronceada, y en los ojos asiáticos de mirada enigmática e impasible se revelan los viejos rasgos de la raza autóctona.

En los valles son labradores, y en las alturas son arrieros que trasmontan la cordillera conduciendo recuas de muías y de ganado; aquéllos cultivan, junto a las acequias e hilos de agua que bajan borbollantes de los cerros, las mismas parcelas de tierra que fueron removidas por sus antepasados de servidumbre; éstos peregrinan en caravanas por las fragosas cuestas, al borde de los precipicios, y cruzan las altiplanicies infernales donde moran las divinidades crueles y los genios malignos de la montaña. Son supersticiosos; adoran a la tierra maternal encarnada en la diosa “Pachamama” que otorga sus mercedes en el valle fértil y se estremecen de pavor ante la creencia de encontrar a los seres sobrenaturales que suponen vagan en las cumbres y en los abismos.

Hay en los tipos y en las escenas dibujadas por Pinto una realidad fuerte y sugestiva. “Don Quipildor”, el viejo paisano, labriego y maestro, aprisiona dentro de sí el alma toda de los valles, nos mira mansamente con los ojos apagados para contarnos las fábulas serranas, los misterios de las quebradas, las travesuras del duende y la magia de las yerbas y tomas que las brujas elaboran para el “mal de amores” y el “mal de venganza”. “Doril Humacata”, de pié, erguido y alto, es un arriero curtido por el viento blanco de los Andes, y nos revela en la expresión a la vez, señoril e indígena, y en la esbelta agilidad, su ascendencia hispano-arábiga y calchaquí. La “Niña de Tafí” se nos aparece como una visión oriental, con su silueta nipona y su perfil de ojos oblicuos, en medio de un paisaje que podría decorar un biombo de laca. En las “Ferias” vemos hervir esa vida primitiva que se intensifica allí como en un hormiguero, se adivina la inquietud fugaz que la chicha suscita en los indios, y nos parece escuchar el murmullo de las voces, el rumor de las danzas, el tantarán grave de los tamboriles, las notas agrias del charango o las plañideras de la quena. En cambio, en el “Campo Santo de Purmamarca” sentimos profundamente la soledad, el silencio y la tristeza del ambiente: en el suelo áspero y mineral se alzan, como pequeñas pirámides, las tumbas de piedra con sus cruces entre los cactus rígidos v espinosos; en el fondo, una mole de montaña granítica cierra el horizonte, y abajo, las casas del villorrio duermen solas y frías... Diríase que un soplo de muerte hubiera pasado por ese dibujo, en el que el artista ha querido infundir la impresión desolada de un cementerio de pueblo. En las otras visiones, parece que los trazos de Pinto latieran animados por una ráfaga de vida.

Don Roberto Cunninghame Graham

Ratio:  / 3

 por Carlos P. Ibarguren Uriburu

Un gran espíritu, que parecía venir del fondo de nuestro pasado, acaba de apagarse en esta tierra que visitaba después de sesenta años de ausencia. El destino tiene a veces designios simbólicos. Don Roberto Cunninghame Graham se ha extinguido en la senectud, como una tarde serena, junto a nuestra pampa que él creyó no volvería a ver jamás y cuya imagen lejana le acompañó cariñosamente en su larga vida y llenó de color y de evocación el alma de este artista.

Don Roberto era un hombre de otros tiempos. Su peculiar figura quijotesca representaba fielmente a su espíritu aventurero y soñador. Alto, elegante, fino, su apostura era señoril, sin afectación, su gesto y sus ademanes atraían con llaneza cordial, y en su andar garboso percibíase el donaire de un mosquetero de leyenda. Su noble rostro enjuto de amplia frente, ojos vivísimos y mostachos airosos se alargaba con la perilla puntiaguda que daba a su fisonomía la expresión de un hidalgo español del siglo de oro.

Sangre andaluza, cálida y vibrante de conquistadores hazañosos, y sangre escocesa de arrojados navegantes para quienes el mar ofrecía el encanto inefable del misterio y del infinito, corría en su nervioso cuerpo y lo encendía empujándolo tras de las quimeras. De aquí ese afán errante e inquieto del joven Roberto que lo llevó a peregrinar por los Continentes y especialmente por Sud América, en busca de vida libre, azarosa, de mundos nuevos y de horizontes ilimitados. Ello explica su amor profundo y perenne a la llanura argentina que conociera y sintiera intensamente a mediados del siglo pasado y que -- como dijera en carta íntima a un amigo -- la pampa es un “océano terrestre cuyas olas no amenazan porque acarician”. Y en sus recuerdos -- como él mismo escribiera -- no se borró nunca aquel inmenso y silencioso mar de yerbas en el que todo era espacioso y vasto: La tierra, el cielo, los innúmeros ganados cimarrones, los maravillosos juegos de la luz; las tempestades furiosas y supremas, y por sobre todo el ánimo de los hombres que se sentían libres cara a cara con la naturaleza, bajo estos hondos cielos meridionales.

En sus correrías Cunningham Graham convivió íntimamente con los gauchos, traspasó la frontera, vagó por el desierto y peleó contra los indios.

 

Leer más: Don Roberto Cunninghame Graham

El arco de plata de Nuestra Señora de la Merced

Ratio:  / 3

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
extraido de "Los Antepasados", Buenos Aires, 1983

En aquellos ayeres lejanos, las prácticas religiosas de cada familia se circunscribían al ámbito exclusivo -- por decirlo así -- de una parroquia determinada. En ese templo todos sus miembros recibían, año tras año, el bautismo y demás sacramentos. Allí, durante el curso de sus vidas, participaban fervorosamente en los ritos y ceremonias del culto; allí contraían matrimonio, educaban a sus hijos y sus cadáveres eran sepultados. Por mucho tiempo todavía, el recuerdo de esos muertos prolongábase para los vivientes en las misas impetratorias de los aniversarios o en la fundación de piadosas Capellanías. Y si, vaya por caso, la Catedral fue panteón para los Riglos durante varias generaciones, y para Alonso de Lajarrota, su pariente y alguno de los Aguirre de la misma estirpe; si entre los cimientos de Santo Domingo son hoy ceniza los cuerpos de Pérez de Burgos y sus descendientes los Rodríguez de Estela, los Soria y los Dogan; si en San Francisco quedó inhumado Pedro de Izarra y, por casi dos siglos, sus vastagos, los Gaete, los Torres y los Quintana tuvieron enterratorio propio; la familia de Gamiz con sus deudos los López Osornio, los Bolaños, los Ruiz, los López Anaya y los Anchorena fueron, a su vez, en la vida y en la muerte, asiduos parroquianos y fieles difuntos de la Iglesia de La Merced.

Ante el altar de este templo inconcluso (que se terminó definitivamente en 1769, gracias a la munificencia de los cónyuges José Ruiz de Arellano y María Rosa Giles), se bendijeron las nupcias del soldado Pedro Gamiz de las Cuevas con Tomasa Alvarez de Lasarte; patriarcas del linaje argentino de su sangre; y en el cementerio anexo a dicho convento -- sobre la actual calle Sarmiento -- recibieron ambos cristiana sepultura. En la iglesia mercedaria fueron también espiritualmente asistidos todos los hijos del referido matrimonio. Uno de los cuales, Pedro Gamiz, profesó en la venerable orden catalana creada por San Pedro Nolasco. Igualmente su sobrino carnal, fray Juan José Bolaños Gamiz, pudo lucir, sobre su hábito blanco, el escudo timbrado con la corona aragonesa, que en uno de sus cuarteles rojos lleva la Cruz de plata de la Catedral de Barcelona y, en el otro, de oro, las cuatro barras verticales de gules que, en el siglo XIII, a dichos religiosos, cuando redimían cautivos entre los moros, les concedió el Rey Jaime I de Aragón.

Por otra parte, tanto Bernarda Gamiz de Bolaños como Nicolasa Gamiz de López Osornio fundaron sendas Capellanías de misas a rezarse en La Merced. Y cuando mi antepasada Isabel de Gamiz, designó -- por señas, pues había perdido el habla -- a sus albaceas testamentarios, al oír el nombre del Reverendo mercedario Fray José Eugenio Díaz lo confirmó de un cabezazo ante el Escribano Herrera.

Leer más: El arco de plata de Nuestra Señora de la Merced

El pastor de la pampa

Ratio:  / 20

por Carlos P. Ibarguren Uriburu

La dilatada estepa, húmeda y herbosa, que se extiende en el litoral, ha sido la región mentada cuando se ha descripto la vida y las costumbres en las campañas argentinas.

 

La pampa ha suministrado tema abundante y ofrecido color local a los pintores de nuestro medio, a los poetas nacionales, a los observadores rápidos y a los fáciles sociólogos. Con la pampa y su gaucho vestido con “chiripá”, se ha representado en el extranjero a la Argentina de antaño, como se muestra en las oleografías a España con sus chulos, manolas y toreros, o a Holanda con sus canales bordeados por molinos de grandes astas y sus aldeanos calzados con gruesos suecos de madera.

Algunos viajeros que nos visitaron en el siglo pasado han recordado con amor los cuadros pampeanos: el plano infinito donde la vista corre sobre el mar de pastos rizados por el viento y se hunde en la lejanía luminosa del horizonte; los matorrales de cardos que los animales cruzaban abriendo un laberinto de sendas; los secos pajonales que guarecían a jaguares y a pumas; las frescas lagunas animadas por los cisnes, las garzas, los teros, los chajás, cuyos estridentes graznidos interrumpían la soledad callada; la amplitud del escenario, que exalta el alma como si se la dilatara para abarcar la desmesurada perspectiva; los amaneceres diáfanos, los crepúsculos rojizos intensamente tristes, las borrascas repentinas y furiosas y, por sobre todo, el “ánimo de los hombres que se sentían libres, cara a cara con la naturaleza, bajo estos hondos cielos meridionales” (1).

Esos hombres aportaron el material con que se ha elaborado la leyenda criolla. El poema que ha reflejado fielmente y con gracia rústica la vida en la pampa, define en una estrofa la azarosa existencia del gaucho:

Sin punto ni rumbo fijo 
En aquella inmensidad
El gaucho anda como duende 
Su esperanza es el coraje 
Su guardia: la precaución
Su pingo es la salvación 
Y pasa uno en su desvelo 
Sin más amparo que el cielo
Ni otro amigo que el facón. (2)

Los paisanos, diseminados en la gran llanura, obraban impulsados por un feroz individualismo. La conquista de la pampa fue considerablemente más difícil y cruenta que la de las otras zonas de nuestro territorio.

"Desde que pisaron los españoles estas riberas, han sostenido con los naturales de la pampa las alternativas de la guerra con varia fortuna y, desde luego, se puede asegurar que los establecimientos de esta parte han padecido una persecución tenaz y más fuerte que los otros de América. Al principio los pampas iban de pie, porque caballos no había; pero multiplicáronse éstos considerablemente, los adquirieron los indios y, habiéndose hecho ellos más jinetes que todos nosotros, llegaron a ser y son enemigos más fuertes que antes. La vida errante, el ningún estímulo y la imposibilidad de sostener los establecimientos, son motivos por los cuales no se pueden formar expediciones para la completa conquista de la pampa... Padeceremos por nuestra frontera las vicisitudes de una guerra incómoda y ratera. En este año—1782—de nuestra estadía, han ocurrido tres incursiones de indios, las que aquí se llaman “entradas” y, en ellas, nuestra gente ha sido descarriada... La guarnición que tenemos ahora es de 600 hombres repartidos en un cordón de fuertes... Estos fuertes que se llaman guardias, han aumentado bajo este virreinato... El capitán general José de Andonaegui formó en 1752 tres compañías valerosas, que a la voz de atención blandeaban las lanzas y se llamaron, por ello, blandengues. La mayoría de estos soldados son casados y ellos, sus mujeres y algunos otros vecinos, levantan poblaciones y constituyen pueblos en las guardias." (3).

Así fue conquistada, palmo a palmo, y después de lidiar durante más de un siglo, ese erial inmenso y fértil.

Leer más: El pastor de la pampa

San Martín y el Comodoro William Bowles

Ratio:  / 2

por Cosme Beccar Varela
extraído del libro "Aquellas aguas trajeron estos lodos"
Editorial Armerías, Buenos Aires 2013 

 

Uno de los motivos principales del viaje de San Martín a Buenos Aires, inmediatamente después de la victoria de Maipú, fue entrevistarse nuevamente con el Comodoro William Bowles, jefe de la flotilla inglesa estacionada en el Rio de la Plata. 

Ya habían estado juntos a fines de 1817, hacía apenas seis meses, pero al parecer, consideraba fundamental conversar nuevamente con él, dado que el éxito obtenido en Maipú le daba una mayor autoridad para las negociaciones que tenía en vista.

Nueve días después de la batalla de Chacabuco (13 de Febrero de 1817) San Martín escribió una carta a Bowles fechada el 22 de ese mismo mes y año. A raís de eso, el comodoro inglés informa a su gobierno que San Martín “expresa sus deseos de entrevistarse conmigo y su persuasión acerca de las ventajas que estas provincias derivarán de nuestra reunión, (lo que) sólo puede ser concebido como significando que él tiene algún plan que confiarme en el cual la intervención del gobierno de SM (Británica) puede ser necesaria y que él no se atreve a librarlo a papel escrito.” (Sierra, op.cit. pag. 586).

Lamentablemente para San Martín, cuando llegó a Buenos Aires en su primer viaje, después de Chacabuco, Bowles estaba en Río de Janeiro motivo por el cual conversó extensamente con el cónsul inglés, Mr. Staples y el 17 de Abril (1817) le escribió a Bowles lamentando “que mi penoso y dilatado viaje (desde Chile) haya sido inútil pues mi principal objeto no era otro que el de abrazarlo y repetir nuestras antiguas conferencias en beneficio de estos países…Mr. Staples informará a V. de todo y bajo estos principios haré cuanto esté a mis alcances para la terminación de una guerra desastrosa, y la exterminación del poder español en América.” (ibidem, pag. 584). El general quería que Bowles le diera “los esclarecimientos que pueda sobre este particular (la terminación de la guerra) los que conservaré con la mayor reserva.” (Sierra, op.cit., carta de San Martín a Bowles del 18 de Junio de 1817, citada en la nota de pag. 585).

Según Staples informó a sus superiores del Foreign Office, San Martín “declaró que su principal deseo era que el gobierno británico le informara en alguna forma secreta, el camino que, de seguirlo, contara con su aprobación” (ibidem, pag. 585).

Leer más: San Martín y el Comodoro William Bowles