GENEALOGÍA

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Conquistadores, descubridores, gobernantes, caudillos, militares, escritores... descubra quiénes fueron, quiénes fueron sus mayores y quienes son sus descendientes.

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HERÁLDICA

El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

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El trono de la Araucanía y Patagonia

Ratio:  / 37

 por Mariano Vilella y Sánchez Viamonte



Una sucesión de falsos príncipes

 

Con motivo de la reciente muerte de Philippe Boiry, intitulado S.A.S. Felipe I, príncipe de Araucanía y Patagonia, y su posterior sucesión por Jean-Michel Parasiliti di Para, como Antonio IV, pude ver cómo se entablaban ciertos comentarios, normalmente jocosos, sobre tan disparatado reino y sucesión. En todo caso, me sorprendió ver que algunas personas daban cierto viso de legitimidad en el supuesto reconocimiento por parte de los caciques.
En estas breves líneas espero contar, aunque sólo sea de manera muy abreviada, la historia de la fundación y sucesión en tan disparatado reino, y cómo la supuesta legitimidad es sólo fruto de la ilusión o de la conveniencia tanto del fundador como de sus controvertidos sucesores, ya que en este caso no se puede hablar de descendientes.
No espere el lector encontrar aquí un trabajo de investigación, puesto que no es sino una escueta relación sobre la romántica aventura de un pícaro procurador de los tribunales franceses y su curiosa sucesión hasta nuestros días, que protagonizan la más dilatada sucesión de falsos príncipes de que se tenga memoria. Sin duda mucho más se podría escribir sobre esta graciosa dinastía, pero entonces estas líneas ya no serían lo que son: un breve escrito para divertimento de su autor, que espera ser también de entretenimiento para sus lectores.

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Barrios de Buenos Aires: San Nicolás y Retiro

Ratio:  / 2

por Diego M. Zigiotto

 

El barrio de San Nicolás debe su nombre a la antigua iglesia de San Nicolás, que se encontraba en Carlos Pellegrini y Corrientes (derecha), en el lugar donde hoy se levanta el Obelisco porteño. El templo, erigido en 1769,  fue una postal más de Buenos Aires hasta 1935, cuando fue demolido para ensanchar la calle Corrientes. Quedó en pie sólo la torre, un antiguo monumento histórico: es que allí había flameado por primera vez en la ciudad la bandera argentina, en agosto de 1812. Sin embargo, estos pergaminos no alcanzaron para mantenerla en pie: la estructura también cayó bajo la piqueta, para permitir abrir la avenida 9 de julio. Fue así que la iglesia se mudó: pasó así a Santa Fe y Uruguay, a Retiro, el otro barrio que hoy desarrollaremos.

Podemos afirmar que la “columna vertebral” de estos dos barrios la constituye la calle Florida, una de las arterias más importantes de la ciudad. ¿Quién no caminó alguna vez por allí? La costumbre de recorrer Florida no es de nuestro tiempo: a principios del siglo XIX algunas de las familias tradicionales de Buenos Aires instalaron aquí sus hogares, y las tertulias que ofrecían eran muy populares. Los convites más concurridos quizás hayan sido los de Mariquita Sánchez de Thompson, vecina del barrio, cuya casa estaba en la actual Florida 271. Aquí se cantó por primera vez el Himno Nacional Argentino, en 1813. Lamentablemente, la vivienda también cayó víctima del progreso. 

Donde hoy se encuentra la plaza San Martín se levantó en 1801 la segunda plaza de toros que tuvo Buenos Aires, con capacidad para diez mil personas, aunque no siempre se colmaba su capacidad. Los vecinos se acercaban a la misma por Florida, que en esos años no lucía coqueta como en nuestros días. La mayoría de las calles porteñas presentaba un paisaje bastante deplorable: yuyos crecidos, animales muertos, y pantanos malolientes y plagados de moscas y  mosquitos cuando llovía. Fue así que el virrey Nicolás de Arredondo dispuso el adoquinado de la calle, que se convirtió así en una de las más confortables. Los habitantes de la ciudad pasaron así a denominarla “la calle del empedrado”. Algunas de estas “piedras bola”, llamadas así por su forma irregular, todavía pueden verse: se exhiben en Florida casi Diagonal Norte. A la altura de la calle Viamonte se encontraba un pequeño puente, que salvaba el arroyo del Medio, o zanjón de Matorras, que desaguaba en el río de la Plata por la calle Tres sargentos. 

San Nicolás y Retiro tienen varios hitos urbanos; es tal la cantidad de sitios emblemáticos que cuesta incluirlos a todos. Comenzamos por la Catedral, frente a la plaza de Mayo, aunque este último espacio se encuentra en el vecino barrio de Montserrat. La calle Rivadavia es el límite interbarrial.  

El templo mayor de la religión católica en Buenos Aires sufrió varias modificaciones, desde aquel primitivo ranchito de barro y paja levantado por la expedición de Juan de Garay, allá por 1580. Y hablando del fundador, justamente la manzana siguiente hacia el río fue la que el conquistador destinó para su vivienda, que en realidad poco usó, dados sus constantes viajes de exploración en este nuevo territorio, ávido de ser descubierto. El solar fue usado años después para sacar tierra con el fin de construir las endebles casas de la primigenia Buenos Aires. Se extrajo tanto barro que quedó un gran pozo, al que cayeron no pocos desprevenidos vecinos, encontrando fin a sus vidas. Fue así que el lugar obtuvo el mote de “Hueco de las ánimas”, por las que, se dice, pululan por allí. En 1857 se levantó en esa manzana el primer teatro Colón, obra del ingeniero Carlos Enrique Pellegrini. Fue su hijo, el presidente Carlos Pellegrini, quien en este lugar en 1890 el Banco Nacional. Desde la década de 1940 la casa central del Banco Nación, diseñada por el arquitecto Alejandro Bustillo, ocupa la manzana entera (izquierda).

Una de las principales vías del barrio es la avenida Corrientes. A pesar de que, como quedó dicho, fue ensanchada hace ya setenta y cinco años, muchos aún se empecinan en llamarla “la calle Corrientes”. El poeta tanguero Edmundo Guibourg la bautizó “la calle que nunca duerme”, por el movimiento nocturno de sus teatros, pizzerías, cafés y librerías. La zona de los teatros comienza en Callao, aquella que marca el límite de San Nicolás con Balvanera. Testigos de otros tiempos quedaron las salas de los teatros Astral, Presidente Alvear, Metropolitan, San Martín, Lola Membrives, Broadway, El Nacional, y los íconos de la avenida del otro lado de la avenida 9 de julio: el Ópera y su eterno rival, el Gran Rex. Muchas otras salas fueron cerrando, o transformándose en otros emprendimientos. 

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Juan de la Cámara: un escribano sin escrúpulos

Ratio:  / 9

 por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraido de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo VI, Los Avendaño y De La Cámara

 

Juana — la cual adoptó los apellidos Avendaño y Añasco de sus prohijadores   se casó el 15-VIII-1698, en la Catedral porteña con Juan Antonio de la Cámara, quien había nacido en 1669 en Madrid, de unos padres que se llamaron Juan de la Cámara y María López, madrileños también. Bendijo la boda el Maestro Domingo de Armas, ante los testigos Sebastián de Herrera, el Capitán Francisco Antonio Castro y Antonio Fernández Corredor.

Fué Juan Antonio, o simplemente Juan de la Cámara, como se le llamaba, un personaje bastante equívoco. Ignoro cuando ni en que circunstancia llegó a Buenos Aires. Me consta solo que de recién casado instaló una pulpería en la ciudad, la que estuvo “administrando tiempo de tres años”, hasta que la licencia de explotación se la quitó el Cabildo, para otorgársela al Capitán Joseph de Valdivia. Por sendas notas — en 1701 y 1702 — de la Cámara pidió amparo y reconsideración de esa medida y renovado permiso para abrir dicho boliche de ventas al por menor; petición que el Ayuntamiento despachó favorablemente.

Dos años después, por cédula regia datada el 20-VI-1704 en su Real Casa de Campo, Felipe V tornó a Juan de la Cámara de pulpero (que, por cierto, no atendía personalmente a la clientela desde el mostrador del negocio) en autorizante de la fé pública, nombrándolo “mi Escribano y Notario de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano”. 

El despacho pertinente se envió al Gobernador de Buenos Aires con la órden de que, al candidato, “le examineis, y hallándole ávil y suficiente, y constandoos que es fiel y legal, y jurandoos que no llevará derechos demasiados ni ningunos a los Pobres, ni de las disputas tocantes a mi Hacienda Real, le entregareis el título para que pueda usar de él”. Y el 24-II-1708, el Gobernador Manuel de Velasco y Tejada, en la ciudad porteña de su mando, encargó al Alcalde y Alferez Real Joseph de Arregui, que aprobado el exámen ordenado, le tomara el juramento a de la Cámara, lo que Arregui hizo tres días más tarde, entregándole al interesado el correspondiente título notarial.

A partir de entonces, Juan de la Cámara ejerce en Buenos Aires el oficio de legalizar las escrituras y demás documentos públicos que pasan ante él, y redacta también los autos y sentencias en los litigios de primera instancia como actuario de los Alcaldes de 1º y 2º voto. Por último, al referido Notario se le encargó el “travaxo de reconozer y copiar las quentas en el libro de Alcávalas”, donde se asentaban las cobranzas de esos tributos pagados al fisco en determinadas ventas.

Así las cosas, a fines de marzo de 1712, aparece en la ciudad el Licenciado Juan José de Mutiloa y Andueza, Oidor de la Audiencia de Sevilla, nombrado por el Rey “Juez privativo”, con encargo de investigar los contrabandos e irregularidades fiscales que, según denuncias, se producían harto frecuentemente en nuestro medio; y sancionar a los culpables de esos delitos.

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Madre Mercedes Guerra y Contreras

Ratio:  / 9

por Aldo Marcos de Castro Paz
Publicado originalmente en: Junta de Historia Eclesiástica Argentina
Archivum XXI, 2002, ISBN, 0325/5506

 

Santiagueña insigne, conoce el dolor en sí misma, porque Dios la llamaría para aliviar los dolores físicos, morales e intelectuales de los hombres y mujeres de su tiempo. Huérfana desde la cuna, conoce la amargura del exilio y las alternativas domésticas y económicas del trasplante; postergada para ingresar al Monasterio de clausura, ve pasar los mejores años de su vida desde el umbral de la “espera” y desde la fraternidad del servicio.

Córdoba y Buenos Aires son el escenario de los principales años de su vida de terciaria franciscana (mirando a Francisco Solano émulo de Francisco de Asís), y será catequista, maestra gratuita a domicilio de alumnos incorregibles, veladora de enfermos de casa en casa.

La epidemia de la fiebre amarilla la encuentra siempre activa y diligente a la cabecera de los apestados. Recibirá el “Premio a la Virtud”, otorgado por la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires y la Sociedad de Beneficencia, a instancias de la señora Micaela Cascallares de Paz y de una comisión ad hoc de señoras. 

Ciega de pronto, cuidando al señor Ambrosio de Lezica, casado con su amiga misia Rosa Lastra, recuperó la vista rezando una novena a la Virgen y aplicándose el agua de Lourdes que le trajo un hijo de éstos. 

Busca compañeras de camino y logra iniciar recién a la edad de 63 años su “Conservatorio Caridad de San Francisco”. Una significativa imagen del Niño Jesús de la Espina le señalará la misión a emprender. Este es el germen de la Congregación de Hermanas Terciarias Franciscanas de la Caridad que funda en 1880, mediando los episodios de la ceguera y la recuperación de la vista, la incomprensión y el abandono de los suyos.

Las epidemias de fiebre amarilla, tifus, cólera, viruela y escarlatina, la encuentran siempre junto al enfermo, aun en el campo de batalla, entre el silbido de las balas...

Ya en la vejez, es madre de los huérfanos de las víctimas del cólera, fundando el “Asilo San José” frente a la Laguna de Chascomús, en la Provincia de Buenos Aires. 

A pesar de sus años y mala salud, va a Roma para el Año Santo de 1900 y recibe del Papa León XIII el acertado elogio de “He aquí la Mujer Fuerte del Evangelio”. 

El fruto de sus obras y aspiraciones aún perdura en la labor de sus Hijas en las aulas y junto al lecho del dolor. El “Colegio Mercedes Guerra” de Santiago del Estero perpetúa su nombre y actualiza este sello evangélico de solicitud maternal y asistencial. 



Algunos apellidos engañosos

Ratio:  / 19

por Santiago José Zervino

 

Continuando con las curiosidades genealógicas objeto de esta columna, viene a mi memoria una anécdota de un primo mío, genealogista y además escribano (en ese orden), a quien convocaron para un acto notarial en el cual participaba una Sra. María Bustamante de Smith. A llegar a  casa de esta dama, se dio cuenta de que la misma no hablaba casi nada de castellano, al punto que hubo que recurrir a la asistencia de un traductor público para explicarle los alcances del acto y leerle los documentos. ¿Cómo es que una señora de nombre y apellido tan españoles era tan inglesa? Ella misma lo explicó, traductor mediante: Su lejano antepasado Bustamante había naufragado en las costas inglesas cuando el desastre de la Gran Armada en tiempos de Felipe II, e imposibilitado de volver a su patria, había formado familia en Inglaterra. A pesar de haberse casado con una dama del lugar, había bautizado a todos sus hijos con nombres españoles y les había impuesto la condición de hacer lo mismo con sus descendientes. Éstos habían respetado la tradición hasta el siglo XX, y los hermanos de ella se llamaban Alfonso y Álvaro; eran de sangre casi puramente inglesa y escocesa, ninguno hablaba español, y eran la familia más inglesa que pueda uno imaginarse.

Todo esto para llegar a la conclusión de que hay apellidos sumamente engañosos, que indicarían una nacionalidad y una cultura, y que no son lo que parecen. No me refiero a aquellas familias que descienden de inmigrantes recientes, como las oleadas producidas después de las guerras de fines del siglo XIX, del siglo XX y que siguen produciéndose desgraciadamente en el nuestro. Me refiero a familias que llevan siglos en sus países de residencia, que han perdido todo contacto con sus raíces y que está perfectamente consustanciadas con la patria en que habitan. Un par de ejemplos serán útiles: si yo preguntara a alguien de qué nacionalidad son las familias d’Acunha Soutomaior, de la Gardie o Lo Presti di Fontana d’Angioli, es poco probable que me contestaran danesa, sueca y austríaca respectivamente. Sin embargo esa es la verdad. Lo mismo que pocos me contestarían que el conde de Newburgh es italiano o que el conde Douglas es sueco.

¿Y qué hablar de los muy austríacos condes de Thuillères de Montjoie, de los tan españoles O’Shea, o los igualmente daneses di Serène d’Acqueria? ¿Y los condes de Bassellet de la Rosée? Tanto ellos como los McNevin-O’Kelly son autríacos, como rusos son los condes de Ribeaupierre (a la izquierda, Alexander Ribeaupierre). Todos ellos llevan siglos en los países con cuya lengua y costumbre se identifican, y durante generaciones de han casado con gente de esos países, de tal modo que su genética no coincide en absoluto con sus apellidos. 

También ocurre lo contrario: no hace muchos años, un amigo muy querido criticaba la política exterior inglesa, y yo, por embromarlo, le dije que tan luego él que tenía sangre inglesa opinaba de ese modo. Reaccionó inmediatamente diciéndome qué él no tenía sangre inglesa ni nada por el estilo, y yo volví a decirle que sí la tenía. Los que nos rodeaban me decían que cómo podía discutirle al interesado sobre su propia genealogía y yo, como de costumbre, insistía en mi posición. Y le pregunté cual era el apellido de su abuela materna; me contestó inmediatamente que su abuela materna era española, a lo que yo retruqué con, …”pero, ¿cuál era su apellido?”. “Curtis”, me contestó muy contento, y yo le pregunté cuál creía él que era el origen de ese apellido, pronunciándolo según la fonética que  corresponde. Todavía me acuerdo de cómo se quedó con la boca abierta: jamás se había puesto a pensar que su abuela española tuviera un apellido inglés, pero era así efectivamente. 

Es el mismo caso de los Cullen, canarios de origen irlandés, que pronuncian su apellido a la manera española, y que si bien son conscientes de su origen remoto, son más “criollos que el zapallo”. Otro caso es el de los Blaquier. Hace algunos años, un pariente político de apellido francés me oyó pronunciarlo con la “erre” final, como lo pronunciaba un gran amigo de mi padre cuya madre llevaba este apellido. “Sí, me dijo, los Blaquié …etc”. Quienes conocen la genealogía de esta gran familia argentina saben perfectamente que son de origen gallego, que ellos pronunciaban su propio apellido marcando esa “erre”, y que las últimas investigaciones hacen pensar que son de origen inglés, algo así como Blaker o algo similar.

Y para terminar esta columna con una referencia a la genética y a la cultura a la que cada individuo adhiere, me voy a permitir repetir un comentario de mi gran amigo el destacado heraldista y genealogista Diego Molina de Castro. Se refiere a cierto personaje cuyo remoto antepasado por línea masculina es un hidalgo español y su remota antepasada materna es una india americana. “¿Cuál es el resultado típico de esa mezcla? Un típico chato cordobés?” . Solamente cuando todo el mundo ha asentido, comenta que se estaba refiriendo a … sir Winston Churchill.  No hace falta agregar nada más.

Hasta la próxima columna.

Los Uriburu, "La Familia Afortunada"

Ratio:  / 9

por Diego Cornejo Castellanos
Publicado originalmente en la revista Raíces

 

Los orígenes de esta familia se remontan a las tierras situadas en el Señorío de Vizcaya (Reino de España), y más precisamente de Mendata, de donde fueron oriundos los primeros Uruburu. Allí contrajeron matrimonio don Francisco de Uruburu y Ajuria Auxocoa con María Cruz de Lamiquiz Beterrechea y Goira, cuoyo primer vástago se llamó Joseph, quien vino al mundo en septiembre de 1757, y a partir de él se trocará la denominación del apellido de Uruburu en Uriburu.

Aquél joven junto a su connacional, don José Ignacio Benguria, emprendieron su viaje a América, como muchos en busca de perspectivas más favorables de índole  económicas, y en medio del esplendor del siglo XVIII, arribaron a Salta, que por entonces gozaba de gran predicamento entre las ciudades del Virreinato, no sólo por su desarrollo comercial, sino social y cultural.

Tanto Uriburu como Benguria, a medida que se integraron y  construyeron sus incipientes patrimonios, de manera gradual, procuraron entablar vínculos con damas pertenecientes a las viejas familias salteñas, y ambos hechos serán determinantes -- en particular para el joven Joseph -- para fundar, quizás sin pensarlo una familia que hizo historia y tuvo profunda gravitación en la vida de Salta y de nuestra República.

Joseph contrajo matrimonio con doña Manuela de Hoyos y Aguirre, y tuvieron por hijos a: Manuela, Dámaso, Evaristo, Vicente, Pedro, Juan Nepomuceno, Casimiro, Camilo, José María, y Juana.

A medida que evolucionaron favorablemente sus ingresos pecuniarios, y presencia social, don Joshep, adquirió su hogar. Como describe el historiador salteño, doctor Bernardo Frías “levantó su morada con el lujo de entonces, que era colocarle el altillo con grande balcón sobre la calle, defendido por baranda de hierro vizcaíno y alero sostenido por férreas columnas para resguardo de la lluvias, a pocos pasos del convento de San Francisco, donde acomodó tienda y familia”. Por entonces, a fines del siglo XVIII, Salta, contaba con una población de aproximadamente cinco mil habitantes.

¿Por qué se la denominó como "la familia afortunada"? Fue el doctor Frías, quien le acordó ese apelativo, porque a su juicio, no se hacía referencia sólo a sus logros pecuniarios, “Redondeando, redondeando se ha ido esta familia, hasta llegar a la cumbre de la perfección de la Fortuna” y concluyó a modo de definición: "Y agarraderas vienen para sostenerla en las alturas a que ha trepado, no diremos por años y años, sino por siglos; cosa que la caprichosa Fortuna no lo ha realizado tan grande ni tan sólidamente con ninguna otra familia que sepamos. Habrá pues, razón para llamarla: “La Familia Afortunada”."

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Juan de Vergara, un contrabandista del siglo XVII

Ratio:  / 15


por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo VI, Los Agreda de Vergara

 

Juan de Vergara nació en Sevilla en 1564, “hijo legítimo de Francisco de Vergara y de Catalina de Yuzedo Mal-Lara su muger, mis padres difuntos que Dios aya” — como él lo declaró en su testamento. Entre los años 1590 y 1595 vino al americano mundo junto con sus hermanos Alonso, Bartolomé y Miguel Gerónimo. Desembarcó con ellos en Panamá; de ahí se corrió hacia Lima y luego a Potosí, y abandonó la Imperial Villa para trasladarse a Esteco, en jurisdicción de Salta del Tucumán. En Esteco, o Talavera de Madrid o Madrid de las Juntas, contrajo su primer matrimonio, por el año 1600, con Beatriz de Cervantes Alarcón (hija del Alguacil Mayor lugareño Rodrigo de Soria Cervantes y de su mujer Beatriz de Alarcón), acaudalada señora que al casarse con Vergara, aportó una cuantiosa dote, calculada en más de 20.000 pesos. Doña Beatriz era, a la sazón, viuda del Licenciado Juan Hermoso de Graneros, y su padre, el Alguacil Rodrigo, había nacido en Trujillo, hijo legítimo de Cristóbal de Soria y de Leonor Alvarez de Cervantes, a la que se le ha atribuído un cercano parentesco con el “Manco de Lepanto”.

En 1605 Vergara bajó a Buenos Aires como secretario de su amigo Juan Pedrero de Trejo, a quien la Audiencia de Charcas encargó investigar la verdad de ciertas denuncias sobre irregularidades cometidas en el reparto de “permisiones” (licencias de exportación). Y aquí, a orillas del Plata, hubo de radicarse para siempre, dedicado al tráfico que lo convertiría en el más poderoso contrabandista que recuerda la historia del Río de la Plata en el siglo XVII.

Desde sus primeros tiempos de recién llegado al incipiente poblacho porteño, el forastero de Esteco intervino activamente en la política vernácula como partidario de Hernandarias; bajo cuyo amparo se inició en la vida pública. Pero, bien pronto, sus actividades comerciales chocaron con la intrasigente gestión portuaria del Gobernador criollo que lo protegía, y, a partir de ese momento, comenzó a intrigar contra dicho Jefe, atrayéndose a los más ricos mercaderes del vecindario, cuyos intereses inmediatos estaban por una próxima reapertura del puerto.

Durante la siguiente administración de Marín Negrón, don Juan logró ganarse hábilmente la confianza de aquel mandatario, y convertirse en su “eminencia gris”. Adueñado, pues, de los resortes del poder, formó Vergara una alianza o consorcio capitalista y político — destinado a enriquecer a sus componentes por encima de cualquier traba legal — con el Tesorero Simón de Valdés, con Diego de Vega, portugués judío, contrabandista y negrero, con Mateo Leal de Ayala, personaje desleal que llegó a reemplazar como Teniente de Gobernador, a Marín Negrón después de la equívoca muerte de éste, y con otros vecinos influyentes.

El grupo o banda de Vergara — llamado también “partido confederado” — alcanzó a controlar el Cabildo por medio de personeros, paniaguados y parientes, que compraban los oficios capitulares. De manera que, en un momento dado, la corporación vecinal respondía, sin contradicción, a los intereses particulares de ese — para decirlo a la moderna — “trust” de audaces traficantes enriquecidos.

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San Francisco Solano

Ratio:  / 24

por Aldo Marcos de Castro Paz
Publicado en Junta de Historia Eclesiástica Argentina
Archivum XXI, 2002, ISBN, 0325/5506.

 

Es el Apóstol del Tucumán, su nombre va unido a la penitencia, la oración y la caridad heroica, fuente de todas las demás virtudes. Su presencia es sinónimo de luz en la extensa geografía del Virreinato.

El Santo del Violín llega a Santiago del el Estero en el año 1592, aproximadamente, donde ya existía desde 1566 en esta cabeza del Tucumán aquella Casa Matriz o proto-convento franciscano de la Gobernación, fruto del ánimo imbatible de fray Juan de Rivadeneyra. El que sentó las bases de la Iglesia en esta amplia porción de la actual América del Sur fue al primer obispo americano, honra de la Orden Franciscana, Fray Fernando de Trejo y Sanabria, hermano del célebre Hernandarias de Saavedra, el primer gobernador criollo. 

Francisco tiene 43 años y mucho amor en el corazón. Se interna en la selva, hábitat de tribus idólatras que es menester incorporar a la doctrina y al bautismo. La Rioja y el Tucumán son escenario de su actividad evangelizadora admirable, sin medida de tiempo ni de esfuerzo. 

Por su fervor y humildad, es el Francisco Javier de las Indias Occidentales.

Buen catequista, es músico y psicólogo infatigable y un auténtico civilizador en esta extraordinaria y difícil misión de unir dos mundos disímiles y aparentemente antitéticos: Europa y América.

Sabio y discreto, sabe penetrar no sólo en las espesuras de los bosques sino, mejor aún, en la profundidad del ser humano. Distingue su índole y busca el mayor bien de la persona, rescatándola para Dios.

Las notas de su violín arrancan la sensibilidad escondida del indígena y, puliendo su espíritu, lo elevan hacia la captación de los valores y las verdades de la FE. La población hispana también pudo apreciar su ejemplo, beber de su mensaje evangélico y reconocer en él a un auténtico promotor de la dignidad humana, muchas veces contradiciendo las expectativas de predominio personal de aquel polifacético siglo XVI.

Dotado de un espíritu didáctico, enseña a los naturales que obedecer al Rey, es obedecer a Dios, y así viste de Alcalde a una imagen del Niño Jesús, centro de la devoción secular de La Rioja. El, todo un Dios – Niño, con su vara de plata de la justicia en la mano, su capa de terciopelo negro y su sombrero con penacho de plumas, es un símbolo de la sujeción ciudadana a la ley, que en su anhelo de equilibrio desea imitar la justicia divina.

Para todos, él fue una presencia viva del mismo Dios en nuestra tierra.

Hoy en la celda-capilla de San Francisco Solano, “santuario temprano de la evangelización”, su imagen tallada en madera de ceibo peruano, su cordón y casulla, y demás reliquias se conservan con profundo amor, testimonio de su paso por el noroeste argentino y del férreo espíritu divino que lo animaba. Esta celda es Monumento Histórico Provincial por ley de la Legislatura de Santiago.

Genealogía para principiantes... y no tanto!

Ratio:  / 7

 Extraído de Wikipedia
Editado y actualizado por Genealogía Familiar
(última actualización Abril 2015)

 

Genealogía (del latín genealogia, genos en griego: γενεά, genea: raza, nacimiento, generación, descendencia y logos, λόγος, logia: ciencia, estudio) es el estudio y seguimiento de la ascendencia y descendencia de una persona o familia. También se llama así al documento que registra dicho estudio, generalmente expresado como "árbol genealógico". Asimismo la genealogía es una de las ciencias auxiliares de la Historia y es trabajada por un genealogista.

Aquelllos que empiezan a caminar el camino de la genealogía, frecuentemente se ven envueltos en las vidas e historias de sus antepasados, algunos famosos, muchos olvidados, pero todos que, a su manera -- y en tiempos muy diferentes -- vivieron y nos legaron al menos sus genes cuando no su nombre.  Es un camino frecuentemente solitario, y que muchas veces se convierte en una pasión (cuando no en obsesión!), que debería movernos a rescatar lo mejor de los que nos precedieron y vivirlo en nosotros mismos.

Este artículo pretende dar unos lineamientos genéricos y consejos útiles a aquellos que se preguntan "¿de donde vengo?" o "¿cómo empiezo?", basado en el conocimiento y experiencia del equipo de Genealogía Familiar.

¿Cómo empezar?

Lo primero al iniciar una investigación genealógica es recopilar la mayor cantidad de antecedentes a través de dos fuentes: orales y documentales. Estos antecedentes deben comprender nombres de personas, lugares y fechas. En caso que se desconozca la fecha exacta, se puede utilizar una aproximación.

Fuentes orales

Las fuentes orales son aquellas que se obtienen verbalmente de otra persona, generalmente dentro del núcleo familiar: padres, abuelos, tíos, primos, bisabuelos. Estas fuentes, dado que están nutridas de la tradición familiar frecuentemente son inexactas en cuanto a fechas de nacimiento, bautizos, matrimonios y defunciones, profesiones y lugares de origen. Sin embargo ofrecen un acervo de información que muchas veces no se encuentra documentada, además de permitir determinar el marco general familiar como punto de partida del trabajo posterior.

 

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Buenos Aires pide esclavos para reemplazar a "indios inservibles"

Ratio:  / 4

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo VIII, Los Guiérrez

En estos párrafos, Carlos Ibarguren nos cuenta como los vecinos de Buenos Aires, a través de su Procurador Pedro Gutiérrez, pidieron permiso al Rey para exportar materias primas a Brasil y Angola, para allí cambiarlos por esclavos, y así reemplazar a los "indios inservibles" de los que quedaban pocos y que preferían "sustentarse de cazas y raíces de arboles" a volver a sus encomenderos. La imagen muestra la escultura "La Esclavitud" de Francisco Cafferata (1861-1890). Esta obra fue exhibida y premiada con medalla de oro en la Exposición Continental de 1882 en Buenos Aires y se exhibe en los Parques de Palermo.

 

En 1611 Pedro Gutiérrez era Procurador de la ciudad; con personería para representarla y defender sus intereses “en todos los pleitos que los particulares y cualquier corporación o comunidad promuevan contra el Ayuntameinto, o éste contra aquellos”. En tal carácter, el 24 de enero, dicho antepasado informaba al Cabildo sobre un auto “proveydo” por el Gobernador Marín Negrón, “a pedimento de la ciudad de la Asumpción, para que no se pueda meter por este puerto açúcar” — salvo el azúcar paraguayo. La medida restrictiva y monopólica pro domo sua, solicitada por el Cabildo asunceno, redundaba en daño de la ciudad porteña, porque los suministros azucareros “de la Asumpción no pueden hordinaria ni suficientemente dar abasto”. En consecuencia, de acuerdo con los consejos y argumentos del informante, los Regidores bonaerenses hicieron llegar a Marín Negrón su deseo de que modificara aquella resolución suya, y permitiera “que entrasen por la mar los dichos géneros”; vale decir, los pilones dulces del Brasil.

El 30 de junio, el Procurador Gutiérrez le presentó al célebre “Visitador” para las provincias del Rio de la Plata, Francisco de Alfaro, dos “pedimentos” — reforzados con informaciones de calificados testigos.

En uno de ellos suplicaba se le informara al Rey, “de la imposibilidad del servicio que los vecinos tienen por aver muerto en las pestes pasadas gran cantidad de indios, y los que al presente hay son muy pocos; gente que ni aún por su interés quieren acudir a sus encomenderos, a ayudarlos en sus labranzas, guardas de ganados, labores de tierra y edificios; porque es gente de tan poca policía que se contentan con sustentarse de cazas y raíces de arboles”, y “le dá larga para bolberse a sus tierras, con lo qual quedan los vecinos en notable necesidad”; obligados a “dejar sus casas, chácaras y sementeras, por no tener servicio con que poderla sustentar”. De consiguiente, nuestro Procurador pedía a Su Magestad les “diera licencia y permición”, a los vecinos de Buenos Aires para que pudieran enviar a las costas del Brasil y puerto de Angola los frutos de sus cosechas — harinas, sebos y cueros — a fin de trocar estos productos por negros esclavos que, en reemplazo de los indios inservibles, se traerían a estas tierras para las labores de sus pobladores y la conservación de las dichas sus haciendas”.

En cuanto al otro “pedimento”, Gutiérrez también se refería en el a la exportación de los frutos del país hacia las costas brasileras, y “que se traigan — decía — las cosas necesarias para el adorno de las personas y casas de los dichos vecinos, por no hcerse en esta tierra lienso, paño, ni género de ropa con que poderse vestir los dicho vecinos, y que es imposible poderlas traer de otra parte, porque en esta tierra no hay plata ni oro conque poderlas comprar; y si se hubiesen de traer del Perú, no se podrían trocar a los frutos de la dicha tierra, y serían tan caras que ningún vecino se podría vestir, ni alcanzar ninguna de las cosas necesarias para pasar y sustentar la vida humana”.

Como se echa de ver, no solo de ahora resultan estos problemas de falta de divisas y carencia de mano de obra, que, de tanto en tanto, le plantean una crisis a nuestro conglomerado social. Salvando las distancias que nos separan del siglo XVII, con su economía agropecuaria exclusiva, la Argentina ha permanecido, en buena medida, subordinada a las potencias industriales de afuera, las cuales — salvo de ropa y comida — la proveían hasta ayer nomás, de las principales “cosas necesarias para pasar y sustentar la vida humana”.

 

Como nos recordó un prisionero inglés

Ratio:  / 3

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires, 1983
Tomo 4, Los Zavaleta

 

Uno de los Capitanes de las tropas invasoras inglesas, Alejandro Gillespie, prisionero en 1806 a raíz de la Reconquista, en su libro Buenos Aires y el Interior — escrito en su patria en 1818 y traducido al español por Carlos A. Aldao en 1921 —, relata que confinado en San Antonio de Areco, a 15 millas de dicho "pueblito", conoció a los hermanos Marcos y Felipe Zavaleta, con campos "cerca del Paraná". Don Marcos — recuerda el inglés — "dirigía su estancia de catorce millas de largo por tres de ancho. Una casa muy respetable que había en la estancia, una huerta de treinta y cinco acres con muchos cientos de durazneros, higueras, manzanos y perales, además de excelente hortaliza, fueron comprados junto con la estancia por siete mil duros, y con ellos le fueron transferidos los inmuebles y ganados encerrados dentro de esos límites ... el sitio era alto y pintoresco por el monte que lo rodeaba, y más especialmente en un distrito donde rara vez se ven árboles".


"Ese caballero — prosigue Gillespie — tenía más de 60.000 cabezas de ganado, comprendido en las varias denominaciones de caballos, vacas, yeguas, burros y mulas; estas últimas eran de precio subido por la gran demanda de ellas en Perú ... Don Marcos estimaba sus pérdidas recientes por la sequía en 10.000, y de terneros, corderos y potrillos en 2.000, según su cómputo anual por la rapacidad de los perros cimarrones. Constantemente empleaba ochenta negros para vigilar esa especie de su hacienda, que montaban y cansaban dos caballos por día en la tarea".

Más adelante describe el inglés la trilla de la cosecha que empezaba en enero y terminaba en febrero. "La estancia — agrega seguidamente — producía muchos melones almizclados, que en muchos casos alcanzaban la circunferencia de veintidós pulgadas y dieciocho de largo. Las mulas que criaba don Marcos eran para los carros y para las ferias anuales de Salta, donde se proveían todas las necesidades de Perú. Las primeras, una vez domadas, producían ciento veinte duros cada una, mientras un excelente caballo se podía haber comprado por tres".

"Para sus llanuras, don Marcos había construido corrales donde se juntaban todos los hatos de sus límites, y después de marcar cada bestia con pintura colorada mediante un instrumento de su elección, la volvía a soltar. La marca en adelante servía siempre para identificar el bruto como de su propiedad particular ... Práctica semejante se usaba con los caballos, solamente que una muesca en la oreja izquierda denotaba al que pertenecía al Rey como tributo".

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