GENEALOGÍA

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Conquistadores, descubridores, gobernantes, caudillos, militares, escritores... descubra quiénes fueron, quiénes fueron sus mayores y quienes son sus descendientes.

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El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

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Algunos apellidos engañosos

Ratio:  / 19

por Santiago José Zervino

 

Continuando con las curiosidades genealógicas objeto de esta columna, viene a mi memoria una anécdota de un primo mío, genealogista y además escribano (en ese orden), a quien convocaron para un acto notarial en el cual participaba una Sra. María Bustamante de Smith. A llegar a  casa de esta dama, se dio cuenta de que la misma no hablaba casi nada de castellano, al punto que hubo que recurrir a la asistencia de un traductor público para explicarle los alcances del acto y leerle los documentos. ¿Cómo es que una señora de nombre y apellido tan españoles era tan inglesa? Ella misma lo explicó, traductor mediante: Su lejano antepasado Bustamante había naufragado en las costas inglesas cuando el desastre de la Gran Armada en tiempos de Felipe II, e imposibilitado de volver a su patria, había formado familia en Inglaterra. A pesar de haberse casado con una dama del lugar, había bautizado a todos sus hijos con nombres españoles y les había impuesto la condición de hacer lo mismo con sus descendientes. Éstos habían respetado la tradición hasta el siglo XX, y los hermanos de ella se llamaban Alfonso y Álvaro; eran de sangre casi puramente inglesa y escocesa, ninguno hablaba español, y eran la familia más inglesa que pueda uno imaginarse.

Todo esto para llegar a la conclusión de que hay apellidos sumamente engañosos, que indicarían una nacionalidad y una cultura, y que no son lo que parecen. No me refiero a aquellas familias que descienden de inmigrantes recientes, como las oleadas producidas después de las guerras de fines del siglo XIX, del siglo XX y que siguen produciéndose desgraciadamente en el nuestro. Me refiero a familias que llevan siglos en sus países de residencia, que han perdido todo contacto con sus raíces y que está perfectamente consustanciadas con la patria en que habitan. Un par de ejemplos serán útiles: si yo preguntara a alguien de qué nacionalidad son las familias d’Acunha Soutomaior, de la Gardie o Lo Presti di Fontana d’Angioli, es poco probable que me contestaran danesa, sueca y austríaca respectivamente. Sin embargo esa es la verdad. Lo mismo que pocos me contestarían que el conde de Newburgh es italiano o que el conde Douglas es sueco.

¿Y qué hablar de los muy austríacos condes de Thuillères de Montjoie, de los tan españoles O’Shea, o los igualmente daneses di Serène d’Acqueria? ¿Y los condes de Bassellet de la Rosée? Tanto ellos como los McNevin-O’Kelly son autríacos, como rusos son los condes de Ribeaupierre (a la izquierda, Alexander Ribeaupierre). Todos ellos llevan siglos en los países con cuya lengua y costumbre se identifican, y durante generaciones de han casado con gente de esos países, de tal modo que su genética no coincide en absoluto con sus apellidos. 

También ocurre lo contrario: no hace muchos años, un amigo muy querido criticaba la política exterior inglesa, y yo, por embromarlo, le dije que tan luego él que tenía sangre inglesa opinaba de ese modo. Reaccionó inmediatamente diciéndome qué él no tenía sangre inglesa ni nada por el estilo, y yo volví a decirle que sí la tenía. Los que nos rodeaban me decían que cómo podía discutirle al interesado sobre su propia genealogía y yo, como de costumbre, insistía en mi posición. Y le pregunté cual era el apellido de su abuela materna; me contestó inmediatamente que su abuela materna era española, a lo que yo retruqué con, …”pero, ¿cuál era su apellido?”. “Curtis”, me contestó muy contento, y yo le pregunté cuál creía él que era el origen de ese apellido, pronunciándolo según la fonética que  corresponde. Todavía me acuerdo de cómo se quedó con la boca abierta: jamás se había puesto a pensar que su abuela española tuviera un apellido inglés, pero era así efectivamente. 

Es el mismo caso de los Cullen, canarios de origen irlandés, que pronuncian su apellido a la manera española, y que si bien son conscientes de su origen remoto, son más “criollos que el zapallo”. Otro caso es el de los Blaquier. Hace algunos años, un pariente político de apellido francés me oyó pronunciarlo con la “erre” final, como lo pronunciaba un gran amigo de mi padre cuya madre llevaba este apellido. “Sí, me dijo, los Blaquié …etc”. Quienes conocen la genealogía de esta gran familia argentina saben perfectamente que son de origen gallego, que ellos pronunciaban su propio apellido marcando esa “erre”, y que las últimas investigaciones hacen pensar que son de origen inglés, algo así como Blaker o algo similar.

Y para terminar esta columna con una referencia a la genética y a la cultura a la que cada individuo adhiere, me voy a permitir repetir un comentario de mi gran amigo el destacado heraldista y genealogista Diego Molina de Castro. Se refiere a cierto personaje cuyo remoto antepasado por línea masculina es un hidalgo español y su remota antepasada materna es una india americana. “¿Cuál es el resultado típico de esa mezcla? Un típico chato cordobés?” . Solamente cuando todo el mundo ha asentido, comenta que se estaba refiriendo a … sir Winston Churchill.  No hace falta agregar nada más.

Hasta la próxima columna.

Los Uriburu, "La Familia Afortunada"

Ratio:  / 9

por Diego Cornejo Castellanos
Publicado originalmente en la revista Raíces

 

Los orígenes de esta familia se remontan a las tierras situadas en el Señorío de Vizcaya (Reino de España), y más precisamente de Mendata, de donde fueron oriundos los primeros Uruburu. Allí contrajeron matrimonio don Francisco de Uruburu y Ajuria Auxocoa con María Cruz de Lamiquiz Beterrechea y Goira, cuoyo primer vástago se llamó Joseph, quien vino al mundo en septiembre de 1757, y a partir de él se trocará la denominación del apellido de Uruburu en Uriburu.

Aquél joven junto a su connacional, don José Ignacio Benguria, emprendieron su viaje a América, como muchos en busca de perspectivas más favorables de índole  económicas, y en medio del esplendor del siglo XVIII, arribaron a Salta, que por entonces gozaba de gran predicamento entre las ciudades del Virreinato, no sólo por su desarrollo comercial, sino social y cultural.

Tanto Uriburu como Benguria, a medida que se integraron y  construyeron sus incipientes patrimonios, de manera gradual, procuraron entablar vínculos con damas pertenecientes a las viejas familias salteñas, y ambos hechos serán determinantes -- en particular para el joven Joseph -- para fundar, quizás sin pensarlo una familia que hizo historia y tuvo profunda gravitación en la vida de Salta y de nuestra República.

Joseph contrajo matrimonio con doña Manuela de Hoyos y Aguirre, y tuvieron por hijos a: Manuela, Dámaso, Evaristo, Vicente, Pedro, Juan Nepomuceno, Casimiro, Camilo, José María, y Juana.

A medida que evolucionaron favorablemente sus ingresos pecuniarios, y presencia social, don Joshep, adquirió su hogar. Como describe el historiador salteño, doctor Bernardo Frías “levantó su morada con el lujo de entonces, que era colocarle el altillo con grande balcón sobre la calle, defendido por baranda de hierro vizcaíno y alero sostenido por férreas columnas para resguardo de la lluvias, a pocos pasos del convento de San Francisco, donde acomodó tienda y familia”. Por entonces, a fines del siglo XVIII, Salta, contaba con una población de aproximadamente cinco mil habitantes.

¿Por qué se la denominó como "la familia afortunada"? Fue el doctor Frías, quien le acordó ese apelativo, porque a su juicio, no se hacía referencia sólo a sus logros pecuniarios, “Redondeando, redondeando se ha ido esta familia, hasta llegar a la cumbre de la perfección de la Fortuna” y concluyó a modo de definición: "Y agarraderas vienen para sostenerla en las alturas a que ha trepado, no diremos por años y años, sino por siglos; cosa que la caprichosa Fortuna no lo ha realizado tan grande ni tan sólidamente con ninguna otra familia que sepamos. Habrá pues, razón para llamarla: “La Familia Afortunada”."

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Juan de Vergara, un contrabandista del siglo XVII

Ratio:  / 15


por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo VI, Los Agreda de Vergara

 

Juan de Vergara nació en Sevilla en 1564, “hijo legítimo de Francisco de Vergara y de Catalina de Yuzedo Mal-Lara su muger, mis padres difuntos que Dios aya” — como él lo declaró en su testamento. Entre los años 1590 y 1595 vino al americano mundo junto con sus hermanos Alonso, Bartolomé y Miguel Gerónimo. Desembarcó con ellos en Panamá; de ahí se corrió hacia Lima y luego a Potosí, y abandonó la Imperial Villa para trasladarse a Esteco, en jurisdicción de Salta del Tucumán. En Esteco, o Talavera de Madrid o Madrid de las Juntas, contrajo su primer matrimonio, por el año 1600, con Beatriz de Cervantes Alarcón (hija del Alguacil Mayor lugareño Rodrigo de Soria Cervantes y de su mujer Beatriz de Alarcón), acaudalada señora que al casarse con Vergara, aportó una cuantiosa dote, calculada en más de 20.000 pesos. Doña Beatriz era, a la sazón, viuda del Licenciado Juan Hermoso de Graneros, y su padre, el Alguacil Rodrigo, había nacido en Trujillo, hijo legítimo de Cristóbal de Soria y de Leonor Alvarez de Cervantes, a la que se le ha atribuído un cercano parentesco con el “Manco de Lepanto”.

En 1605 Vergara bajó a Buenos Aires como secretario de su amigo Juan Pedrero de Trejo, a quien la Audiencia de Charcas encargó investigar la verdad de ciertas denuncias sobre irregularidades cometidas en el reparto de “permisiones” (licencias de exportación). Y aquí, a orillas del Plata, hubo de radicarse para siempre, dedicado al tráfico que lo convertiría en el más poderoso contrabandista que recuerda la historia del Río de la Plata en el siglo XVII.

Desde sus primeros tiempos de recién llegado al incipiente poblacho porteño, el forastero de Esteco intervino activamente en la política vernácula como partidario de Hernandarias; bajo cuyo amparo se inició en la vida pública. Pero, bien pronto, sus actividades comerciales chocaron con la intrasigente gestión portuaria del Gobernador criollo que lo protegía, y, a partir de ese momento, comenzó a intrigar contra dicho Jefe, atrayéndose a los más ricos mercaderes del vecindario, cuyos intereses inmediatos estaban por una próxima reapertura del puerto.

Durante la siguiente administración de Marín Negrón, don Juan logró ganarse hábilmente la confianza de aquel mandatario, y convertirse en su “eminencia gris”. Adueñado, pues, de los resortes del poder, formó Vergara una alianza o consorcio capitalista y político — destinado a enriquecer a sus componentes por encima de cualquier traba legal — con el Tesorero Simón de Valdés, con Diego de Vega, portugués judío, contrabandista y negrero, con Mateo Leal de Ayala, personaje desleal que llegó a reemplazar como Teniente de Gobernador, a Marín Negrón después de la equívoca muerte de éste, y con otros vecinos influyentes.

El grupo o banda de Vergara — llamado también “partido confederado” — alcanzó a controlar el Cabildo por medio de personeros, paniaguados y parientes, que compraban los oficios capitulares. De manera que, en un momento dado, la corporación vecinal respondía, sin contradicción, a los intereses particulares de ese — para decirlo a la moderna — “trust” de audaces traficantes enriquecidos.

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San Francisco Solano

Ratio:  / 23

por Aldo Marcos de Castro Paz
Publicado en Junta de Historia Eclesiástica Argentina
Archivum XXI, 2002, ISBN, 0325/5506.

 

Es el Apóstol del Tucumán, su nombre va unido a la penitencia, la oración y la caridad heroica, fuente de todas las demás virtudes. Su presencia es sinónimo de luz en la extensa geografía del Virreinato.

El Santo del Violín llega a Santiago del el Estero en el año 1592, aproximadamente, donde ya existía desde 1566 en esta cabeza del Tucumán aquella Casa Matriz o proto-convento franciscano de la Gobernación, fruto del ánimo imbatible de fray Juan de Rivadeneyra. El que sentó las bases de la Iglesia en esta amplia porción de la actual América del Sur fue al primer obispo americano, honra de la Orden Franciscana, Fray Fernando de Trejo y Sanabria, hermano del célebre Hernandarias de Saavedra, el primer gobernador criollo. 

Francisco tiene 43 años y mucho amor en el corazón. Se interna en la selva, hábitat de tribus idólatras que es menester incorporar a la doctrina y al bautismo. La Rioja y el Tucumán son escenario de su actividad evangelizadora admirable, sin medida de tiempo ni de esfuerzo. 

Por su fervor y humildad, es el Francisco Javier de las Indias Occidentales.

Buen catequista, es músico y psicólogo infatigable y un auténtico civilizador en esta extraordinaria y difícil misión de unir dos mundos disímiles y aparentemente antitéticos: Europa y América.

Sabio y discreto, sabe penetrar no sólo en las espesuras de los bosques sino, mejor aún, en la profundidad del ser humano. Distingue su índole y busca el mayor bien de la persona, rescatándola para Dios.

Las notas de su violín arrancan la sensibilidad escondida del indígena y, puliendo su espíritu, lo elevan hacia la captación de los valores y las verdades de la FE. La población hispana también pudo apreciar su ejemplo, beber de su mensaje evangélico y reconocer en él a un auténtico promotor de la dignidad humana, muchas veces contradiciendo las expectativas de predominio personal de aquel polifacético siglo XVI.

Dotado de un espíritu didáctico, enseña a los naturales que obedecer al Rey, es obedecer a Dios, y así viste de Alcalde a una imagen del Niño Jesús, centro de la devoción secular de La Rioja. El, todo un Dios – Niño, con su vara de plata de la justicia en la mano, su capa de terciopelo negro y su sombrero con penacho de plumas, es un símbolo de la sujeción ciudadana a la ley, que en su anhelo de equilibrio desea imitar la justicia divina.

Para todos, él fue una presencia viva del mismo Dios en nuestra tierra.

Hoy en la celda-capilla de San Francisco Solano, “santuario temprano de la evangelización”, su imagen tallada en madera de ceibo peruano, su cordón y casulla, y demás reliquias se conservan con profundo amor, testimonio de su paso por el noroeste argentino y del férreo espíritu divino que lo animaba. Esta celda es Monumento Histórico Provincial por ley de la Legislatura de Santiago.

Genealogía para principiantes... y no tanto!

Ratio:  / 7

 Extraído de Wikipedia
Editado y actualizado por Genealogía Familiar
(última actualización Abril 2015)

 

Genealogía (del latín genealogia, genos en griego: γενεά, genea: raza, nacimiento, generación, descendencia y logos, λόγος, logia: ciencia, estudio) es el estudio y seguimiento de la ascendencia y descendencia de una persona o familia. También se llama así al documento que registra dicho estudio, generalmente expresado como "árbol genealógico". Asimismo la genealogía es una de las ciencias auxiliares de la Historia y es trabajada por un genealogista.

Aquelllos que empiezan a caminar el camino de la genealogía, frecuentemente se ven envueltos en las vidas e historias de sus antepasados, algunos famosos, muchos olvidados, pero todos que, a su manera -- y en tiempos muy diferentes -- vivieron y nos legaron al menos sus genes cuando no su nombre.  Es un camino frecuentemente solitario, y que muchas veces se convierte en una pasión (cuando no en obsesión!), que debería movernos a rescatar lo mejor de los que nos precedieron y vivirlo en nosotros mismos.

Este artículo pretende dar unos lineamientos genéricos y consejos útiles a aquellos que se preguntan "¿de donde vengo?" o "¿cómo empiezo?", basado en el conocimiento y experiencia del equipo de Genealogía Familiar.

¿Cómo empezar?

Lo primero al iniciar una investigación genealógica es recopilar la mayor cantidad de antecedentes a través de dos fuentes: orales y documentales. Estos antecedentes deben comprender nombres de personas, lugares y fechas. En caso que se desconozca la fecha exacta, se puede utilizar una aproximación.

Fuentes orales

Las fuentes orales son aquellas que se obtienen verbalmente de otra persona, generalmente dentro del núcleo familiar: padres, abuelos, tíos, primos, bisabuelos. Estas fuentes, dado que están nutridas de la tradición familiar frecuentemente son inexactas en cuanto a fechas de nacimiento, bautizos, matrimonios y defunciones, profesiones y lugares de origen. Sin embargo ofrecen un acervo de información que muchas veces no se encuentra documentada, además de permitir determinar el marco general familiar como punto de partida del trabajo posterior.

 

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Buenos Aires pide esclavos para reemplazar a "indios inservibles"

Ratio:  / 4

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo VIII, Los Guiérrez

En estos párrafos, Carlos Ibarguren nos cuenta como los vecinos de Buenos Aires, a través de su Procurador Pedro Gutiérrez, pidieron permiso al Rey para exportar materias primas a Brasil y Angola, para allí cambiarlos por esclavos, y así reemplazar a los "indios inservibles" de los que quedaban pocos y que preferían "sustentarse de cazas y raíces de arboles" a volver a sus encomenderos. La imagen muestra la escultura "La Esclavitud" de Francisco Cafferata (1861-1890). Esta obra fue exhibida y premiada con medalla de oro en la Exposición Continental de 1882 en Buenos Aires y se exhibe en los Parques de Palermo.

 

En 1611 Pedro Gutiérrez era Procurador de la ciudad; con personería para representarla y defender sus intereses “en todos los pleitos que los particulares y cualquier corporación o comunidad promuevan contra el Ayuntameinto, o éste contra aquellos”. En tal carácter, el 24 de enero, dicho antepasado informaba al Cabildo sobre un auto “proveydo” por el Gobernador Marín Negrón, “a pedimento de la ciudad de la Asumpción, para que no se pueda meter por este puerto açúcar” — salvo el azúcar paraguayo. La medida restrictiva y monopólica pro domo sua, solicitada por el Cabildo asunceno, redundaba en daño de la ciudad porteña, porque los suministros azucareros “de la Asumpción no pueden hordinaria ni suficientemente dar abasto”. En consecuencia, de acuerdo con los consejos y argumentos del informante, los Regidores bonaerenses hicieron llegar a Marín Negrón su deseo de que modificara aquella resolución suya, y permitiera “que entrasen por la mar los dichos géneros”; vale decir, los pilones dulces del Brasil.

El 30 de junio, el Procurador Gutiérrez le presentó al célebre “Visitador” para las provincias del Rio de la Plata, Francisco de Alfaro, dos “pedimentos” — reforzados con informaciones de calificados testigos.

En uno de ellos suplicaba se le informara al Rey, “de la imposibilidad del servicio que los vecinos tienen por aver muerto en las pestes pasadas gran cantidad de indios, y los que al presente hay son muy pocos; gente que ni aún por su interés quieren acudir a sus encomenderos, a ayudarlos en sus labranzas, guardas de ganados, labores de tierra y edificios; porque es gente de tan poca policía que se contentan con sustentarse de cazas y raíces de arboles”, y “le dá larga para bolberse a sus tierras, con lo qual quedan los vecinos en notable necesidad”; obligados a “dejar sus casas, chácaras y sementeras, por no tener servicio con que poderla sustentar”. De consiguiente, nuestro Procurador pedía a Su Magestad les “diera licencia y permición”, a los vecinos de Buenos Aires para que pudieran enviar a las costas del Brasil y puerto de Angola los frutos de sus cosechas — harinas, sebos y cueros — a fin de trocar estos productos por negros esclavos que, en reemplazo de los indios inservibles, se traerían a estas tierras para las labores de sus pobladores y la conservación de las dichas sus haciendas”.

En cuanto al otro “pedimento”, Gutiérrez también se refería en el a la exportación de los frutos del país hacia las costas brasileras, y “que se traigan — decía — las cosas necesarias para el adorno de las personas y casas de los dichos vecinos, por no hcerse en esta tierra lienso, paño, ni género de ropa con que poderse vestir los dicho vecinos, y que es imposible poderlas traer de otra parte, porque en esta tierra no hay plata ni oro conque poderlas comprar; y si se hubiesen de traer del Perú, no se podrían trocar a los frutos de la dicha tierra, y serían tan caras que ningún vecino se podría vestir, ni alcanzar ninguna de las cosas necesarias para pasar y sustentar la vida humana”.

Como se echa de ver, no solo de ahora resultan estos problemas de falta de divisas y carencia de mano de obra, que, de tanto en tanto, le plantean una crisis a nuestro conglomerado social. Salvando las distancias que nos separan del siglo XVII, con su economía agropecuaria exclusiva, la Argentina ha permanecido, en buena medida, subordinada a las potencias industriales de afuera, las cuales — salvo de ropa y comida — la proveían hasta ayer nomás, de las principales “cosas necesarias para pasar y sustentar la vida humana”.

 

Como nos recordó un prisionero inglés

Ratio:  / 3

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires, 1983
Tomo 4, Los Zavaleta

 

Uno de los Capitanes de las tropas invasoras inglesas, Alejandro Gillespie, prisionero en 1806 a raíz de la Reconquista, en su libro Buenos Aires y el Interior — escrito en su patria en 1818 y traducido al español por Carlos A. Aldao en 1921 —, relata que confinado en San Antonio de Areco, a 15 millas de dicho "pueblito", conoció a los hermanos Marcos y Felipe Zavaleta, con campos "cerca del Paraná". Don Marcos — recuerda el inglés — "dirigía su estancia de catorce millas de largo por tres de ancho. Una casa muy respetable que había en la estancia, una huerta de treinta y cinco acres con muchos cientos de durazneros, higueras, manzanos y perales, además de excelente hortaliza, fueron comprados junto con la estancia por siete mil duros, y con ellos le fueron transferidos los inmuebles y ganados encerrados dentro de esos límites ... el sitio era alto y pintoresco por el monte que lo rodeaba, y más especialmente en un distrito donde rara vez se ven árboles".


"Ese caballero — prosigue Gillespie — tenía más de 60.000 cabezas de ganado, comprendido en las varias denominaciones de caballos, vacas, yeguas, burros y mulas; estas últimas eran de precio subido por la gran demanda de ellas en Perú ... Don Marcos estimaba sus pérdidas recientes por la sequía en 10.000, y de terneros, corderos y potrillos en 2.000, según su cómputo anual por la rapacidad de los perros cimarrones. Constantemente empleaba ochenta negros para vigilar esa especie de su hacienda, que montaban y cansaban dos caballos por día en la tarea".

Más adelante describe el inglés la trilla de la cosecha que empezaba en enero y terminaba en febrero. "La estancia — agrega seguidamente — producía muchos melones almizclados, que en muchos casos alcanzaban la circunferencia de veintidós pulgadas y dieciocho de largo. Las mulas que criaba don Marcos eran para los carros y para las ferias anuales de Salta, donde se proveían todas las necesidades de Perú. Las primeras, una vez domadas, producían ciento veinte duros cada una, mientras un excelente caballo se podía haber comprado por tres".

"Para sus llanuras, don Marcos había construido corrales donde se juntaban todos los hatos de sus límites, y después de marcar cada bestia con pintura colorada mediante un instrumento de su elección, la volvía a soltar. La marca en adelante servía siempre para identificar el bruto como de su propiedad particular ... Práctica semejante se usaba con los caballos, solamente que una muesca en la oreja izquierda denotaba al que pertenecía al Rey como tributo".

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Alambrados y prepotencia... una tradición de toda la vida!

Ratio:  / 3

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires, 1983
Tomo X, Los Pueyrredon

 

A propósito de alambrados, en seguida de adquirir don Manuel Aljandro Aguirre la chacra de Pueyrredon en 1856, es decir a los diez años de haber Newton importado los primeros rollos de alambre con destino a preservar las verduras de su estancia “Santa María” en Chascomús, y prácticamente al mismo tiempo en que Halbach — 1856 — alambrara todo el perímetro de su establecimiento “Los Remedios” en Cañuelas, el señor Aguirre, en San Isidro, utilizó también los hilos de acero para deslindar con ellos su propiedad. Por eso, cuando la historia recuerda a los precursores que adoptaron en sus campos aquel sistema de cercado y seguridad, a partir del cual comienza la era moderna de nuestras explotaciones rurales, el nombre de Manuel Aguirre no debe ser omitido.

Y para probar nuestro aserto, nada más elocuente que esta enérgica nota dirigida por Mercedes Anchorena de Aguirre, el 5-X-1858, a los munícipes del pago de la costa, cuyo texto es el siguiente: 

"Acabo de saber con sorpresa, que por orden de la Municipalidad de San Isidro ha ido una fuerza armada a mi chacra, y sin citarme ni oirme, ha procedido a arrancar todo el cerco de alambrado que por consentimiento de esa Municipalidad, y previa delineación que ella misma mandó hacer, puso mi marido D. Manuel Aguirre. Este ataque a mi propiedad y el modo de hacerlo sin guardar una sóla de las formas que las Leyes han establecido en garantía de los derechos del ciudadano — continúa el escrito, posiblemente redactado por Vélez Sársfield, que era abogado de mis bisabuelos —, me fuerzan a dirigirme a la Municipalidad protestando, como solemnemente protesto, contra aquella medida, y contra el modo vejatorio de ejecutarla, suplicando a los Señores Municipales que, en razón de hallarse mi Esposo ausente en sus estancias, se servirán admitirme esta protesta por todos los daños y perjuicios que mi Esposo reclamará ante Autoridad competente, y contra esa corporación colectivamente y contra sus miembros individualmente, porque cuando los procedimientos son del carácter del que se ha ejecutado en mi casa, la Ley dá esta acción al ciudadano. Dios guarde Uds. muchos años". Firma: Mercedes Anchorena de Aguirre.

Ya en 1868 — según consta en el inventario de la sucesión de doña Mercedes —, la chacra en su fracción delantera, contaba con casi 1.500 varas alambradas con líneas de tres hilos, sujetos con grampas a postes de ñandubay y ñapinday, entre dos filas de cercos de cina cina. Y en esos potreros del casco pastoreaban los caballos de tiro y silla, los bueyes de labor y “siete vacas lecheras inglesas”: las Guernesey, de cuya raza don Manuel fue el introductor en el país. Fuera de este parcelamiento del terreno comprendido entre el ex camino real y la barranca, el resto de la vasta heredad, hasta el fondo de la legua, incluía a tres puestos o poblaciones: “los Olivos” — más tarde quinta de Gómez Aguirre (“la casa chica”) — con su monte venerable de “setenta y seis olivos viejos”; “la Noria”, con su pozo y aparato correspondiente, instalados en el bajo que pertenecería después a los Balcarce; y “el Quintón”, aquella añeja casa de posta colonial, sobre el camino del alto, cuyo edificio con azotea, altillo y corredores, constituía una reliquia histórica que sacrificaron, imperdonablemente, ciertos dirigentes del Jockey Club para no torcer un poco la entrada del hipódromo.

 

El pintor, la asesina y la ahogada

Ratio:  / 8

por Alfonso M. Beccar Varela

La investigación histórico-genealógica es semejante a ir tirando de un hilo sin saber bien que saldrá. Basta tener un poco de memoria, honestidad para aceptar lo que venga y, en nuestros días, una computadora conectada a Internet, para encontrar maravillas. Les cuento lo que me pasó ayer sábado, como un ejemplo que seguramente ha ocurrido a cientos de aficionados como yo.

En Genealogía Familiar siempre quisimos ofrecer al público más que un listado de nombres y fechas de nacimiento. Inspirados en el “mamotreto impublicable” de Carlos F. Ibarguren Aguirre, lleno de jugosas y muy amenas biografías, quisimos desde el primer día ilustrar a esos nombres y fechas con biografías y, cuando existen ilustraciones, sean fotografías o en el caso de antepasados más remotos, fotos de óleos, pinturas o esculturas que nos recuerden la semblanza de los que nos precedieron en la vida y en la historia.

Es por eso que recibo frecuentemente emails de mis amigos y colaboradores con fotos obtenidas generalmente en sitios de instituciones diversas en Internet, que reproducimos citando siempre la fuente de tales fotos. Ayer justamente, un amigo me manda varias fotografías que encontró en el sitio del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. Entre ellas, dos de óleos pintados por Jaboco Fiorini. Uno de María Candelaria Somellera Gutiérrez y otro de su hermano José Mariano. Son muy lindos cuadros que se pueden ver el nuestra página… aunque ver a María Candelaria con bigotes tal vez sorprenda a más de una señora coqueta del siglo XXI.

Al ver el nombre del pintor, inmediatamente recordé que la primera mujer de Darío Beccar Mansilla, hermano de mi tatarabuelo Cosme Beccar Mansilla, se llamaba Catalina Fiorini… y me pregunté lo obvio: “¿Será que Jacobo no era el padre de Catalina?” Las fechas cerraban, más o menos, y era cuestión de lanzarse al cyber espacio para ver que saltaba.

Me fui entonces a Family Search, una fuente de información casi inagotable, y busqué por “Jacobo Fiorini” en Argentina. Encontré dos cosas interesantes: 

Primero, que en el Censo de Buenos Aires de 1869, figuran censados en la calle Esmeralda 301 en Buenos Aires, Darío Beccar, “escribano”, su mujer Catalina Fiorini de Beccar… y tres hermanos de Catalina: Jacobo de 18 años, Lorenzo de 16 y Servino de 14. Los cuatro están listados como “empleados”. (Ver foto abajo).

 

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El desfile del Primer Centenario

Ratio:  / 5

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de "Los Antepasados", Buenos Aires 1983

 

Aquel observatorio familiar en lo de Aguirre me había proporcionado el privilegio de ver, año tras año los desfiles de nuestras fuerzas armadas en los días jubilosos de la Patria; comenzando por la gran parada del Centenario, el 25 de mayo de 1910, cuyo espectáculo impresionó para siempre mi memoria infantil. Una inmensa muchedumbre colmaba la antigua Plaza de la Victoria; hasta en los árboles negreaba la gente arracimada en ellos; y en cada balcón, ventana o azotea de los edificios embanderados, bullían enjambres de espectadores pletóricos de entusiasmo. Ante la Casa Rosada habíase levantado un gran palco, tapizado de terciopelo rojo. Sobre esa fastuosa plataforma, los Presidentes de la Argentina y de Chile — José Figueroa Alcorta y Pedro Montt — y la Infanta Isabel de España, en compañía de embajadores, de funcionarios y del mundo oficial, presenciaban aquella disciplinada y vistosa procesión militar de uniformes, de armas y cabalgaduras, al retumbante son de bandas y charangas. Abría esa marcha la Escuela Militar de Chile, proseguida por formaciones marineras yanquis, uruguayas, españolas, japonesas, italianas, francesas, alemanas y portuguesas. Desfilaron después nuestros efectivos navales con sus Almirantes a caballo. Tras las náuticas legiones, vinieron los cadetes del Colegio Militar, sus quepis empenachados con plumas celestes y blancas. Apareció en seguida el batallón de Patricios, de galera y frac, diríase surgido del fondo de la historia. Al trote de sus montados, erectas las lanzas por sobre los napoleónicos morriones, pasaron los Granaderos de San Martín. Y luego los coraceros de metálicos petos que espejeaban al sol; y la vieja infantería, verde el pompón en las gorras y en las charreteras del uniforme azul; y los artilleros — grana el distintivo — con sus bocas de fuego arriba de cureñas, impulsadas por vigorosos frisones. Y encima de sus bicicletas, pedalearon los archivistas, anticipando a futuras unidades mecanizadas. Sin olvidarme de los bomberos con hachas y broncíneos cascos; y de la caracoleante caballería de la Guardia de Seguridad — los “cosacos” —, que dieron fin a aquel inolvidable alarde marcial de una joven y pujante nación, creída entonces estar predestinada a la grandeza.

Después de 1910, muchos desfiles militares se sucedieron en torno de la Plaza de Mayo, y yo los ví pasar desde la casa de Aguirre. Nuestro ejército adoptó los cánones germanos — el quepi trocóse en casco, y luego en gorra de vicera — que le dieron apostura y prestancia casi perfectas en su organización burocrática de paz. Mas los vientos del siglo desataron guerras y convulsiones revolucionarias, y la República no habría de quedar al margen de esos trastornos universales. Un populismo demagógico, la corrupción política, la venalidad administrativa y la lucha de clases, azuzada por la prédica izquierdista, contaminaron nuestro ambiente hasta ayer desprevenido. El empeño por conjurar esas realidades disolventes — no el capricho de un jefe o de una camarilla ambiciosa — determinó que los soldados argentinos dejaran un día de dar vueltas alrededor de la Plaza y, tras del General Uriburu, subir a la Casa Rosada para hacerse cargo del poder que se encontraba prácticamente vacante, jurando ante el país y ante la historia cumplir con patriotismo su cometido — cual lo presencié yo en aquella primavera  de 1930, desde el mirador solariego que recuerdo; sin imaginar que los desbarajustes políticos, económicos y sociales del mundo acababan de llegar también para nosotros.

El labrador de los valles

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por Carlos P. Ibarguren Uriburu

 

La población andina vive agrupada en los valles, al borde de los ríos y de los arroyos que descienden de la cordillera. El agua corriente es, en esas regiones secas, el más anhelado elemento; el hombre se radica, solamente, donde ella existe. La naturaleza impuso la irrigación como una necesidad en esas comarcas.

Los españoles, conquistadores, no encontraron en los Andes argentinos los anhelados metales preciosos que yacían en los cerros peruanos, y que habían encendido la imaginación; ellos resignáronse de tal desencanto y se vincularon al suelo con una labor menos codiciosa y más mansa; la agricultura que, desde épocas remotas, era realizada por las tribus aborígenes. 

Los viejos cronistas revelaron, sorprendidos, la magnitud de los cultivos en la región andina. La conquista no modificó en los naturales esta dedicación labriega y el pueblo, resultante de la fusión de la raza europea dominadora con la americana dominada, continuó sembrando en los valles la tierra regada.

En el periodo colonial, el suelo, distribuido entre los vencedores, había sido repartido con las tribus que lo cultivaban. El régimen de las encomiendas no presentó, en los Andes, los caracteres que tuvo en el litoral, donde los nómades escapaban, a causa de su movilidad, al dominio del conquistador. En los valles de la cordillera, los siervos, vinculados a la gleba, trabajaban permanentemente para sus amos, y la propiedad organizose sobre la base de pocos terratenientes que dominaban paternalmente a la multitud proletaria de labradores, indígenas y mestizos. Ese régimen existe, hoy mismo, en los valles calchaquíes y en las grandes fincas montañosas de Salta, de Catamarca y de La Rioja, donde el extranjero no ha cundido todavía y la sociedad no se ha modificado sensiblemente.

La situación geográfica de las comarcas andinas no fue propicia para el desenvolvimiento, en gran escala, del comercio; la considerable distancia que separa a esas comarcas de los puertos del litoral estaba agravada por la lentitud délos transportes. Al oeste, la escarpada cordillera dificultaba, a causa de su fragosidad, el tráfico mercantil con la costa del Pacífico.

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