GENEALOGÍA

Nuestra completa base de datos

Conquistadores, descubridores, gobernantes, caudillos, militares, escritores... descubra quiénes fueron, quiénes fueron sus mayores y quienes son sus descendientes.

Sumérjase en la más completa base de datos de genealogía de las familias tradicionales argentinas.

 

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HERÁLDICA

El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

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Juan Rodríguez de Estela

Ratio:  / 3

  por Carlos F. Ibarguren Aguirre
extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo X, "Rodríguez de Estela"

 

Por lo que se verá a continuación, y falta de escudo familiar concreto, podría colocarse a la cabeza y como blasón del linaje Rodríguez de Estela la estrella de David, antiguo y venerado símbolo para los israelitas de todos los tiempos en cualquier parte de la tierra...

A pesar de la Leyes de Indias, y de las terminantes prohibiciones contenidas en las cédulas complementarias que decían, por ejemplo: “Mandamos que ningún reconciliado, ni hijo ni nieto del que públicamente hubiese traído sambenito, ni hijo ni nieto de quemado o condenado por la herética parvedad y apostasía, por línea masculina ni femenina, pueda pasar ni pase a nuestras Indias, o Islas adyacentes, pena de perdimiento de todos sus bienes para nuestra Cámara y Fisco, y sus personas a nuestra merced; y si no tuviera bienes les dén cien azotes públicamente”. O: “El Governador del Río de la Plata y sus Tenientes no permitan que por los puertos de aquella Governación passen al Perú ni a otra parte extranjeros ni naturales sin particular licencia nuestra, pena de nuestra indignación, y de que mandaremos hacer exemplar castigo a los que huvieran entrado sin la dicha licencia, sin disimulación con ninguna persona ni causa”. A pesar de todas estas restricciones amenazantes, la afluencia de portugueses que continuamente venía filtrándose a través de las fronteras rioplatenses para internarse en el país, era cada vez mayor; al punto que, en 1636, el Fiscal de la Real Audiencia de Charcas, Sebastián de Alarcón, creyó de su deber denunciar, muy alarmado, al Soberano de España, el peligro que acá entrañaban  “tantos innumerables hebreos  que han entrado y de nuevo entran, por mayor crecimiento, por aquellas partes”.

Acorde a esto, en 1634 atracó a la costa de Buenos Aires cierto navío con negros y pasajeros portugueses, pretextando una arribada forzosa, El cargamento de esclavos, desde luego, sería decomisado ipso facto por las autoridades y vendido en remate a vil precio a Diego de Vera, socio del célebre traficante porteño y Regidor perpetuo Juan de Vergara; cuya camarilla mercantil era la única que conseguía permiso gubernamental para introducir y negociar africanos en el Alto Perú. En cuanto a los viajeros portugueses, entre ellos venía un muchacho de 20 años de edad, sefardita de raza, que se llamaba Juan Rodríguez de Estela.

Al pisar las “argentinas playas”, el errante judío quien sabe que pasado lleno de angustias acababa de dejar del otro lado del mar! Aquí, seguramente, al igual que tantos marranos de la estirpe de David, él acudía en busca de una tierra prometida donde vivir y prosperar, liberado del miedo y de las humillaciones que ensombrecieron su infancia en la Lisboa natal. No cuesta creer, entonces, que el arribado “sin licencia” fuera, en los primeros tiempos, encubierto y socorrido por algún sionista converso, rico mercader ya aclimatado y con influjo vecinal — como el banquero Diego de Vera —, cuyo protector regularizaría la situación de nuestro personaje ante las autoridades; mientras seguramente le facilitó la oportunidad inicial para encarar el porvenir en esta tierra, donde, a semejanza de la de Abraham, la descendencia del recién venido multiplicaríase cual las estrellas del cielo.

El joven luso-hebreo, por lo demás, era un perfecto buscavida. Concentró todo su empeño en labrarse rápidamente una sólida posición en el lugar que le prodigara el destino. Y el 24-V-1641 — con 27 años de edad y 7 de residencia porteña — resolvía su matrimonio con una señora acaudalada y de antiguo arraigo en la ciudad: Catalina de Aguilar y Burgos — llamada también de Aguilar y Salvatierra — hija legítima del que fuera calificado vecino y “segundo poblador”, escribano Francisco Pérez de Burgos, y de su consorte Juana de Aguilar. Era doña Catalina, a la sazón, viuda de Francisco de Vargas Machuca, quien le dejó una niña: Juana de Aguilar, que casaría a su debido tiempo con Antonio Pereyra de la Cerda.

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César Bustillo: Aniversario de su fallecimiento

Ratio:  / 2

por Ing. Rodolfo Cabral
Comisión de Estudios Históricos de Berazategui

 

El 7 de abril de 1969, hace 45 años, fallecía el artista plástico, nacido en Plátanos: César Bustillo. ¿Quién era esta persona que se identifica tanto con la localidad de Plátanos? ¿Sabia Ud. que tres hojas de plátano lo acompañan en su descanso eterno?

César Bustillo Ayerza fue el mayor de 8 hermanos. Nació en Plátanos el 21 de noviembre de 1917, a la vera del arroyo Las Conchitas. Sus padres fueron: el reconocido arquitecto Alejandro Bustillo Madero y María Blanca Ayerza Jacobé, llamada por los conocidos simplemente como Cachita. Sus padres se casaron en el año 1916 y vivieron muchos años en una casa contigua a la estación de Plátanos, en el hoy desaparecido chalet Claveles, que fue un regalo del padre de la novia, Don Alfonso Ayerza Zavala, dueño del Haras Las Hormigas, a la feliz pareja.

Los hermanos se llaman: Jorge, Alejandro, Mario, Nelly, Marta, Blanca e Inés. César, Jorge y Marta Bustillo, fueron bautizados en la iglesia de Santa María de Hudson y están anotados en sus libros parroquiales.

Los cuatro hermanos varones, concurrían al colegio de San Salvador, en la ciudad de Buenos Aires, para lo cual, todos los días, tomaban el tren de las 8 de la mañana, hasta Plaza Constitución, donde los esperaba un taxi, contratado por su padre que los llevaba hasta el colegio ubicado en la calle Callao. A la tarde realizaban el viaje en sentido contrario, pero estaban autorizados a retirarse unos minutos antes, para tomar el tren de las 19.22, hasta su hogar en Plátanos.

El viaje en tren fue fuente de un sinfín de aventuras, para estos chicos nacidos y criados en las orillas del arroyo Las Conchitas. Una de las tantas cosas que hacían, era llevar una flauta pequeña (pequeña para que su madre no se diera cuenta), y pasaban por los vagones tocando la flauta y pidiendo alguna moneda.

Otra travesura era sacar el abono de segunda clase, en lugar del de primera, quedándose con la diferencia. En aquellos tiempos de locomotoras a vapor del Ferrocarril del Sud, se viajaba en dos tipos de vagones: de primera y segunda clase. Hoy eso ha desaparecido. Una aventura más peligrosa era jugar en el puente ferroviario sobre el arroyo cuando se acercaban alguna locomotora a vapor. Este puente ya no existe, fue reemplazado por otro en el año 1996.

Ya mayor, estudió arquitectura como su padre, en la Universidad de Buenos Aires, pero faltándole pocas materias, dejó la carrera.

Su nombre figura en el diccionario de artistas plásticos de la República Argentina. Su obra magna, son los frescos del Hall de entrada del Hotel Provincial de Mar del Plata, realizados en 1948. Estas imágenes mezclan gauchos, caballos, atletas griegos y toda la fauna marítima de Mar del Plata.

Cuando se ingresa al Hotel Provincial, se puede leer sobre piedra negra el siguiente nombre: César Bustillo. Sin embargo, su arte fue incomprendido por las autoridades de esa época y fue obligado a pintar taparrabos sobre la desnudez de su obra. 

Ana María de Mena, biógrafa de César, nos dice: “el crítico Fernando De María dijo que estos son los frescos más argentinos y viriles que ilustran una pared de mi patria.” Y al verlos, Siqueiros, el consagrado muralista azteca, comentó sobre Bustillo: “Qué lástima que no haya nacido en México.”

Una obra suya pequeña de tamaño, pero de gran significado: es la piedra blanca tallada en memoria de Guillermo Enrique Hudson, en el solar de los 25 Ombúes, en Florencio Varela.

César Bustillo vivía y trabajaba en una pobreza franciscana en su atelier de la calle 43, de Plátanos, bajo los los cuidados de la familia de Gregorio Serventi. Es de notar que siempre prefirió a sus humildes amigos de Plátanos, (entre ellos Leopoldo Herrera), y no las reuniones de la elite porteña a la que pertenecía por lazos familiares.

Cuando falleció el 7 de abril de 1969, sus restos fueron acompañados por tres hojas de un plátano de su Plátanos natal. Suponemos sean quizás del mismo árbol bajo el cual él y su novia (luego esposa, Celina Julia Seré Bernal), se juraron amor eterno. De ese árbol Don Gregorio Serventi llevó tres hojitas, que acompañaron a César hasta su destino final.

Este simple hecho sirvió para que su hermano Mario, le dedicara unos versos al hermano ausente.

Con estas pinceladas de la vida de César Bustillo, espero que se motive el lector a descubrir más sobre la figura de este gran artista de Berazategui, cuyo nombre recuerdan una calle (43 de Plátanos), un barrio en Hudson, un museo, y varias escuelas en distintas ramas educativas que llevan su nombre.

 

Bernabé González Filiano: Un evasor devoto

Ratio:  / 4

 por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo VII - González Filiano

 

En la isla canaria de Tenerife, sobre escarpadas rocas circuídas de peñascos y acantilados que se hunden en el mar, acurrucada bajo la falda imponente del eruptivo Teide, se encuentra la villa de Garachico. Ahí, el año 1585, nació Bernabé González Filiano, hijo legítimo de Diego González y de Mencía Hernández de Oramas, de quienes heredó una casa grande de dos pisos, en aquella rupestre localidad insular.

De primer apellido español, seguido de otro al parecer de itálica filiación (recordemos que un genovés, Pedro del Ponte, fundó en 1505 a Garachico), mi antepasado “garachiquero” por su estirpe materna descendía de aborígenes canarios; los “guanches”, altos, fornidos, alegres y valientes; de aquilinas narices, labios amplios y blancas dentaduras; cuya raza el arqueólogo francés Augusto Berthelot describe como “de tez curtida y rostro oval y descarnado, facciones regulares, frente saliente algo estrecha y grandes ojos vivos y rasgados, a veces verdosos, espesa cabellera rizada, que variaba del negro al rojo oscuro. Muchas familias se enorgullecen — apunta Berthelot — de llevar nombres guanches; Doramas, Bencomo, Magantino”.

Bernabé González Filiano y Oramas o Doramas, de tan exótico origen (su testamento y otros antecedentes suyos investigó mi recordado,  querido y erudito amigo Raúl A. Molina), cuando tuvo edad suficiente, dedicose a los negocios del mar, al trafico negrero, y en uno de esos lances peligrosos resultó robado por los piratas.

Comercio intérlope a la orden del día, con boda, pecunia y cofradía

El arribo de nuestro canario a Buenos Aires data de 1614, en circunstancias en que el navío que lo trajo desembarcó clandestinamente en la costa 30 esclavos africanos. Y en la ciudad porteña, vinculado a la camarilla contrabandista que dirigía el poderoso vecino Juan de Vergara, el aventurero recién llegado vislumbró la alternativa de enriquecerse con rapidez, sin riesgos excesivos. Abandonó entonces las azarosas correrías marítimas, y en el embrionario poblacho rioplatense se instaló definitivamente. Ello quiere decir que aquí contrajo nupcias el 13 de enero de 1622 con Francisca de Trigueros Enciso — viuda, a la sazón, de Tomás Rosende —, la cual pertenecía a una familia solvente y de arraigo en el país. El Licenciado en cánones Francisco Trejo bendijo esa boda, en la que actuaron como padrinos Juan de Vergara — que fuera marido de una difunta hermana de la desposada — y la tercera mujer de éste, María de Freire.

Era Francisca de Trigueros hija legítima del antiguo poblador Diego de Trigueros y de su consorte Felipa Hernández Enciso; hija ésta del fundador de la ciudad con Garay, en 1580, Capitán Juan Fernández Enciso, y nieta del Gobernador del Paraguay Domingo Martínez de Irala. Para sus esponsales con el tenerifeño, la contrayente resultó dotada con 9.159 pesos de a 8 reales. A raíz de éste, o del primer casamiento de doña Francisca con Rosende, en 1617, el cuñado de ella Juan de Vergara declaró en su testamento; “Gasté y consumí mucha cantidad de acienda, que a sus padres presté, en joyas, preseas y esclavos y otras cosas”. Cuando murió Francisca Trigueros, sepultaron el cadáver en la iglesia de San Francisco, en el enterratorio de su familia, excavado al pié del altar de la Virgen de la Limpia Concepción.

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La familia de Juan Manuel con "La Cautiva"

Ratio:  / 13

 por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo IX - Los Ortiz de Rozas

Aparte de los tres hijos legítimos que tuvo Juan Manuel de Rosas con su mujer María Encarnación Josefa Ezcurra Arguibel, el Restaurador de las Leyes tuvo, con María Eugenia Castro, seis hijos a espaldas de la ley, como se verá más adelante. Ellos fueron:

1) Ángela — a quien su padre llamaba “El Soldadito” —, nacida en Palermo, que se casó andando el tiempo con Adrián Gaitán, con el cual tuvo sucesión. Ella murió antes de 1886; Gaitán aún vivía en Buenos Aires en 1925.

2) Nicanora — “Canora” o también “Gallega” para Rosas —, nacida en Palermo. En 1886 trabajaba de lavandera en Lomas de Zamora, y — según don Rafael Calzada que fue ocasionalmente su abogado — era entonces “de porte más bien distinguido”.

3) Emilio, soltero, muerto en la guerra del Paraguay como uno de los tantos “soldados desconocidos”.

4) Justina — “El Coronel” como la recordaba en sus cartas el desterrado de Southampton.

5) Joaquín, al cual le decían “el chileno Rosas”, y que se ganó la vida humildemente como peón en los campos de Tres Arroyos.

6) Adrián, nacido en 1852, meses después de que Rosas se embarcara para Inglaterra, en cuya oportunidad su madre se hallaba encinta. Cuando el doctor Calzada lo conoció, Adrián tenía 36 años, era “alto, rubio, de barba, buen mozo y de ojos azules”, analfabeto y trabajaba de pocero en Lomas de Zamora.

La curiosa historia de esta barraganería de don Juan Manuel con Eugenia Castro — a la que él solía llamar “La Cautiva” — comienza de la siguiente manera:

El 24-I-1828, al folio 27 del Registro nº 3 del Escribano Luis de Castañaga, compareció el Comandante Juan Gregorio Castro y otorgó poder a favor de don Juan Manuel de Rosas, a fin de que éste, luego de fallecido el causante, extendiera su testamento como Albacea y tutor y curador de sus universales herederos; “dos niños que he criado llamados Vicente y María Eugenia Castro”.

El Comandante que en trance mortal protocolizaba sus últimas disposiciones, era porteño, hijo de Juan Antonio Castro (Teniente de las Milicias de Caballería de la frontera en 1802, que se retiró de Capitán en 1814) y de su mujer legítima Isidora Cárdenas. (Al margen de dicha escritura matríz — que tuve a la vista en el Archivo de los Tribunales de la Capital Federal — hay una nota que dice; “Bs.As., 28 de junio de 1855. En esta fecha en virtud de mandato judicial se dió testimonio de este poder a María Eugenia Castro”. Firma; Segada. 

Esta nota ratifica el siguiente párrafo de una carta en que Rosas, el 5-VI-1855 le decía desde Inglaterra a “Mi querida Eugenia; he mandado a don Juan Nepomuceno Terrero el testimonio por el que encontrará en la escritura de su referencia la disposición de don Juan Gregorio Castro dejándote (a vos) y a Vicente por sus herederos, y facultándome para testar. Es todo lo que tengo, con lo que hay bastante para que no te quiten la casa ni los terrenos” — que Eugenia heredó de su prohijador el Comandante).

Sucedió que al fallecimiento de Castro, Rosas, como tutor de los herederos de aquel, se la llevó a Eugenia — que tenía en ese tiempo 13 años — a su casa, y la puso al cuidado y servicio de doña Encarnación. Después de muerta su mujer, Eugenia — ya con 23 años cumplidos — se convirtió en concubina, más o menos notoria, de don Juan Manuel, y fue procreando los vástagos ilegítimos que sabemos.

Por último, el 16-VIII-1886 el doctor Rafael Calzada, en su carácter de letrado de Nicanora, Justina y Adrián Rosas, vecinos de Lomas de Zamora, inició demanda de filiación natural y petición de herencia de ellos, contra Manuela Rosas de Terrero, ante el Juez en lo Civil Dr. Benjamín Basualdo, Secretaría de Carlos Silveyra. Los Tribunales argentinos, empero, declaráronse incompetentes para entender en dicho juicio, el cual debía sustanciarse en Inglaterra, donde falleciera Rosas — el 14-III-1877 — y se abrió su testamentaría.

(La imagen es una reproducción de una acuarela de Sívori que ilustra la casa de Rosas en Palermo de San Benito en 1850).

 

Orígenes del barrio de Villa Matilde, de la localidad de G. E. Hudson

Ratio:  / 3

por Ing. Rodolfo Cabral
Comisión de Estudios Históricos de Berazategui
www.museovirtualbegui.com.ar

 

Matilde Florentina Ruiz de Pearson, nació el 14 de marzo de 1872, en Barracas al Sur (actual partido de Avellaneda, Pcia. de Bs. As.). El santoral indica Santa Matilde. Sus padres se llamaban Claudio Ruiz y Dolores Hernández, ambos criollos. Sus abuelos paternos eran: Justo Ruiz e Isidora Sueldo, también de Barracas al Sur. 

Cuando G.E.Hudson (Berazategui) se llamaba todavía “Conchitas”, en 1887 Ruiz, compra parte de la sucesión de Agustina Cos de Godoy, entre ellas la de su cuñado Casto Godoy, casado con su hermana Argiliera Ruiz de Godoy. Recordemos que la estación de Plátanos, se llamo Godoy hasta 1906, por esta familia.

La vida de Matilde, aunque no era pobre, no fue fácil. Su padre se ausentaba mucho tiempo por sus negocios y participo en la Conquista del Desierto. Fue uno de los fundadores del partido de Coronel Suárez. Allí poseía una estancia. 

Tiene su primera gran vicisitud al fallecer su madre, Dolores, cuando ella tenía apenas 16 años. 

Claudio construye la capilla de Santa Maria en honor a su esposa, y decide para “el bien” de su hija, casarla con un ciudadano de origen ingles, pero nacido en Chile, mayor que ella. Su nombre era Francisco Pearson (n. 21/01/1860).

Recordarán los memoriosos un desinfectante llamado Creolina, justamente el nombre de este producto era “Creolina Pearson”, y la familia de Francisco era la dueña de la patente y él, la comercializaba en Argentina.

El matrimonio tuvo seis hijos: Enrique Claudio (n. 02/12/1891), Eduardo (n. 26/12/1892); Carlos Francisco; Maria Matilde (n. 26/03/1894); Ana Isabel (n. 26/07/1895) y Elena Margarita conocida por el apodo de Nelly (n. 24/05/1902 y f. 19/01/1988). 

Ruiz compró sus propiedades en “Conchitas” un poco antes de comenzar la construcción de la Destilería Franco Argentina, industria que posibilitó el poblamiento de la zona. Es por eso, que en 1892 aproximadamente funda el primer pueblo de Hudson, llamado “Villa Matilde”. Originalmente tenía 12 cuadras. Es el primer pueblo de Hudson.

Según el Censo de 1895, al pasar el vecino que actuaba de censista Francisco Olazar, anotó a Matilde Ruiz de Pearson en su propiedad de Conchitas y anoto: 23 años de edad, propietaria, seis años de casada y 4 hijos a la fecha. Con ella estaban: Enrique, de 5 años; Carlos, de 4; Eduardo, de 3 y Maria Matilde de 1 año de edad. 

También estaba su hermanastra Victoria Hernández, de 16 años de edad, Benigno Tirao, capataz de la estancia de 31 años; Argiliera Ruiz de Godoy de 62; Esteban y Juan Silombra, peones de 18 y 16; Luis Levetti, casado, italiano, quintero de 45, entre otros.

También entre los trabajadores de su estancia en Hudson, podemos hablar de Vicente Mosqueira, casado con Encarnación Pérez y con ¡quince hijos!; de Isaac Martínez, casado en 1898 con la mencionada Victoria Hernández, adoptada por la madre de Matilde. 

La casa de Ruiz y posteriormente de los Pearson, sigue ubicada en la calle 53 entre 156 y 155. Aunque en la actualidad solo queda un sector, porque al abrirse la calle 53, se tuvo que demoler una gran parte para permitir la construcción de esta vía publica. 

Volviendo a Matilde, viajaba mucho a Europa, por razones de salud. En una ocasión quedo “atrapada” en Europa por la primera Guerra mundial. Nelly pasó su niñez en Suiza, donde aprendió a cantar como los montañeses del tirol. Muchos años después, al fallecer su padre, Don Claudio, el 20 de abril de 1930, ella estaba otra vez en Suiza. 

La necrológica de Ruiz fue hecha por el maestro Atanasio Antonio Lanz, en el Diario “La Prensa”, nada menos.

Finalmente ella falleció sola, seguramente por su mal carácter, el 15 de noviembre de 1947, en su Hudson natal, en su casa de la calle 53. Sus restos descansan en el cementerio de Ezpeleta, junto con sus padres. Desgraciadamente las placas de bronce, han sido robadas. 

Esperamos que estas pinceladas sobre la vida de Matilde, aclaren el porque de este nombre en el primer pueblo de la localidad de Hudson.

Juan Francisco de Aguirre y Uztáriz

Ratio:  / 2

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires, 1983
Tomo II, Los Aguirre

 

Juan Francisco de Aguirre y Uztáriz vió la luz primera en Donamaría (derecha) el 18-VIII-1758. No había cumplido aún 14 años, cuando ingresó en la Real Compañía de Nobles Guardias Marinas como “caballero aspirante”, el 3-IV-1772, figurando en el catálogo respectivo (nº 1673) con los nombres de “Juan Ignacio Francisco”. Hizo su estreno como Oficial de la armada, en un viaje a Filipinas a bordo de la fragata “Rosalía”, que mandaba el célebre Juan de Lángara y Huarte, entonces Capitán de Fragata. Al año siguiente realizó cruceros científicos y de observación por el Mediterráneo y las costas africanas en la fragata “Cármen”, siendo ascendido a Alférez de Fragata. Tomó parte más tarde en la malhadada campaña contra Argel, subordinado al Jefe de Escuadra Pedro González Castejón, y bajo el mando militar supremo del Teniente General Alejandro O'Reilly. En 1776 le llegan los despachos de Alférez de navío, e integrando la dotación del “Astuto” zarpa hacia el Perú. De vuelta recibe en Cádiz su ascenso a Teniente de Fragata, y, a mediados de 1779, en la guerra de España aliada de Francia contra Inglaterra, nuestro hombre participa en ella, embarcado en el “San Miguel”; cuyo navío, a órdenes del Brigadier Juan Joaquín Moreno, incursiona por el canal de la Mancha y vigila el estrecho de Gibraltar.

En 1781, al ya Teniente de Navío Aguirre se le confiere el nombramiento de “Comisario”, con encargo de emprender la tarea de marcar la frontera entre España y Portugal en sus posesiones de Sud América, conforme al tratado preliminar de San Ildefonso, que ajustaron, el 1-X-1777, las potencias Católica y Fidelísima, a través del Conde de Floridablanca y de Francisco Inocencio de Souza Coutinho, respectivamente. Dicho tratado, en su artículo 15, establecía la designación, por parte de los altos contratantes, de “Comisarios de conocida providad, inteligencia y conocimiento del País, juntándose en los parages de la Demarcación”, para trazar la línea fronteriza que garantizase “la recíproca seguridad y perpetua paz y tranquilidad de ambas naciones”.

Así — en momentos en que su Rey acababa de concederle la merced de un hábito en la Orden de Alcántara, y estaba el interesado preparando las pruebas correspondientes para su ingreso — tuvo Juan Francisco que partir al lejano virreinato rioplatense. Y como España mantenía su beligerancia frente a Inglaterra, el flamante Comisario debió salir de Cádiz (14-XI-1781) hacia Lisboa. Allá, luego de entrevistarse con el Embajador de su país Conde de Fernán Núñez, Aguirre con algunos compañeros de misión (el Comandante José Varela y Ulloa, los hijos de éste José y Joaquín; el Teniente Coronel, trocado en Teniente de Fragata, Félix de Azara; el camarada de igual rango Rosendo Rico y Negrón; un “oficial de relojería llamado José Santaella”; además de los pasajeros Luis de Urriola, nombrado Oidor para Chile, y el Canónigo Gabino de Echeverría que iba al Paraguay) se hizo a la mar rumbo a Rio de Janeiro, bajo bandera neutral, a bordo de la fragata “Santísimo Sacramento” del Capitán mercante lusitano Torcuato de Silva, el 23-I-1782.

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Paseando por el Censo de 1869

Ratio:  / 42

 por Alfonso Beccar Varela

 

Entre el 15 y 17 de septiembre de 1869, bajo la presidencia de Sarmiento, se realizó el primer censo de la población de la República Argentina.  El individuo a quien le tocó recorrer el Paseo de Julio (en la foto, una vista del mismo tres años más tarde) se topó con todo tipo de individuos y un gran número de extranjeros, ya que el dicho Paseo se ubicaba en lo que es hoy la Avenida Leandro N. Além en el centro de Buenos Aires y era entonces la calle frente al rio. Desde la Aduana (hoy en la parte de atrás de la Casa Rosada) a la barranca de la Plaza San Martín, había dos (o tal vez tres) muelles, uno directamente ubicado en el edificio de la Aduana y los otros entre ese lugar y lo que hoy sería la esquina de Além y M. T. de Alvear aproximadamente.

Caminando de Corrientes hacia Retiro, se encontró con norteamiericanos, ingleses, irlandeses, alemanes y argentinos, naturalmente, con profesiones como maquinista, fogonero, marinero, costurera, mayordomo y muchas más.

Cuando llega al número 96, sin embargo, probablemente le abren la puerta dos alemanes. Uno era Federico Clain, que dice tener 35 años y de profesión cocinero. El otro, Augusto Helcher (32) declara sin problemas ser de profesión "alcahuete", que como vemos en el diccionario de la Real Academia indica una “persona que concierta, encubre o facilita una relación amorosa, generalmente ilícita”. Completan el cuadro en ese domicilio Eloisa Pintos, argentina de 28 años y Elena Brull, una irlandesa de la misma edad que son registradas como “rameras”.

Una casa más en dirección a Retiro, la número 99, parece proveer un poco de competencia al establecimiento anterior, si es que no trabajaban juntos.  El encargado es Juan Díaz de 27 años (oriental) también “alcahuete” de profesión. Sea porque le compra la comida hecha al cocinero alemán de al lado,  o porque la cocina él mismo, no se lista cocinero profesional es su casa. Juan declara como únicas habitantes de ese domicilio a 6 argentinas: María Bustos (de 30 años), Saturnina Díaz (22), Florentina Roblero (27), Carmen Flores (25), Eloisa Rodríguez (28) y María Beccar (26) (*).  Todas “rameras”. Ninguna de ellas sabía leer o escribir, mientras que el alcahuete sí declaró saberlo.

En ninguno de los dos domicilios se declaran clientes que estuvieran recibiendo tales "atenciones amorosas".

Sea cual fuere la impresión que tantas rameras juntas hayan causado en el censor (si lo suponemos hombre) sigue con su trabajo y golpea la puerta de la dirección adyacente hacia a Retiro, con los números 100 y 101. Aca encuentra un cambio de aire (probablemente con olor a madera), ya que la casa albergaba el día del censo a Daniel Laconteur de 63 años y dice ser inglés pese al apellido aparentemente franés y de profesión carpintero, con su hijo Juan de 15 (oriental y también carpintero) y all cocinero francés de 70 años Antonio Ternas. Todos estos saben leer y escribir, o así lo declaran. Vaya uno a saber cómo se llevaban son sus vecinas o con los alcahuetes de la cuadra.

Una casa más en dirección a Retiro, la 102, pareciera ser propiedad de (o alquinada por) Tomás Reganagco (32) y su mujer Catalina (27), ambos “ingleses” pese una vez más al apellido poco inglés. Él se declara de profesión “Fondero”, por lo que suponemos que el lugar era una fonda. Sea porque vivía con ellos o porque estaba de paso ese día, también encontramos ahí a Alberto Wattsaged, un inglés de 23 años que se declara “Plumerero”. A estos tres, se les suman un nutrido número de siete marineros ingleses, de entre 26 y 19 años. Todos estos, asi como el fondero y el plumerero declaran saber leer y escribir, aunque podemos suponer que los marineros lo harían en inglés. ¿Serian estos clientes de las "trabajadoras del sexo" casa de por medio?

Y así siguió su camino el que tomaba el censo ese día en Buenos Aires. Un marinero portugués, un cocinero italiano (por lo visto la cocina de toda Europa estaba representada en pocos metros!) y un fondero francés serían sus próximos entrevistados. Y no había hecho aún ni una cuadra. 

El día iba a ser largo…

 

NOTA: Es naturalmente la existencia y profesión de esta María Beccar que me atrajo a estas tan interesantes páginas del Censo de 1869, gentilmente identificadas por Coral Guanes. Desconozco la genealogía de esta María o más datos de su probablemente triste existencia. Especulo que bien podría ser hija de María de los Dolores Beccar (bautizada el 27 de diciembre de 1810 por el entonces Pe. Mariano Medrano Cabrera antes de ser Obispo de Buenos Aires), hija de Joaquín Rivera y Bernabela. Esta última, sin apellido, aparece listada como "esclava de Dn. Cosme Beccar", mi antepasado. Y en la época, la norma era nombrar a los hijos de las esclavas con el apellido del amo. Al poco tiempo de este bautismo, Cosme Beccar Febrer sería enviado a un verdadero "campo de concentración" donde los revolucionarios de mayo recluyeron a varios militares realistas, mandando a su familia (y por lo tanto a su esclava Bernabela y su bebita María de los Dolores) a la pobreza más abyecta.

 

El trono de la Araucanía y Patagonia

Ratio:  / 37

 por Mariano Vilella y Sánchez Viamonte



Una sucesión de falsos príncipes

 

Con motivo de la reciente muerte de Philippe Boiry, intitulado S.A.S. Felipe I, príncipe de Araucanía y Patagonia, y su posterior sucesión por Jean-Michel Parasiliti di Para, como Antonio IV, pude ver cómo se entablaban ciertos comentarios, normalmente jocosos, sobre tan disparatado reino y sucesión. En todo caso, me sorprendió ver que algunas personas daban cierto viso de legitimidad en el supuesto reconocimiento por parte de los caciques.
En estas breves líneas espero contar, aunque sólo sea de manera muy abreviada, la historia de la fundación y sucesión en tan disparatado reino, y cómo la supuesta legitimidad es sólo fruto de la ilusión o de la conveniencia tanto del fundador como de sus controvertidos sucesores, ya que en este caso no se puede hablar de descendientes.
No espere el lector encontrar aquí un trabajo de investigación, puesto que no es sino una escueta relación sobre la romántica aventura de un pícaro procurador de los tribunales franceses y su curiosa sucesión hasta nuestros días, que protagonizan la más dilatada sucesión de falsos príncipes de que se tenga memoria. Sin duda mucho más se podría escribir sobre esta graciosa dinastía, pero entonces estas líneas ya no serían lo que son: un breve escrito para divertimento de su autor, que espera ser también de entretenimiento para sus lectores.

Leer más: El trono de la Araucanía y Patagonia

Barrios de Buenos Aires: San Nicolás y Retiro

Ratio:  / 2

por Diego M. Zigiotto

 

El barrio de San Nicolás debe su nombre a la antigua iglesia de San Nicolás, que se encontraba en Carlos Pellegrini y Corrientes (derecha), en el lugar donde hoy se levanta el Obelisco porteño. El templo, erigido en 1769,  fue una postal más de Buenos Aires hasta 1935, cuando fue demolido para ensanchar la calle Corrientes. Quedó en pie sólo la torre, un antiguo monumento histórico: es que allí había flameado por primera vez en la ciudad la bandera argentina, en agosto de 1812. Sin embargo, estos pergaminos no alcanzaron para mantenerla en pie: la estructura también cayó bajo la piqueta, para permitir abrir la avenida 9 de julio. Fue así que la iglesia se mudó: pasó así a Santa Fe y Uruguay, a Retiro, el otro barrio que hoy desarrollaremos.

Podemos afirmar que la “columna vertebral” de estos dos barrios la constituye la calle Florida, una de las arterias más importantes de la ciudad. ¿Quién no caminó alguna vez por allí? La costumbre de recorrer Florida no es de nuestro tiempo: a principios del siglo XIX algunas de las familias tradicionales de Buenos Aires instalaron aquí sus hogares, y las tertulias que ofrecían eran muy populares. Los convites más concurridos quizás hayan sido los de Mariquita Sánchez de Thompson, vecina del barrio, cuya casa estaba en la actual Florida 271. Aquí se cantó por primera vez el Himno Nacional Argentino, en 1813. Lamentablemente, la vivienda también cayó víctima del progreso. 

Donde hoy se encuentra la plaza San Martín se levantó en 1801 la segunda plaza de toros que tuvo Buenos Aires, con capacidad para diez mil personas, aunque no siempre se colmaba su capacidad. Los vecinos se acercaban a la misma por Florida, que en esos años no lucía coqueta como en nuestros días. La mayoría de las calles porteñas presentaba un paisaje bastante deplorable: yuyos crecidos, animales muertos, y pantanos malolientes y plagados de moscas y  mosquitos cuando llovía. Fue así que el virrey Nicolás de Arredondo dispuso el adoquinado de la calle, que se convirtió así en una de las más confortables. Los habitantes de la ciudad pasaron así a denominarla “la calle del empedrado”. Algunas de estas “piedras bola”, llamadas así por su forma irregular, todavía pueden verse: se exhiben en Florida casi Diagonal Norte. A la altura de la calle Viamonte se encontraba un pequeño puente, que salvaba el arroyo del Medio, o zanjón de Matorras, que desaguaba en el río de la Plata por la calle Tres sargentos. 

San Nicolás y Retiro tienen varios hitos urbanos; es tal la cantidad de sitios emblemáticos que cuesta incluirlos a todos. Comenzamos por la Catedral, frente a la plaza de Mayo, aunque este último espacio se encuentra en el vecino barrio de Montserrat. La calle Rivadavia es el límite interbarrial.  

El templo mayor de la religión católica en Buenos Aires sufrió varias modificaciones, desde aquel primitivo ranchito de barro y paja levantado por la expedición de Juan de Garay, allá por 1580. Y hablando del fundador, justamente la manzana siguiente hacia el río fue la que el conquistador destinó para su vivienda, que en realidad poco usó, dados sus constantes viajes de exploración en este nuevo territorio, ávido de ser descubierto. El solar fue usado años después para sacar tierra con el fin de construir las endebles casas de la primigenia Buenos Aires. Se extrajo tanto barro que quedó un gran pozo, al que cayeron no pocos desprevenidos vecinos, encontrando fin a sus vidas. Fue así que el lugar obtuvo el mote de “Hueco de las ánimas”, por las que, se dice, pululan por allí. En 1857 se levantó en esa manzana el primer teatro Colón, obra del ingeniero Carlos Enrique Pellegrini. Fue su hijo, el presidente Carlos Pellegrini, quien en este lugar en 1890 el Banco Nacional. Desde la década de 1940 la casa central del Banco Nación, diseñada por el arquitecto Alejandro Bustillo, ocupa la manzana entera (izquierda).

Una de las principales vías del barrio es la avenida Corrientes. A pesar de que, como quedó dicho, fue ensanchada hace ya setenta y cinco años, muchos aún se empecinan en llamarla “la calle Corrientes”. El poeta tanguero Edmundo Guibourg la bautizó “la calle que nunca duerme”, por el movimiento nocturno de sus teatros, pizzerías, cafés y librerías. La zona de los teatros comienza en Callao, aquella que marca el límite de San Nicolás con Balvanera. Testigos de otros tiempos quedaron las salas de los teatros Astral, Presidente Alvear, Metropolitan, San Martín, Lola Membrives, Broadway, El Nacional, y los íconos de la avenida del otro lado de la avenida 9 de julio: el Ópera y su eterno rival, el Gran Rex. Muchas otras salas fueron cerrando, o transformándose en otros emprendimientos. 

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Juan de la Cámara: un escribano sin escrúpulos

Ratio:  / 9

 por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraido de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo VI, Los Avendaño y De La Cámara

 

Juana — la cual adoptó los apellidos Avendaño y Añasco de sus prohijadores   se casó el 15-VIII-1698, en la Catedral porteña con Juan Antonio de la Cámara, quien había nacido en 1669 en Madrid, de unos padres que se llamaron Juan de la Cámara y María López, madrileños también. Bendijo la boda el Maestro Domingo de Armas, ante los testigos Sebastián de Herrera, el Capitán Francisco Antonio Castro y Antonio Fernández Corredor.

Fué Juan Antonio, o simplemente Juan de la Cámara, como se le llamaba, un personaje bastante equívoco. Ignoro cuando ni en que circunstancia llegó a Buenos Aires. Me consta solo que de recién casado instaló una pulpería en la ciudad, la que estuvo “administrando tiempo de tres años”, hasta que la licencia de explotación se la quitó el Cabildo, para otorgársela al Capitán Joseph de Valdivia. Por sendas notas — en 1701 y 1702 — de la Cámara pidió amparo y reconsideración de esa medida y renovado permiso para abrir dicho boliche de ventas al por menor; petición que el Ayuntamiento despachó favorablemente.

Dos años después, por cédula regia datada el 20-VI-1704 en su Real Casa de Campo, Felipe V tornó a Juan de la Cámara de pulpero (que, por cierto, no atendía personalmente a la clientela desde el mostrador del negocio) en autorizante de la fé pública, nombrándolo “mi Escribano y Notario de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano”. 

El despacho pertinente se envió al Gobernador de Buenos Aires con la órden de que, al candidato, “le examineis, y hallándole ávil y suficiente, y constandoos que es fiel y legal, y jurandoos que no llevará derechos demasiados ni ningunos a los Pobres, ni de las disputas tocantes a mi Hacienda Real, le entregareis el título para que pueda usar de él”. Y el 24-II-1708, el Gobernador Manuel de Velasco y Tejada, en la ciudad porteña de su mando, encargó al Alcalde y Alferez Real Joseph de Arregui, que aprobado el exámen ordenado, le tomara el juramento a de la Cámara, lo que Arregui hizo tres días más tarde, entregándole al interesado el correspondiente título notarial.

A partir de entonces, Juan de la Cámara ejerce en Buenos Aires el oficio de legalizar las escrituras y demás documentos públicos que pasan ante él, y redacta también los autos y sentencias en los litigios de primera instancia como actuario de los Alcaldes de 1º y 2º voto. Por último, al referido Notario se le encargó el “travaxo de reconozer y copiar las quentas en el libro de Alcávalas”, donde se asentaban las cobranzas de esos tributos pagados al fisco en determinadas ventas.

Así las cosas, a fines de marzo de 1712, aparece en la ciudad el Licenciado Juan José de Mutiloa y Andueza, Oidor de la Audiencia de Sevilla, nombrado por el Rey “Juez privativo”, con encargo de investigar los contrabandos e irregularidades fiscales que, según denuncias, se producían harto frecuentemente en nuestro medio; y sancionar a los culpables de esos delitos.

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Madre Mercedes Guerra y Contreras

Ratio:  / 9

por Aldo Marcos de Castro Paz
Publicado originalmente en: Junta de Historia Eclesiástica Argentina
Archivum XXI, 2002, ISBN, 0325/5506

 

Santiagueña insigne, conoce el dolor en sí misma, porque Dios la llamaría para aliviar los dolores físicos, morales e intelectuales de los hombres y mujeres de su tiempo. Huérfana desde la cuna, conoce la amargura del exilio y las alternativas domésticas y económicas del trasplante; postergada para ingresar al Monasterio de clausura, ve pasar los mejores años de su vida desde el umbral de la “espera” y desde la fraternidad del servicio.

Córdoba y Buenos Aires son el escenario de los principales años de su vida de terciaria franciscana (mirando a Francisco Solano émulo de Francisco de Asís), y será catequista, maestra gratuita a domicilio de alumnos incorregibles, veladora de enfermos de casa en casa.

La epidemia de la fiebre amarilla la encuentra siempre activa y diligente a la cabecera de los apestados. Recibirá el “Premio a la Virtud”, otorgado por la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires y la Sociedad de Beneficencia, a instancias de la señora Micaela Cascallares de Paz y de una comisión ad hoc de señoras. 

Ciega de pronto, cuidando al señor Ambrosio de Lezica, casado con su amiga misia Rosa Lastra, recuperó la vista rezando una novena a la Virgen y aplicándose el agua de Lourdes que le trajo un hijo de éstos. 

Busca compañeras de camino y logra iniciar recién a la edad de 63 años su “Conservatorio Caridad de San Francisco”. Una significativa imagen del Niño Jesús de la Espina le señalará la misión a emprender. Este es el germen de la Congregación de Hermanas Terciarias Franciscanas de la Caridad que funda en 1880, mediando los episodios de la ceguera y la recuperación de la vista, la incomprensión y el abandono de los suyos.

Las epidemias de fiebre amarilla, tifus, cólera, viruela y escarlatina, la encuentran siempre junto al enfermo, aun en el campo de batalla, entre el silbido de las balas...

Ya en la vejez, es madre de los huérfanos de las víctimas del cólera, fundando el “Asilo San José” frente a la Laguna de Chascomús, en la Provincia de Buenos Aires. 

A pesar de sus años y mala salud, va a Roma para el Año Santo de 1900 y recibe del Papa León XIII el acertado elogio de “He aquí la Mujer Fuerte del Evangelio”. 

El fruto de sus obras y aspiraciones aún perdura en la labor de sus Hijas en las aulas y junto al lecho del dolor. El “Colegio Mercedes Guerra” de Santiago del Estero perpetúa su nombre y actualiza este sello evangélico de solicitud maternal y asistencial.