GENEALOGÍA

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Conquistadores, descubridores, gobernantes, caudillos, militares, escritores... descubra quiénes fueron, quiénes fueron sus mayores y quienes son sus descendientes.

Sumérjase en la más completa base de datos de genealogía de las familias tradicionales argentinas.

 

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HERÁLDICA

El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

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Florencio Varela, pionero de la fotografía

Ratio:  / 6

por Daniel Balmaceda
Extraído de "Espadas y Corazones"
 

 

Junio de 1845. De Europa, con una misteriosa caja de madera, Florencio Varela regresa a Montevideo, la ciudad donde vive exilado como tantos otros contrarios rosistas. En esa caja trae una cámara fotográfica: tiene un tubo en uno de sus lados y es desmontable. Varela la compró en París y el inventor del aparato, Louis Jacques Daguerre, le explicó en persona el procedimiento para usarla. El aparato causa furor en Europa desde 1839.

Al día siguiente de su regreso a Montevideo, Varela llevó la cámara fotográfica a la casa de su cuñado Juan Madero. Todavía hubo que esperar algún tiempo para usarla porque el cielo estaba nublado y se necesita contar con buena luz natural. Hasta que llegó el día indicado. Una tarde de sol pleno, decidido a probar el daguerrotipo, convocó a sus hermanos Toribio y Jacobo Dionisio Varela, a Juan Thompson (hijo de Mariquita Sánchez y Martín Tohmpson) y a un comerciante español de apellido Treserra, además de Madero, el dueño de casa. Per ser la primera vez, del experimento no participarían las mujeres. Esta novedad era, por el momento, cosa de hombres.

El grupo se subordinó a Florencio Varela. El jefe del operativo explicó que hacía falta aprovechar la luz del sol. Pero lo tanto, el primer paso fue trasportar los muebles al jardín. El fotógrafo y sus modelos sacaron del salón principal el sofá y los dos sillones de caoba, tapizados en forro negro de crin. Los colocaron en un ángulo del patio.  Jacobo Varela se sentó en el centro del sofá. A su derecha, Juan Thompson; y a su izquierda, Teserra. Toribio Varela y Juan Madero se ubicaron en los sillones. En el otro extremo del patio, protegido por la sombra de los árboles, Florencio Varela y su hijo Horacio montaron la máquina.

El novel fotógrafo colocó una banderita blanca arriba de la máquina y con tono marcial, dio las últimas instrucciones:

- ¡Inmóviles y sin hablar, aunque el mundo se venga abajó! ¡No reírse y mirar fijamente a la banderita blanca durante dieciséis minutos!

Hacía falta todo ese tiempo para que la imagen se fijara en el negativo.

El pequeño Horacio Varela –tenía diez años entonces- recibió la orden de controlar el tiempo con el reloj de bolsillo de su padre. Cuando se cumpliera el plazo estipulado, debía tocarle el pantalón a Florencio, quien se quitó la galera y se introdujo en un grueso saco negro para accionar el daguerrotipo. Desde allí pegó el último grito:

- ¡Ahora, quietos!

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Los jardines y el paseo de Palermo

Ratio:  / 3

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de "Los Antepasados", Buenos Aires 1983
Tomo I, Los Ibarguren

 

Las vísperas de abandonar mi abuelo Federico Ibarguren sus fueros parlamentarios, tuvieron lugar en el Senado los encendidos debates (20, 25 y 27 de abril de aquel año 74) acerca del proyecto de ley que ordenaba construir un parque en los terrenos de Palermo, cuya aprobación se alcanzó — para perdurable ornato, gracia y belleza de Buenos Aires — merced al voto decisivo de mi abuelo.

En efecto: el expirante gobierno de Sarmiento remitió al Congreso ese proyecto, firmado por los Ministros Uladislao Frias (Interior), Martín de Gainza (Guerra y Marina), Santiago Cortines (Hacienda) y Juan C. Albarracín (Instrucción Pública y Justicia). Dicha ley facultaba al Poder Ejecutivo, previo asentimiento de las autoridades bonaerenses, a levantar en Palermo, bajo la dirección del Departamento Agronómico y de varios profesores de la Escuela Militar, un vasto paseo público y jardín zoológico: con plantas exóticas y árboles del país, y toda clase de animales de las más raras especies. Tal parque — muy al gusto estridente de Sarmiento, que por suerte no llegaría a prevalecer — iba a adornarse también con reproducciones esculturales, en tamaño natural, de los grandes saurios antediluvianos peculiares de nuestras pampas: pedagógicos modelos a cargo — su supervisión — de expertos geólogos y paleontólogos movilizados por el capricho imaginativo del Presidente de la República.

A tan ambicioso logro se destinaba un millón y medio de pesos corrientes, depositados en el Banco Provincial, que fueron recaudados para enganches durante la guerra del Paraguay; con más la cantidad de “hasta doscientos mil duros”, provenientes de las rentas nacionales. Si dichos fondos se agotaran durante la ejecución del plan, el Gobierno de la Nación contribuiría con una cantidad igual a la que se entere en tesorería por suscripciones particulares; y, a la vez, el Poder Ejecutivo nombraba una Comisión de ciudadanos a fin de conservar y proseguir la obra reglamentando sus funciones y duración.

Allí pués, en los terrenos de la antigua quinta que se confiscó a Rosas, planeaba Sarmiento crear el parque más importante de Buenos Aires; en ese “Versalles criollo” — Palermo de San Benito —, escenario político y social levantado por don Juan Manuel; con el caserón de amplios patios y corredores de arquería convertidos ya — por el propio Sarmiento — en Colegio Militar; al que aún formaban marco las plantaciones hechas por el ilustre Restaurador de las Leyes: la típica calle de ombúes; el bosque fresco de sauces y ceibos a orillas del rio; el estanque angosto frente a la casa principal; el legendario “aromo del perdón” de Manuelita, y los naranjos que Rosas, en persona, podaba tijera en mano cual experto horticultor.

Traído al Senado el asunto del “Parque de Palermo”, surgió en seguida a la discusión la faz política en su cariz más mezquino. Brotó primero el pretexto de que el sitio elegido no reunía las condiciones saludables mínimas para paseo público, por ser anegadizo y expuesto a las constantes emanaciones húmedas del rio. “Tengo a mi favor — argumentó el representante sanjuanino José María del Carril — la opinión del mismo señor Presidente de la República, que en sus cartas de Chile, en época anterior, al recordar a Palermo y las obras que hacía allí don Juan Manuel de Rosas, censuraba con bastante razón que éste hombre se ocupara de hacer allí un paseo: lo llamaba ignorante y bárbaro por eso, y le decía que al fin iba a convertirse en un sapo de pantano”.

“No conozco Palermo” — enfatizaba Rawson, higienista en medicina y en política sectario a más no poder. “Una prevención adversa me ha impedido hasta ahora acercarme a ese lugar … y con un sentimiento de repugnancia que jamás pude vencer … pero yo pido a Dios, todos los días, que conserve en mi pecho, hasta el último suspiro, este santo horror de la tiranía, de sus símbolos y de sus tradiciones; no puedo ver a Palermo, por eso no he ido allí jamás, no lo conozco! … no es sólo en vista de esa repulsión, que he confesado tener hacia ese terreno, donde Rosas dominó y ensangrentó esta ciudad, que hago oposición a este proyecto … yo me imagino el placer que tendrá Rosas cuando sepa que él, hace 35 años, tuvo la famosa previsión del genio de acertar con un punto excelente al derredor de la ciudad de Buenos Aires, para establecer un paseo público que él empezara a formar, luchando con la naturaleza, gastando su plata y la ajena en crear, palmo a palmo, el terreno que debía servir para sus árboles … Rosas se ha de encontrar muy satisfecho con esta noticia de que ha venido a descubrirse en el año 74, que él, el hombre práctico y previsor, él, el hombre de intuición, Rosas, era el que había fundado a Palermo”.

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Raíces griegas, españolas e irlandesas de Bartolomé Mitre

Ratio:  / 3

 por Guillermo MacLoughlin Bréard

Conferencia pronunciada en el Jockey Club
Buenos Aires, junio de 2006

 

Constituye para mi un doble motivo de orgullo poder hoy dirigirme a tan calificado y selecto auditorio que nos acompaña esta noche. En primer lugar, por que la comisión directiva de nuestro Instituto me haya honrado para efectuar el homenaje de recordación a una figura señera de nuestra historia, como es el general Bartolomé Mitre y Martínez, que integra un linaje rioplatense con actuación en ambas márgenes del Plata y con raíces diversas.

Y en segundo lugar, por mi condición de secretario de la Comisión de Homenaje a Bartolomé Mitre, que preside meritoriamente el doctor Juan Ramón Aguirre Lanari, encargada de organizar y de auspiciar diversos actos recordatorios de nuestro prócer con motivo de cumplirse este año el centenario de su fallecimiento. 

Hablar de la genealogía de los Mitre no es tarea sencilla. Otros distinguidos genealogistas ya se han ocupado con anterioridad, y con mayor erudición, de este tema. No obstante ello, trataré de aportar mi grano de arena y de ser lo más breve y conciso posible.

Se han esbozado distintas teorías sobre el origen de los Mitre, cuya genealogía  se inicia con Ventura Demetrio o Demetrio Ventura, quien se afincara en el país a fines del siglo XVII. Pocos datos aporta la partida de su primer matrimonio con Isabel González, celebrado en la Iglesia Catedral de esta ciudad el 7-11-1693 (La Merced 3/187 vta.), ni la escritura dotal del 11-12-1694, donde se autocalifica  como “soldado de este presidio”. Luego de enviudar, Demetrio se casa el 1-4-1698 (La Merced 3/285) con Da. Catalina Ruiz de Ocaña. La partida respectiva señala a Demetrio Ventura como “natural de Benencia”. Asimismo, existe una anotación marginal, seguramente consignada por el entonces Cura Rector de la Catedral, R. P. D. Juan Fernández de Agüero, que reza: “este nombre de Demetrio era de un hijo de Antigono rey de Macedonia”. Más aún, en la partida de bautismo de una de sus nietas, Da. Martina Antonia Josefa de Torres y Mitre, del 14-10-1722 (La Merced 7/187), hay otra anotación marginal –seguramente escrita también por el recordado Dr. Fernández de Agüero- que dice “este apellido Mitre de un Ventura Demetrio griego en el siglo pasado”.

Pero no todo estaba claro entre los genealogistas, que no convalidaban el origen helénico del primer Mitre. El erudito investigador Raúl A. Molina (1897-1973), quien integrara este Instituto, sostenía la procedencia hispánica de los Mitre. Esto lo manifiesta, claramente, en su artículo “Demetrio Ventura, genearca porteño”, publicado en la Revista Historia, en 1955 (1), quien, al referirse a su testamento consigna a “bentura demitryo …… natural de los reinos de España”. 

A su vez, el eximio genealogista uruguayo Juan Alejandro Apolant  (1903-1975), en varias de sus obras (2) confirma la raíz hispánica del genearca y, aún más, aporta otro dato, por analogía, al citar el matrimonio de un tatarabuelo del Director Supremo D. Juan Martín de Pueyrredon, el alférez Juan Marín, del 10-3-1697 (La Merced 3/276 vta.) quien declara ser “natural de Benecia, Reinos de España”.

La famosa “Benencia” a la que nos estamos refiriendo, para algunos, no tendría relación con la importante ciudad italiana, sino con un islote desierto ubicado en el río Arosa, en La Coruña, Galicia.

 

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Cuando la muerte visitó Famaillá durante el verano

Ratio:  / 21

por Alfonso Beccar Varela

 

Hace unas semanas que, con el espíritu de agradecer la gran contribución que la gente de Family Search hace para ayudar a todos los genealogistas del mundo, y en particular al valiosísimo aporte que han hecho para la genealogía Argentina al digitalizar Registros Parroquiales e incontables documentos, he estado ofreciendo algo de mi tiempo como voluntario leyendo fotos de actas de bautismo, matrimonios o defunciones, y volcando los datos a una base de datos para que estos estén disponibles gratuitamente y por internet, a cualquier persona del mundo que esté interesado en estos temas.

De momento estoy volcando a fichas datos obtenidos de la digitalización de Registros Parroquiales de la Arquidiócesis de Tucumán, entre el año 1727 y 1939. ¡He visto de todo! Desde errores u horrores ortográficos, al cambio dramático de las poblaciones de varias ciudades que acusaron en impacto del alud inmigratorio de fines del Siglo XIX. Desde registros escritos a mano con caligrafía elegante y delicada, a garabatos casi imposibles de entender.

En eso estaba cuando bajé a mi computadora un grupo de Actas de Defunción que me impactaron mucho. Se trata de las Actas de la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen, en Famaillá, a escasos 30 kilómetros de San Miguel de Tucumán, la capital del “Jardín de la República”. 

El conjunto que actas que me tocó leer empezaba con esta:

 “En la Iglesia Parroquial de N. S. del Carmen de Famailla, a diez y nueve de Diciembre de mil ochocientos noventa y cinco. Yo el infrascripto Cura interino de la misma, mandé dar Sepultura eclesiástica á Lorenzo que murió ayer con indigestión edad cuatro meses hijo legítimo de Segundo Rodríguez y Dominga Romano de la Fronterita. De que doy fe.” Firma Andrés Collilles, o algo así.

Y una tras otras se suceden, con la misma caligrafía prolija, actas que revelan lo que no puedo sino describir como un mes trágico para esta localidad tucumana. 40 muertes en 30 días. De estás, 36 representan a chicos menores de 4 años. Todo indica que una epidemia de sarampión causó estragos entre los niños del lugar (y una adulta), pero esa peste no tuvo la exclusividad en cosechar esas jóvenes vidas argentinas.

No soy especialista. No conozco la historia de Famaillá a fines del siglo XIX, y no sé si esta lista representa un evento extraordinario, una aberración; o si esa era simplemente la trágica normalidad en esas localidades más alejadas, de esas poblaciones más carenciadas.

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Juan Rodríguez de Estela

Ratio:  / 3

  por Carlos F. Ibarguren Aguirre
extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo X, "Rodríguez de Estela"

 

Por lo que se verá a continuación, y falta de escudo familiar concreto, podría colocarse a la cabeza y como blasón del linaje Rodríguez de Estela la estrella de David, antiguo y venerado símbolo para los israelitas de todos los tiempos en cualquier parte de la tierra...

A pesar de la Leyes de Indias, y de las terminantes prohibiciones contenidas en las cédulas complementarias que decían, por ejemplo: “Mandamos que ningún reconciliado, ni hijo ni nieto del que públicamente hubiese traído sambenito, ni hijo ni nieto de quemado o condenado por la herética parvedad y apostasía, por línea masculina ni femenina, pueda pasar ni pase a nuestras Indias, o Islas adyacentes, pena de perdimiento de todos sus bienes para nuestra Cámara y Fisco, y sus personas a nuestra merced; y si no tuviera bienes les dén cien azotes públicamente”. O: “El Governador del Río de la Plata y sus Tenientes no permitan que por los puertos de aquella Governación passen al Perú ni a otra parte extranjeros ni naturales sin particular licencia nuestra, pena de nuestra indignación, y de que mandaremos hacer exemplar castigo a los que huvieran entrado sin la dicha licencia, sin disimulación con ninguna persona ni causa”. A pesar de todas estas restricciones amenazantes, la afluencia de portugueses que continuamente venía filtrándose a través de las fronteras rioplatenses para internarse en el país, era cada vez mayor; al punto que, en 1636, el Fiscal de la Real Audiencia de Charcas, Sebastián de Alarcón, creyó de su deber denunciar, muy alarmado, al Soberano de España, el peligro que acá entrañaban  “tantos innumerables hebreos  que han entrado y de nuevo entran, por mayor crecimiento, por aquellas partes”.

Acorde a esto, en 1634 atracó a la costa de Buenos Aires cierto navío con negros y pasajeros portugueses, pretextando una arribada forzosa, El cargamento de esclavos, desde luego, sería decomisado ipso facto por las autoridades y vendido en remate a vil precio a Diego de Vera, socio del célebre traficante porteño y Regidor perpetuo Juan de Vergara; cuya camarilla mercantil era la única que conseguía permiso gubernamental para introducir y negociar africanos en el Alto Perú. En cuanto a los viajeros portugueses, entre ellos venía un muchacho de 20 años de edad, sefardita de raza, que se llamaba Juan Rodríguez de Estela.

Al pisar las “argentinas playas”, el errante judío quien sabe que pasado lleno de angustias acababa de dejar del otro lado del mar! Aquí, seguramente, al igual que tantos marranos de la estirpe de David, él acudía en busca de una tierra prometida donde vivir y prosperar, liberado del miedo y de las humillaciones que ensombrecieron su infancia en la Lisboa natal. No cuesta creer, entonces, que el arribado “sin licencia” fuera, en los primeros tiempos, encubierto y socorrido por algún sionista converso, rico mercader ya aclimatado y con influjo vecinal — como el banquero Diego de Vera —, cuyo protector regularizaría la situación de nuestro personaje ante las autoridades; mientras seguramente le facilitó la oportunidad inicial para encarar el porvenir en esta tierra, donde, a semejanza de la de Abraham, la descendencia del recién venido multiplicaríase cual las estrellas del cielo.

El joven luso-hebreo, por lo demás, era un perfecto buscavida. Concentró todo su empeño en labrarse rápidamente una sólida posición en el lugar que le prodigara el destino. Y el 24-V-1641 — con 27 años de edad y 7 de residencia porteña — resolvía su matrimonio con una señora acaudalada y de antiguo arraigo en la ciudad: Catalina de Aguilar y Burgos — llamada también de Aguilar y Salvatierra — hija legítima del que fuera calificado vecino y “segundo poblador”, escribano Francisco Pérez de Burgos, y de su consorte Juana de Aguilar. Era doña Catalina, a la sazón, viuda de Francisco de Vargas Machuca, quien le dejó una niña: Juana de Aguilar, que casaría a su debido tiempo con Antonio Pereyra de la Cerda.

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César Bustillo: Aniversario de su fallecimiento

Ratio:  / 3

por Ing. Rodolfo Cabral
Comisión de Estudios Históricos de Berazategui

 

El 7 de abril de 1969, hace 45 años, fallecía el artista plástico, nacido en Plátanos: César Bustillo. ¿Quién era esta persona que se identifica tanto con la localidad de Plátanos? ¿Sabia Ud. que tres hojas de plátano lo acompañan en su descanso eterno?

César Bustillo Ayerza fue el mayor de 8 hermanos. Nació en Plátanos el 21 de noviembre de 1917, a la vera del arroyo Las Conchitas. Sus padres fueron: el reconocido arquitecto Alejandro Bustillo Madero y María Blanca Ayerza Jacobé, llamada por los conocidos simplemente como Cachita. Sus padres se casaron en el año 1916 y vivieron muchos años en una casa contigua a la estación de Plátanos, en el hoy desaparecido chalet Claveles, que fue un regalo del padre de la novia, Don Alfonso Ayerza Zavala, dueño del Haras Las Hormigas, a la feliz pareja.

Los hermanos se llaman: Jorge, Alejandro, Mario, Nelly, Marta, Blanca e Inés. César, Jorge y Marta Bustillo, fueron bautizados en la iglesia de Santa María de Hudson y están anotados en sus libros parroquiales.

Los cuatro hermanos varones, concurrían al colegio de San Salvador, en la ciudad de Buenos Aires, para lo cual, todos los días, tomaban el tren de las 8 de la mañana, hasta Plaza Constitución, donde los esperaba un taxi, contratado por su padre que los llevaba hasta el colegio ubicado en la calle Callao. A la tarde realizaban el viaje en sentido contrario, pero estaban autorizados a retirarse unos minutos antes, para tomar el tren de las 19.22, hasta su hogar en Plátanos.

El viaje en tren fue fuente de un sinfín de aventuras, para estos chicos nacidos y criados en las orillas del arroyo Las Conchitas. Una de las tantas cosas que hacían, era llevar una flauta pequeña (pequeña para que su madre no se diera cuenta), y pasaban por los vagones tocando la flauta y pidiendo alguna moneda.

Otra travesura era sacar el abono de segunda clase, en lugar del de primera, quedándose con la diferencia. En aquellos tiempos de locomotoras a vapor del Ferrocarril del Sud, se viajaba en dos tipos de vagones: de primera y segunda clase. Hoy eso ha desaparecido. Una aventura más peligrosa era jugar en el puente ferroviario sobre el arroyo cuando se acercaban alguna locomotora a vapor. Este puente ya no existe, fue reemplazado por otro en el año 1996.

Ya mayor, estudió arquitectura como su padre, en la Universidad de Buenos Aires, pero faltándole pocas materias, dejó la carrera.

Su nombre figura en el diccionario de artistas plásticos de la República Argentina. Su obra magna, son los frescos del Hall de entrada del Hotel Provincial de Mar del Plata, realizados en 1948. Estas imágenes mezclan gauchos, caballos, atletas griegos y toda la fauna marítima de Mar del Plata.

Cuando se ingresa al Hotel Provincial, se puede leer sobre piedra negra el siguiente nombre: César Bustillo. Sin embargo, su arte fue incomprendido por las autoridades de esa época y fue obligado a pintar taparrabos sobre la desnudez de su obra. 

Ana María de Mena, biógrafa de César, nos dice: “el crítico Fernando De María dijo que estos son los frescos más argentinos y viriles que ilustran una pared de mi patria.” Y al verlos, Siqueiros, el consagrado muralista azteca, comentó sobre Bustillo: “Qué lástima que no haya nacido en México.”

Una obra suya pequeña de tamaño, pero de gran significado: es la piedra blanca tallada en memoria de Guillermo Enrique Hudson, en el solar de los 25 Ombúes, en Florencio Varela.

César Bustillo vivía y trabajaba en una pobreza franciscana en su atelier de la calle 43, de Plátanos, bajo los los cuidados de la familia de Gregorio Serventi. Es de notar que siempre prefirió a sus humildes amigos de Plátanos, (entre ellos Leopoldo Herrera), y no las reuniones de la elite porteña a la que pertenecía por lazos familiares.

Cuando falleció el 7 de abril de 1969, sus restos fueron acompañados por tres hojas de un plátano de su Plátanos natal. Suponemos sean quizás del mismo árbol bajo el cual él y su novia (luego esposa, Celina Julia Seré Bernal), se juraron amor eterno. De ese árbol Don Gregorio Serventi llevó tres hojitas, que acompañaron a César hasta su destino final.

Este simple hecho sirvió para que su hermano Mario, le dedicara unos versos al hermano ausente.

Con estas pinceladas de la vida de César Bustillo, espero que se motive el lector a descubrir más sobre la figura de este gran artista de Berazategui, cuyo nombre recuerdan una calle (43 de Plátanos), un barrio en Hudson, un museo, y varias escuelas en distintas ramas educativas que llevan su nombre.

 

Bernabé González Filiano: Un evasor devoto

Ratio:  / 4

 por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo VII - González Filiano

 

En la isla canaria de Tenerife, sobre escarpadas rocas circuídas de peñascos y acantilados que se hunden en el mar, acurrucada bajo la falda imponente del eruptivo Teide, se encuentra la villa de Garachico. Ahí, el año 1585, nació Bernabé González Filiano, hijo legítimo de Diego González y de Mencía Hernández de Oramas, de quienes heredó una casa grande de dos pisos, en aquella rupestre localidad insular.

De primer apellido español, seguido de otro al parecer de itálica filiación (recordemos que un genovés, Pedro del Ponte, fundó en 1505 a Garachico), mi antepasado “garachiquero” por su estirpe materna descendía de aborígenes canarios; los “guanches”, altos, fornidos, alegres y valientes; de aquilinas narices, labios amplios y blancas dentaduras; cuya raza el arqueólogo francés Augusto Berthelot describe como “de tez curtida y rostro oval y descarnado, facciones regulares, frente saliente algo estrecha y grandes ojos vivos y rasgados, a veces verdosos, espesa cabellera rizada, que variaba del negro al rojo oscuro. Muchas familias se enorgullecen — apunta Berthelot — de llevar nombres guanches; Doramas, Bencomo, Magantino”.

Bernabé González Filiano y Oramas o Doramas, de tan exótico origen (su testamento y otros antecedentes suyos investigó mi recordado,  querido y erudito amigo Raúl A. Molina), cuando tuvo edad suficiente, dedicose a los negocios del mar, al trafico negrero, y en uno de esos lances peligrosos resultó robado por los piratas.

Comercio intérlope a la orden del día, con boda, pecunia y cofradía

El arribo de nuestro canario a Buenos Aires data de 1614, en circunstancias en que el navío que lo trajo desembarcó clandestinamente en la costa 30 esclavos africanos. Y en la ciudad porteña, vinculado a la camarilla contrabandista que dirigía el poderoso vecino Juan de Vergara, el aventurero recién llegado vislumbró la alternativa de enriquecerse con rapidez, sin riesgos excesivos. Abandonó entonces las azarosas correrías marítimas, y en el embrionario poblacho rioplatense se instaló definitivamente. Ello quiere decir que aquí contrajo nupcias el 13 de enero de 1622 con Francisca de Trigueros Enciso — viuda, a la sazón, de Tomás Rosende —, la cual pertenecía a una familia solvente y de arraigo en el país. El Licenciado en cánones Francisco Trejo bendijo esa boda, en la que actuaron como padrinos Juan de Vergara — que fuera marido de una difunta hermana de la desposada — y la tercera mujer de éste, María de Freire.

Era Francisca de Trigueros hija legítima del antiguo poblador Diego de Trigueros y de su consorte Felipa Hernández Enciso; hija ésta del fundador de la ciudad con Garay, en 1580, Capitán Juan Fernández Enciso, y nieta del Gobernador del Paraguay Domingo Martínez de Irala. Para sus esponsales con el tenerifeño, la contrayente resultó dotada con 9.159 pesos de a 8 reales. A raíz de éste, o del primer casamiento de doña Francisca con Rosende, en 1617, el cuñado de ella Juan de Vergara declaró en su testamento; “Gasté y consumí mucha cantidad de acienda, que a sus padres presté, en joyas, preseas y esclavos y otras cosas”. Cuando murió Francisca Trigueros, sepultaron el cadáver en la iglesia de San Francisco, en el enterratorio de su familia, excavado al pié del altar de la Virgen de la Limpia Concepción.

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La familia de Juan Manuel con "La Cautiva"

Ratio:  / 14

 por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo IX - Los Ortiz de Rozas

Aparte de los tres hijos legítimos que tuvo Juan Manuel de Rosas con su mujer María Encarnación Josefa Ezcurra Arguibel, el Restaurador de las Leyes tuvo, con María Eugenia Castro, seis hijos a espaldas de la ley, como se verá más adelante. Ellos fueron:

1) Ángela — a quien su padre llamaba “El Soldadito” —, nacida en Palermo, que se casó andando el tiempo con Adrián Gaitán, con el cual tuvo sucesión. Ella murió antes de 1886; Gaitán aún vivía en Buenos Aires en 1925.

2) Nicanora — “Canora” o también “Gallega” para Rosas —, nacida en Palermo. En 1886 trabajaba de lavandera en Lomas de Zamora, y — según don Rafael Calzada que fue ocasionalmente su abogado — era entonces “de porte más bien distinguido”.

3) Emilio, soltero, muerto en la guerra del Paraguay como uno de los tantos “soldados desconocidos”.

4) Justina — “El Coronel” como la recordaba en sus cartas el desterrado de Southampton.

5) Joaquín, al cual le decían “el chileno Rosas”, y que se ganó la vida humildemente como peón en los campos de Tres Arroyos.

6) Adrián, nacido en 1852, meses después de que Rosas se embarcara para Inglaterra, en cuya oportunidad su madre se hallaba encinta. Cuando el doctor Calzada lo conoció, Adrián tenía 36 años, era “alto, rubio, de barba, buen mozo y de ojos azules”, analfabeto y trabajaba de pocero en Lomas de Zamora.

La curiosa historia de esta barraganería de don Juan Manuel con Eugenia Castro — a la que él solía llamar “La Cautiva” — comienza de la siguiente manera:

El 24-I-1828, al folio 27 del Registro nº 3 del Escribano Luis de Castañaga, compareció el Comandante Juan Gregorio Castro y otorgó poder a favor de don Juan Manuel de Rosas, a fin de que éste, luego de fallecido el causante, extendiera su testamento como Albacea y tutor y curador de sus universales herederos; “dos niños que he criado llamados Vicente y María Eugenia Castro”.

El Comandante que en trance mortal protocolizaba sus últimas disposiciones, era porteño, hijo de Juan Antonio Castro (Teniente de las Milicias de Caballería de la frontera en 1802, que se retiró de Capitán en 1814) y de su mujer legítima Isidora Cárdenas. (Al margen de dicha escritura matríz — que tuve a la vista en el Archivo de los Tribunales de la Capital Federal — hay una nota que dice; “Bs.As., 28 de junio de 1855. En esta fecha en virtud de mandato judicial se dió testimonio de este poder a María Eugenia Castro”. Firma; Segada. 

Esta nota ratifica el siguiente párrafo de una carta en que Rosas, el 5-VI-1855 le decía desde Inglaterra a “Mi querida Eugenia; he mandado a don Juan Nepomuceno Terrero el testimonio por el que encontrará en la escritura de su referencia la disposición de don Juan Gregorio Castro dejándote (a vos) y a Vicente por sus herederos, y facultándome para testar. Es todo lo que tengo, con lo que hay bastante para que no te quiten la casa ni los terrenos” — que Eugenia heredó de su prohijador el Comandante).

Sucedió que al fallecimiento de Castro, Rosas, como tutor de los herederos de aquel, se la llevó a Eugenia — que tenía en ese tiempo 13 años — a su casa, y la puso al cuidado y servicio de doña Encarnación. Después de muerta su mujer, Eugenia — ya con 23 años cumplidos — se convirtió en concubina, más o menos notoria, de don Juan Manuel, y fue procreando los vástagos ilegítimos que sabemos.

Por último, el 16-VIII-1886 el doctor Rafael Calzada, en su carácter de letrado de Nicanora, Justina y Adrián Rosas, vecinos de Lomas de Zamora, inició demanda de filiación natural y petición de herencia de ellos, contra Manuela Rosas de Terrero, ante el Juez en lo Civil Dr. Benjamín Basualdo, Secretaría de Carlos Silveyra. Los Tribunales argentinos, empero, declaráronse incompetentes para entender en dicho juicio, el cual debía sustanciarse en Inglaterra, donde falleciera Rosas — el 14-III-1877 — y se abrió su testamentaría.

(La imagen es una reproducción de una acuarela de Sívori que ilustra la casa de Rosas en Palermo de San Benito en 1850).

 

Orígenes del barrio de Villa Matilde, de la localidad de G. E. Hudson

Ratio:  / 3

por Ing. Rodolfo Cabral
Comisión de Estudios Históricos de Berazategui
www.museovirtualbegui.com.ar

 

Matilde Florentina Ruiz de Pearson, nació el 14 de marzo de 1872, en Barracas al Sur (actual partido de Avellaneda, Pcia. de Bs. As.). El santoral indica Santa Matilde. Sus padres se llamaban Claudio Ruiz y Dolores Hernández, ambos criollos. Sus abuelos paternos eran: Justo Ruiz e Isidora Sueldo, también de Barracas al Sur. 

Cuando G.E.Hudson (Berazategui) se llamaba todavía “Conchitas”, en 1887 Ruiz, compra parte de la sucesión de Agustina Cos de Godoy, entre ellas la de su cuñado Casto Godoy, casado con su hermana Argiliera Ruiz de Godoy. Recordemos que la estación de Plátanos, se llamo Godoy hasta 1906, por esta familia.

La vida de Matilde, aunque no era pobre, no fue fácil. Su padre se ausentaba mucho tiempo por sus negocios y participo en la Conquista del Desierto. Fue uno de los fundadores del partido de Coronel Suárez. Allí poseía una estancia. 

Tiene su primera gran vicisitud al fallecer su madre, Dolores, cuando ella tenía apenas 16 años. 

Claudio construye la capilla de Santa Maria en honor a su esposa, y decide para “el bien” de su hija, casarla con un ciudadano de origen ingles, pero nacido en Chile, mayor que ella. Su nombre era Francisco Pearson (n. 21/01/1860).

Recordarán los memoriosos un desinfectante llamado Creolina, justamente el nombre de este producto era “Creolina Pearson”, y la familia de Francisco era la dueña de la patente y él, la comercializaba en Argentina.

El matrimonio tuvo seis hijos: Enrique Claudio (n. 02/12/1891), Eduardo (n. 26/12/1892); Carlos Francisco; Maria Matilde (n. 26/03/1894); Ana Isabel (n. 26/07/1895) y Elena Margarita conocida por el apodo de Nelly (n. 24/05/1902 y f. 19/01/1988). 

Ruiz compró sus propiedades en “Conchitas” un poco antes de comenzar la construcción de la Destilería Franco Argentina, industria que posibilitó el poblamiento de la zona. Es por eso, que en 1892 aproximadamente funda el primer pueblo de Hudson, llamado “Villa Matilde”. Originalmente tenía 12 cuadras. Es el primer pueblo de Hudson.

Según el Censo de 1895, al pasar el vecino que actuaba de censista Francisco Olazar, anotó a Matilde Ruiz de Pearson en su propiedad de Conchitas y anoto: 23 años de edad, propietaria, seis años de casada y 4 hijos a la fecha. Con ella estaban: Enrique, de 5 años; Carlos, de 4; Eduardo, de 3 y Maria Matilde de 1 año de edad. 

También estaba su hermanastra Victoria Hernández, de 16 años de edad, Benigno Tirao, capataz de la estancia de 31 años; Argiliera Ruiz de Godoy de 62; Esteban y Juan Silombra, peones de 18 y 16; Luis Levetti, casado, italiano, quintero de 45, entre otros.

También entre los trabajadores de su estancia en Hudson, podemos hablar de Vicente Mosqueira, casado con Encarnación Pérez y con ¡quince hijos!; de Isaac Martínez, casado en 1898 con la mencionada Victoria Hernández, adoptada por la madre de Matilde. 

La casa de Ruiz y posteriormente de los Pearson, sigue ubicada en la calle 53 entre 156 y 155. Aunque en la actualidad solo queda un sector, porque al abrirse la calle 53, se tuvo que demoler una gran parte para permitir la construcción de esta vía publica. 

Volviendo a Matilde, viajaba mucho a Europa, por razones de salud. En una ocasión quedo “atrapada” en Europa por la primera Guerra mundial. Nelly pasó su niñez en Suiza, donde aprendió a cantar como los montañeses del tirol. Muchos años después, al fallecer su padre, Don Claudio, el 20 de abril de 1930, ella estaba otra vez en Suiza. 

La necrológica de Ruiz fue hecha por el maestro Atanasio Antonio Lanz, en el Diario “La Prensa”, nada menos.

Finalmente ella falleció sola, seguramente por su mal carácter, el 15 de noviembre de 1947, en su Hudson natal, en su casa de la calle 53. Sus restos descansan en el cementerio de Ezpeleta, junto con sus padres. Desgraciadamente las placas de bronce, han sido robadas. 

Esperamos que estas pinceladas sobre la vida de Matilde, aclaren el porque de este nombre en el primer pueblo de la localidad de Hudson.

Juan Francisco de Aguirre y Uztáriz

Ratio:  / 2

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires, 1983
Tomo II, Los Aguirre

 

Juan Francisco de Aguirre y Uztáriz vió la luz primera en Donamaría (derecha) el 18-VIII-1758. No había cumplido aún 14 años, cuando ingresó en la Real Compañía de Nobles Guardias Marinas como “caballero aspirante”, el 3-IV-1772, figurando en el catálogo respectivo (nº 1673) con los nombres de “Juan Ignacio Francisco”. Hizo su estreno como Oficial de la armada, en un viaje a Filipinas a bordo de la fragata “Rosalía”, que mandaba el célebre Juan de Lángara y Huarte, entonces Capitán de Fragata. Al año siguiente realizó cruceros científicos y de observación por el Mediterráneo y las costas africanas en la fragata “Cármen”, siendo ascendido a Alférez de Fragata. Tomó parte más tarde en la malhadada campaña contra Argel, subordinado al Jefe de Escuadra Pedro González Castejón, y bajo el mando militar supremo del Teniente General Alejandro O'Reilly. En 1776 le llegan los despachos de Alférez de navío, e integrando la dotación del “Astuto” zarpa hacia el Perú. De vuelta recibe en Cádiz su ascenso a Teniente de Fragata, y, a mediados de 1779, en la guerra de España aliada de Francia contra Inglaterra, nuestro hombre participa en ella, embarcado en el “San Miguel”; cuyo navío, a órdenes del Brigadier Juan Joaquín Moreno, incursiona por el canal de la Mancha y vigila el estrecho de Gibraltar.

En 1781, al ya Teniente de Navío Aguirre se le confiere el nombramiento de “Comisario”, con encargo de emprender la tarea de marcar la frontera entre España y Portugal en sus posesiones de Sud América, conforme al tratado preliminar de San Ildefonso, que ajustaron, el 1-X-1777, las potencias Católica y Fidelísima, a través del Conde de Floridablanca y de Francisco Inocencio de Souza Coutinho, respectivamente. Dicho tratado, en su artículo 15, establecía la designación, por parte de los altos contratantes, de “Comisarios de conocida providad, inteligencia y conocimiento del País, juntándose en los parages de la Demarcación”, para trazar la línea fronteriza que garantizase “la recíproca seguridad y perpetua paz y tranquilidad de ambas naciones”.

Así — en momentos en que su Rey acababa de concederle la merced de un hábito en la Orden de Alcántara, y estaba el interesado preparando las pruebas correspondientes para su ingreso — tuvo Juan Francisco que partir al lejano virreinato rioplatense. Y como España mantenía su beligerancia frente a Inglaterra, el flamante Comisario debió salir de Cádiz (14-XI-1781) hacia Lisboa. Allá, luego de entrevistarse con el Embajador de su país Conde de Fernán Núñez, Aguirre con algunos compañeros de misión (el Comandante José Varela y Ulloa, los hijos de éste José y Joaquín; el Teniente Coronel, trocado en Teniente de Fragata, Félix de Azara; el camarada de igual rango Rosendo Rico y Negrón; un “oficial de relojería llamado José Santaella”; además de los pasajeros Luis de Urriola, nombrado Oidor para Chile, y el Canónigo Gabino de Echeverría que iba al Paraguay) se hizo a la mar rumbo a Rio de Janeiro, bajo bandera neutral, a bordo de la fragata “Santísimo Sacramento” del Capitán mercante lusitano Torcuato de Silva, el 23-I-1782.

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Paseando por el Censo de 1869

Ratio:  / 42

 por Alfonso Beccar Varela

 

Entre el 15 y 17 de septiembre de 1869, bajo la presidencia de Sarmiento, se realizó el primer censo de la población de la República Argentina.  El individuo a quien le tocó recorrer el Paseo de Julio (en la foto, una vista del mismo tres años más tarde) se topó con todo tipo de individuos y un gran número de extranjeros, ya que el dicho Paseo se ubicaba en lo que es hoy la Avenida Leandro N. Além en el centro de Buenos Aires y era entonces la calle frente al rio. Desde la Aduana (hoy en la parte de atrás de la Casa Rosada) a la barranca de la Plaza San Martín, había dos (o tal vez tres) muelles, uno directamente ubicado en el edificio de la Aduana y los otros entre ese lugar y lo que hoy sería la esquina de Além y M. T. de Alvear aproximadamente.

Caminando de Corrientes hacia Retiro, se encontró con norteamiericanos, ingleses, irlandeses, alemanes y argentinos, naturalmente, con profesiones como maquinista, fogonero, marinero, costurera, mayordomo y muchas más.

Cuando llega al número 96, sin embargo, probablemente le abren la puerta dos alemanes. Uno era Federico Clain, que dice tener 35 años y de profesión cocinero. El otro, Augusto Helcher (32) declara sin problemas ser de profesión "alcahuete", que como vemos en el diccionario de la Real Academia indica una “persona que concierta, encubre o facilita una relación amorosa, generalmente ilícita”. Completan el cuadro en ese domicilio Eloisa Pintos, argentina de 28 años y Elena Brull, una irlandesa de la misma edad que son registradas como “rameras”.

Una casa más en dirección a Retiro, la número 99, parece proveer un poco de competencia al establecimiento anterior, si es que no trabajaban juntos.  El encargado es Juan Díaz de 27 años (oriental) también “alcahuete” de profesión. Sea porque le compra la comida hecha al cocinero alemán de al lado,  o porque la cocina él mismo, no se lista cocinero profesional es su casa. Juan declara como únicas habitantes de ese domicilio a 6 argentinas: María Bustos (de 30 años), Saturnina Díaz (22), Florentina Roblero (27), Carmen Flores (25), Eloisa Rodríguez (28) y María Beccar (26) (*).  Todas “rameras”. Ninguna de ellas sabía leer o escribir, mientras que el alcahuete sí declaró saberlo.

En ninguno de los dos domicilios se declaran clientes que estuvieran recibiendo tales "atenciones amorosas".

Sea cual fuere la impresión que tantas rameras juntas hayan causado en el censor (si lo suponemos hombre) sigue con su trabajo y golpea la puerta de la dirección adyacente hacia a Retiro, con los números 100 y 101. Aca encuentra un cambio de aire (probablemente con olor a madera), ya que la casa albergaba el día del censo a Daniel Laconteur de 63 años y dice ser inglés pese al apellido aparentemente franés y de profesión carpintero, con su hijo Juan de 15 (oriental y también carpintero) y all cocinero francés de 70 años Antonio Ternas. Todos estos saben leer y escribir, o así lo declaran. Vaya uno a saber cómo se llevaban son sus vecinas o con los alcahuetes de la cuadra.

Una casa más en dirección a Retiro, la 102, pareciera ser propiedad de (o alquinada por) Tomás Reganagco (32) y su mujer Catalina (27), ambos “ingleses” pese una vez más al apellido poco inglés. Él se declara de profesión “Fondero”, por lo que suponemos que el lugar era una fonda. Sea porque vivía con ellos o porque estaba de paso ese día, también encontramos ahí a Alberto Wattsaged, un inglés de 23 años que se declara “Plumerero”. A estos tres, se les suman un nutrido número de siete marineros ingleses, de entre 26 y 19 años. Todos estos, asi como el fondero y el plumerero declaran saber leer y escribir, aunque podemos suponer que los marineros lo harían en inglés. ¿Serian estos clientes de las "trabajadoras del sexo" casa de por medio?

Y así siguió su camino el que tomaba el censo ese día en Buenos Aires. Un marinero portugués, un cocinero italiano (por lo visto la cocina de toda Europa estaba representada en pocos metros!) y un fondero francés serían sus próximos entrevistados. Y no había hecho aún ni una cuadra. 

El día iba a ser largo…

 

NOTA: Es naturalmente la existencia y profesión de esta María Beccar que me atrajo a estas tan interesantes páginas del Censo de 1869, gentilmente identificadas por Coral Guanes. Desconozco la genealogía de esta María o más datos de su probablemente triste existencia. Especulo que bien podría ser hija de María de los Dolores Beccar (bautizada el 27 de diciembre de 1810 por el entonces Pe. Mariano Medrano Cabrera antes de ser Obispo de Buenos Aires), hija de Joaquín Rivera y Bernabela. Esta última, sin apellido, aparece listada como "esclava de Dn. Cosme Beccar", mi antepasado. Y en la época, la norma era nombrar a los hijos de las esclavas con el apellido del amo. Al poco tiempo de este bautismo, Cosme Beccar Febrer sería enviado a un verdadero "campo de concentración" donde los revolucionarios de mayo recluyeron a varios militares realistas, mandando a su familia (y por lo tanto a su esclava Bernabela y su bebita María de los Dolores) a la pobreza más abyecta.