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El arte del blasón

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

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Un verano provechoso (II)

Ratio:  / 6

por Mariano Vilella y Sánchez Viamonte
Agosto de 2015

 

Avellaneda, Sopuerta.

 

Una vez más volví al barrio de Avellaneda, en Sopuerta. Esta vez el objeto del paseo no era visitar una vez más la llamada “Torre de Urrutia” que edificara hacia fines del s. XIV Juan Martínez de Avellaneda, ni la iglesia parroquial de San Bartolomé, dónde se bautizara mi ancestro Gerónimo de Abellaneda y Arcé el 14 de octubre de 1630, y que también fueran velados en esa iglesia, en 1655, con su mujer Dª María Ruiz de Gauna Cañedo y Abellaneda.
Esta vez el objeto del paseo era visitar el Museo de las Encartaciones, que por una cosa u otra no había podido visitar en mis anteriores excursiones. En su puerta había quedado con mi amiga Iciar Murúa, vecina y conocedora de las Encartaciones, para visitar juntos el museo y que hizo que disfrutara de la visita aún más.
El museo es interesante, instalado en la antigua Casa de Juntas, muestra con paneles informativos, maquetas y dioramas la historia de las Encartaciones y la forma de vida que se llevaba en ellas. Su visita es altamente recomendable.
En la primera sala tuve una agradable sorpresa: en uno de los paneles titulado “Militares del s. XVIII” aparecía en primer término mi antepasado el Gral. don Antonio de Larrazábal y Basualdo. Natural de Portugalete y pasado a Buenos Aires fue allí regidor, alcalde, tesorero de la Real Hacienda, teniente de gobernador, teniente de rey y alférez real, siendo este último el cargo de mayor importancia dentro del Cabildo, pues tenía la prerrogativa de custodiar y portar en las grandes ceremonias el estandarte real que representaba la figura del rey.
Una vez me hice la turística foto de rigor ante el panel que menciona a mi antepasado, se me ocurrió pensar que allí, en ese mismo barrio de Avellaneda, había nacido en 1654 el hijo mayor del matrimonio formado por los ya mencionados Gerónimo de Abellaneda y María Ruiz de Gauna: el capitán don Gaspar de Avellaneda. Pasó al Río de la Plata en 1674 y fue en Buenos Aires capitán de caballos, regidor perpetuo, alférez real y juez de menores. Había casado dos veces, la primera lo hizo de la manera en que buscaban hacerlo los peninsulares que poseían preclaro linaje y que era la manera de obtener las prebendas reservadas a la sociedad más destacada del virreinato; esto es casándose con “nieta de los primeros descubridores, pacificadores y pobladores de estas provincias”, y así lo hizo en 1681 con Dª Juana de Labayén y Ponce de León. Su segundo matrimonio suele provocar una sonrisa de picardía: a los 61 años de edad, en 1715, el obispo de Buenos Aires lo casó con una joven de 23 primaveras, Dª Inés de Aguirre y Salazar, hermana menor de su nuera.
De sus dos matrimonios tuvo don Gaspar trece hijos, siendo la quinta Dª Agustina de Avellaneda y Labayén, que ampliamente dotada en la suma de $10.000 contrajo matrimonio con el Gral. don Antonio de Larrazábal, que repitiera de esta manera la habitual fórmula de casarse con nieta de conquistador y de primeros pobladores.
El Gral. Larrazábal murió en Buenos Aires en 1756 y fue sepultado en la catedral, siendo uno de los “comerciantes más principales, idóneos y acreditados que se hallan en esta ciudad”.

 

Fotos: El autor ante el panel que menciona al Gral. don Antonio de Larrazábal, en el Museo de las Encartaciones.

           Parroquial de San Bartolomé y torre de Urrutia.

 

Un verano provechoso (I)

Ratio:  / 6

por Mariano Vilella y Sánchez Viamonte
Agosto de 2015

 

Foz

 

El los primeros días de este mes de agosto, mientras una bonita y joven pulpeira al pie de la playa de Foz me traía mi ración de pulpo para acompañar a una rica ración de navajas, recordé que cuando salió a pescar, un 16 de septiembre de 1752, mi antepasado Manuel Fernández do Eixo nunca pensó que moriría ahogado. Por esa razón “No hizo testamento ni memoria de él”.
Para entonces ya era viudo y habían pasado muchos años desde que contrajera matrimonio en la iglesia de Santiago con Victoria López de Neyra, aquel 19 de abril de 1700. Se le enterraría en la misma iglesia, en la que se bautizaran sus hijos y en la que también fuera última morada de su mujer. Quizás, en la proximidad de la muerte, recordara que su hijo menor, Januario, no podría asistir a su sepelio, ausente de Foz desde que pasara al Río de la Plata hacia 1740.
Januario Fernández do Eijo se casó en Buenos Aires el 17 de mayo de 1746 con la hija del hacendado y propietario Nicolás de Echeverría y Galardi, heredando a su muerte la estancia “Rincón de Todos los Santos” de aproximadamente cien leguas cuadradas de superficie, que Januario acrecentaría con nuevas compras, de tal forma que sus hijos llegaron a poseer más o menos 180 leguas en la zona que luego se llamaría “Rincón de Noario”.
Fue alcalde de la Santa Hermandad en Magdalena y promovió de su peculio la construcción de la primitiva capilla y, más tarde, junto a otros hacendados, la construcción de su iglesia parroquial. Vecino del barrio de Montserrat, junto a otros vecinos pudientes, adquirió el “hueco de Montserrat” para destinarlo a plaza pública.
Llamó a su sobrino Melchor, hijo de su hermano Policarpo Fernández do Eixo y nacido en Foz en 1762, haciéndolo estudiar en el Colegio de San Carlos y, posteriormente, enviándolo a la Universidad de charcas, en la que se doctoró en teología.
Mientras saboreaba el pulpo se me ocurrió pensar cuántas veces mi antepasado Januario, a quien la muerte no tomó por sorpresa puesto que “se confesso y recibió extremaunción”, en la inmensidad de las pampas habrá recordado el maravilloso sabor del pulpo a la gallega. Murió el 4 de julio de 1791 y está sepultado en la iglesia de Santo Domingo, muy lejos de su Foz natal.
Quién sabe si su sobrino Melchor  ̶ chantre de la catedral de Buenos Aires durante el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, en el cual votara que la autoridad ostentada por la Junta Central había pasado al pueblo de la ciudad y debía descansar momentáneamente en el Cabildo ̶ , en algún momento de las deliberaciones de aquella importantísima jornada no recordara el refinado sabor de las navajas a la plancha.

Afectando el buen nombre de la familia Dorrego

Ratio:  / 4

por Alejandro Milberg
Washington, DC, 4 de julio de 2015

  

En su trabajo sobre los Dorrego (1), Lucio Pérez Calvo dice que el ilustre coronel Manuel Dorrego Salas, estando casado con Ángela Baudrix, tuvo un hijo natural con doña Josefa ... (sin apellido), llamado Manuel José Eladio Dorrego, nacido en Bs. As. el 18 de febrero de 1827, bautizado el 23 en la Merced (25/29), padrinos don Francisco del Arca y doña Bárbara Otálora, fallecido en la infancia (2). 

La partida de bautismo está en FamilySearch (3) y el apellido de la madre se lee claramente - Josefa Pi; además, dice que era hijo legítimo y el apellido de la madrina es Otárola en vez de Otálora.

Este niño no fue el único hijo de la pareja. Dos años antes en la Merced había sido bautizado José María del Pilar Dorrego Pi, también hijo legítimo y la partida (4) dice además que su padre Manuel Dorrego era natural de Galicia, cuando se sabe que el coronel Dorrego era porteño.

La prueba final de que es otro Manuel Dorrego la da la partida de matrimonio (5) de un tercer hijo, Pedro Ignacio Dorrego Pi, casado el 30 de noviembre de 1858 en San Pedro, Chivilcoy, cuando manifestó tener 26 años. Habría nacido por 1831; el coronel Dorrego fue fusilado en diciembre de 1828.

Dos páginas después Pérez Calvo presenta (6) lo que considera evidencia de una bigamia de Luis Dorrego Salas, hermano del coronel Dorrego. Lo que primero llama la atención es que un hombre de su posición (como dice el mismo Pérez Calvo, al morir en 1852 poseía una de las mayores fortunas de su tiempo) se arriesgara a un acto que si no era un delito en esa época, de trascender lo habría probablemente arruinado socialmente. En enero de 1828, fecha del supuesto segundo matrimonio, él y su familia eran parroquianos de la Merced, a juzgar por los bautismos de sus hijos Dorrego Indart nacidos en mayo de 1827 y octubre de 1828. La iglesia de la Inmaculada Concepción donde aparecieron los bandos del segundo matrimonio no está cerca, pero en un Buenos Aires de ese tamaño ¿nadie que lo conociera los vió? Y, más extraño aún, ¿por qué ir al extremo de casarse con su amante, por más que estuviera embarazada (su hija nació dos meses después), siendo tan común en la época tenerlas, e hijos extra-matrimoniales? 

No hay dudas de que hubo un matrimonio de un Luis Dorrego con Francisca Careaga Rosendo en 1828 estando Luis Dorrego Salas ya casado con Inés Indart Igarzábal y en vida de la misma (7), pero en ninguno de los documentos (boleto (8) y partida matrimonial (9), partida de matrimonio (10) de su hija Adela Dorrego Careaga, etc.) aparece como Luis Dorrego Salas. Hay elementos sospechosos - no se dió la filiación del novio al casarse y sí la de Francisca Careaga; un hijo de nombre Adolfo, como el del matrimonio Dorrego-Indart, muerto en la infancia años antes; las repetidas menciones de Adela Dorrego Careaga de Lugones de que era sobrina del coronel Manuel Dorrego, hermano de Luis Dorrego Salas; la cláusula en el testamento de Luis Dorrego Salas, donde nombra como únicos y universales herederos a sus hijos Dorrego Indart, etc., pero no parecen pruebas suficientemente sólidas de la bigamia. Sobre todo la última, que puede haberse debido a que el testor sabía que había personas que pretendían ser descendientes suyos.

El único de los datos aportados por Pérez Calvo (11) que efectivamente probaría la relación sería el de que la madrina de bautismo de Adela Lugones Dorrego, nieta del matrimonio bígamo, había sido Magdalena Dorrego Indart de Ortiz Basualdo, hija de Luis Dorrego Salas. Parece insólito que en esa época una señora de su medio social no sólo tuviera trato con una medio hermana fruto de una bigamia sino que además oficiara de madrina de su hija. Pérez Calvo dice que la niña en cuestión, hija de Adela Dorrego Careaga y Baldomero Lugones, nació el 18 de septiembre de 1861 y fue bautizada en San Ignacio el 12 de abril de 1862 (1862/304v). Pero FamilySearch muestra la partida de bautismo de otro hijo de la pareja, Nemesio Arsenio Lugones Dorrego, no mencionado por Pérez Calvo, nacido el 14 de diciembre de 1861 (12) - tres meses después de la fecha de nacimiento que da para su hermana Adela. 

También en FamilySearch se encuentra una partida de bautismo de Paulina Adela Lugones, con los mismos padres, nacida el 22 de junio de 1858 y bautizada en La Piedad el 28 de abril de 1862 (el mismo día que su hermano mayor Benigno Baldomero). Los padrinos fueron Juan Esteban Trejo, de 46, y Ursula Lugones, de 45, ambos naturales de Santiago del Estero y domiciliados en el partido de Bragado (13). Dada la diferencia de tres años y el haber sido bautizada como Paulina Adela en vez de Adela como indica Pérez Calvo haría pensar que era otra hija, pero no tiene mucho sentido que una familia que hizo bautizar una hija en una iglesia haya hecho bautizar a otros dos, dos semanas después en otra. A pesar de reiterados pedidos al autor no se ha podido obtener copia de esa partida de bautismo en San Ignacio, que no está en FamilySearch por haber desaparecido ese y otros documentos en el incendio de 1955.

Pérez Calvo dice (14) que uno de los primeros genealogistas que mencionaron esta bigamia fue Carlos Calvo, autor del "Nobiliario del Antiguo Virreynato del Río de la Plata", en sus apuntes manuscritos inéditos. FamilySearch los filmó (15) y y a juzgar por el rotulado eran parte de la biblioteca del conocido genealogista Narciso Binayán Carmona. Calvo se limita a indicar ese segundo matrimonio, da la fecha equivocando el año (1838 en lugar de 1828) y menciona dos hijos, cuando hoy se sabe que tuvieron por lo menos cuatro. Tampoco da fuentes y no hay manera de saber si a su muerte todavía lo consideraba correcto. Sin ir más lejos, en la misma página muestra a una Jacinta Dorrego, casada con Pedro Insúa; era nacida en Gualeguay e hija de un Alejandro Dorrego, entrerriano, no emparentado con esta familia.

Otra de las fuentes citadas por Pérez Calvo es Martín García Merou (16), de quien dice que era "un diplomático y escritor contemporáneo de doña Adela Dorrego que tuvo amistad con su hijo Baldomero y que se refiere a ella en su obra "Recuerdos literarios" como sobrina de Manuel Dorrego". Esto es falso. El libro, en esa misma edición de 1915, se encuentra digitalizado en HathiTrust Digital Library (17). En las páginas mencionadas García Merou efectivamente hace una semblanza de Baldomero Lugones pero la única referencia a su familia está en la página 168, donde dice "Tenía una vieja madre y una hermana - que eran su culto - a quienes mantener". Es más, una búsqueda de las palabras Dorrego y sobrina en todo el texto del libro no arroja ni una sola mención.

Otras fuentes citadas en la base para los protagonistas de esta historia son Yaben (18) y Cutolo (19); el primero menciona a Adela Dorrego de Lugones en el artículo de su marido (20) donde dice que era hija de don Luis Dorrego (a secas). Cutolo copia a Yaben en el suyo sobre Baldomero Lugones (21) y en el artículo sobre su hijo Benigno Baldomero Lugones (22) dice que su madre era sobrina de Manuel Dorrego, sin dar la fuente del dato. Yaben no trata a Benigno Baldomero Lugones ni a Luis Dorrego Salas, de quien Cutolo dice solamente que estaba casado con Inés Indart Igarzábal (23).

Quedarían por verificar las necrológicas de Adela Dorrego de Lugones que menciona Pérez Calvo en su trabajo (24), publicadas en La Prensa, La Tribuna y El Diario pero no, significativamente, en La Nación. La de La Prensa no hace mención a parentescos. La de La Tribuna dice que era sobrina del coronel Dorrego y que "con frecuencia se complacía en recordar hechos históricos importantes en los que tuvieron actuación en otras épocas miembros de su familia, narrando aquellos con una minuciosidad de detalles que en mérito a su edad, llamaba la atención de los que con frecuencia escuchaban." La Sra. de Lugones era empleada de la Empresa Nacional de Correos (25) - ¿cómo saber si no eran fabulaciones suyas, producto de un afán de figurar? La publicada en El Diario es la que va más lejos: "con esta muerte quedan enlutadas las familias de Dorrego, Lugones, Ortiz Basualdo, Lezica, Unzué y otras". Imposible saber si fue cierto, y aunque la Sra. de Lugones hubiera sido hija de Luis Dorrego Salas, no habría tenido ningún parentesco con los Lezica.

En base a lo mencionado parece temerario asegurar que Luis Dorrego Salas era el padre de la señora de Lugones y, por lo tanto, bígamo. A la espera de que algún día el Sr. Pérez Calvo suministre pruebas fehacientes de lo que afirma o publique una fe de erratas, creo importante alertar a posibles lectores sobre esta situación.

 

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NOTAS:

(1)  Genealogías Argentinas vol. 2, Buenos Aires, 2002, p. 119-120 y 130-131.

(2)  Pág. 117.

(3)  https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-12145-104253-39.

(4)  https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-12145-104521-36.

(5)  https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-159385-294586-62.

(6)  Pág. 119-120 y 130-131.

(7) Fallecería recién en 1881.

(8) https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-11390-3357-72.

(9) https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-11345-3342-84.

(10) https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-11345-27008-38.

(11) Pág. 120 y 131.

(12) https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-266-12880-31481-1.

(13) https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-12163-16141-99.

(14) Pág. 119.

(15) FamilySearch film number 1103950.

(16) Buenos Aires, 1915, p. 167-180.

(17) http://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=uc1.$b294082;view=1up;seq=1.

(18) Yaben, Jacinto R, Biografías argentinas y sudamericanas, Buenos Aires, Editorial Metrópolis, 1938-1940.

(19) Cutolo, Osvaldo Vicente, Nuevo diccionario biográfico argentino (1750-1930), Buenos Aires, Editorial Elche, 1968-1985.

(20) vol. 3, pág. 520.

(21) vol. 4, pág. 293.

(22) vol. 4, pág. 293.

(23) vol. 2, pág. 594.

(24) pág. 120.

(25) Censo 1895 https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:S3HT-62HW-GK6.

 

 

¿Bernardo o Balentín? Aclarando una confusión.

Ratio:  / 1

 por Carlos F. Ibarguren Aguirre
extraído de Los Antepasados, Tomo III
Buenos Aires, 1983. Inédito

 

Valentín de la Cámara Elizondo (ver ficha) fue “casado y velado según orden de nuestra Santa Madre Iglesia, en primeras nupcias”, en Salta, el 19­-VI­-1745, con Juana Crisóstoma de la Corte y Palacios, hija de Antonio de la Corte y Rozas y de María Palacios y Ruiz de Llanos, siendo padrinos de esa boda Gaspar de Mendiolaza y Gregoria de Elizondo, la madre del contrayente.

La novia, en tal oportunidad, aportó por vía de dote 800 pesos, “que se le adjudicaron en unas casas de esta ciudad”, a las cuales, posteriormente, el marido cambió con los coherederos de aquella, “dando 100 pesos más”, por el predio rural denominado “Potrero de la Caldera”.

Es que don Balentín — así con “B” larga escribíase entonces su nombre — era un rico propietario de fincas campestres que heredara o fueron luego adquiridas con el fruto de su trabajo de estanciero, según lo revelan su testamento e inventarios que corren agregados al respectivo expediente sucesorio.

Fallecida doña Juana Crisóstoma, el cónyuge supérstite volvióse a casar con Petrona Ruales, “quien trajo al matrimonio las casas de su morada y una esclava llamada María Antonia”. Con esta segunda consorte no dejó descendencia.

El 1­-IX­-1776 Valentín de la Cámara “estando enfermo en cama” pero “en mi libre juicio, memoria y entendimiento natural”, otorgó su testamento, ante el Escribano salteño Antonio Gil Infante, y los testigos Manuel Pucheta, Eduardo Burela y Pedro José Saravia. En dicha escritura el testador ordenó ser sepultado en la Iglesia Matriz, o donde lo dispusieran sus albaceas, amortajado su cadáver con hábito “de Nuestra Señora de Mercedes”. Declaró haber procreado por hijos legítimos solo estos 9 de su primer matrimonio; “Petrona, Luisa, Agustina, Balentín, Francisco de Paula, Marcos, Juan Thomás, Juan de Dios y Fernando de la Cámara”. Enumeró luego como bienes suyos; el sitio y “casas de su morada” en la ciudad; una chacra poblada en “La Caldera”, que comprara a su cuñado Santiago Porcel de Peralta, con un potrero contiguo, proveniente de la dote de su difunta mujer Juana de la Corte; otra chacra en “el Pucará”, que había heredado de su padre; así como el potrero “El Candado”, con los denominados “Cerro Redondo y Góngora, que todo lo tengo adjudicado a mi hijo Balentín”. Nombró tutor de sus hijos menores a su yerno Francisco Forcada, y por albaceas, en primer término a su cuñado Agustín de Zuviría, en segundo al dicho Forcada y en tercer lugar a su esposa Petrona Ruales, a quien, además, dejaba “el remanente del Quinto de mis vienes”.

Dos meses más tarde ya se había extinguido la vida de don Valentín, puesto que, el 18-­XI-­1776, sus herederos iniciaron la correspondiente sucesión, por ante el Alcalde ordinario de 2o voto de Salta, Juan Palacios, y el Escribano Gil Infante.

La relación del haber hereditario de mi antepasado, la suma y valor de los bienes, ganados y enseres domésticos que se inventariaron en sus fincas “El Pucará”, “El Candado” y “La Caldera” y en su casa mortuoria ciudadana, perdura manuscrita en las fojas amarillas del respectivo expediente judicial. 

Pero sobre todo, como recuerdo suyo, hoy sigue perdurando una obra suntuosa y única. Me refiero a esa joya barroca que es la puerta del convento salteño de San Bernardo, mandada tallar por don Balentín, y que ostenta su nombre destinado a resistir la prueba de los siglos. Dicho nombre, sin embargo, ha sido mal examinado por los historiadores y críticos que se ocuparon en dar realce a las excelencias ornamentales de aquel monacato carmelita.

En efecto; Bernardo Frias, en sus Tradiciones, fue el primero en estampar que cierto señor, a quien llama “Bernardo de la Cámara”, alcanzó celebridad “con solo grabar su nombre en el marco (de aquella puerta) en que se embelesaba su orgullo”. Miguel Solá — en Arquitectura Colonial de Salta y en su prólogo al cuaderno La Ciudad de Salta, de la colección de Documentos de Arte Argentino —repite que dicha puerta con friso y follaje serpenteante “perteneció a Don Bernardo de la Cámara”. También José León Pagano, en su Arte de los Argentinos, apunta que la famosa puerta “fue construída en 1762 para mansión de don Bernardo de la Cámara”. Y vienen reiterando lo mismo, una tras otra, distintas publicaciones, enciclopedias y guías para turistas.

Pues bien; esa puerta, de oscura madera de cedro, luce en la parte superior del marco labrado el escudo de la Compañía de Jesús; y en el medallón de la derecha se lee en abreviatura, sin mayor dificultad, el nombre verdadero de su donador; Don Balentín de la Cámara; mientras el otro medallón a la izquierda indica la fecha en que se fabricó la lujosa armazón; “Año de 1762”. Hay que poner entonces en claro la incuestionable identidad del donante del tallado marco de entrada al monasterio carmelitano de Salta, y no repetir por rutina “Bernardo”, donde dice claramente Balentín.

Sobre los Maldonado

Ratio:  / 4

 por Carlos F. Ibarguren Aguirre
extraído de Los Antepasados
Inédito. Buenos Aires, 1983

 

Hernán Suárez Maldonado fué "vecino principal" de la incipiente Buenos Aires allá por inicios del siglo XVII. De hecho el "Arroyo Maldonado" lleva este nombre ya que pasaba por tierras de tal tenerifeño que se radicó en nuestra ciudad.

Abajo un relato, tal vez legendario, tal vez no, del origen del apellido "Maldonado", como lo cuenta Carlos F. Ibarguren en su estudio sobre tal apellido:

"Hernán Pérez de Aldana o Nuño Pérez de Aldana, Señor de la Casa de Aldana, en tiempo de los Reyes Alfonso VII "el Emperador", o Fernando II de León, o Alfonso VIII "el de las Navas" - es decir, aproximadamente entre los años 1150 a 1200 -, fue el primero que se apellidó "Maldonado". 

Y ocurrió que por dichos años Pérez de Aldana vino a caer enfermo de gravedad, y encomendándose a Nuestra Señora de Montserrat, prometió visitarla en su santuario si recuperaba la salud. Mejorado de sus dolencias físicas, nuestro hidalgo púsose en camino desde Galicia a Cataluña. Los zangoloteos de ese viaje recrudecieron su padecer, a tal punto que, cuando llegó al famoso monacato benedictino catalán, se hizo necesario ponerlo en camilla, en uno de los ángulos de la Iglesia, a fin de que pudiera ofrendarle a la imagen morena de María Santísima su devoción esperanzada. 

Aquel día era un 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de la Virgen, y los peregrinos desbordaban del templo. Uno de ellos, el Duque de Normandía - sobrino del Rey Felipe Augusto de Francia (1165-1223) -, para mejor ver la ceremonia, púsose de pié arriba de las andas en que yacía postrado Hernán Pérez de Aldana. El hidalgo gallego, en el acto, reclama enérgicamente ante desaire semejante; pero, inválido, no recibe sino desdén del orgulloso magnate francés.

Pasan varios meses; sana el enfermo y cruza los Pirineos, en busca del Duque normando, y lo reta a duelo. El Rey de Francia, enterado de esto, obliga al Duque a pedirle perdón a Aldana. Obedece aquel; Aldana sin embargo - gallego tenía que ser -, exije un desagravio mayor a las simples disculpas, y pretende que el Duque admita que el ofendido le ponga los piés encima. El noble godo, como es lógico, se enfurece ante esa demanda ultrajante del galaico; por lo que el lance caballeresco se hace inevitable. 

Los adversarios concurren pues, al terreno del honor montados en briosos corceles, con férreas armaduras y provistos de lanzas, porras, espadas y dagas. Felipe Augusto de Francia, rodeado de cortesanos, desde una plataforma se dispone a presenciar el encuentro. Puestos frente a frente en la liza, ambos caballeros a una señal se arremeten con denuedo y rompen sus lanzas; empuñan enseguida las porras, y tras los recios porrazos del gallego, cae el francés al suelo herido en la cabeza. Salta entonces el aporreador del caballo y, enardecido, se precipita sobre el Duque resuelto a destrabarle las hebillas del yelmo para decapitarlo sin más trámite. 

El Rey, afligidísmo ante el giro dramático del combate, arroja el cetro y manda a sus fieles interponerse a fin de salvar la vida del pariente suyo. Protesta Aldana, mas el Soberano dá por concluída la lucha, alegando que si el Duque moría a consecuencia del aporreo, su contrincante quedaba vengado, y si aquel se salvaba, el propio Rey otorgaríale a Aldana la merced que éste quisiera. 

Mejoró el maltrecho Duque de la zurra; visto lo cual Aldana le solicitó a Felipe que, por cuanto la Casa reinante de Francia traía como emblema 3 flores de lis, a él se le diera el derecho de poder usar 5 lises en su escudo de armas. Tal pretensión despertó la cólera en el Monarca, quien ofreció al extranjero distintas recompensas, pero Aldana expuso que no había ido a Francia por riquezas sino a vindicar su honra. El Rey, entonces, ante esa terquedad galiciana, no tuvo mas remedio que ceder, y exclamó con fastidio; "Te doy las flores de lis, pero mal donadas te sean; el privilegio está mal donado - c' est mal donné. Las llevó yo de oro en campo azul; úsalas tú de plata en campo rojo!". De ahí en adelante, Hernán o Nuño Pérez de Aldana trocó su apellido por el de Maldonado, y comenzó a ostentar el blasón con 5 flores de lis plateadas en campo de gules.

 

 

La ciudad de Buenos Aires en 1869 (I)

Ratio:  / 12


Traducido por Alfonso Beccar Varela
del “Handbook of the River Plate” de los hermanos Mulhall
Publicado en Genealogía Familiar, Año 1 Nro. 1, 2014

 

Buenos Aires es, en muchos aspectos, la mejor ciudad de Sudamérica, aunque segunda después de  Río de Janeiro en cuanto a comercio y población. En cualquier otro aspecto es la primera del continente. Situada a una latitud de 34.29 sur y 59.12 oeste, cuenta con un clima ameno, y es el lugar más codiciado para vivir en la América española. 

Los primeros habitantes la llamaron Santísima Trinidad de Buenos Aires, y aún retiene el nombre de “buen aire” que tanto merece. Cubre una superficie de casi 800 hectáreas, formando un paralelogramo cuyos lados más largos son el este y el oeste, dividido como un tablero de ajedrez en manzanas de 125 metros cuadrados. 

Cuando fue diseñada por los primeros españoles, las calles eran de 10 metros de ancho y las casas no tenían segundo piso. Desde 1860  se desató un  furor edilicio y ahora vemos espléndidos edificios de tres o cuatro pisos en todas las calles. 

Existen 83 calles, de las cuales 31 corren del río hacia el oeste, y 52 que corren de norte a sur. El pavimento y las veredas son malos e irregulares, la ciudad aún no puede enorgullecerse de drenajes callejeros, pero cuenta con servicio de agua corriente e iluminación a gas. Hay once parroquias con dieciséis iglesias católicas y algunas capillas y cuatro iglesias protestantes. Hay dos hospitales municipales y cuatro hospitales de extranjeros, propiedad de las comunidades inglesas, francesas, italianas e irlandesas. Los teatros son tres, a los que se suma un hermoso Concert Hall. Las oficinas de la Aduana son grandes, pero gran parte de este edificio es hoy usado como la Casa de Gobierno. 

La sede del Gobierno Provincial está cerca de la Universidad, a la que a su vez se añaden el Museo y Biblioteca. Cinco mercados, ubicados a distancias convenientes, proveen a la ciudad diariamente, y las plazas Once de Septiembre y Constitución son los grandes mercados de lanas de los distritos del norte y del sur. 

Los dos mataderos están situados en las afueras de la Recoleta y Convalecencia (1): La primera localidad llama la atención como el cementerio de la ciudad y la última por un cómodo y nuevo asilo de locos. El cementerio inglés o protestante está localizado en la calle de la Victoria. Los hoteles son baratos y cómodos, existiendo tres de nivel superior y cinco de segunda: la tarifa varía entre los cinco o diez shillings por día. 

En Buenos Aires, el extranjero se encuentra en casa en seguida, y puede obtener entrada por medio de un ticket de visitante a todos los clubs y sociedades de la ciudad. Todavía no existe un parque público, pero existe el proyecto de convertir Palermo, la antigua residencia de Rosas, en una especie de Champs Elysees. 

Hay un gran número de casas de ingleses, y los mercaderes de esta nacionalidad constituyen la clase más respetable de la ciudad. Familias inglesas (incluyendo a norteamericanos) suman un total de casi 1,000. Hay cinco médicos ingleses, y diez o doce buenos colegios ingleses. 

Leer más: La ciudad de Buenos Aires en 1869 (I)

Y los muertos viven

Ratio:  / 4

por Ricardo Goldaracena

 

Las imágenes tornasoladas de los daguerrotipos, jugando a las escondidas tras los cristales que las protegen, apareciendo de pronto para esfumarse enseguida en la silueta de un negativo según los caprichos de la incidencia de la luz, han quedado heladas en los salones de nuestros museos que otrora fueran palacios.

El nombre de cada una de ellas se lee en las carátulas de expedientes olvidados en las entrañas de los archivos, en las lápidas de mármol del cementerio, lápidas que fueron inmaculadamente blancas más de cien años atrás y ahora se ven patinadas por los estragos de la intemperie, en libros en los que los escolares aprenden a deletrear los nombres de la historia, en placas de calles de peatones distraídos, en las efemérides que memoran los hitos patrios; son guerreros y doctores, monjas y sacerdotes, legisladores y hombres de mando que llenan con sus largos nombres los medallones del árbol genealógico, en una cadena sometida al imperio de leyes inexplicables, que la interrumpen abruptamente en ciertas ramas y la hacen fructificar con pasmosa fertilidad en otras.

Son los nombres históricos que sólo la genealogía -la ciencia que hace vivir a los muertos, se ha dicho- puede rescatar y hacer palpitar otra vez con su sangre, su sonrisa, su voz, y entonces los muertos viven y los museos helados recobran la luz, el color, los sonidos, y las cosas vuelven a tener sentido y ubicación en el espacio, para ahora y para dentro de cien años, la espada de los guerreros, la santidad de las siervas de Dios, la virtud impenetrable de las matronas, las rondas de los niños en la niebla azul de los jardines.

Florencio Varela, pionero de la fotografía

Ratio:  / 6

por Daniel Balmaceda
Extraído de "Espadas y Corazones"
 

 

Junio de 1845. De Europa, con una misteriosa caja de madera, Florencio Varela regresa a Montevideo, la ciudad donde vive exilado como tantos otros contrarios rosistas. En esa caja trae una cámara fotográfica: tiene un tubo en uno de sus lados y es desmontable. Varela la compró en París y el inventor del aparato, Louis Jacques Daguerre, le explicó en persona el procedimiento para usarla. El aparato causa furor en Europa desde 1839.

Al día siguiente de su regreso a Montevideo, Varela llevó la cámara fotográfica a la casa de su cuñado Juan Madero. Todavía hubo que esperar algún tiempo para usarla porque el cielo estaba nublado y se necesita contar con buena luz natural. Hasta que llegó el día indicado. Una tarde de sol pleno, decidido a probar el daguerrotipo, convocó a sus hermanos Toribio y Jacobo Dionisio Varela, a Juan Thompson (hijo de Mariquita Sánchez y Martín Tohmpson) y a un comerciante español de apellido Treserra, además de Madero, el dueño de casa. Per ser la primera vez, del experimento no participarían las mujeres. Esta novedad era, por el momento, cosa de hombres.

El grupo se subordinó a Florencio Varela. El jefe del operativo explicó que hacía falta aprovechar la luz del sol. Pero lo tanto, el primer paso fue trasportar los muebles al jardín. El fotógrafo y sus modelos sacaron del salón principal el sofá y los dos sillones de caoba, tapizados en forro negro de crin. Los colocaron en un ángulo del patio.  Jacobo Varela se sentó en el centro del sofá. A su derecha, Juan Thompson; y a su izquierda, Teserra. Toribio Varela y Juan Madero se ubicaron en los sillones. En el otro extremo del patio, protegido por la sombra de los árboles, Florencio Varela y su hijo Horacio montaron la máquina.

El novel fotógrafo colocó una banderita blanca arriba de la máquina y con tono marcial, dio las últimas instrucciones:

- ¡Inmóviles y sin hablar, aunque el mundo se venga abajó! ¡No reírse y mirar fijamente a la banderita blanca durante dieciséis minutos!

Hacía falta todo ese tiempo para que la imagen se fijara en el negativo.

El pequeño Horacio Varela –tenía diez años entonces- recibió la orden de controlar el tiempo con el reloj de bolsillo de su padre. Cuando se cumpliera el plazo estipulado, debía tocarle el pantalón a Florencio, quien se quitó la galera y se introdujo en un grueso saco negro para accionar el daguerrotipo. Desde allí pegó el último grito:

- ¡Ahora, quietos!

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Los jardines y el paseo de Palermo

Ratio:  / 3

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de "Los Antepasados", Buenos Aires 1983
Tomo I, Los Ibarguren

 

Las vísperas de abandonar mi abuelo Federico Ibarguren sus fueros parlamentarios, tuvieron lugar en el Senado los encendidos debates (20, 25 y 27 de abril de aquel año 74) acerca del proyecto de ley que ordenaba construir un parque en los terrenos de Palermo, cuya aprobación se alcanzó — para perdurable ornato, gracia y belleza de Buenos Aires — merced al voto decisivo de mi abuelo.

En efecto: el expirante gobierno de Sarmiento remitió al Congreso ese proyecto, firmado por los Ministros Uladislao Frias (Interior), Martín de Gainza (Guerra y Marina), Santiago Cortines (Hacienda) y Juan C. Albarracín (Instrucción Pública y Justicia). Dicha ley facultaba al Poder Ejecutivo, previo asentimiento de las autoridades bonaerenses, a levantar en Palermo, bajo la dirección del Departamento Agronómico y de varios profesores de la Escuela Militar, un vasto paseo público y jardín zoológico: con plantas exóticas y árboles del país, y toda clase de animales de las más raras especies. Tal parque — muy al gusto estridente de Sarmiento, que por suerte no llegaría a prevalecer — iba a adornarse también con reproducciones esculturales, en tamaño natural, de los grandes saurios antediluvianos peculiares de nuestras pampas: pedagógicos modelos a cargo — su supervisión — de expertos geólogos y paleontólogos movilizados por el capricho imaginativo del Presidente de la República.

A tan ambicioso logro se destinaba un millón y medio de pesos corrientes, depositados en el Banco Provincial, que fueron recaudados para enganches durante la guerra del Paraguay; con más la cantidad de “hasta doscientos mil duros”, provenientes de las rentas nacionales. Si dichos fondos se agotaran durante la ejecución del plan, el Gobierno de la Nación contribuiría con una cantidad igual a la que se entere en tesorería por suscripciones particulares; y, a la vez, el Poder Ejecutivo nombraba una Comisión de ciudadanos a fin de conservar y proseguir la obra reglamentando sus funciones y duración.

Allí pués, en los terrenos de la antigua quinta que se confiscó a Rosas, planeaba Sarmiento crear el parque más importante de Buenos Aires; en ese “Versalles criollo” — Palermo de San Benito —, escenario político y social levantado por don Juan Manuel; con el caserón de amplios patios y corredores de arquería convertidos ya — por el propio Sarmiento — en Colegio Militar; al que aún formaban marco las plantaciones hechas por el ilustre Restaurador de las Leyes: la típica calle de ombúes; el bosque fresco de sauces y ceibos a orillas del rio; el estanque angosto frente a la casa principal; el legendario “aromo del perdón” de Manuelita, y los naranjos que Rosas, en persona, podaba tijera en mano cual experto horticultor.

Traído al Senado el asunto del “Parque de Palermo”, surgió en seguida a la discusión la faz política en su cariz más mezquino. Brotó primero el pretexto de que el sitio elegido no reunía las condiciones saludables mínimas para paseo público, por ser anegadizo y expuesto a las constantes emanaciones húmedas del rio. “Tengo a mi favor — argumentó el representante sanjuanino José María del Carril — la opinión del mismo señor Presidente de la República, que en sus cartas de Chile, en época anterior, al recordar a Palermo y las obras que hacía allí don Juan Manuel de Rosas, censuraba con bastante razón que éste hombre se ocupara de hacer allí un paseo: lo llamaba ignorante y bárbaro por eso, y le decía que al fin iba a convertirse en un sapo de pantano”.

“No conozco Palermo” — enfatizaba Rawson, higienista en medicina y en política sectario a más no poder. “Una prevención adversa me ha impedido hasta ahora acercarme a ese lugar … y con un sentimiento de repugnancia que jamás pude vencer … pero yo pido a Dios, todos los días, que conserve en mi pecho, hasta el último suspiro, este santo horror de la tiranía, de sus símbolos y de sus tradiciones; no puedo ver a Palermo, por eso no he ido allí jamás, no lo conozco! … no es sólo en vista de esa repulsión, que he confesado tener hacia ese terreno, donde Rosas dominó y ensangrentó esta ciudad, que hago oposición a este proyecto … yo me imagino el placer que tendrá Rosas cuando sepa que él, hace 35 años, tuvo la famosa previsión del genio de acertar con un punto excelente al derredor de la ciudad de Buenos Aires, para establecer un paseo público que él empezara a formar, luchando con la naturaleza, gastando su plata y la ajena en crear, palmo a palmo, el terreno que debía servir para sus árboles … Rosas se ha de encontrar muy satisfecho con esta noticia de que ha venido a descubrirse en el año 74, que él, el hombre práctico y previsor, él, el hombre de intuición, Rosas, era el que había fundado a Palermo”.

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Raíces griegas, españolas e irlandesas de Bartolomé Mitre

Ratio:  / 2

 por Guillermo MacLoughlin Bréard

Conferencia pronunciada en el Jockey Club
Buenos Aires, junio de 2006

 

Constituye para mi un doble motivo de orgullo poder hoy dirigirme a tan calificado y selecto auditorio que nos acompaña esta noche. En primer lugar, por que la comisión directiva de nuestro Instituto me haya honrado para efectuar el homenaje de recordación a una figura señera de nuestra historia, como es el general Bartolomé Mitre y Martínez, que integra un linaje rioplatense con actuación en ambas márgenes del Plata y con raíces diversas.

Y en segundo lugar, por mi condición de secretario de la Comisión de Homenaje a Bartolomé Mitre, que preside meritoriamente el doctor Juan Ramón Aguirre Lanari, encargada de organizar y de auspiciar diversos actos recordatorios de nuestro prócer con motivo de cumplirse este año el centenario de su fallecimiento. 

Hablar de la genealogía de los Mitre no es tarea sencilla. Otros distinguidos genealogistas ya se han ocupado con anterioridad, y con mayor erudición, de este tema. No obstante ello, trataré de aportar mi grano de arena y de ser lo más breve y conciso posible.

Se han esbozado distintas teorías sobre el origen de los Mitre, cuya genealogía  se inicia con Ventura Demetrio o Demetrio Ventura, quien se afincara en el país a fines del siglo XVII. Pocos datos aporta la partida de su primer matrimonio con Isabel González, celebrado en la Iglesia Catedral de esta ciudad el 7-11-1693 (La Merced 3/187 vta.), ni la escritura dotal del 11-12-1694, donde se autocalifica  como “soldado de este presidio”. Luego de enviudar, Demetrio se casa el 1-4-1698 (La Merced 3/285) con Da. Catalina Ruiz de Ocaña. La partida respectiva señala a Demetrio Ventura como “natural de Benencia”. Asimismo, existe una anotación marginal, seguramente consignada por el entonces Cura Rector de la Catedral, R. P. D. Juan Fernández de Agüero, que reza: “este nombre de Demetrio era de un hijo de Antigono rey de Macedonia”. Más aún, en la partida de bautismo de una de sus nietas, Da. Martina Antonia Josefa de Torres y Mitre, del 14-10-1722 (La Merced 7/187), hay otra anotación marginal –seguramente escrita también por el recordado Dr. Fernández de Agüero- que dice “este apellido Mitre de un Ventura Demetrio griego en el siglo pasado”.

Pero no todo estaba claro entre los genealogistas, que no convalidaban el origen helénico del primer Mitre. El erudito investigador Raúl A. Molina (1897-1973), quien integrara este Instituto, sostenía la procedencia hispánica de los Mitre. Esto lo manifiesta, claramente, en su artículo “Demetrio Ventura, genearca porteño”, publicado en la Revista Historia, en 1955 (1), quien, al referirse a su testamento consigna a “bentura demitryo …… natural de los reinos de España”. 

A su vez, el eximio genealogista uruguayo Juan Alejandro Apolant  (1903-1975), en varias de sus obras (2) confirma la raíz hispánica del genearca y, aún más, aporta otro dato, por analogía, al citar el matrimonio de un tatarabuelo del Director Supremo D. Juan Martín de Pueyrredon, el alférez Juan Marín, del 10-3-1697 (La Merced 3/276 vta.) quien declara ser “natural de Benecia, Reinos de España”.

La famosa “Benencia” a la que nos estamos refiriendo, para algunos, no tendría relación con la importante ciudad italiana, sino con un islote desierto ubicado en el río Arosa, en La Coruña, Galicia.

 

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Cuando la muerte visitó Famaillá durante el verano

Ratio:  / 20

por Alfonso Beccar Varela

 

Hace unas semanas que, con el espíritu de agradecer la gran contribución que la gente de Family Search hace para ayudar a todos los genealogistas del mundo, y en particular al valiosísimo aporte que han hecho para la genealogía Argentina al digitalizar Registros Parroquiales e incontables documentos, he estado ofreciendo algo de mi tiempo como voluntario leyendo fotos de actas de bautismo, matrimonios o defunciones, y volcando los datos a una base de datos para que estos estén disponibles gratuitamente y por internet, a cualquier persona del mundo que esté interesado en estos temas.

De momento estoy volcando a fichas datos obtenidos de la digitalización de Registros Parroquiales de la Arquidiócesis de Tucumán, entre el año 1727 y 1939. ¡He visto de todo! Desde errores u horrores ortográficos, al cambio dramático de las poblaciones de varias ciudades que acusaron en impacto del alud inmigratorio de fines del Siglo XIX. Desde registros escritos a mano con caligrafía elegante y delicada, a garabatos casi imposibles de entender.

En eso estaba cuando bajé a mi computadora un grupo de Actas de Defunción que me impactaron mucho. Se trata de las Actas de la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen, en Famaillá, a escasos 30 kilómetros de San Miguel de Tucumán, la capital del “Jardín de la República”. 

El conjunto que actas que me tocó leer empezaba con esta:

 “En la Iglesia Parroquial de N. S. del Carmen de Famailla, a diez y nueve de Diciembre de mil ochocientos noventa y cinco. Yo el infrascripto Cura interino de la misma, mandé dar Sepultura eclesiástica á Lorenzo que murió ayer con indigestión edad cuatro meses hijo legítimo de Segundo Rodríguez y Dominga Romano de la Fronterita. De que doy fe.” Firma Andrés Collilles, o algo así.

Y una tras otras se suceden, con la misma caligrafía prolija, actas que revelan lo que no puedo sino describir como un mes trágico para esta localidad tucumana. 40 muertes en 30 días. De estás, 36 representan a chicos menores de 4 años. Todo indica que una epidemia de sarampión causó estragos entre los niños del lugar (y una adulta), pero esa peste no tuvo la exclusividad en cosechar esas jóvenes vidas argentinas.

No soy especialista. No conozco la historia de Famaillá a fines del siglo XIX, y no sé si esta lista representa un evento extraordinario, una aberración; o si esa era simplemente la trágica normalidad en esas localidades más alejadas, de esas poblaciones más carenciadas.

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