GENEALOGÍA

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HERÁLDICA

El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

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Los jardines y el paseo de Palermo

Ratio:  / 3

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de "Los Antepasados", Buenos Aires 1983
Tomo I, Los Ibarguren

 

Las vísperas de abandonar mi abuelo Federico Ibarguren sus fueros parlamentarios, tuvieron lugar en el Senado los encendidos debates (20, 25 y 27 de abril de aquel año 74) acerca del proyecto de ley que ordenaba construir un parque en los terrenos de Palermo, cuya aprobación se alcanzó — para perdurable ornato, gracia y belleza de Buenos Aires — merced al voto decisivo de mi abuelo.

En efecto: el expirante gobierno de Sarmiento remitió al Congreso ese proyecto, firmado por los Ministros Uladislao Frias (Interior), Martín de Gainza (Guerra y Marina), Santiago Cortines (Hacienda) y Juan C. Albarracín (Instrucción Pública y Justicia). Dicha ley facultaba al Poder Ejecutivo, previo asentimiento de las autoridades bonaerenses, a levantar en Palermo, bajo la dirección del Departamento Agronómico y de varios profesores de la Escuela Militar, un vasto paseo público y jardín zoológico: con plantas exóticas y árboles del país, y toda clase de animales de las más raras especies. Tal parque — muy al gusto estridente de Sarmiento, que por suerte no llegaría a prevalecer — iba a adornarse también con reproducciones esculturales, en tamaño natural, de los grandes saurios antediluvianos peculiares de nuestras pampas: pedagógicos modelos a cargo — su supervisión — de expertos geólogos y paleontólogos movilizados por el capricho imaginativo del Presidente de la República.

A tan ambicioso logro se destinaba un millón y medio de pesos corrientes, depositados en el Banco Provincial, que fueron recaudados para enganches durante la guerra del Paraguay; con más la cantidad de “hasta doscientos mil duros”, provenientes de las rentas nacionales. Si dichos fondos se agotaran durante la ejecución del plan, el Gobierno de la Nación contribuiría con una cantidad igual a la que se entere en tesorería por suscripciones particulares; y, a la vez, el Poder Ejecutivo nombraba una Comisión de ciudadanos a fin de conservar y proseguir la obra reglamentando sus funciones y duración.

Allí pués, en los terrenos de la antigua quinta que se confiscó a Rosas, planeaba Sarmiento crear el parque más importante de Buenos Aires; en ese “Versalles criollo” — Palermo de San Benito —, escenario político y social levantado por don Juan Manuel; con el caserón de amplios patios y corredores de arquería convertidos ya — por el propio Sarmiento — en Colegio Militar; al que aún formaban marco las plantaciones hechas por el ilustre Restaurador de las Leyes: la típica calle de ombúes; el bosque fresco de sauces y ceibos a orillas del rio; el estanque angosto frente a la casa principal; el legendario “aromo del perdón” de Manuelita, y los naranjos que Rosas, en persona, podaba tijera en mano cual experto horticultor.

Traído al Senado el asunto del “Parque de Palermo”, surgió en seguida a la discusión la faz política en su cariz más mezquino. Brotó primero el pretexto de que el sitio elegido no reunía las condiciones saludables mínimas para paseo público, por ser anegadizo y expuesto a las constantes emanaciones húmedas del rio. “Tengo a mi favor — argumentó el representante sanjuanino José María del Carril — la opinión del mismo señor Presidente de la República, que en sus cartas de Chile, en época anterior, al recordar a Palermo y las obras que hacía allí don Juan Manuel de Rosas, censuraba con bastante razón que éste hombre se ocupara de hacer allí un paseo: lo llamaba ignorante y bárbaro por eso, y le decía que al fin iba a convertirse en un sapo de pantano”.

“No conozco Palermo” — enfatizaba Rawson, higienista en medicina y en política sectario a más no poder. “Una prevención adversa me ha impedido hasta ahora acercarme a ese lugar … y con un sentimiento de repugnancia que jamás pude vencer … pero yo pido a Dios, todos los días, que conserve en mi pecho, hasta el último suspiro, este santo horror de la tiranía, de sus símbolos y de sus tradiciones; no puedo ver a Palermo, por eso no he ido allí jamás, no lo conozco! … no es sólo en vista de esa repulsión, que he confesado tener hacia ese terreno, donde Rosas dominó y ensangrentó esta ciudad, que hago oposición a este proyecto … yo me imagino el placer que tendrá Rosas cuando sepa que él, hace 35 años, tuvo la famosa previsión del genio de acertar con un punto excelente al derredor de la ciudad de Buenos Aires, para establecer un paseo público que él empezara a formar, luchando con la naturaleza, gastando su plata y la ajena en crear, palmo a palmo, el terreno que debía servir para sus árboles … Rosas se ha de encontrar muy satisfecho con esta noticia de que ha venido a descubrirse en el año 74, que él, el hombre práctico y previsor, él, el hombre de intuición, Rosas, era el que había fundado a Palermo”.

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La familia de Juan Manuel con "La Cautiva"

Ratio:  / 14

 por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo IX - Los Ortiz de Rozas

Aparte de los tres hijos legítimos que tuvo Juan Manuel de Rosas con su mujer María Encarnación Josefa Ezcurra Arguibel, el Restaurador de las Leyes tuvo, con María Eugenia Castro, seis hijos a espaldas de la ley, como se verá más adelante. Ellos fueron:

1) Ángela — a quien su padre llamaba “El Soldadito” —, nacida en Palermo, que se casó andando el tiempo con Adrián Gaitán, con el cual tuvo sucesión. Ella murió antes de 1886; Gaitán aún vivía en Buenos Aires en 1925.

2) Nicanora — “Canora” o también “Gallega” para Rosas —, nacida en Palermo. En 1886 trabajaba de lavandera en Lomas de Zamora, y — según don Rafael Calzada que fue ocasionalmente su abogado — era entonces “de porte más bien distinguido”.

3) Emilio, soltero, muerto en la guerra del Paraguay como uno de los tantos “soldados desconocidos”.

4) Justina — “El Coronel” como la recordaba en sus cartas el desterrado de Southampton.

5) Joaquín, al cual le decían “el chileno Rosas”, y que se ganó la vida humildemente como peón en los campos de Tres Arroyos.

6) Adrián, nacido en 1852, meses después de que Rosas se embarcara para Inglaterra, en cuya oportunidad su madre se hallaba encinta. Cuando el doctor Calzada lo conoció, Adrián tenía 36 años, era “alto, rubio, de barba, buen mozo y de ojos azules”, analfabeto y trabajaba de pocero en Lomas de Zamora.

La curiosa historia de esta barraganería de don Juan Manuel con Eugenia Castro — a la que él solía llamar “La Cautiva” — comienza de la siguiente manera:

El 24-I-1828, al folio 27 del Registro nº 3 del Escribano Luis de Castañaga, compareció el Comandante Juan Gregorio Castro y otorgó poder a favor de don Juan Manuel de Rosas, a fin de que éste, luego de fallecido el causante, extendiera su testamento como Albacea y tutor y curador de sus universales herederos; “dos niños que he criado llamados Vicente y María Eugenia Castro”.

El Comandante que en trance mortal protocolizaba sus últimas disposiciones, era porteño, hijo de Juan Antonio Castro (Teniente de las Milicias de Caballería de la frontera en 1802, que se retiró de Capitán en 1814) y de su mujer legítima Isidora Cárdenas. (Al margen de dicha escritura matríz — que tuve a la vista en el Archivo de los Tribunales de la Capital Federal — hay una nota que dice; “Bs.As., 28 de junio de 1855. En esta fecha en virtud de mandato judicial se dió testimonio de este poder a María Eugenia Castro”. Firma; Segada. 

Esta nota ratifica el siguiente párrafo de una carta en que Rosas, el 5-VI-1855 le decía desde Inglaterra a “Mi querida Eugenia; he mandado a don Juan Nepomuceno Terrero el testimonio por el que encontrará en la escritura de su referencia la disposición de don Juan Gregorio Castro dejándote (a vos) y a Vicente por sus herederos, y facultándome para testar. Es todo lo que tengo, con lo que hay bastante para que no te quiten la casa ni los terrenos” — que Eugenia heredó de su prohijador el Comandante).

Sucedió que al fallecimiento de Castro, Rosas, como tutor de los herederos de aquel, se la llevó a Eugenia — que tenía en ese tiempo 13 años — a su casa, y la puso al cuidado y servicio de doña Encarnación. Después de muerta su mujer, Eugenia — ya con 23 años cumplidos — se convirtió en concubina, más o menos notoria, de don Juan Manuel, y fue procreando los vástagos ilegítimos que sabemos.

Por último, el 16-VIII-1886 el doctor Rafael Calzada, en su carácter de letrado de Nicanora, Justina y Adrián Rosas, vecinos de Lomas de Zamora, inició demanda de filiación natural y petición de herencia de ellos, contra Manuela Rosas de Terrero, ante el Juez en lo Civil Dr. Benjamín Basualdo, Secretaría de Carlos Silveyra. Los Tribunales argentinos, empero, declaráronse incompetentes para entender en dicho juicio, el cual debía sustanciarse en Inglaterra, donde falleciera Rosas — el 14-III-1877 — y se abrió su testamentaría.

(La imagen es una reproducción de una acuarela de Sívori que ilustra la casa de Rosas en Palermo de San Benito en 1850).

 

Orígenes del barrio de Villa Matilde, de la localidad de G. E. Hudson

Ratio:  / 3

por Ing. Rodolfo Cabral
Comisión de Estudios Históricos de Berazategui
www.museovirtualbegui.com.ar

 

Matilde Florentina Ruiz de Pearson, nació el 14 de marzo de 1872, en Barracas al Sur (actual partido de Avellaneda, Pcia. de Bs. As.). El santoral indica Santa Matilde. Sus padres se llamaban Claudio Ruiz y Dolores Hernández, ambos criollos. Sus abuelos paternos eran: Justo Ruiz e Isidora Sueldo, también de Barracas al Sur. 

Cuando G.E.Hudson (Berazategui) se llamaba todavía “Conchitas”, en 1887 Ruiz, compra parte de la sucesión de Agustina Cos de Godoy, entre ellas la de su cuñado Casto Godoy, casado con su hermana Argiliera Ruiz de Godoy. Recordemos que la estación de Plátanos, se llamo Godoy hasta 1906, por esta familia.

La vida de Matilde, aunque no era pobre, no fue fácil. Su padre se ausentaba mucho tiempo por sus negocios y participo en la Conquista del Desierto. Fue uno de los fundadores del partido de Coronel Suárez. Allí poseía una estancia. 

Tiene su primera gran vicisitud al fallecer su madre, Dolores, cuando ella tenía apenas 16 años. 

Claudio construye la capilla de Santa Maria en honor a su esposa, y decide para “el bien” de su hija, casarla con un ciudadano de origen ingles, pero nacido en Chile, mayor que ella. Su nombre era Francisco Pearson (n. 21/01/1860).

Recordarán los memoriosos un desinfectante llamado Creolina, justamente el nombre de este producto era “Creolina Pearson”, y la familia de Francisco era la dueña de la patente y él, la comercializaba en Argentina.

El matrimonio tuvo seis hijos: Enrique Claudio (n. 02/12/1891), Eduardo (n. 26/12/1892); Carlos Francisco; Maria Matilde (n. 26/03/1894); Ana Isabel (n. 26/07/1895) y Elena Margarita conocida por el apodo de Nelly (n. 24/05/1902 y f. 19/01/1988). 

Ruiz compró sus propiedades en “Conchitas” un poco antes de comenzar la construcción de la Destilería Franco Argentina, industria que posibilitó el poblamiento de la zona. Es por eso, que en 1892 aproximadamente funda el primer pueblo de Hudson, llamado “Villa Matilde”. Originalmente tenía 12 cuadras. Es el primer pueblo de Hudson.

Según el Censo de 1895, al pasar el vecino que actuaba de censista Francisco Olazar, anotó a Matilde Ruiz de Pearson en su propiedad de Conchitas y anoto: 23 años de edad, propietaria, seis años de casada y 4 hijos a la fecha. Con ella estaban: Enrique, de 5 años; Carlos, de 4; Eduardo, de 3 y Maria Matilde de 1 año de edad. 

También estaba su hermanastra Victoria Hernández, de 16 años de edad, Benigno Tirao, capataz de la estancia de 31 años; Argiliera Ruiz de Godoy de 62; Esteban y Juan Silombra, peones de 18 y 16; Luis Levetti, casado, italiano, quintero de 45, entre otros.

También entre los trabajadores de su estancia en Hudson, podemos hablar de Vicente Mosqueira, casado con Encarnación Pérez y con ¡quince hijos!; de Isaac Martínez, casado en 1898 con la mencionada Victoria Hernández, adoptada por la madre de Matilde. 

La casa de Ruiz y posteriormente de los Pearson, sigue ubicada en la calle 53 entre 156 y 155. Aunque en la actualidad solo queda un sector, porque al abrirse la calle 53, se tuvo que demoler una gran parte para permitir la construcción de esta vía publica. 

Volviendo a Matilde, viajaba mucho a Europa, por razones de salud. En una ocasión quedo “atrapada” en Europa por la primera Guerra mundial. Nelly pasó su niñez en Suiza, donde aprendió a cantar como los montañeses del tirol. Muchos años después, al fallecer su padre, Don Claudio, el 20 de abril de 1930, ella estaba otra vez en Suiza. 

La necrológica de Ruiz fue hecha por el maestro Atanasio Antonio Lanz, en el Diario “La Prensa”, nada menos.

Finalmente ella falleció sola, seguramente por su mal carácter, el 15 de noviembre de 1947, en su Hudson natal, en su casa de la calle 53. Sus restos descansan en el cementerio de Ezpeleta, junto con sus padres. Desgraciadamente las placas de bronce, han sido robadas. 

Esperamos que estas pinceladas sobre la vida de Matilde, aclaren el porque de este nombre en el primer pueblo de la localidad de Hudson.

Los Uriburu, "La Familia Afortunada"

Ratio:  / 9

por Diego Cornejo Castellanos
Publicado originalmente en la revista Raíces

 

Los orígenes de esta familia se remontan a las tierras situadas en el Señorío de Vizcaya (Reino de España), y más precisamente de Mendata, de donde fueron oriundos los primeros Uruburu. Allí contrajeron matrimonio don Francisco de Uruburu y Ajuria Auxocoa con María Cruz de Lamiquiz Beterrechea y Goira, cuoyo primer vástago se llamó Joseph, quien vino al mundo en septiembre de 1757, y a partir de él se trocará la denominación del apellido de Uruburu en Uriburu.

Aquél joven junto a su connacional, don José Ignacio Benguria, emprendieron su viaje a América, como muchos en busca de perspectivas más favorables de índole  económicas, y en medio del esplendor del siglo XVIII, arribaron a Salta, que por entonces gozaba de gran predicamento entre las ciudades del Virreinato, no sólo por su desarrollo comercial, sino social y cultural.

Tanto Uriburu como Benguria, a medida que se integraron y  construyeron sus incipientes patrimonios, de manera gradual, procuraron entablar vínculos con damas pertenecientes a las viejas familias salteñas, y ambos hechos serán determinantes -- en particular para el joven Joseph -- para fundar, quizás sin pensarlo una familia que hizo historia y tuvo profunda gravitación en la vida de Salta y de nuestra República.

Joseph contrajo matrimonio con doña Manuela de Hoyos y Aguirre, y tuvieron por hijos a: Manuela, Dámaso, Evaristo, Vicente, Pedro, Juan Nepomuceno, Casimiro, Camilo, José María, y Juana.

A medida que evolucionaron favorablemente sus ingresos pecuniarios, y presencia social, don Joshep, adquirió su hogar. Como describe el historiador salteño, doctor Bernardo Frías “levantó su morada con el lujo de entonces, que era colocarle el altillo con grande balcón sobre la calle, defendido por baranda de hierro vizcaíno y alero sostenido por férreas columnas para resguardo de la lluvias, a pocos pasos del convento de San Francisco, donde acomodó tienda y familia”. Por entonces, a fines del siglo XVIII, Salta, contaba con una población de aproximadamente cinco mil habitantes.

¿Por qué se la denominó como "la familia afortunada"? Fue el doctor Frías, quien le acordó ese apelativo, porque a su juicio, no se hacía referencia sólo a sus logros pecuniarios, “Redondeando, redondeando se ha ido esta familia, hasta llegar a la cumbre de la perfección de la Fortuna” y concluyó a modo de definición: "Y agarraderas vienen para sostenerla en las alturas a que ha trepado, no diremos por años y años, sino por siglos; cosa que la caprichosa Fortuna no lo ha realizado tan grande ni tan sólidamente con ninguna otra familia que sepamos. Habrá pues, razón para llamarla: “La Familia Afortunada”."

Leer más: Los Uriburu, "La Familia Afortunada"

Buenos Aires pide esclavos para reemplazar a "indios inservibles"

Ratio:  / 4

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo VIII, Los Guiérrez

En estos párrafos, Carlos Ibarguren nos cuenta como los vecinos de Buenos Aires, a través de su Procurador Pedro Gutiérrez, pidieron permiso al Rey para exportar materias primas a Brasil y Angola, para allí cambiarlos por esclavos, y así reemplazar a los "indios inservibles" de los que quedaban pocos y que preferían "sustentarse de cazas y raíces de arboles" a volver a sus encomenderos. La imagen muestra la escultura "La Esclavitud" de Francisco Cafferata (1861-1890). Esta obra fue exhibida y premiada con medalla de oro en la Exposición Continental de 1882 en Buenos Aires y se exhibe en los Parques de Palermo.

 

En 1611 Pedro Gutiérrez era Procurador de la ciudad; con personería para representarla y defender sus intereses “en todos los pleitos que los particulares y cualquier corporación o comunidad promuevan contra el Ayuntameinto, o éste contra aquellos”. En tal carácter, el 24 de enero, dicho antepasado informaba al Cabildo sobre un auto “proveydo” por el Gobernador Marín Negrón, “a pedimento de la ciudad de la Asumpción, para que no se pueda meter por este puerto açúcar” — salvo el azúcar paraguayo. La medida restrictiva y monopólica pro domo sua, solicitada por el Cabildo asunceno, redundaba en daño de la ciudad porteña, porque los suministros azucareros “de la Asumpción no pueden hordinaria ni suficientemente dar abasto”. En consecuencia, de acuerdo con los consejos y argumentos del informante, los Regidores bonaerenses hicieron llegar a Marín Negrón su deseo de que modificara aquella resolución suya, y permitiera “que entrasen por la mar los dichos géneros”; vale decir, los pilones dulces del Brasil.

El 30 de junio, el Procurador Gutiérrez le presentó al célebre “Visitador” para las provincias del Rio de la Plata, Francisco de Alfaro, dos “pedimentos” — reforzados con informaciones de calificados testigos.

En uno de ellos suplicaba se le informara al Rey, “de la imposibilidad del servicio que los vecinos tienen por aver muerto en las pestes pasadas gran cantidad de indios, y los que al presente hay son muy pocos; gente que ni aún por su interés quieren acudir a sus encomenderos, a ayudarlos en sus labranzas, guardas de ganados, labores de tierra y edificios; porque es gente de tan poca policía que se contentan con sustentarse de cazas y raíces de arboles”, y “le dá larga para bolberse a sus tierras, con lo qual quedan los vecinos en notable necesidad”; obligados a “dejar sus casas, chácaras y sementeras, por no tener servicio con que poderla sustentar”. De consiguiente, nuestro Procurador pedía a Su Magestad les “diera licencia y permición”, a los vecinos de Buenos Aires para que pudieran enviar a las costas del Brasil y puerto de Angola los frutos de sus cosechas — harinas, sebos y cueros — a fin de trocar estos productos por negros esclavos que, en reemplazo de los indios inservibles, se traerían a estas tierras para las labores de sus pobladores y la conservación de las dichas sus haciendas”.

En cuanto al otro “pedimento”, Gutiérrez también se refería en el a la exportación de los frutos del país hacia las costas brasileras, y “que se traigan — decía — las cosas necesarias para el adorno de las personas y casas de los dichos vecinos, por no hcerse en esta tierra lienso, paño, ni género de ropa con que poderse vestir los dicho vecinos, y que es imposible poderlas traer de otra parte, porque en esta tierra no hay plata ni oro conque poderlas comprar; y si se hubiesen de traer del Perú, no se podrían trocar a los frutos de la dicha tierra, y serían tan caras que ningún vecino se podría vestir, ni alcanzar ninguna de las cosas necesarias para pasar y sustentar la vida humana”.

Como se echa de ver, no solo de ahora resultan estos problemas de falta de divisas y carencia de mano de obra, que, de tanto en tanto, le plantean una crisis a nuestro conglomerado social. Salvando las distancias que nos separan del siglo XVII, con su economía agropecuaria exclusiva, la Argentina ha permanecido, en buena medida, subordinada a las potencias industriales de afuera, las cuales — salvo de ropa y comida — la proveían hasta ayer nomás, de las principales “cosas necesarias para pasar y sustentar la vida humana”.