GENEALOGÍA

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Conquistadores, descubridores, gobernantes, caudillos, militares, escritores... descubra quiénes fueron, quiénes fueron sus mayores y quienes son sus descendientes.

Sumérjase en la más completa base de datos de genealogía de las familias tradicionales argentinas.

 

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HERÁLDICA

El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

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Los Aráoz, una familia histórica

Ratio:  / 19

por José María Posse Posse
Una Estirpe de Patriotas en  La Batalla de Tucumán

A principios de 1812 el ejército del Rey, avanzaba desde el Norte tomando venganza en las personas de los cabecillas revolucionarios: eran juzgados sumariamente, los fusilaban e incautaban sus bienes. Sus familias quedaban en la miseria. Los tucumanos fueron los primeros en plegarse a la causa de mayo, dieron asimismo a sus propios hijos al ejército del norte al que apoyaron material y financieramente. Si los españoles lograban ingresar a Tucumán, la represión en contra de los cabecillas revolucionarios hubiera sido implacable y seguramente habrían corrido ríos de sangre. La suerte de la patria naciente y la de los tucumanos de entonces estaba echada. Fue por ello que los patriotas comprometidos como los Aráoz, se negaron a entregar las armas de la ciudad al ejército de Belgrano en retirada. Si debían morir, harían pagar caro sus vidas.

Corrían los primeros días del mes de setiembre de 1812. El General Manuel Belgrano retrocedía desde Jujuy, regando una estela de desolación tras de sí. Buenos Aires había sido categórica: dejar abandonadas a su suerte a las provincias norteñas. Gregorio Aráoz de La Madrid (izquierda), en sus Memorias recuerda vívidamente aquellos días: "Llegamos a Tucumán a mediado de Septiembre y seguidos de cerca por el ejército de los españoles…, por cuya razón nuestro general en jefe estuvo decidido a continuar su retirada hasta Córdoba. Esta determinación alarmó tanto a los tucumanos que, se presentó su gobernador Bernabé Aráoz (en ésta parte del relato, Lamadrid se confunde ya que por entonces Aráoz no había sido designado gobernador), acompañado de mi tío el Dr. Pedro Miguel Aráoz que era el cura y vicario…, a pedir al señor general que no los abandonasen y ofrecerle que alarmarían toda la provincia y correrían la suerte que les deparase una batalla cuya demanda fue apoyada muy eficazmente por mi primo el mayor general Díaz Vélez, por el teniente coronel Juan Ramón Balcarce…el señor general accedió a esta petición tan determinada y dictó las órdenes más necesarias para esperar al enemigo. El gobernador Aráoz acompañado del cura y vicario y de otros varios ciudadanos, fueron a la campaña y al tercer días se presentaron al señor general con cerca de 2000 hombres decididos (aquí Lamadrid exagera el número de voluntarios, aunque seguramente muchos habrían sido descartados por ser muy ancianos o jóvenes), los que fueron armados inmediatamente de lanzas y aún de cuchillos que colocaban amarrados en lugar de moharras, los que no las tenían". Lamadrid continúa su relato: “Empezó desde aquel momento el señor Balcarce a ejercitarlos mañana y tarde en las principales maniobras de la caballería, a cuyo efecto destinó a varios oficiales…” 

La tarea de regimentar un ejército de reclutas, darle una mínima instrucción militar, fortificar una ciudad indefensa y levantar el temple a una urbe que, por primera vez, veía a sus puertas el peligro de una batalla sangrienta, debió ser sin duda tarea de titanes. Bernabé Aráoz y sus familiares estuvieron a la cabeza de aquellos. Incluso el grueso de las milicias tucumanas estaban compuestas por las peonadas de las estancias de los Aráoz. 

 

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El proyecto de monarquía americana... (Parte II)

Ratio:  / 3

 

por J. Santiago Castillo – Illingworth

(Leer aqui la primera parte de este artículo)

¿Reconquista o Instauración?

Opina el Internuncio, que la reconquista de América por parte de la Corona española, aunque posible,  no es conveniente porque movería a celos a las demás potencias europeas, en la medida en que afectaría el comercio, que desde la independencia, los países de Europa realizan libremente con América;  el liberalismo económico que impera en occidente en el siglo XIX no podría tolerar unas restricciones comerciales, producto de la dominación política, más aun, cuando esas relaciones se han institucionalizado ya, dando resultados económicos apreciables tanto para los comerciantes singularmente considerados, como para las economías de los países que directamente intervienen en ella:  “por tanto, en el caso de intentar una reconquista, no solo los comerciantes sino las Cámaras, especialmente de Francia e Inglaterra, y todos los escritores públicos alzarían su voz”  (1);  incluso se llegaría al caso, en opinión siempre de Baluffi, de que los monarcas europeos se vieran en la necesidad de defender, directa o indirectamente a las repúblicas americanas y su independencia (2).

Mientras el liberalismo de principios de siglo, con el pretexto de las libertades de los pueblos americanos, coadyuvaron con hombres, armas y dinero a la causa de la independencia, con el único interés de defender la libertad de comercio, ahora no tendrían pretexto que oponer al establecimiento de reinos nuevos, regidos por miembros de diversas Casas reinantes (3).  Por lo demás, la idea de distribuir los nuevos reinos a miembros de varias Casas soberanas, presenta varias ventajas:  supone un timbre de honor para la nación que llegue a poner un rey en América, conserva la utilidad de la libertad de comercio y destruye ese foco libertario que tan funestas consecuencias podría producir contra las monarquías europeas.  Baluffi es de la idea de que un proyecto semejante sería eficacísimo para destruir las maniobras del liberalismo contra la institución monárquica: “...destruyendo esta mecha de libertad, que puede ser tan fatal para Europa si pronto no se aplasta, este proyecto, digo, encontraría fácilmente apoyo en todos los gabinetes, en todos los hombres sensatos, en los escritores de buena fe y podría con muy poca contradicción destruir las maniobras del liberalismo” (4).

Por lo que hace a América, está convencido de que la sola idea de la reconquista sería fatal para la causa de Carlos V:   los partidos normalmente opuestos entre si, se unirían para defender la libertad americana;  incluso aquellos que desean la monarquía, se verían obligados a abrazar el republicanismo para defender la causa nacional.  Los pueblos americanos lucharon por obtener la independencia de España y lucharán ahora unidos para sostener la independencia.  La experiencia relativamente reciente, a la época del informe, de la expedición de Morillo, enviado por Fernando VII para sujetar a las colonias, es lo suficientemente cruel y triste, como para que los americanos estén dispuestos a soportarlas otra vez.  “La opinión republicana en América entonces había cesado – apunta Baluffi – la república había caído en el mayor descrédito, pero esa inhumanidad del todo impolítica y más que todo injusta e irracional, hizo revivir el espíritu republicano, y lo alimentó.  Sin eso las Repúblicas no existirían y serían todas colonias de España” (5).

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El proyecto de monarquía americana en la correspondencia del Internuncio Gaetano Baluffi. 1837 (Parte I)

Ratio:  / 4

por J. Santiago Castillo-Illingworth

Los proyectos de restauración monárquica en América  - o de instauración, según se vea -  son hasta bien entrado el siglo XIX, una realidad de la que pocos en su época se atrevieron a hablar directamente y de la que, hasta hace relativamente poco tiempo, casi no se había escrito (1).  Quizá la sola idea de que luego de las largas y dolorosas luchas por la independencia se volviera a pensar en traer la monarquía a América como forma de gobierno, produjera rubor en muchos, una especie de sonrojo por lo que podría parecer un deshacer lo andado, el reconocimiento quizá de la poca reflexión con que los pueblos americanos se lanzaron a buscar su propia manera de vivir y de construir su futuro, sin contar apenas con una estructura política, administrativa o económica adecuada, o en última instancia el temor de parecer retrógrado en medio de una sociedad que pretendía estar a la última en materia de ideas políticas y organizativas, aparte del hecho cierto de que tres siglos de tradición monárquica dejó necesariamente un surco profundo en la mente de muchos de los hombres de la época, a los que otra forma de gobierno parecería idea descabellada o al menos temeraria.  

Pero es un hecho que las ideas de restauración de la antigua monarquía española o de instauración de monarquías nuevas – sobre todo estas últimas -  estuvieron presente en la mente de muchos, americanos y extranjeros, tanto en el momento mismo de la lucha por la libertad - el caso quiteño es en ese aspecto típico, así como el más tardío del Río de la Plata – como en los años posteriores a la independencia (2).  Su rastro, unas veces con claridad meridiana, otras velado por las razones que hemos apuntado,  aparece en los documentos de la época, al punto de que en los últimos años son algunos los autores que se han detenido a estudiar esa realidad.

La idea de la forma monárquica de gobierno, fue planteada al principio tanto como un intento de resolver el problema de la guerra misma, como para solucionar la cuestión del reconocimiento internacional de los nuevos Estados, como bien anota Ana Gimeno (3).  Más adelante, pero dentro también del ámbito temporal de la independencia,  la idea monárquica tuvo como razón principal la de dar solidez a las nuevas repúblicas, haciendo las veces de puente de unión entre la monarquía española  y aquellos regímenes que tendrían como protagonistas a los generales victoriosos de las guerras de independencia (4).

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Buenos Aires en 1887

Ratio:  / 5

por Daniel García-Mansilla

El Buenos Aires de aquellos días, mirado desde Europa, era algo así como el fin del mundo. ¡Quedaba tan lejos del centro cerebral de universo civilizado; de París, de Londres, de Roma o de Viena!....Afluían a nuestra urbe no pocos aventureros para ponerse fuera del alcance de reclamaciones judiciales…. ¡He visto un crecido número de temibles caballeros de industria en fuga por asuntos bancarios, de honor o de moralidad! Será sin duda por eso que nuestra vieja sociedad colonial solía mostrarse tan reacia, tradicionalmente hostil con los extranjeros en general, porque ¡se habían padecido tantos chascos…! pues como dice el adagio francés à beau mentir qui vient de loin…

Como Buenos Aires carecía entonces de puerto, fondeó el Congo en “balizas exteriores”,  y el hermano mayor de mi madre, el general Lucio Victorio Mansilla (autor de Una excursión a los indios ranqueles) vino a buscarnos en un vaporcito especial. Desembarcamos en la boca del Riachuelo. Mal sabría describir la impresión extraña de exotismo que me causó prima facie esta bendita tierra de mis mayores, tan distinta de la civilización de la Europa tradicional y refinada en la que hasta entonces había vivido. Todo me parecía primitivo y distante cosa del Extremo Oriente….

Desembarcamos en junio de 1887. Junto con otros coches, la volanta o victoria del general Mansilla nos esperaba y en ella subimos, mi madre, mi tío y yo. El cochero criollo muy trigueño, de librea, sombrero alto y escarapela argentina, ostentaba tamaños bigotes, detalle que en Europa constituía un perfecta herejía… Tan pésimamente pavimentadas se veían las calles que cada vez que el coche salía del plácido deslizar sobre los rieles del tranvía, padecíamos tremendos sacudimientos capaces de llevar el hígado a la boca; algo, de verdad, escandaloso. Después de un rodar interminable en tales condiciones llegamos, por fin, extenuados, a la calle Tacuarí, donde nos esperaba en su casa, solemne y conmovida, mi abuela doña Agustina Ortiz de Rozas y López de Osorno de Mansilla (derecha), a quien veía por primera vez, con respeto y curiosidad.

La noble anciana, más bien alta, de porte majestuoso, de cuya relevante belleza en su juventud había oído hablar tanto, bajo el blanco cabello no conservaba más que un aire imponente de soberana, con sus ojos negros y penetrantes, idénticos a los de su hijo Lucio, quien fue, él también, según parece, hombre garboso. El azoramiento de la ilustre dama al verse de repente rodeada de aquel enjambre de nietos y biznietos… me impresionó sobremanera. Contábale con paciencia durante horas enteras, mil pormenores de las cosas, de los personajes y países europeos que había conocido…

El solo hecho de haber nacido y de haberme formado en Europa hasta los veintiún años, era causa de que no tuviera yo de mi lejano país, más que referencias y noticias favorables, agrandadas a través del enternecido patriotismo de mis padres... Se me figuraba (ahora) el país como una enorme colonia de improvisados en la que, por falta de población, y por ende, de especialistas y técnicos suficientes, en todas las ramas, cada individuo de alguna significación tenía que llenar tres o cuatro oficios a la vez, con lo cual nadie sabía de nada a fondo, ni los propios gobernantes, y por consiguiente todo marchaba a la buena de Dios…La famosa “Casa Rosada” , célebre en nuestra historia, se me presentaba como un adefesio de increíble desacierto que parecía a la vez una estación de ferrocarril, un pabellón de feria colonial o un tempo masónico; algo que no tenía compostura. La ciudad enormemente extendida, de calles angostas y casas bajas, edificada sobre terrenos subdivididos  como un cementerio, con viviendas de ocho varas de frente y detrás un estrecho cañón a veces de mucho fondo, dos ventanas a la calle y un vano desproporcionado, constituía una metrópoli de puertas para jirafas. En los edificios de más de un piso, por puro espíritu de contradicción, no existía balcón a la misma altura de la casa contigua, sin duda para singularizarse. El conjunto mareaba como una pesadilla… A la vista de nuestra pujante metrópoli… conviene (ahora) , suprimir mentalmente las tres cuartas partes de los actuales adelantos y perfeccionamientos edilicios y urbanos.

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Una Historia de Montescos y Capuletos criollos

Ratio:  / 3

por José María Posse Posse

Tanto Los Aráoz como Los López formaban parte del núcleo político, económico y social más importante del Tucumán de fines del período colonial.

En las primeras décadas del siglo XIX, Los Aráoz, eran, grandes terratenientes y poderosos comerciantes, lo que de alguna manera los convertía naturalmente en árbitros de la provincia. Sus cabezas principales eran Don Bernabé Aráoz (derecha), varias veces gobernador de Tucumán, guerrero de la Independencia y fundador de la efímera República del Tucumán en 1820; éste era a su vez apuntalado por el Congresal Presbítero Pedro Miguel Aráoz, una de las mentes más preclaras de su tiempo y por Don Diego Aráoz, aquel que comandara las tropas criollas en la Batalla de Tucumán.

Por su parte, los López eran importantes estancieros en la zona de Trancas. Sus figuras salientes fueron Don Ángel y Don  Javier López, también varias veces gobernador de Tucumán, hombre público y bravo militar quién peleó a las órdenes del General Paz en las batallas de La Tablada y Oncativo.

Javier López fue en su juventud, protegido de Bernabé Aráoz, quién al notar en éste características sobresalientes lo becó para que estudiara en una importante Universidad del Alto Perú.

Vuelto a Tucumán, López fue designado lugarteniente de Aráoz y a poco andar comenzaron las diferencias entre ellos. Al punto llegaron las cosas que en 1821 Javier López encabezó una revolución contra Don Bernabé, que culminó con el derrocamiento de éste.

Luego de estos acontecimientos comenzó una de las etapas más sangrientas en la historia provincial. Partidarios de uno y otro bando realizaron sucesivas revoluciones en donde no faltaron los saqueos a comercios y a la casas de los principales jefes enemigos por parte de las tropas levantadas. Varias veces Aráoz recuperó el poder para ser posteriormente derrocado por López.

Por fin, Aráoz es derrotado en batalla y puesto en fuga, en un periplo que culminó con su  encarcelamiento en Salta. En el camino de regreso a Tucumán, frente al muro sur de la antigua Iglesia de Trancas fue fusilado por orden de Javier López.

Al informársele que iba a ser pasado por las armas, serenamente pidió una pluma y papel, asimismo comenzó a armar un cigarrillo. Escribió su última voluntad al término de lo cual expresó: ¡La existencia humana es como éste cigarrillo!.

Luego, dio una última pitada, apagó el cigarro, miró de frente  al pelotón y les ordenó que dispararan.

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