GENEALOGÍA

Nuestra completa base de datos

Conquistadores, descubridores, gobernantes, caudillos, militares, escritores... descubra quiénes fueron, quiénes fueron sus mayores y quienes son sus descendientes.

Sumérjase en la más completa base de datos de genealogía de las familias tradicionales argentinas.

 

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HERÁLDICA

El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

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El desfile del Primer Centenario

Ratio:  / 5

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de "Los Antepasados", Buenos Aires 1983

 

Aquel observatorio familiar en lo de Aguirre me había proporcionado el privilegio de ver, año tras año los desfiles de nuestras fuerzas armadas en los días jubilosos de la Patria; comenzando por la gran parada del Centenario, el 25 de mayo de 1910, cuyo espectáculo impresionó para siempre mi memoria infantil. Una inmensa muchedumbre colmaba la antigua Plaza de la Victoria; hasta en los árboles negreaba la gente arracimada en ellos; y en cada balcón, ventana o azotea de los edificios embanderados, bullían enjambres de espectadores pletóricos de entusiasmo. Ante la Casa Rosada habíase levantado un gran palco, tapizado de terciopelo rojo. Sobre esa fastuosa plataforma, los Presidentes de la Argentina y de Chile — José Figueroa Alcorta y Pedro Montt — y la Infanta Isabel de España, en compañía de embajadores, de funcionarios y del mundo oficial, presenciaban aquella disciplinada y vistosa procesión militar de uniformes, de armas y cabalgaduras, al retumbante son de bandas y charangas. Abría esa marcha la Escuela Militar de Chile, proseguida por formaciones marineras yanquis, uruguayas, españolas, japonesas, italianas, francesas, alemanas y portuguesas. Desfilaron después nuestros efectivos navales con sus Almirantes a caballo. Tras las náuticas legiones, vinieron los cadetes del Colegio Militar, sus quepis empenachados con plumas celestes y blancas. Apareció en seguida el batallón de Patricios, de galera y frac, diríase surgido del fondo de la historia. Al trote de sus montados, erectas las lanzas por sobre los napoleónicos morriones, pasaron los Granaderos de San Martín. Y luego los coraceros de metálicos petos que espejeaban al sol; y la vieja infantería, verde el pompón en las gorras y en las charreteras del uniforme azul; y los artilleros — grana el distintivo — con sus bocas de fuego arriba de cureñas, impulsadas por vigorosos frisones. Y encima de sus bicicletas, pedalearon los archivistas, anticipando a futuras unidades mecanizadas. Sin olvidarme de los bomberos con hachas y broncíneos cascos; y de la caracoleante caballería de la Guardia de Seguridad — los “cosacos” —, que dieron fin a aquel inolvidable alarde marcial de una joven y pujante nación, creída entonces estar predestinada a la grandeza.

Después de 1910, muchos desfiles militares se sucedieron en torno de la Plaza de Mayo, y yo los ví pasar desde la casa de Aguirre. Nuestro ejército adoptó los cánones germanos — el quepi trocóse en casco, y luego en gorra de vicera — que le dieron apostura y prestancia casi perfectas en su organización burocrática de paz. Mas los vientos del siglo desataron guerras y convulsiones revolucionarias, y la República no habría de quedar al margen de esos trastornos universales. Un populismo demagógico, la corrupción política, la venalidad administrativa y la lucha de clases, azuzada por la prédica izquierdista, contaminaron nuestro ambiente hasta ayer desprevenido. El empeño por conjurar esas realidades disolventes — no el capricho de un jefe o de una camarilla ambiciosa — determinó que los soldados argentinos dejaran un día de dar vueltas alrededor de la Plaza y, tras del General Uriburu, subir a la Casa Rosada para hacerse cargo del poder que se encontraba prácticamente vacante, jurando ante el país y ante la historia cumplir con patriotismo su cometido — cual lo presencié yo en aquella primavera  de 1930, desde el mirador solariego que recuerdo; sin imaginar que los desbarajustes políticos, económicos y sociales del mundo acababan de llegar también para nosotros.

El labrador de los valles

Ratio:  / 1

por Carlos P. Ibarguren Uriburu

 

La población andina vive agrupada en los valles, al borde de los ríos y de los arroyos que descienden de la cordillera. El agua corriente es, en esas regiones secas, el más anhelado elemento; el hombre se radica, solamente, donde ella existe. La naturaleza impuso la irrigación como una necesidad en esas comarcas.

Los españoles, conquistadores, no encontraron en los Andes argentinos los anhelados metales preciosos que yacían en los cerros peruanos, y que habían encendido la imaginación; ellos resignáronse de tal desencanto y se vincularon al suelo con una labor menos codiciosa y más mansa; la agricultura que, desde épocas remotas, era realizada por las tribus aborígenes. 

Los viejos cronistas revelaron, sorprendidos, la magnitud de los cultivos en la región andina. La conquista no modificó en los naturales esta dedicación labriega y el pueblo, resultante de la fusión de la raza europea dominadora con la americana dominada, continuó sembrando en los valles la tierra regada.

En el periodo colonial, el suelo, distribuido entre los vencedores, había sido repartido con las tribus que lo cultivaban. El régimen de las encomiendas no presentó, en los Andes, los caracteres que tuvo en el litoral, donde los nómades escapaban, a causa de su movilidad, al dominio del conquistador. En los valles de la cordillera, los siervos, vinculados a la gleba, trabajaban permanentemente para sus amos, y la propiedad organizose sobre la base de pocos terratenientes que dominaban paternalmente a la multitud proletaria de labradores, indígenas y mestizos. Ese régimen existe, hoy mismo, en los valles calchaquíes y en las grandes fincas montañosas de Salta, de Catamarca y de La Rioja, donde el extranjero no ha cundido todavía y la sociedad no se ha modificado sensiblemente.

La situación geográfica de las comarcas andinas no fue propicia para el desenvolvimiento, en gran escala, del comercio; la considerable distancia que separa a esas comarcas de los puertos del litoral estaba agravada por la lentitud délos transportes. Al oeste, la escarpada cordillera dificultaba, a causa de su fragosidad, el tráfico mercantil con la costa del Pacífico.

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San Martín y el Comodoro William Bowles

Ratio:  / 2

por Cosme Beccar Varela
extraído del libro "Aquellas aguas trajeron estos lodos"
Editorial Armerías, Buenos Aires 2013 

 

Uno de los motivos principales del viaje de San Martín a Buenos Aires, inmediatamente después de la victoria de Maipú, fue entrevistarse nuevamente con el Comodoro William Bowles, jefe de la flotilla inglesa estacionada en el Rio de la Plata. 

Ya habían estado juntos a fines de 1817, hacía apenas seis meses, pero al parecer, consideraba fundamental conversar nuevamente con él, dado que el éxito obtenido en Maipú le daba una mayor autoridad para las negociaciones que tenía en vista.

Nueve días después de la batalla de Chacabuco (13 de Febrero de 1817) San Martín escribió una carta a Bowles fechada el 22 de ese mismo mes y año. A raís de eso, el comodoro inglés informa a su gobierno que San Martín “expresa sus deseos de entrevistarse conmigo y su persuasión acerca de las ventajas que estas provincias derivarán de nuestra reunión, (lo que) sólo puede ser concebido como significando que él tiene algún plan que confiarme en el cual la intervención del gobierno de SM (Británica) puede ser necesaria y que él no se atreve a librarlo a papel escrito.” (Sierra, op.cit. pag. 586).

Lamentablemente para San Martín, cuando llegó a Buenos Aires en su primer viaje, después de Chacabuco, Bowles estaba en Río de Janeiro motivo por el cual conversó extensamente con el cónsul inglés, Mr. Staples y el 17 de Abril (1817) le escribió a Bowles lamentando “que mi penoso y dilatado viaje (desde Chile) haya sido inútil pues mi principal objeto no era otro que el de abrazarlo y repetir nuestras antiguas conferencias en beneficio de estos países…Mr. Staples informará a V. de todo y bajo estos principios haré cuanto esté a mis alcances para la terminación de una guerra desastrosa, y la exterminación del poder español en América.” (ibidem, pag. 584). El general quería que Bowles le diera “los esclarecimientos que pueda sobre este particular (la terminación de la guerra) los que conservaré con la mayor reserva.” (Sierra, op.cit., carta de San Martín a Bowles del 18 de Junio de 1817, citada en la nota de pag. 585).

Según Staples informó a sus superiores del Foreign Office, San Martín “declaró que su principal deseo era que el gobierno británico le informara en alguna forma secreta, el camino que, de seguirlo, contara con su aprobación” (ibidem, pag. 585).

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El proyecto de monarquía americana... (Parte III)

Ratio:  / 3

por J. Santiago Castillo – Illingworth

(Leer aquí la primera parte de este artículo)

(Leer aquí la segunda parte de este artículo)

Las ideas monárquicas en América

Si así veía el Internuncio la situación de las repúblicas americanas frente a la posibilidad de una vuelta a la monarquía ¿cuál era el pensar de los americanos respecto a esa posibilidad?

Retrotrayéndonos a la época de la independencia, y a las fórmulas que entonces se pusieron de manifiesto como un modo de acabar con las guerras y de llegar a un acuerdo con España, es claro que la idea fue siempre la de separar las posesiones españolas de la metrópoli y crear en ellas estados independientes, organizados bajo la forma de monarquías constitucionales.  Así, el Plan de Iguala de 1821, preveía el establecimiento de una monarquía moderada, es decir constitucional, con Fernando VII como Emperador, estableciéndose la posibilidad de llamar a un Infante español en caso de que don Fernando no pudiese venir a América. (1)

Sintomática es la perplejidad producida en el cabildo abierto reunido en Buenos Aires el 22 de mayo de 1810, donde la discusión se centra en buscar el modo de mantener la legitimidad del gobierno por sobre todas las cosas, legitimidad que solo podía encontrarse salvando de algún modo el principio monárquico (2). Por lo que se refiere a la Argentina, un autor contemporáneo señala que "Desde 1815 el ideal republicano de los revolucionarios perdió terreno en beneficio de las ideas monárquicas.  La necesidad cada vez mayor de restablecer el orden interno y el prestigio de la autoridad, la urgencia de conservar la unidad del Estado, el deterioro económico, fueron todos factores que impulsaron  a adherirse a una forma monárquica de gobierno" . (3)

En la Argentina, se barajaron alternativas monárquicas, que iban desde la coronación de un descendiente de los Incas, planteada al Congreso por Manuel Belgrano, hasta la fórmula planteada por la misión Rivadavia - Belgrano, destacada en nombre de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que pensó en un hijo de Carlos IV, para reinar sobre ellas (4) pasando  por la candidatura de un príncipe de la casa de Bragaza, o la de Luís Felipe de Orleans, propuesta en agosto de 1818 por Pueyrredón (5).

 

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La Capitana María Remedios del Valle, “Madre de la Patria”

Ratio:  / 36

por Carlos P. Ibarguren Uriburu
La Prensa, 8 de Mayo de 1932

Una Mendiga

En la recova de la plaza de la Victoria o en el atrio de San Francisco, de San Ignacio o de Santo Domingo, veíase arrebujada en un manto de bayetón oscuro a una vieja mendiga, conocida en el barrio con el apodo de La Capitana. Su figura era familiar a los vecinos: encorvada y magra, diríase la imagen mísera de la senectud con su tez terrosa y arrugada, su boca hundida sin dientes y sus ojos empañados. Con voz débil ofrecía en venta a los transeúntes pasteles, tortas fritas o fruta, que llevaba en una batea; a veces imploraba por el amor de Dios una limosna. Vivía en un rancho de las afueras, donde empezaban las quintas. Aterida de frío en invierno, chapaleando barro bajo la lluvia o sofocada por el sol de enero, recorría el mismo trayecto cotidiano en procura de su pan. Era cliente de los conventos, donde comía la sobra y los desperdicios que le daban.

Llamábase María Remedios del Valle y se ignoraba tanto su nombre como la verdadera razón de su apodo. Ella decía que era capitana del ejército, nombrada por el general Belgrano en los “tiempos de la patria”. “Hoy — exclamaba con frecuencia — ya no hay patria, no se pelea por ella como antes.” Y mostraba cicatrices en los brazos y en las piernas, de heridas que decía había recibido en la guerra de la Independencia. Las gentes escuchaban sus relatos y sonreían compasivamente; creíanla delirante por la vejez y la miseria.

Un día el general Viamonte la reconoció. “Sí, es ella, La Capitana, la madre de la patria, la misma que nos acompañó al Alto Perú”, dijo al percibirla, y acercándose a la pordiosera le preguntó por su nombre. La pobre anciana, que varias veces había golpeado la puerta del general sin poder verle, porque era despedida por los criados, le refirió su desvalimiento. El veterano, conmovido, la incitó a que recurriera al gobierno solicitando amparo. Corría entonces el año 1827, la anarquía y la crisis política habían derribado a Rivadavia, cuya caída trajo consigo el derrumbamiento de la autoridad nacional. El breve interregno del doctor López restableció la provincia de Buenos Aires y el coronel Dorrego fue elegido gobernador; la petición de María Remedios del Valle, presentada cuando se desencadenaban tan graves acontecimientos, traspapelose sin tener resolución definitiva.

 

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