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San Martín y el Ejército del Norte

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MaloBueno 

por Cosme Beccar Varela

extraído del libro "Aquellas aguas trajeron estos lodos"
Editorial Armerías, Buenos Aires 2013 

San Martín, nombrado jefe del ejército del Norte el 3 de Diciembre (1813) se hizo cargo recién el 20 de Enero (1814) y no enteramente porque mantuvo a Belgrano como segundo en el mando. San Martín, en realidad, nunca tuvo la intención de ejercer esa jefatura y quiso conservar a Belgrano a su lado para poder retirarse en cualquier momento.  Su idea fue siempre ocupar Chile, hacerse fuerte allí e invadir el Perú por mar. Ese era el plan  Maitland que había estudiado en Inglaterra y no lo abandonó nunca. 

La política del Río de la Plata no le interesaba porque sabía que Inglaterra no dejaría que España retomara Buenos Aires y, además, no quería polemizar con Alvear.  Había decidido formar una nueva rama de la logia “Lautaro” con los oficiales del ejército del Norte y una vez disciplinados bajo el régimen de la logia, dejar la custodia de la frontera Norte en manos de Güemes, Warnes y Arenales, con alguna tropa además de la caballería volante que respondía al primero y con el resto del ejército formar en la provincia de Cuyo un ejército de los Andes que le respondiera totalmente para pasar a Chile. Contaba con que podría invadir el Perú y tomar Lima antes de que Pezuela o cualquier otro general que mandara el virrey Abascal pudieran vencer la resistencia de esos jefes.

En cumplimiento de ese plan se instaló en Tucumán, mandó construir fuera de ella una “ciudadela”, una verdadera fortaleza en la cual se podría resistir el avance realista, en el último de los casos.

San Martín congenió con Güemes sin pretender asociarlo a la logia. El lado mundano del carácter del general se sentía atraído por la personalidad de aquel aristócrata salteño que habiendo sido teniente del regimiento Fijo de Buenos Aires a los 20 años, durante las invasiones inglesas, había vuelto a Salta “llamando la atención del vecindario –dice Vicente Fidel Lopez-, y deberíamos decir, escandalizándolo también con sus audaces y repetidas calaveradas a la cabeza de muchos otros jóvenes como él, jinetes y desalmados por pasatiempo…Levantando el espíritu de aquellos calaveras que hasta entonces no se habían ocupado sino de asaltos amorosos, de raptos, de bromas arriesgadas y de mil otros desacatos…Güemes fue uno de los primeros que arrastrando bajo sus órdenes a sus amigos y usando la fama que le habían dado en el pueblo sus audaces correrías, se pronunció por la Revolución” y hasta ayudó a Balcarce a detener a Liniers en su intento de resistencia en Córdoba.

Belgrano había llegado a Jujuy con apenas 900 hombres, que era todo lo que quedaba del ejército del Norte después de las derrotas, las bajas sufridas y sobre todo por la gran deserción. Había dejado a Dorrego, cuyo genio militar y valentía admiraba, al mando de la retaguardia para demorar el avance del general realista y mandó convocar a los patriotas salteños que acudieran a reforzar el ejército. 

Güemes asumió el cargo de comandante de las milicias salteñas donde ya era “afamado por su notoria superioridad” en los ejercicios de caballería volante, y “por su fortuna, por su lujoso porte, por su audacia en esas difíciles correrías y por la extraordinaria habilidad con que había sabido granjearse una popularidad tal que lo hacía la base fundamental de le defensa de su provincia”.

San Martín lo dejó actuar según su estilo, aunque se daba cuenta de la escasa efectividad militar del sistema guerrillero de Güemes. Entretanto él se dedicó a formar los cuadros de oficiales del ejército del Norte mediante una “academia” que reunía todas las tardes en su reducto de la “ciudadela”. 

Esas reuniones tenían dos intenciones: una, formar a los oficiales en el arte militar que traía de España y el otro, el más importante para él, era incorporarlos a la logia “Lautaro” de acuerdo a su teoría de que un país y un ejército eran ingobernable si por encima de las leyes políticas y de los reglamentos militares no regía una norma superior, o sea, las reglas de la logia y la primacía de las decisiones que en ella se adoptaban.

San Martín no quedó conforme con la respuesta de sus aprendices. A Dorrego lo echó enseguida so pretexto de que se había burlado de la voz atiplada del general Belgrano. Pero no pudo obtener mejor respuesta de los otros. Y por eso, el 13 de Febrero, a los pocos días de hacerse cargo del mando, escribía al gobierno: “no encuentro un oficial de bastante suficiencia y actividad que lo subrogue (a Belgrano) en el mando de su regimiento, ni quien me ayude a desempeñar las diferentes atenciones que me rodean con el orden que deseo, e instruir a la oficialidad, que además de ignorante y presuntuosa, se niega a todo lo que es aprender, y es necesario estar constantemente sobre ellos para que se instruyan al menos de algo que es indispensable que sepan…”

Entre otras decisiones que tomó San Martín mientras estuvo al mando del ejército hubo una que causó escándalo. Ordenó a todos los oficiales que cualquier diferencia personal que surgiera entre ellos debía ser resuelto mediante un duelo. 

Belgrano iba camino de Buenos Aires para ser juzgado por sus derrotas y enterado de esta y otras actitudes de San Martin que no eran compatibles con el catolicismo, le escribió el 6 de Abril (1814) una carta en la que le decía:

“La guerra, allí, no sólo la ha de hacer V. con las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre ésta en las virtudes morales, cristianas y religiosas; pues los enemigos nos la han hecho llamándonos herejes, y sólo por este medio han atraído las gentes bárbaras a las armas, manifestándoles que atacábamos la religión”. 

San Martín, aunque no era un “comefrailes”, solía tomar muy a la ligera los asuntos de la Fe. Cuando dio orden a sus oficiales de batirse a duelo sabía que la Iglesia había condenado esa costumbre militar en el orgullo que ponía en grave peligro la vida de dos hombres que se arriesgaban por pura vanidad y para no pasar por cobardes. Sin embargo lo hizo, acostumbrado como estaba desde su primera juventud a no hacer caso de la Iglesia.

El descreimiento de San Martín no dejó de saberse en la sociedad tucumana, lo cual no contribuyó a mejorar la situación del ejército, vencido, desorganizado y afectado por numerosas deserciones. 

Por su parte, el general no estaba cómodo conviviendo con una sociedad católica. Si a eso le sumamos el rechazo de la mayoría de sus oficiales a integrar la logia “Lautaro” es comprensible que quisiera irse cuanto antes a seguir sus planes. 

El 23 de Abril le escribió a Nicolás Rodriguez Peña diciendo: “...no haré nada y nada me gusta aquí. La patria no hará camino por este lado que no sea una guerra defensiva y nada más; para eso bastan los valientes gauchos de Salta con dos escuadrones de buenos veteranos...Ya le he dicho a usted mi secreto: un ejército pequeño y bien disciplinado en Mendoza para pasar a Chile y acabar allí con los godos apoyando un gobierno de amigos sólidos, para concluir también con la anarquía que allí reina. Aliando las fuerzas pasaremos por el mar a tomar Lima: ese es el camino y no éste.”

En vista de eso, San Martín, siempre fiel a su plan de ocupar Chile, resolvió desentenderse del ejército del Norte. Pero como no podía confesar su verdadera intención, empezó por cumplir la orden de mandar a Belgrano a Córdoba, a disposición del gobierno de Buenos Aires que quería juzgarlo por su incompetencia en las batallas de Vilcapugio y Ayohuma. 

Inmediatamente después, para aventar cualquier hipótesis que pudiera tener el gobierno de confirmarlo en su mando y sus responsabilidades en el Norte, se declaró enfermo (truco que usó varias veces en su carrera) y se recluyó en la “ciudadela” sin atender a nadie que no estuviera relacionado con el alivio de su enfermedad. Para hacer la cosa más verosímil, se pasaba días en la cama y trataba de que todos estuvieran enterados de sus dolencias. 

El general Paz, oficial subordinado en el ejército del Norte dice en sus memorias que “se dudaba de la certeza de la enfermedad; pero luego fue de evidencia que era un mero pretexto para separarse del mando en que creía no debía continuar”.

Si un oficial inteligente como Paz no creía en la realidad de la enfermedad del general, es una señal de que muchos oficiales tampoco lo creían. El general lo sabía y no le importaba porque nadie se atrevería a decirlo abiertamente, so pena de incurrir en su severidad que ya era bien conocida. 

Finalmente, el 27 de Abril (1814) alegando el consejo de su médico, resolvió trasladarse a las Sierras de Córdoba dejando el ejército al mando del general Francisco Fernandez de la Cruz. 

El remedio que usaba San Martín para aliviarse era el opio, droga a la que se acostumbró y tomaba diariamente durante toda su campaña en América. Y como un efectivo estupefaciente le servía también para dominar el mal humor que le causaban las numerosas contrariedades que encontraba en el cumplimiento de sus ambiciones.

A fines de Julio pidió al Director Posadas que lo nombrara gobernador de Cuyo cosa que el gobierno atendió de inmediato expidiendo el correspondiente decreto el 10 de Agosto (1814). San Martín era uno de los miembros de la “cúpula” o “Logia Matriz” de la “Lautaro” y no había cosa que exigiera que no le concediera un gobierno compuesto por “hermanos” como lo era el de la Asamblea Constituyente y del Director Posadas.