GENEALOGÍA

Nuestra completa base de datos

Conquistadores, descubridores, gobernantes, caudillos, militares, escritores... descubra quiénes fueron, quiénes fueron sus mayores y quienes son sus descendientes.

Sumérjase en la más completa base de datos de genealogía de las familias tradicionales argentinas.

 

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HERÁLDICA

El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

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La Casa de Ibarguren en la Calle Charcas

Ratio:  / 6

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
El Retoño, 6 de Julio de 1956

El mundo donde se despertó mi inteligencia y mi fantasía, en el que articulé mis primeras palabras y adquirí la noción elemental de las personas y las cosas, estuvo constituido por estos cuatro ambientes entrañables: la residencia materna de Aguirre en la calle Cerrito 271 — donde nací; la quinta de San Isidro, mirando desde lo alto al río; la estancia y campos de “El Chajá”, en los tradicionales pagos del Tuyú; y la casa de mi abuela Ibarguren, en la calle Charcas, frente a la Plaza Libertad.

Este último edificio, en aquel lejano entonces, había ya experimentado varias modernizaciones, a tono con las distintas épocas corridas desde fines del tiempo de Rosas en que se levantó. Pese a tales sucesivos retoques, su estructura primordial nunca llegó a descaracterizarse del todo, y bajo los detalles accidentales que le fueron agregados a lo largo de más de ochenta años, el antiguo caserón conservaba su traza originaria todavía.

Su exterior chato y macizo, revocado de amarillo crema, destacaba en su centro una gran puerta de dos hojas de madera lustrada, con goznes, buzón, manijas y llamador de bronce; junto a cuyo quicio una chapa de lo mismo relucía con esta inscripción: “Federico Ibarguren, Abogado” (derecha).

A cada lado de esa única entrada, encuadrábanse dos amplias ventanas con molduras, antepecho y cornisas de estilo italianizante; cuyas celosías de maderilla gris, se desplegaban y recogian desde adentro, tiradas por un cordón. Esta sobria fachada que describo — sin otros aditamentos que los referidos y el zócalo trazado paralelo a la vereda — culminaba en una balaustrada de columnitas de argamasa, tras la cual se prolongaba la azotea.

Franqueado el umbral, luego de subir los peldaños de mármol del zaguán, daba uno con la gran arcada o pórtico que servía de encajadura a la puerta cancel, cuyos vidrios entrelazaban grabadas las letras iniciales del dueño de casa: “F. I.”.

Detrás de esos cristales, rectangulado por habitaciones puestas en fila, el primer patio extendíase espacioso como atrium de vivienda romana; con su piso de mármol a cuadros blancos y negros semejante a un ajedrezado colosal, en donde — alfil maravilloso en tablero de gigantes — el brocal del viejo aljibe sólo servía de apoyo a cierta caprichosa maceta, en forma de cisne, de la cual desbordaba un helecho exuberante. Hacían parte también del arreglo de ese espacio descubierto, tres o cuatro macetones de cemento a la manera de absurdos troncos imaginarios con auténticas plantas tropicales de grandes hojas verdes.

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Los avestruces blancos de Victorino Alday

Ratio:  / 8

 

Escrito por Mercedes J. Aldalur
Transcripción y adaptación: Carlos Horacio Arias Alday

Voy a ocuparme de la vida y obra de un hombre, cuya personalidad parece haber sido olvidada, pese a que su nacimiento acaecido en circunstancias tan singulares y vinculado a un episodio histórico trascendente, como es la Revolución del Sur, parecería que debió dejar su existencia, protegida de adversidades, incluso de la ingratitud humana.

Afortunadamente, los enveses de tal índole, no inciden sobre el espíritu de hombres de, tal temple, el ideal los rebasa… y si su destino los lleva a transitar en función de primeros pobladores sobre esta pampa hirsuta de cardos, lo hacen con el denuedo y el ímpetu de avestruces y bagualas, hechos a correr contra la dirección del viento.

Me estoy refiriendo a Don Victorino Alday Lapalma. Quién era él?

Un ornitólogo empírico, que realizó un experiencia científica de caracteres poro comunes, me atrevería a decir "única", en la historia de la ornitología argentina y universal.

Todo cuanto aquí se relata está periodísticamente documentado en diarios de la época, correspondientes a ciudades del interior y los más prestigiosos de la Capital Federal. 

Pero dejemos que sea el autor de esta hazaña científica quien al responder a requerimientos de los diarios "La Voz" de Maipú y "El Nacional" de Dolores, nos relate, dándonos a conocer a un tiempo mismo, en qué circunstancias originalísimas vino a la vida.

"Nací en Chascomús, allá por el 1839". "Mi padre, español, era "salvaje unitario" y como tal participó en los gloriosos hechos de armas que tuvieron por teatro aquel histórico poblado". "Cuando las bravas legiones del Sur, fueron batidas por fuerzas rosistas en la laguna de Chascomús, mi padre como "libre tirador estuvo al frente de un cantón". "Para evitar que nuestra madre fuera blanco de las balas enemigas la ubicó en la misma azotea". "Próxima a darme a luz y en las circunstancias apuntada, recibió un proyectil en pleno vientre."

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Barrios de Buenos Aires: La Reserva Ecológica

Ratio:  / 2

por Diego Zigiotto

En la avenida Costanera Tristán Achával Rodríguez, a la altura del boulevard Azucena Villaflor, podemos apreciar una estatua, en la que un hombre se encuentra en actitud de arrojar un salvavidas. El monumento homenajea al empresario italiano Luis Viale, quien, en 1871, durante el naufragio del vapor “América”, se quitó s u salvavidas para dárselo a Carmen Pinedo de Marcó del Pont, por entonces embarazada. El hombre le dijo que era preferible salvar dos vidas en lugar de una, la suya, y a continuación desapareció en las aguas del Río de la Plata.

La estatua de Viale se inauguró en este lugar en 1937, y justamente se lo homenajeaba arrojando el objeto a las aguas del río… Pero pasó el tiempo, y el río desapareció. Hoy Viale mira el horizonte y no encuentra el agua: frente a él se encuentra una gran extensión de tierra de trescientas sesenta hectáreas, que fueron denominadas Reserva Ecológica Costanera Sur.

En este lugar se encontraba el paseo obligado de muchos porteños entre las décadas de 1910 y 1950. Aquí estaba el Balneario Municipal, donde nuestros abuelos se refrescaban en las agobiantes jornadas de calor. 

Con la decadencia del balneario, a fines de los ´50, estos terrenos se fueron rellenando. Las tierras que hoy conforman la Reserva se ganaron al río desde 1978, con los escombros provenientes de la demolición de las viviendas que dio paso a la construcción de las autopistas porteñas. Luego la naturaleza hizo su trabajo: el viento acercó semillas de diferentes árboles y arbustos; las crecientes del Paraná traían camalotales con culebras, roedores y hasta algunos yacarés. Las aves se dieron cuenta de que era un lugar interesante para anidar… Y así llegaron garzas, caraos, gallaretas, teros y cisnes, que se confunden entre los bosquecitos de ceibos, sauces, acacias y aromos y entre las matas de cortaderas y pajas bravas. En verano se los ve a muchos disfrutando del sol a la orilla del agua, junto con tortugas y lagartos overos. Surgieron también espontáneamente algunas lagunas, aunque su nivel de agua depende de la cantidad de lluvias y de la evaporación, ya que no están conectadas con el río. 

Y así fue como la Reserva se formó sola. El entonces Concejo Deliberante le dio el estatus de área protegida en 1986, para conservar las diferentes especies animales y vegetales. 

Desde el primer momento se permitieron las visitas al lugar. Del desorden inicial se pasó a controlar el área con guardaparques y alambrados. Claro que de vez en cuando, y no espontáneamente, surgen algunos principios de incendio: la zona vale millones de dólares, más desde que se creó el barrio de Puerto Madero, apenas a unas cuadras, y muchos quieren hacer negocios en vez de proteger “a pajaritos y pajonales”.

Y el pobre Luis Viale intenta ver el río, pero no llega desde su pedestal. Quizás sería una buena idea trasladar la estatua, porque la naturaleza no va a dar marcha atrás en la Reserva Ecológica.

Quien fue "La Lunareja"

Ratio:  / 2

por Rafael P. Sosa
“El Tribuno”, Salta, 18 de julio de 1953

En EL TRIBUNO de anteayer, la Columna Noctámbula reproduce una interesante carta de la célebre Macacha Güemes y el ágil y conocido periodista que la redacta pone al pie de esta nota “Se aclara que “La Lunareja” era Doña Carmen Puch, esposa de Güemes.”

Como se trata de un lapsus – in duda, involuntario – que puede confundir a los lectores, deseo aclararlo brevemente.

La dama conocida en aquellos tiempos con el apodo de “La Lunareja” se llamaba María Josefa de la Corte de Arias, esposa del abogado Pedro Antonio Arias Velázquez, que egresó con el título de doctor de la Universidad de Lima. Da. María Josefa había nacido en 1776 y falleció el 24 de febrero de 1853, hace cien años. Entre sus hijos recordaré a Grimanesa, Carlos Enrique, Serafina, Justiniano, Juan Pablo y Zenón.

El apodo de “La Lunareja” estaba plenamente justificadopor un gran lunar en el centro de la mejilla izquierda, como puede verse en el retrato de ella, pintado en 1845 por Amadeo Gras y que conserva el Ing. José Alfonso Peralta, descendiente de Da. Grimanesa Arias de Figueroa.

Probablemente Da. María Josefa de la Corte de Arias era parienta de la madre del general Güemes, Da. Magdalena Goyechea y la Corte de Güemes Montero, pero no hermana, como erróneamente se afirma en el libro sobre el pintor Gras, que reproduce el cuadro citado.

Justamente acaba de fallecer, a una avanzada edad, el Dr. Vicente Arias, nieto de “La Lunareja”.

Quinta Los Ombúes

Ratio:  / 1

extraído de http://www.quintalosombues.com.ar

El casco histórico de San Isidro conserva numerosos inmuebles de gran valor patrimonial, entre los que se destaca particularmente "Los Ombúes" por su antigüedad, la sucesión de los personajes que la habitaron y su privilegiado enclave sobre las barrancas junto al Río de la Plata.

Con aportes en su arquitectura realizados entre los siglos XVIII y XX, la casona original del período virreinal fue testigo, según la tradición, del paso de figuras de trascendencia como José de San Martín, Juan Martín de Pueyrredon y Manuel Belgrano, en la época en la que Mariquita Sánchez de Thompson fue su propietaria.

Con los años llegaría a manos de la familia Beccar Varela, que la habitó hasta el año 2005, y es por ello que esta atractiva casa conserva aún en sus rincones la memoria de los acontecimientos familiares y los juegos infantiles.

El 10 de septiembre de 2005 –cumpliendo el deseo del Dr. Horacio Beccar Varela- se hizo efectiva la donación de la Quinta Los Ombués a la Municipalidad de San Isidro.

Su generosidad hizo posible que esta propiedad pudiera albergar al Museo, Biblioteca y Archivo Histórico de San Isidro, perpetuando su nombre en el recuerdo de los sanisidrenses, en la admiración de quienes visiten esta casa y en el orgullo de sus descendientes.

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Morir en Buenos Aires

Ratio:  / 2

por Omar López Mato
Revista “Todo es Historia”, nro. 424, Noviembre 2002

John Steinbeck decía que una persona pudo haber vivido una vida dorada o una vida deslucida, con afectos o desencuentros, pero al morir se convierte en el centro de una de las manifestaciones más complejas de la sociedad: los ritos funerarios, reflejos de los hábitos y costumbres de un pueblo o una época. Nuestra ciudad nació y creció entre muertos que se enterraron y descansaron por siglos en lugares insospechados para nuestras mentes del siglo XXI.

 

Entierros, velatorios y cementerios en la vieja ciudad

El 11 de junio de 1580, al fijar don Juan de Garay la cruz de madera donde debía levantarse la iglesia mayor de la nueva ciudad, con la presencia de los dos únicos sacerdotes que lo acompañaron, fray Juan de Rivadeneira y Antonio Díaz Picón, indicaba de alguna forma, dónde dejarían sus huesos los fieles cristianos que tuviesen la peregrina idea de morirse en esta mísera aldea. Allí se enterraron los primeros habitantes de esta Santísima Trinidad y su puerto de Santa María de los Buenos Aires, y luego se enterrarían por casi dos siglos dentro de las iglesias que lentamente poblaron la ciudad. Todavía esos templos albergan a algunos grandes señores honrados con la proximidad al altar que su prosapia y prodigiosas acciones les permitieron merecer. Uno de los más antiguos habitantes porteños que se conserva en la Catedral, fue nuestro primer obispo, fray Pedro de Carranza, fallecido hacia 1630.

 

Descanso eterno en las Iglesias

En la iglesia San Juan Bautista descansan los restos de don Pedro Melo de Portugal y Villena, quinto virrey del Plata, muerto en Montevideo hacia 1797 y trasladado a este reposo eterno por expresa voluntad. Además, bajo el coro de esta iglesia existe una cripta que albergó los cuerpos de doscientas setenta monjas clarisas.

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Los automóviles y la quinta de San Isidro

Ratio:  / 2

 por Carlos F. Ibarguren Aguirre
extraido de "Los Antepasados", Buenos Aires, 1983

Durante tres décadas, sólo cuatro automóviles hubo sucesivamente en la casa de mis abuelos Aguirre: el "Eléctrico", el "Charrón", un "Daimler" y un "Cadillac". El recuerdo de el "Eléctrico" se remonta a mi más tierna infancia. Su grande y lujosa carrocería, con asientos "vis a vis", estaba tapizada por dentro de cuero negro "capitoné". El vehículo era puesto silenciosamente en marcha, desde el pescante, por José "el portugués" -- antiguo cochero -- quien, uniformado de azul oscuro con botones de bronce y gorra de visera, cual un comodoro empuñaba el volante y las palancas propulsoras de la energía encerrada en los acumuladores. Ibamos los niños en el "Eléctrico" a tomar aire y sol a la Recoleta o a Palermo, en cuyos jardines, poblados de gente menuda, corríamos detrás de una pelota o del aro que se hacia rodar a golpes de palito; esquivando gobernantas alemanas, mises inglesas, niñeras gallegas vestidas como "nurses", profusión de bicicletas y cochecitos con lactantes a cargo de amas tocadas con cofias y lazos de colores, a estilo de aldeanas francesas.

Después -- heredado de don Manuel viejo -- un "Charrón" a nafta -- limusina cerrada proveniente de Francia -- sustituyó al "Eléctrico". Y más tarde vino el poderoso "Daimler", de motor alemán construido en Inglaterra y manejado aquí por el "chauffeur" coruñés Manuel Montes -- doble fila de botones en la guerrera y polainas negras. (Los coches oficiales del Presidente Sáenz Peña y de sus Ministros eran todos de la marca "Daimler"). Finalmente mi abuela doña Enriqueta, en los últimos años de su vida, movilizábase, hasta la quinta de San Isidro, sobre un cómodo "Cadillac" norteamericano. 

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