GENEALOGÍA

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HERÁLDICA

El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

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Barrios de Buenos Aires: San Nicolás y Retiro

Ratio:  / 2

por Diego M. Zigiotto

 

El barrio de San Nicolás debe su nombre a la antigua iglesia de San Nicolás, que se encontraba en Carlos Pellegrini y Corrientes (derecha), en el lugar donde hoy se levanta el Obelisco porteño. El templo, erigido en 1769,  fue una postal más de Buenos Aires hasta 1935, cuando fue demolido para ensanchar la calle Corrientes. Quedó en pie sólo la torre, un antiguo monumento histórico: es que allí había flameado por primera vez en la ciudad la bandera argentina, en agosto de 1812. Sin embargo, estos pergaminos no alcanzaron para mantenerla en pie: la estructura también cayó bajo la piqueta, para permitir abrir la avenida 9 de julio. Fue así que la iglesia se mudó: pasó así a Santa Fe y Uruguay, a Retiro, el otro barrio que hoy desarrollaremos.

Podemos afirmar que la “columna vertebral” de estos dos barrios la constituye la calle Florida, una de las arterias más importantes de la ciudad. ¿Quién no caminó alguna vez por allí? La costumbre de recorrer Florida no es de nuestro tiempo: a principios del siglo XIX algunas de las familias tradicionales de Buenos Aires instalaron aquí sus hogares, y las tertulias que ofrecían eran muy populares. Los convites más concurridos quizás hayan sido los de Mariquita Sánchez de Thompson, vecina del barrio, cuya casa estaba en la actual Florida 271. Aquí se cantó por primera vez el Himno Nacional Argentino, en 1813. Lamentablemente, la vivienda también cayó víctima del progreso. 

Donde hoy se encuentra la plaza San Martín se levantó en 1801 la segunda plaza de toros que tuvo Buenos Aires, con capacidad para diez mil personas, aunque no siempre se colmaba su capacidad. Los vecinos se acercaban a la misma por Florida, que en esos años no lucía coqueta como en nuestros días. La mayoría de las calles porteñas presentaba un paisaje bastante deplorable: yuyos crecidos, animales muertos, y pantanos malolientes y plagados de moscas y  mosquitos cuando llovía. Fue así que el virrey Nicolás de Arredondo dispuso el adoquinado de la calle, que se convirtió así en una de las más confortables. Los habitantes de la ciudad pasaron así a denominarla “la calle del empedrado”. Algunas de estas “piedras bola”, llamadas así por su forma irregular, todavía pueden verse: se exhiben en Florida casi Diagonal Norte. A la altura de la calle Viamonte se encontraba un pequeño puente, que salvaba el arroyo del Medio, o zanjón de Matorras, que desaguaba en el río de la Plata por la calle Tres sargentos. 

San Nicolás y Retiro tienen varios hitos urbanos; es tal la cantidad de sitios emblemáticos que cuesta incluirlos a todos. Comenzamos por la Catedral, frente a la plaza de Mayo, aunque este último espacio se encuentra en el vecino barrio de Montserrat. La calle Rivadavia es el límite interbarrial.  

El templo mayor de la religión católica en Buenos Aires sufrió varias modificaciones, desde aquel primitivo ranchito de barro y paja levantado por la expedición de Juan de Garay, allá por 1580. Y hablando del fundador, justamente la manzana siguiente hacia el río fue la que el conquistador destinó para su vivienda, que en realidad poco usó, dados sus constantes viajes de exploración en este nuevo territorio, ávido de ser descubierto. El solar fue usado años después para sacar tierra con el fin de construir las endebles casas de la primigenia Buenos Aires. Se extrajo tanto barro que quedó un gran pozo, al que cayeron no pocos desprevenidos vecinos, encontrando fin a sus vidas. Fue así que el lugar obtuvo el mote de “Hueco de las ánimas”, por las que, se dice, pululan por allí. En 1857 se levantó en esa manzana el primer teatro Colón, obra del ingeniero Carlos Enrique Pellegrini. Fue su hijo, el presidente Carlos Pellegrini, quien en este lugar en 1890 el Banco Nacional. Desde la década de 1940 la casa central del Banco Nación, diseñada por el arquitecto Alejandro Bustillo, ocupa la manzana entera (izquierda).

Una de las principales vías del barrio es la avenida Corrientes. A pesar de que, como quedó dicho, fue ensanchada hace ya setenta y cinco años, muchos aún se empecinan en llamarla “la calle Corrientes”. El poeta tanguero Edmundo Guibourg la bautizó “la calle que nunca duerme”, por el movimiento nocturno de sus teatros, pizzerías, cafés y librerías. La zona de los teatros comienza en Callao, aquella que marca el límite de San Nicolás con Balvanera. Testigos de otros tiempos quedaron las salas de los teatros Astral, Presidente Alvear, Metropolitan, San Martín, Lola Membrives, Broadway, El Nacional, y los íconos de la avenida del otro lado de la avenida 9 de julio: el Ópera y su eterno rival, el Gran Rex. Muchas otras salas fueron cerrando, o transformándose en otros emprendimientos. 

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Algunos apellidos engañosos

Ratio:  / 19

por Santiago José Zervino

 

Continuando con las curiosidades genealógicas objeto de esta columna, viene a mi memoria una anécdota de un primo mío, genealogista y además escribano (en ese orden), a quien convocaron para un acto notarial en el cual participaba una Sra. María Bustamante de Smith. A llegar a  casa de esta dama, se dio cuenta de que la misma no hablaba casi nada de castellano, al punto que hubo que recurrir a la asistencia de un traductor público para explicarle los alcances del acto y leerle los documentos. ¿Cómo es que una señora de nombre y apellido tan españoles era tan inglesa? Ella misma lo explicó, traductor mediante: Su lejano antepasado Bustamante había naufragado en las costas inglesas cuando el desastre de la Gran Armada en tiempos de Felipe II, e imposibilitado de volver a su patria, había formado familia en Inglaterra. A pesar de haberse casado con una dama del lugar, había bautizado a todos sus hijos con nombres españoles y les había impuesto la condición de hacer lo mismo con sus descendientes. Éstos habían respetado la tradición hasta el siglo XX, y los hermanos de ella se llamaban Alfonso y Álvaro; eran de sangre casi puramente inglesa y escocesa, ninguno hablaba español, y eran la familia más inglesa que pueda uno imaginarse.

Todo esto para llegar a la conclusión de que hay apellidos sumamente engañosos, que indicarían una nacionalidad y una cultura, y que no son lo que parecen. No me refiero a aquellas familias que descienden de inmigrantes recientes, como las oleadas producidas después de las guerras de fines del siglo XIX, del siglo XX y que siguen produciéndose desgraciadamente en el nuestro. Me refiero a familias que llevan siglos en sus países de residencia, que han perdido todo contacto con sus raíces y que está perfectamente consustanciadas con la patria en que habitan. Un par de ejemplos serán útiles: si yo preguntara a alguien de qué nacionalidad son las familias d’Acunha Soutomaior, de la Gardie o Lo Presti di Fontana d’Angioli, es poco probable que me contestaran danesa, sueca y austríaca respectivamente. Sin embargo esa es la verdad. Lo mismo que pocos me contestarían que el conde de Newburgh es italiano o que el conde Douglas es sueco.

¿Y qué hablar de los muy austríacos condes de Thuillères de Montjoie, de los tan españoles O’Shea, o los igualmente daneses di Serène d’Acqueria? ¿Y los condes de Bassellet de la Rosée? Tanto ellos como los McNevin-O’Kelly son autríacos, como rusos son los condes de Ribeaupierre (a la izquierda, Alexander Ribeaupierre). Todos ellos llevan siglos en los países con cuya lengua y costumbre se identifican, y durante generaciones de han casado con gente de esos países, de tal modo que su genética no coincide en absoluto con sus apellidos. 

También ocurre lo contrario: no hace muchos años, un amigo muy querido criticaba la política exterior inglesa, y yo, por embromarlo, le dije que tan luego él que tenía sangre inglesa opinaba de ese modo. Reaccionó inmediatamente diciéndome qué él no tenía sangre inglesa ni nada por el estilo, y yo volví a decirle que sí la tenía. Los que nos rodeaban me decían que cómo podía discutirle al interesado sobre su propia genealogía y yo, como de costumbre, insistía en mi posición. Y le pregunté cual era el apellido de su abuela materna; me contestó inmediatamente que su abuela materna era española, a lo que yo retruqué con, …”pero, ¿cuál era su apellido?”. “Curtis”, me contestó muy contento, y yo le pregunté cuál creía él que era el origen de ese apellido, pronunciándolo según la fonética que  corresponde. Todavía me acuerdo de cómo se quedó con la boca abierta: jamás se había puesto a pensar que su abuela española tuviera un apellido inglés, pero era así efectivamente. 

Es el mismo caso de los Cullen, canarios de origen irlandés, que pronuncian su apellido a la manera española, y que si bien son conscientes de su origen remoto, son más “criollos que el zapallo”. Otro caso es el de los Blaquier. Hace algunos años, un pariente político de apellido francés me oyó pronunciarlo con la “erre” final, como lo pronunciaba un gran amigo de mi padre cuya madre llevaba este apellido. “Sí, me dijo, los Blaquié …etc”. Quienes conocen la genealogía de esta gran familia argentina saben perfectamente que son de origen gallego, que ellos pronunciaban su propio apellido marcando esa “erre”, y que las últimas investigaciones hacen pensar que son de origen inglés, algo así como Blaker o algo similar.

Y para terminar esta columna con una referencia a la genética y a la cultura a la que cada individuo adhiere, me voy a permitir repetir un comentario de mi gran amigo el destacado heraldista y genealogista Diego Molina de Castro. Se refiere a cierto personaje cuyo remoto antepasado por línea masculina es un hidalgo español y su remota antepasada materna es una india americana. “¿Cuál es el resultado típico de esa mezcla? Un típico chato cordobés?” . Solamente cuando todo el mundo ha asentido, comenta que se estaba refiriendo a … sir Winston Churchill.  No hace falta agregar nada más.

Hasta la próxima columna.

Alambrados y prepotencia... una tradición de toda la vida!

Ratio:  / 3

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires, 1983
Tomo X, Los Pueyrredon

 

A propósito de alambrados, en seguida de adquirir don Manuel Aljandro Aguirre la chacra de Pueyrredon en 1856, es decir a los diez años de haber Newton importado los primeros rollos de alambre con destino a preservar las verduras de su estancia “Santa María” en Chascomús, y prácticamente al mismo tiempo en que Halbach — 1856 — alambrara todo el perímetro de su establecimiento “Los Remedios” en Cañuelas, el señor Aguirre, en San Isidro, utilizó también los hilos de acero para deslindar con ellos su propiedad. Por eso, cuando la historia recuerda a los precursores que adoptaron en sus campos aquel sistema de cercado y seguridad, a partir del cual comienza la era moderna de nuestras explotaciones rurales, el nombre de Manuel Aguirre no debe ser omitido.

Y para probar nuestro aserto, nada más elocuente que esta enérgica nota dirigida por Mercedes Anchorena de Aguirre, el 5-X-1858, a los munícipes del pago de la costa, cuyo texto es el siguiente: 

"Acabo de saber con sorpresa, que por orden de la Municipalidad de San Isidro ha ido una fuerza armada a mi chacra, y sin citarme ni oirme, ha procedido a arrancar todo el cerco de alambrado que por consentimiento de esa Municipalidad, y previa delineación que ella misma mandó hacer, puso mi marido D. Manuel Aguirre. Este ataque a mi propiedad y el modo de hacerlo sin guardar una sóla de las formas que las Leyes han establecido en garantía de los derechos del ciudadano — continúa el escrito, posiblemente redactado por Vélez Sársfield, que era abogado de mis bisabuelos —, me fuerzan a dirigirme a la Municipalidad protestando, como solemnemente protesto, contra aquella medida, y contra el modo vejatorio de ejecutarla, suplicando a los Señores Municipales que, en razón de hallarse mi Esposo ausente en sus estancias, se servirán admitirme esta protesta por todos los daños y perjuicios que mi Esposo reclamará ante Autoridad competente, y contra esa corporación colectivamente y contra sus miembros individualmente, porque cuando los procedimientos son del carácter del que se ha ejecutado en mi casa, la Ley dá esta acción al ciudadano. Dios guarde Uds. muchos años". Firma: Mercedes Anchorena de Aguirre.

Ya en 1868 — según consta en el inventario de la sucesión de doña Mercedes —, la chacra en su fracción delantera, contaba con casi 1.500 varas alambradas con líneas de tres hilos, sujetos con grampas a postes de ñandubay y ñapinday, entre dos filas de cercos de cina cina. Y en esos potreros del casco pastoreaban los caballos de tiro y silla, los bueyes de labor y “siete vacas lecheras inglesas”: las Guernesey, de cuya raza don Manuel fue el introductor en el país. Fuera de este parcelamiento del terreno comprendido entre el ex camino real y la barranca, el resto de la vasta heredad, hasta el fondo de la legua, incluía a tres puestos o poblaciones: “los Olivos” — más tarde quinta de Gómez Aguirre (“la casa chica”) — con su monte venerable de “setenta y seis olivos viejos”; “la Noria”, con su pozo y aparato correspondiente, instalados en el bajo que pertenecería después a los Balcarce; y “el Quintón”, aquella añeja casa de posta colonial, sobre el camino del alto, cuyo edificio con azotea, altillo y corredores, constituía una reliquia histórica que sacrificaron, imperdonablemente, ciertos dirigentes del Jockey Club para no torcer un poco la entrada del hipódromo.

 

Un ajuar a principios del siglo XVIII

Ratio:  / 3

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
extraído de "Los Antepasados", Buenos Aires, 1983

 

Miguel de Riglos ("Riblos") compareció ante el Escribano Francisco de Angulo y los testigos Alférez Miguel González Pacheco, Teniente Juan Ponce, Capitán Juan de la Torre y Licenciado Francisco José Verois, y dijo; Que “por quanto tengo tratado de contraer Matrimonio con Doña Josepha de Albarado, según orden de nuestra Santa Madre Iglesia, a honrra y gloria de Dios nuestro señor, y porque antes que se efectúe el vínculo he venido a otorgarle Recibo y carta de dote a la susodicha, de todos los vienes muebles y rayces que la susodicha tiene suyos y heredados del Capitán Joseph de Alvarado, su padre, y de Doña Beatriz Jofré de Arce, muger legítima del Capitán Don Pedro de Vera y Aragón, difuntos; para que se sepa con toda claridad y distinción”. Riblos nombraba tasador de dichos bienes al Alguacil Mayor Miguel de Obregón y, por su parte “Doña Josepha de la Rossa y Albarado” (sic) nombró al Capitán Nicolás de Torres, quienes evaluaron ese conjunto dotal en 24.447 pesos y 2 reales."

En esa escritura de reconocimiento de dote que se otorgó el 13-III-1711 ante el Escribano Francisco de Angulo, tanto Riblos como su futura consorte Josefa Rosa de Alvarado, mandaron a sus criados “fueran sacando las alhajas y demás cosas en presencia de los Tasadores (Miguel de Obregón y Nicolás de Torres) para que hicieran la tassación, a un quarto y sala principal de las cassas de su morada, y dieron principio para ello cossa por cossa, en la forma siguiente, de que dicho Don Miguel de Riblos se fue recibiendo”.

La lista es un maravilloso documento de lo que constituia el abundante "ajuar" de una dama de la alta sociedad porteña a principios del siglo XVIII. 

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Los dibujos de Octavio Pinto

Ratio:  / 3

por Carlos P. Ibarguren Uriburu
Septiembre de 1923

Octavio Pinto ha penetrado en el alma aborigen de los montañeses del Norte y la hace palpitar en sus dibujos. La galería de tipos y de escenas que hoy exhibe en Müller es una vigorosa muestra de arte genuinamente argentino; lo es por el amor lugareño con que trata los temas, por el ambiente con que envuelve a las figuras y por la sugestión que éstas infunden. El artista, en este caso, no emplea ningún recurso para impresionar: la línea pura y animada, exenta de todo artificio, es lo único que hay en las imágenes, y lo que les comunica hondamente la vida.

En este momento de inquietud en que, por lo general, el dibujo no aparece con nitidez serena en las formas, y la realidad objetiva se oculta tras de visiones que la deforman, los trabajos de Pinto tan simples y tan sinceros, dan una sensación tranquila de belleza. La simplicidad en el pintor que domina su técnica es manifestación de fuerza y de gracia. Sólo cuando se siente mucho lo que se quiere expresar, y se manejan diestramente los medios, es posible trasmitir la emoción con sencillez. Y esa emoción, así comunicada, define una obra maestra.

Octavio Pinto se nos había presentado como un paisajista vibrante de ensueño y de luz. Ahora nos ofrece en notables dibujos otro aspecto de su arte; la psicología de una raza. Para interpretarla, Pinto ha ido a los cerros y a las quebradas de Salta y de Jujuy, ha convivido con los paisanos que las habitan y ha puesto su espíritu en comunión con esa naturaleza. Por ello ha podido sentir, comprender e interpretar fielmente esa emanación misteriosa que exhala el terruño y se corporiza en el tipo de sus hijos.

Los nativos del Norte son los últimos descendientes de un pueblo que participó de la civilización incaica. En la figura magra y ágil, en el rostro de tez bronceada, y en los ojos asiáticos de mirada enigmática e impasible se revelan los viejos rasgos de la raza autóctona.

En los valles son labradores, y en las alturas son arrieros que trasmontan la cordillera conduciendo recuas de muías y de ganado; aquéllos cultivan, junto a las acequias e hilos de agua que bajan borbollantes de los cerros, las mismas parcelas de tierra que fueron removidas por sus antepasados de servidumbre; éstos peregrinan en caravanas por las fragosas cuestas, al borde de los precipicios, y cruzan las altiplanicies infernales donde moran las divinidades crueles y los genios malignos de la montaña. Son supersticiosos; adoran a la tierra maternal encarnada en la diosa “Pachamama” que otorga sus mercedes en el valle fértil y se estremecen de pavor ante la creencia de encontrar a los seres sobrenaturales que suponen vagan en las cumbres y en los abismos.

Hay en los tipos y en las escenas dibujadas por Pinto una realidad fuerte y sugestiva. “Don Quipildor”, el viejo paisano, labriego y maestro, aprisiona dentro de sí el alma toda de los valles, nos mira mansamente con los ojos apagados para contarnos las fábulas serranas, los misterios de las quebradas, las travesuras del duende y la magia de las yerbas y tomas que las brujas elaboran para el “mal de amores” y el “mal de venganza”. “Doril Humacata”, de pié, erguido y alto, es un arriero curtido por el viento blanco de los Andes, y nos revela en la expresión a la vez, señoril e indígena, y en la esbelta agilidad, su ascendencia hispano-arábiga y calchaquí. La “Niña de Tafí” se nos aparece como una visión oriental, con su silueta nipona y su perfil de ojos oblicuos, en medio de un paisaje que podría decorar un biombo de laca. En las “Ferias” vemos hervir esa vida primitiva que se intensifica allí como en un hormiguero, se adivina la inquietud fugaz que la chicha suscita en los indios, y nos parece escuchar el murmullo de las voces, el rumor de las danzas, el tantarán grave de los tamboriles, las notas agrias del charango o las plañideras de la quena. En cambio, en el “Campo Santo de Purmamarca” sentimos profundamente la soledad, el silencio y la tristeza del ambiente: en el suelo áspero y mineral se alzan, como pequeñas pirámides, las tumbas de piedra con sus cruces entre los cactus rígidos v espinosos; en el fondo, una mole de montaña granítica cierra el horizonte, y abajo, las casas del villorrio duermen solas y frías... Diríase que un soplo de muerte hubiera pasado por ese dibujo, en el que el artista ha querido infundir la impresión desolada de un cementerio de pueblo. En las otras visiones, parece que los trazos de Pinto latieran animados por una ráfaga de vida.

El arco de plata de Nuestra Señora de la Merced

Ratio:  / 3

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
extraido de "Los Antepasados", Buenos Aires, 1983

En aquellos ayeres lejanos, las prácticas religiosas de cada familia se circunscribían al ámbito exclusivo -- por decirlo así -- de una parroquia determinada. En ese templo todos sus miembros recibían, año tras año, el bautismo y demás sacramentos. Allí, durante el curso de sus vidas, participaban fervorosamente en los ritos y ceremonias del culto; allí contraían matrimonio, educaban a sus hijos y sus cadáveres eran sepultados. Por mucho tiempo todavía, el recuerdo de esos muertos prolongábase para los vivientes en las misas impetratorias de los aniversarios o en la fundación de piadosas Capellanías. Y si, vaya por caso, la Catedral fue panteón para los Riglos durante varias generaciones, y para Alonso de Lajarrota, su pariente y alguno de los Aguirre de la misma estirpe; si entre los cimientos de Santo Domingo son hoy ceniza los cuerpos de Pérez de Burgos y sus descendientes los Rodríguez de Estela, los Soria y los Dogan; si en San Francisco quedó inhumado Pedro de Izarra y, por casi dos siglos, sus vastagos, los Gaete, los Torres y los Quintana tuvieron enterratorio propio; la familia de Gamiz con sus deudos los López Osornio, los Bolaños, los Ruiz, los López Anaya y los Anchorena fueron, a su vez, en la vida y en la muerte, asiduos parroquianos y fieles difuntos de la Iglesia de La Merced.

Ante el altar de este templo inconcluso (que se terminó definitivamente en 1769, gracias a la munificencia de los cónyuges José Ruiz de Arellano y María Rosa Giles), se bendijeron las nupcias del soldado Pedro Gamiz de las Cuevas con Tomasa Alvarez de Lasarte; patriarcas del linaje argentino de su sangre; y en el cementerio anexo a dicho convento -- sobre la actual calle Sarmiento -- recibieron ambos cristiana sepultura. En la iglesia mercedaria fueron también espiritualmente asistidos todos los hijos del referido matrimonio. Uno de los cuales, Pedro Gamiz, profesó en la venerable orden catalana creada por San Pedro Nolasco. Igualmente su sobrino carnal, fray Juan José Bolaños Gamiz, pudo lucir, sobre su hábito blanco, el escudo timbrado con la corona aragonesa, que en uno de sus cuarteles rojos lleva la Cruz de plata de la Catedral de Barcelona y, en el otro, de oro, las cuatro barras verticales de gules que, en el siglo XIII, a dichos religiosos, cuando redimían cautivos entre los moros, les concedió el Rey Jaime I de Aragón.

Por otra parte, tanto Bernarda Gamiz de Bolaños como Nicolasa Gamiz de López Osornio fundaron sendas Capellanías de misas a rezarse en La Merced. Y cuando mi antepasada Isabel de Gamiz, designó -- por señas, pues había perdido el habla -- a sus albaceas testamentarios, al oír el nombre del Reverendo mercedario Fray José Eugenio Díaz lo confirmó de un cabezazo ante el Escribano Herrera.

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El pastor de la pampa

Ratio:  / 20

por Carlos P. Ibarguren Uriburu

La dilatada estepa, húmeda y herbosa, que se extiende en el litoral, ha sido la región mentada cuando se ha descripto la vida y las costumbres en las campañas argentinas.

 

La pampa ha suministrado tema abundante y ofrecido color local a los pintores de nuestro medio, a los poetas nacionales, a los observadores rápidos y a los fáciles sociólogos. Con la pampa y su gaucho vestido con “chiripá”, se ha representado en el extranjero a la Argentina de antaño, como se muestra en las oleografías a España con sus chulos, manolas y toreros, o a Holanda con sus canales bordeados por molinos de grandes astas y sus aldeanos calzados con gruesos suecos de madera.

Algunos viajeros que nos visitaron en el siglo pasado han recordado con amor los cuadros pampeanos: el plano infinito donde la vista corre sobre el mar de pastos rizados por el viento y se hunde en la lejanía luminosa del horizonte; los matorrales de cardos que los animales cruzaban abriendo un laberinto de sendas; los secos pajonales que guarecían a jaguares y a pumas; las frescas lagunas animadas por los cisnes, las garzas, los teros, los chajás, cuyos estridentes graznidos interrumpían la soledad callada; la amplitud del escenario, que exalta el alma como si se la dilatara para abarcar la desmesurada perspectiva; los amaneceres diáfanos, los crepúsculos rojizos intensamente tristes, las borrascas repentinas y furiosas y, por sobre todo, el “ánimo de los hombres que se sentían libres, cara a cara con la naturaleza, bajo estos hondos cielos meridionales” (1).

Esos hombres aportaron el material con que se ha elaborado la leyenda criolla. El poema que ha reflejado fielmente y con gracia rústica la vida en la pampa, define en una estrofa la azarosa existencia del gaucho:

Sin punto ni rumbo fijo 
En aquella inmensidad
El gaucho anda como duende 
Su esperanza es el coraje 
Su guardia: la precaución
Su pingo es la salvación 
Y pasa uno en su desvelo 
Sin más amparo que el cielo
Ni otro amigo que el facón. (2)

Los paisanos, diseminados en la gran llanura, obraban impulsados por un feroz individualismo. La conquista de la pampa fue considerablemente más difícil y cruenta que la de las otras zonas de nuestro territorio.

"Desde que pisaron los españoles estas riberas, han sostenido con los naturales de la pampa las alternativas de la guerra con varia fortuna y, desde luego, se puede asegurar que los establecimientos de esta parte han padecido una persecución tenaz y más fuerte que los otros de América. Al principio los pampas iban de pie, porque caballos no había; pero multiplicáronse éstos considerablemente, los adquirieron los indios y, habiéndose hecho ellos más jinetes que todos nosotros, llegaron a ser y son enemigos más fuertes que antes. La vida errante, el ningún estímulo y la imposibilidad de sostener los establecimientos, son motivos por los cuales no se pueden formar expediciones para la completa conquista de la pampa... Padeceremos por nuestra frontera las vicisitudes de una guerra incómoda y ratera. En este año—1782—de nuestra estadía, han ocurrido tres incursiones de indios, las que aquí se llaman “entradas” y, en ellas, nuestra gente ha sido descarriada... La guarnición que tenemos ahora es de 600 hombres repartidos en un cordón de fuertes... Estos fuertes que se llaman guardias, han aumentado bajo este virreinato... El capitán general José de Andonaegui formó en 1752 tres compañías valerosas, que a la voz de atención blandeaban las lanzas y se llamaron, por ello, blandengues. La mayoría de estos soldados son casados y ellos, sus mujeres y algunos otros vecinos, levantan poblaciones y constituyen pueblos en las guardias." (3).

Así fue conquistada, palmo a palmo, y después de lidiar durante más de un siglo, ese erial inmenso y fértil.

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Ninguna sonrisa en las fotos antiguas

Ratio:  / 1

www.abc.es / Sección Cultura / 06.10.2013

Sonreír ante una cámara es hoy un acto reflejo y casi hasta una obligación pedida por el fotógrafo. Pero no siempre fue así. Un vistazo a un álbum antiguo y no hay asomo de una risa, ni siquiera estiran tímidamente los labios. Todos serios, mortalmente graves. ¿Por qué nadie sonreía en los retratos? ¿Cuándo empezamos a alegrarnos delante de un objetivo?

Las razones son básicamente dos: técnica y, sobre todo, moral. Al comienzo de la era de la fotografía, en el siglo XIX, los retratados debían pasar un largo tiempo hasta que el daguerrotipo era capaz de captar la imagen, al menos diez minutos para recoger la luz. Imposible mantener un gesto forzado durante tanto tiempo sin que el resultado fuera un borrón. De hecho, en ocasiones contaban con reposacabezas para evitar el entumecimiento muscular.

Las razones técnicas no invitaban entonces a la alegría, pero los retratados tampoco habrían esbozado ningún síntoma de alborozo aunque la tecnología hubiera sido más rápida. El motivo principal para no sonreír delante de una cámara era moral. La sonrisa era vista tradicionalmente en occidente como un gesto infantil y principalmente desdeñoso. La cultura artística europea mostraba que la risa estaba reservada para los locos, los borrachos, los niños, la gente del espectáculo y las prostitutas.

La literatura al respecto es abundante. El escritor Mark Twain, según recoge el artista Nicholas Jeeves en un artículo publicado en The Public Domain Review, dejó anotado: «Una fotografía es un documento demasiado importante, y no hay nada que lo dañe más y lo estropee que una tonta, estúpida sonrisa grabada para la posteridad». Los retratos fotográficos, entonces caros, estaban reservados a personalidades o gente pudiente, preocupadas en ofrecer una imagen responsable de sí mismos. Como anotó el escritor Charles Dickens: "La sonrisa es para las damas y caballeros a los que no les importa parecer inteligentes".

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El espíritu y la cultura hispánica en la expresión popular Argentina

Ratio:  / 2

por Carlos P. Ibarguren Uriburu

La expresión superior de un pueblo es su cultura, vale decir, el conjunto de conceptos religiosos, morales, científicos, sociales y políticos que fundamentan su vida colectiva y las obras estéticas creadas por sus artistas y literatos. El alma española resplandece en su cultura y encierra en su grandeza y profundidad todas las antinomias del mundo y de la vida: el misticismo arrobador y el sensualismo crudo, el optimismo aventurero y el pesimismo fatalista, la picardía chispeante y la gravedad severa, la generosidad caballeresca y la venganza iracunda, la arrogancia y la abnegación. Y por sobre todas esas múltiples facetas dos rasgos dominantes: el culto a la honra y el amor a lo hazañoso y a lo heroico.

El alma hispana cuando vibra exaltada forja epopeyas. Ondas henchidas de ideal y de pasión despiertan súbitamente en ella, y la llevan a destinos trascendentales en la historia para realizar gestas imperecederas. Así, los formidables conquistadores de América agrandaron el mundo para enjambrar pueblos nuevos; los fervorosos místicos se elevaron al cielo para divinizar en el arte las imágenes humanas y humanizar las divinas; los literatos clásicos inmoralizaron en la lengua castellana los sueños de los poetas y la comedia y la tragedia de los hombres.

Al recorrer tierras de España he admirado con emoción las esencias de su ánimo: las he sentido en las viejas ciudades y en los campos, en las catedrales y en los claustros, en los palacios y en las casonas, en los señores y en los labriegos. Y tanto en los monjes de Zurbarán como en los Cristos de Morales, en las tallas del Montañes y de Alonso Cano, en los cuadros de Velázquez y de Goya, vemos esa intensa mezcla de exaltación idealista y de fuerte realismo que campea también en las páginas del Quijote.

El espíritu del pueblo argentino primogénito fue engendrado por el español; pero sus rasgos son más atenuados, su psicología más morigerada y sus destellos menos fuertes que los de este. Su expresión se refleja fielmente en el idioma: el nuestro tiene en el acento una dulzura de que carece el habla de España; el tono con que pronunciamos las voces refleja esa diferencia: es más apagado y más blando, como su nuestra tierra pródiga, nuestro clima benigno y nuestro cielo etéreo hubieran suavizado en los hijos la reciedumbre del alma materna.

Quien estudiara solamente la ciudad de Buenos Aires y su cultura creyendo que esta metrópoli condensa con fidelidad todos los aspectos de la Argentina, incurriría en error. Buenos Aires, como las grandes ciudades portuenses y los ricos centros mercantiles, es cosmopolita; alberga copiosamente a hombres de todas las razas y se oye en sus calles la algarabía de todas las lenguas. La Argentina más genuina y característica está en las campañas, en las provincias. Las urbes populosas no tienen, por lo general, acentuado tipo nacional, ecepto aquellas que representan y conservan una tradición histórica de siglos. La fisionomía propia y la vida esencial de un país, sobre todo cuando es agrícola y pastoril, está en los campos, donde la geografía y las fuerzas telúricas de cada comarca determinan la idiosincrasia de los aborígenes y hasta influye en su tipo físico.

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Barrios de Buenos Aires: Caballito

Ratio:  / 2

por Diego M. Zigiotto

Entre tantos errores que cometemos los porteños, solemos decir que vamos “al Centro” cuando nos acercamos a la zona del Obelisco o a la “City” porteña. En realidad, lo correcto, cuando uno dice que va “al Centro” es venir a este barrio, a Caballito, que se encuentra exactamente en el centro de Buenos Aires.

Caballito debe su nombre a la pulpería inaugurada en 1821 por el genovés Nicolás Vila en la esquina de Rivadavia y Emilio Mitre. La veleta del comercio pertenecía a una antigua nave ballenera fondeada en el puerto de la ciudad, y tenía la forma de un pequeño caballo. Las carretas que iban hacia el oeste hacían una parada “en el caballito”, y así le quedó entonces el nombre a este rincón de Buenos Aires. Hoy la veleta original se encuentra en el Museo del Transporte de Luján, aunque hay un proyecto para que sea devuelta al barrio, para ser exhibida en el Museo Luis Perlotti, en la calle Pujol. En la plazoleta Primera Junta, frente a su emplazamiento original, se encuentra una réplica de la figura, realizada por el propio escultor Perlotti. También se ubica allí el monumento a Miguel de Azcuénaga, uno de los vocales de la Primera Junta.

Caballito limita con otros siete barrios: La Paternal y Villa Crespo, al norte; Almagro y Boedo al este; Parque Chacabuco al sur; y Flores y Villa General Mitre, al oeste. Los límites los constituyen las avenidas Juan B. Justo, San Martín y Ángel Gallardo, la calle Río de Janeiro, las avenidas La Plata y Directorio, y la calle Curapaligüe y su continuación, Donato Álvarez.

Unos párrafos atrás hablábamos del Centro. Exactamente el centro geográfico de Buenos Aires se encuentra en la calle Avellaneda 1023, y una placa así lo señala. Conviene aclarar que, desde que se ganaron tierras al río de la Plata con la Reserva Ecológica, la ciudad aumentó su superficie y, por ende, se corrió el centro unos metros hacia el este.

El barrio fue en sus orígenes una zona de quintas, comunicadas entre sí por el Camino Real (la actual avenida Rivadavia) y algunos caminos vecinales. El estado de estas vías era lamentable, situación que se agravaba cuando llovía mucho. Durante varios años, distintas comisiones vecinales se reunían para paliar este problema, tapando los baches o directamente pequeños pantanos que se formaban con agua estancada. En una memoria municipal consta que “(El vecino) Gervasio Castro eliminó dieciocho pantanos grandes y chicos que se extendían entre Caballito y La Floresta”.

Sólo se mejoró el camino a partir de 1870, cuando se estableció un sistema de cobro de peaje a las carretas y diligencias que se dirigían al vecino pueblo de San José de Flores, o más allá, a Luján e incluso hasta Córdoba, Mendoza o Salta.

 

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