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El pastor de la pampa

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MaloBueno 

por Carlos P. Ibarguren Uriburu

La dilatada estepa, húmeda y herbosa, que se extiende en el litoral, ha sido la región mentada cuando se ha descripto la vida y las costumbres en las campañas argentinas.

 

La pampa ha suministrado tema abundante y ofrecido color local a los pintores de nuestro medio, a los poetas nacionales, a los observadores rápidos y a los fáciles sociólogos. Con la pampa y su gaucho vestido con “chiripá”, se ha representado en el extranjero a la Argentina de antaño, como se muestra en las oleografías a España con sus chulos, manolas y toreros, o a Holanda con sus canales bordeados por molinos de grandes astas y sus aldeanos calzados con gruesos suecos de madera.

Algunos viajeros que nos visitaron en el siglo pasado han recordado con amor los cuadros pampeanos: el plano infinito donde la vista corre sobre el mar de pastos rizados por el viento y se hunde en la lejanía luminosa del horizonte; los matorrales de cardos que los animales cruzaban abriendo un laberinto de sendas; los secos pajonales que guarecían a jaguares y a pumas; las frescas lagunas animadas por los cisnes, las garzas, los teros, los chajás, cuyos estridentes graznidos interrumpían la soledad callada; la amplitud del escenario, que exalta el alma como si se la dilatara para abarcar la desmesurada perspectiva; los amaneceres diáfanos, los crepúsculos rojizos intensamente tristes, las borrascas repentinas y furiosas y, por sobre todo, el “ánimo de los hombres que se sentían libres, cara a cara con la naturaleza, bajo estos hondos cielos meridionales” (1).

Esos hombres aportaron el material con que se ha elaborado la leyenda criolla. El poema que ha reflejado fielmente y con gracia rústica la vida en la pampa, define en una estrofa la azarosa existencia del gaucho:

Sin punto ni rumbo fijo 
En aquella inmensidad
El gaucho anda como duende 
Su esperanza es el coraje 
Su guardia: la precaución
Su pingo es la salvación 
Y pasa uno en su desvelo 
Sin más amparo que el cielo
Ni otro amigo que el facón. (2)

Los paisanos, diseminados en la gran llanura, obraban impulsados por un feroz individualismo. La conquista de la pampa fue considerablemente más difícil y cruenta que la de las otras zonas de nuestro territorio.

"Desde que pisaron los españoles estas riberas, han sostenido con los naturales de la pampa las alternativas de la guerra con varia fortuna y, desde luego, se puede asegurar que los establecimientos de esta parte han padecido una persecución tenaz y más fuerte que los otros de América. Al principio los pampas iban de pie, porque caballos no había; pero multiplicáronse éstos considerablemente, los adquirieron los indios y, habiéndose hecho ellos más jinetes que todos nosotros, llegaron a ser y son enemigos más fuertes que antes. La vida errante, el ningún estímulo y la imposibilidad de sostener los establecimientos, son motivos por los cuales no se pueden formar expediciones para la completa conquista de la pampa... Padeceremos por nuestra frontera las vicisitudes de una guerra incómoda y ratera. En este año—1782—de nuestra estadía, han ocurrido tres incursiones de indios, las que aquí se llaman “entradas” y, en ellas, nuestra gente ha sido descarriada... La guarnición que tenemos ahora es de 600 hombres repartidos en un cordón de fuertes... Estos fuertes que se llaman guardias, han aumentado bajo este virreinato... El capitán general José de Andonaegui formó en 1752 tres compañías valerosas, que a la voz de atención blandeaban las lanzas y se llamaron, por ello, blandengues. La mayoría de estos soldados son casados y ellos, sus mujeres y algunos otros vecinos, levantan poblaciones y constituyen pueblos en las guardias." (3).

Así fue conquistada, palmo a palmo, y después de lidiar durante más de un siglo, ese erial inmenso y fértil.

Un rancherío de adobe, agrupado junto al fuerte que un foso defendía, formaba el rudimentario pueblo. Por entre la montera pajiza de los ranchos culminaba la capilla, que durante largos años ostentaba, a guisa de torres, una desnuda armazón de ñandubay o de algarrobo para la campana, que soltaba al viento tañidos destemplados. Alrededor de esas comunidades elementales, tanto los vecinos que se habían alejado de todo vínculo con centros civilizados, como los mestizos vagabundos que sólo conocían el aislamiento del desierto, pastoreaban bestias errantes.

Toda la historia de la pampa, está concentrada en la constante pelea contra los indios, en los horrores de las depredaciones, en los raptos de las mujeres, en el rescate de los cautivos. La vieja milicia de los blandengues, que se movía en patrullas efe un punto a otro y que salía del baluarte, para volver a encerrarse en él, era fuerza débil para dominar Más tarde, los fortines reemplazaron a las antiguas guardias, y la vida siguió desenvolviéndose, hasta épocas cercanas, entre aventuras y peligros.

Indios bravíos, ganados alzados, gauchos semi-alzados, tales fueron los principales protagonistas en aquel teatro, mientras que los europeos, los “cristianos”, trabajaban al amparo del fuerte militar con las armas prontas para el combate, o el caballo listo para la fuga. La única expresión que allí existió de la sociedad organizada y del Estado, fue la ruda mesnada de soldados, enviada desde la ciudad para repeler y castigar el pillaje de los merodeadores.

La industria, el comercio, las ocupaciones que suponen cultura y labor social, no fueron practicados.

Allí, la violencia actuaba en todos los órdenes: en la soldadesca que representaba a la autoridad, en la pelea contra la horda depredadora, en la faena diaria.

Violencia para domar los potros, para juntar las haciendas, para apartar los animales, para marcarlos, para dirigirlos. El infortunio por la violencia aparece, siempre, en las fábulas de la vida gauchesca.

“Esos hombres errantes que corren tras de los ganados, y que persiguen bestias alzadas en el desierto, no tienen la más mínima noción de regla ni de medida para nada; habituados a la completa independencia, no aman la sociedad que no conocen, ignoran las más elementales comodidades, carecen de “ toda instrucción y no saben obedecer. Acostumbrados desde la infancia, a degollar animales, les parece natural hacer lo mismo con los hombres; la muerte les es indiferente”. (4)

Indisciplina, coraje, amor a la libertad sin freno, sometimiento voluntario al más fuerte o al más valeroso, ausencia de 'sentimientos de solidaridad social, repugnancia por el trabajo sedentario, orgullo mezclado en pundonor, inclinación irresistible a la vida nómada, he aquí los relieves del alma pampeana.

El suelo próvido, agua por doquier, rebaños multiplicados en cantidad incalculable, clima templado, he aquí los elementos benignos que la tierra ofreció maternalmente.

La pampa, como la estepa de los tártaros mongoles, es esencialmente propicia al caballo, tanto por su horizontalidad, cuanto por la abundancia de hierbas que se renuevan en el curso de las diversas estaciones del año. Las estepas asiáticas, las húngaras y las argentinas, son las regiones más favorables para el desarrollo de los equinos.

El caballo, que es principalmente un animal de carrera, encuentra en las dilatadas planicies un magnífico campo para sus rápidos ejercicios y desenvuelve, así, sus naturales características. El suelo pampeano, más consistente que el arenoso y liviano de los secos llanos del interior, da a ese animal, seguridad plena en su marcha y le abre un indefinido campo de correrías. Demolins hace notar (5), al referirse a las estepas tártaras, que el caballo desarrolla con excelencia todas sus cualidades, solamente en pastizales muy extendidos y perennes. La pampa constituye un colosal haras natural, y así como ella es particularmente adecuada al equino, éste fue el elemento de que se valió el paisano para adaptarse a aquel medio.

El caballo fue el principal utensilio de labor, el vínculo entre la población desparramada, el instrumento más eficaz de defensa y el complemento indispensable de la persona del gaucho. Sin ese animal, que representaba una guarda y un cerco vivo y móvil, hubiera sido impracticable la ganadería en la vastísima llanura sin barreras, e imposible el cuidado de los rebaños. Su galope acortaba las distancias, facilitaba la vecindad entre los pagos y concentraba rápidamente a los hombres, ya para realizar en común labores rurales, ya para celebrar, en las pulperías, reuniones y fiestas.

El gaucho no usaba armas de fuego u otras que permitieran combatir a distancia; sus elementos de pelea eran la daga contra el hombre y las boleadores contra el caballo del adversario. El veloz corcel permitía ágiles evoluciones ofensivas y prestas retiradas. El que perdía su caballo sufría la mayor desgracia en la gran llanura; la expresión criolla “se quedó de a pié”, significa vencido, desamparado, condenado a la más miserable situación.

Un francés preguntó a un gaucho que andaba holgazoneando ¿por qué no trabaja Vd.?

¡Trabajar! ¡Cómo puedo trabajar si me han dejao de a pié y estoy fundido!

¡Ah! — exclamó el forastero — ha tenido Vd. negocios y le han salido mal!

El gaucho, atónito, respondió.

¿Negocios? ¡Nó, en mi vida! Pero en una pulpería un gringo como luz me robó el caballo, el recao, el lazo, las boleadoras y un cojinillo riojano. ¡Me dejó sin un vintén!

¡Pobre hombre! ¿Cómo podía trabajar a pie? (6) En su “pingo” llevaba consigo todo su patrimonio: el cuchillo y las boleadoras como armas, el lazo para atrapar el ganado, la guitarra para ritmar sus cuitas, el poncho para abrigarse y el “recado” que le servía, a la vez, de montura y de lecho. Todo el lujo ofrendábase al caballo: frenos y espuelas de plata, enchapados; en los arreos, virolas de metal luciente en las riendas. Tales prendas hípicas eran los atavíos más preciosos y codiciados.

Es vanidad del paisano fincaba tanto en el coraje y en la destreza para la pelea, cuanto en la hermosura, en la velocidad y en el ornato del “parejero” que cabalgaba.

“He visto un par de estribos fabricados con ochenta libras de plata y he conocido a un coronel, que no sabía leer ni escribir; pero que llevaba sobre el caballo un valor de 15.000 liras en metales preciosos. Tal vez el gaucho no conozca ni media docena de palabras para expresar los matices del sentimiento; pero emplea más de treinta vocables para distinguir el “pelo de sus caballos”. (7)

Debido a la costumbre de cabalgar desde la primera infancia, el hijo de la pampa adquiría una peculiar estructura: las piernas arqueadas, el busto echado hacia adelante y un cierto balanceo y pesadez en el andar.

La vinculación del hombre con el caballo, fomentó el vagabundeo. Nada en la pampa, era sedentario; to¬do allí ambulaba. El ambiente, mientras no fue modificado por la civilización europea, contrariaba cualquier idea de estabilidad. El ganado, andaba constantemente; cuando había comido los pastos en un punto se trasladaba a otro y así recorría la gran llanura. El agua, repartida en innumerables lagunas y cañadones, escaseaba durante las épocas de sequía y, entonces, los animales peregrinaban impelidos por la sed en busca de los arroyos más caudalosos. El hombre, dedicado exclusivamente al pastoreo, erraba como los rebaños y encontraba, en cualquier parte, medios de vida.

Me parece el campo orégano 
Dende que libre me veo 
Donde me lleva el deseo
Allí mis pasos dirijo 
Y hasta en las sombras, de fijo 
Que donde quiera rumbeo.

No hemos de perder el rumbo
El que es gaucho va ande apunta 
Aunque inore ande se encuentra 
Pa el lao en que el sol se dentra 
Dueblan los pastos la punta.

De hambre no pereceremos 
En los campos se hallan vichos 
De los que uno necesita.

Tampoco a la sed le temo 
Yo la aguanto muy contento 
Busco agua olfatiando al viento 
Y dende que no soy manco 
Ande hay duraznillo blanco 
Cavo y la saco al momento.

Si es preciso pa salvar 
Nunca no ha de faltar 
Ni un güen pingo pa juir 
Ni un pajal donde dormir 
Ni un matambre que ensartar.
Hago mi nido ande quiera 
Y de lo que encuentro como. (8)

Y hoy mismo, en las regiones donde predomina la ganadería, el criollo de pura cepa, refugiado allí, no se radica por largo tiempo en una estancia; su irresistible tendencia ambulatoria lo impulsa a salir del establecimiento en que trabaja, a recorrer la zona y a volver al punto de partid para repetir la gira, al cabo de un tiempo, y pagar nuevo tributo a su pertinaz vaga-bundeo.

La conformación del suelo favorece la andanza: plano, sin montes ni torrentes de difícil vado. El llano semejaba un camino abierto para todos los rumbos, y el gaucho galopaba entre tierra y cielo guiado, como los antiguos navegantes, por el movimiento del sol durante el día y por la posición de las estrellas durante la noche.

La tierra, sin cercos ni términos que la delimitaran, era un don tan común como el aire o como los animales que corrían sin dueño. La propiedad inmueble, que no aparecía materialmente exteriorizada, era un concepto ignorado o incomprensible.

“Muchas veces se juntan cuatro o cinco gauderios, holgazanes criollos, con pretexto de ir al campo a divertirse no llevando más prevención para su mantenimiento que el lazo, las boleadoras y un cuchillo; matan una vaca o novillo para comer solamente el matambre y luego que satisfacen su apetito abandonan el resto” . (9)

Los ganados abastecían las elementales necesidades, daban carne para el alimento, lana y cueros para el abrigo, estiércol para el combustible.

Ni el hombre ni la mujer, sintieron el requerimiento de buscar en otras ocupaciones, como el comercio o la industria doméstica, el complemento para integrar sus recursos. El pastoreo, trabajo atrayente y fácil, no predispone para la dedicación a faenas industriales que demandan esfuerzos más penosos. “Allí las industrias eran absolutamente desconocidas y la mayor parte de los habitantes deben sus medios de existencia al ningún valor de la carne”y tria" facilidad que ellos tienen de vivir casi sin trabajar” (10).

Los pastores de la pampa se bastaban a sí mismos con los elementos que el medio físico les brindaba. Tal circunstancia desarrolló intensamente en ellos la sensación de la libertad e infundió el sentimiento de la altivez. No vivieron dependientes de la ayuda extraña que impone forzosas subordinaciones; fueron soberbios. Y, brevemente, con un gesto de altanería, definían, cuando se pretendía humillarlos, su concepto de la igualdad humana: “¡Naide es más que naide!”

Esos hombres rudos y altivos obedecían, sin embargo, hasta el sacrificio, al que lograba imponerse inspirándoles afecto o admiración. La generosidad y la bravura los cautivaban. Soldados sufridos, iban abnegadamente de la miseria a la muerte detrás de sus conductores. Amaban la guerra, cuya imagen les suscitaba confusamente la visión de patria, que era inseparable de la de su propia libertad. Así guerrearon, heroicamente, por la independencia argentina y, más tarde, combatieron contra la dominación aristocrática de la ciudad, al grito feroz de ¡Federación o Muerte! Y las turbas bárbaras de gauchos del litoral y de montoneros del interior, gobernaron la república con la lanza y el cuchillo, imponiendo, como símbolo de su agreste rebeldía, la enseña turbulenta de todos los jacobinismos: la divisa roja.

Carecieron en absoluto del sentimiento de sumisión a la ley, a la que juzgaban siempre injusta para con los pobres criollos; sólo acataban respetuosos la recia voluntad del hombre que los capitaneaba. Recelosos del forastero, no comprometían jamás ante éste opinión alguna: “así será”, “quien sabe”, o un gesto dubitativo equivalente, eran sus respuestas habituales. Menospreciaban al pueblero por inepto y orgulloso, y miraban con aversión al europeo, al “gringo”, sintiéndolo, instintivamente, como un enemigo que vendría a desalojarlos y a usurparles la pampa. El calificativo de “gringo”, aplicado al que cabalgaba o realizaba faenas rurales, era sinónimo de grotesco o de inútil, y el de “gringo como luz”, significaba persona lista para el mal, dolosa, explotadora del pobre paisano. En cambio, el mayor elogio que podía tributarse a un hombre era llamarle “buen gaucho” o “buen criollo”, vale decir, dotado de las habilidades y de las virtudes que eran más apreciados: destreza, coraje y generosidad.

El ladrón inspiraba repugnancia; pero el homicida que “se había desgraciado en buena ley”, o sea en riña leal, era enaltecido.

El gaucho, taciturno e indiferente como el indio, de cuya sangre participaba, alimentaba una vida interior elemental. Era fatalista; pero su fatalismo no fue el resultado de conceptos filosóficos o de sentimientos religiosos. Una conformidad instintiva y obscura le resignaba en la adversidad y en el dolor; en vez de elevarse, como el místico, hasta la voluntad divina para entregarse beatíficamente a ella, se inclinaba vencido ante la “suerte” y sufría impasible sus flagelaciones.

Era supersticioso, como todos los espíritus primitivos. Una confusa mezcla de terrores indígenas y de ambiguas nociones católicas agitaban a su alma simple, y así: huía horrorizado del “gualicho”, genio indio del mal, y se santiguaba para alejarlo, o veía, en las tinieblas de la noche, la “luz mala” de alguna ánima condenada a un eterno vagar sobre la tierra, que corría locamente como una gran luciérnaga perseguida.

La monotonía inexorable y el silencio de la pampa infundió, en el gaucho, una persistente melancolía, que manaba espontánea en la música y en los cantares. Los aires criollos son tristes. La guitarra no vibraba con alegría, no sonaba para acompasar expansiones risueñas, sino para interpretar las congojas de los hombres; sus acordes graves hendían quejumbrosos el viento, expresando las angustias indefinibles del amor o la tragedia de la fatalidad desatada. La melodía plañidera se prolongaba largamente, siempre igual, como la estepa…

La periodicidad de los fenómenos de la naturaleza, producidos sin cooperación alguna de los hombres, y que proveían al abastecimiento, acostumbró a éstos, en la pampa, a esperarlo todo de la providencia. Los pastos se renovaban en todas las estaciones del año y crecían tupidos, sin que fuese menester el trabajo previo de labranza y de siembra. Los animales se reproducían fecundamente, lo que permitía se conservara, sin la acción humana, el conjunto de ganados. Las lluvias mantenían feraz el suelo. Las majadas daban con regularidad espontánea el fruto valioso de la lana, sin demandar más esfuerzo que el de cortarla. En tal ambiente, el pastor de la pampa no tenía interés en acumular productos. El ahorro carecía de objeto y de utilidad; por el contrario, era incómodo. La acumulación de productos requería un lugar fijo donde guardarlos y dificultaba al gaucho sus correrías y peregrinaciones, para las que debía proveerse, únicamente, de pocos objetos portátiles y manuales. La influencia de estos factores determinó la imprevisión, como cualidad dominante en la población pampeana, y la indolencia criolla, manifestada en el abandono y en la falta de ambición.

Las cosas pertenecían a quien las tomaba, o se servía de ellas. El dominio territorial no ofrecía al paisano ningún interés, porque éste no se radicaba en el suelo. La deficiente noción que él tenía sobre la propiedad raíz era correlativa con el vago concepto de la familia, la que no reposaba en ningún vínculo estable.

Otros pueblos pastoriles, como el tártaro mongol, viven organizados conforme al tipo de la familia patriarcal, y el grupo, estrechamente unido, es una comunidad sometida al padre, cuya autoridad inspira un respeto casi religioso. Este tipo se observa en las estepas de Asia y de Europa y, con algunas diferencias, en los países poblados por emigraciones de pastores, como la China, la Rusia Meridional, la Turquía, la Servia.

Nada de eso ocurrió en nuestra pampa; aquí, la población genuina no conoció a la familia, como núcleo fuerte que atrae y agrupa a sus miembros bajo la autoridad paterna, ni como institución regular y permanente. La pampa no engendró ninguna forma de organismo social, ni siquiera la más simple y primaria.

El concubinato fue más generalizado que el matrimonio. En la unión transitoria, de "atrás de la Iglesia", el padre, vagabundo, desatendía a los hijos que quedaban al exclusivo cuidado de la mujer. La familia, así fundada, se disgregaba pronto a causa de la vida nómade.

Los hombres no estaban vinculados por ningún lazo sólido, ni tradicional, ni religioso, ni social, ni familiar. Los niños, notablemente precoces, abandonaban el rancho en cuanto podían desenvolverse solos. El padre cambiaba de manceba, y la madre uníase fugazmente con otro hombre.

Un pasaje de Martín Fierro nos expresa fielmente ese fenómeno característico:

Tuve en mi pago en un tiempo 
Hijos hacienda y mujer 
Pero empecé a padecer 
Me echaron a la frontera
¡Y que iba hallar al volver!
Tan sólo hallé la tapera.

Tal situación era naturalmente prevista por el gaucho; él sabía ya de antemano que al retornar de sus aventuras sólo encontraría las ruinas de su rancho.

Sólo estaba la tapera 
Por Cristo, si aquello era 
Pa enlutar el corazón 
Sólo se oiban los aullidos 
De un gato que se salvó 
El pobre se guareció 
Cerca de una viscachera.

El desmoronamiento del hogar no provocaba desesperación; por el contrario, era justificado.

Los pobrecitos muchachos 
Se conchavaron de piones 
Y la pobre mi mujer 
Me dicen que se voló 
Con no sé qué gavilán 
Sin duda a buscar el pan 
Que no podia darle yo.

Como una inobjetable y definitiva explicación de la conducta de su mujer, el gaucho exclama:

Si no le quedó ni un cobre 
Sino de hijos un enjambre 
Qué más iba hacer la pobre 
Para no morirse de hambre!

Y sin pesadumbre alguna, se alejaba de su “tapera” para formar, en otra parte, otra unión que pronto se disolvería como la primera.

El paisano, indiferente a la infidelidad de la barragana que parió sus hijos, arremetía iracundo de celos contra el que osaba “arrastrar el ala” a la prenda actual de su amor momentáneo.

En los bailes estallaban, con frecuencia, trágicas riñas. El rasgueo de las guitarras acompasaba el balancear de la danza, los ponchos flotaban con sus ondulantes flecos, haciendo titilar la llama fumosa de las candilejas; un vaho de tabaco, de hollín, de polvo, de sudor acre, exhalaba el interior de la pulpería. Las mujeres, vestidas con percales de colores vivos y ornadas las cabezas con pañuelos rojos o celestes, estremecíanse oprimidas por brazos membrudos. Bajo la escasa lumbre, las parejas giraban, cada vez más apareadas, proyectando grandes sombras móviles en las paredes de barro y en la pisoteada tierra. Los bailarines vertíanse al oído palabras encendidas.

De pronto, las hembras se desprendían de sus compañeros y corrían temerosas a la puerta. Los gauchos, agitaban los brazos envueltos en los ponchos, saltaban agazapados y esgrimían, chocando relampagueantes, las plateadas dagas. Un hombre caía vociferando blasfemias y echando espumarajos, y una gran mancha, como un charco, dilatábase enrojeciendo el suelo pol-voroso. El matador salía tranquilo, seguro de encontrar ayuda en todos los pagos, montaba en su “pingo” y se alejaba lentamente.

Afuera: el susurro de la noche, el eco amortiguado de un galope, ladridos de perros, agudos gritos de teros asustados y el piafar de los caballos atados al palenque.

 

Notas: 

(1) R. B, Cunninghame Graham. El Río de la Plata,

(2) José Hernández. Martín Fierro.

(3) Juan Francisco de Aguirre. Diario. Aírales de la Biblioteca, diri¬gidos por Paul Groussac, Torno IV.

(4) Félix de Azara, Voyages dans l’Amerique Meridionale. Tomo II.

(5) Edmond Demolins. Comment la ron te créc le typc social. Tomo I.

(6) R. 13. Cunnínghame Graham.,El Río de la Plata.

(7) Pablo Mantcgazza. Viajes por el Río de la Plata.

(8) J. Hernández. Martín Fierro.

(9) Concolorcorvo. El Lazarillo de ciegos caminantes.

(10) Félix de Azara, Obra citada.