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Barrios de Buenos Aires: San Nicolás y Retiro

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por Diego M. Zigiotto

 

El barrio de San Nicolás debe su nombre a la antigua iglesia de San Nicolás, que se encontraba en Carlos Pellegrini y Corrientes (derecha), en el lugar donde hoy se levanta el Obelisco porteño. El templo, erigido en 1769,  fue una postal más de Buenos Aires hasta 1935, cuando fue demolido para ensanchar la calle Corrientes. Quedó en pie sólo la torre, un antiguo monumento histórico: es que allí había flameado por primera vez en la ciudad la bandera argentina, en agosto de 1812. Sin embargo, estos pergaminos no alcanzaron para mantenerla en pie: la estructura también cayó bajo la piqueta, para permitir abrir la avenida 9 de julio. Fue así que la iglesia se mudó: pasó así a Santa Fe y Uruguay, a Retiro, el otro barrio que hoy desarrollaremos.

Podemos afirmar que la “columna vertebral” de estos dos barrios la constituye la calle Florida, una de las arterias más importantes de la ciudad. ¿Quién no caminó alguna vez por allí? La costumbre de recorrer Florida no es de nuestro tiempo: a principios del siglo XIX algunas de las familias tradicionales de Buenos Aires instalaron aquí sus hogares, y las tertulias que ofrecían eran muy populares. Los convites más concurridos quizás hayan sido los de Mariquita Sánchez de Thompson, vecina del barrio, cuya casa estaba en la actual Florida 271. Aquí se cantó por primera vez el Himno Nacional Argentino, en 1813. Lamentablemente, la vivienda también cayó víctima del progreso. 

Donde hoy se encuentra la plaza San Martín se levantó en 1801 la segunda plaza de toros que tuvo Buenos Aires, con capacidad para diez mil personas, aunque no siempre se colmaba su capacidad. Los vecinos se acercaban a la misma por Florida, que en esos años no lucía coqueta como en nuestros días. La mayoría de las calles porteñas presentaba un paisaje bastante deplorable: yuyos crecidos, animales muertos, y pantanos malolientes y plagados de moscas y  mosquitos cuando llovía. Fue así que el virrey Nicolás de Arredondo dispuso el adoquinado de la calle, que se convirtió así en una de las más confortables. Los habitantes de la ciudad pasaron así a denominarla “la calle del empedrado”. Algunas de estas “piedras bola”, llamadas así por su forma irregular, todavía pueden verse: se exhiben en Florida casi Diagonal Norte. A la altura de la calle Viamonte se encontraba un pequeño puente, que salvaba el arroyo del Medio, o zanjón de Matorras, que desaguaba en el río de la Plata por la calle Tres sargentos. 

San Nicolás y Retiro tienen varios hitos urbanos; es tal la cantidad de sitios emblemáticos que cuesta incluirlos a todos. Comenzamos por la Catedral, frente a la plaza de Mayo, aunque este último espacio se encuentra en el vecino barrio de Montserrat. La calle Rivadavia es el límite interbarrial.  

El templo mayor de la religión católica en Buenos Aires sufrió varias modificaciones, desde aquel primitivo ranchito de barro y paja levantado por la expedición de Juan de Garay, allá por 1580. Y hablando del fundador, justamente la manzana siguiente hacia el río fue la que el conquistador destinó para su vivienda, que en realidad poco usó, dados sus constantes viajes de exploración en este nuevo territorio, ávido de ser descubierto. El solar fue usado años después para sacar tierra con el fin de construir las endebles casas de la primigenia Buenos Aires. Se extrajo tanto barro que quedó un gran pozo, al que cayeron no pocos desprevenidos vecinos, encontrando fin a sus vidas. Fue así que el lugar obtuvo el mote de “Hueco de las ánimas”, por las que, se dice, pululan por allí. En 1857 se levantó en esa manzana el primer teatro Colón, obra del ingeniero Carlos Enrique Pellegrini. Fue su hijo, el presidente Carlos Pellegrini, quien en este lugar en 1890 el Banco Nacional. Desde la década de 1940 la casa central del Banco Nación, diseñada por el arquitecto Alejandro Bustillo, ocupa la manzana entera (izquierda).

Una de las principales vías del barrio es la avenida Corrientes. A pesar de que, como quedó dicho, fue ensanchada hace ya setenta y cinco años, muchos aún se empecinan en llamarla “la calle Corrientes”. El poeta tanguero Edmundo Guibourg la bautizó “la calle que nunca duerme”, por el movimiento nocturno de sus teatros, pizzerías, cafés y librerías. La zona de los teatros comienza en Callao, aquella que marca el límite de San Nicolás con Balvanera. Testigos de otros tiempos quedaron las salas de los teatros Astral, Presidente Alvear, Metropolitan, San Martín, Lola Membrives, Broadway, El Nacional, y los íconos de la avenida del otro lado de la avenida 9 de julio: el Ópera y su eterno rival, el Gran Rex. Muchas otras salas fueron cerrando, o transformándose en otros emprendimientos. 

Así como Corrientes era la arteria de los teatros, Lavalle, su primera paralela hacia el norte, era la calle de los cines. El cambio social que produjeron los centros de compras en la década de 1990 ocasionó que el público trocara gigantescas salas de enormes pantallas por otras de dimensiones reducidas, a cambio de mayor esparcimiento y seguridad.

Muchas de los antiguos cines no tuvieron más remedio que devenir en templos evangélicos, locales de video juegos o galerías polirrubro. 

El Obelisco, símbolo no sólo del barrio sino de la ciudad entera, fue inaugurado el 23 de mayo de 1936. Obra del arquitecto Alberto Prebisch, tiene 67,5 metros de alto y una escalera en su interior. A pesar de ser bastante discutidos sus méritos artísticos, fue rápidamente aceptado por los porteños.

Otro ícono de San Nicolás es el teatro Colón, inaugurado en 1908, y que festejó su reapertura y restauración el último 25 de mayo. El tradicional coliseo argentino fue obra de tres arquitectos: los italianos Francisco Tamburini y Víctor Meano, y el belga Julio Dormal. Los dos primeros fallecieron mientras realizaban este titánico proyecto y fueron sucedidos por los siguientes. 

De la manzana que ocupa el Colón salió el primer ferrocarril argentino. Allá por 1857 funcionaba en este lugar la Estación Del Parque (llamada así por el Parque de Artillería, en la manzana del actual Palacio de Justicia). El 30 de agosto de ese año corrió la primera formación ferroviaria, al mando de la afamada locomotora “La Porteña”. El ramal llegaba hasta los entonces suburbios de Buenos Aires, el hoy barrio de Floresta. El crecimiento de la ciudad hizo que la estación terminal debiera trasladarse al barrio de Balvanera.

La vecina plaza Lavalle, conocida antiguamente como “Hueco de Zamudio”, fue escenario de diversos acontecimientos, entre ellos la Revolución de 1890, un movimiento cívico-militar que culminó con la caída del presidente Miguel Juárez Celman. Otro lugar donde también se produjeron algunos enfrentamientos armados ese año fue la plaza Libertad, el antiguo “Hueco de doña Engracia”. Frente a este espacio verde se encuentra un hito de Retiro: el teatro Coliseo, levantado por la colectividad italiana en Buenos Aires.

Cómo no mencionar a la gran terminal de trenes, del ex ferrocarril Central Argentino, hoy Bartolomé Mitre (derecha). La estación, inaugurada en 1915, fue durante varios años la más grande del mundo. Frente a ella, la plaza Britania, rebautizada en 1982 Fuerza Aérea Argentina, durante la guerra con Inglaterra por la recuperación de las islas Malvinas. En el centro de la plaza se encuentra la “Torre Monumental”, donada a la Argentina por aquel país en 1910, con motivo de los festejos del Centenario. Es por eso que comúnmente la llamamos “Torre de los Ingleses”.

La barranca que caía al río de la Plata es claramente visible en la plaza San Martín, cuyo declive invita a tomar sol en las tardes de verano. En este lugar, allá por 1812, el General José de San Martín creó el Regimiento de Granaderos a Caballo. Es por eso que el espacio verde lleva su nombre desde 1878, cuando el Libertador hubiera cumplido cien años. Años antes se había levantado aquí el monumento que lo recuerda. 

Alrededor de la plaza todavía se yerguen el pintoresco palacio Haedo, sede de la Administración de Parques Nacionales; el palacio San Martín (ex Anchorena), asiento de la Cancillería argentina; y el palacio Paz, convertido en el Círculo Militar. El esplendor de este rincón de Buenos Aires hace noventa años era incomparable.

Otro edificio impactante es el Kavanagh, inaugurado en 1936. Fue la primera  estructura de hormigón armado de Buenos Aires, y la primera torre en contar con aire acondicionado y calefacción para cada departamento. Su vecino es el coqueto Marriot- Plaza Hotel, perteneciente originalmente a la familia Tornquist.

Un rincón parisino en la ciudad lo constituyen los alrededores de la plazoleta Carlos Pellegrini, en Alvear y Libertad. Allí se pueden apreciar las embajadas de Francia y Brasil (los imponentes palacios de las familias Ortiz Basualdo y Pereda, respectivamente), el Jockey Club y la refinada plaza Cataluña y, un poco más allá, sobre Cerrito, la mansión de los Álzaga Unzué, hoy devenida en hotel de lujo.

Además de la iglesia de San Nicolás de Bari, otros templos importantes de Retiro y San Nicolás son el Perpetuo Socorro, el Santísimo Sacramento (izquierda), Santa Catalina de Siena, Nuestra Señora de la Merced, De las Victorias, y la antigua iglesia Anglicana, en 25 de mayo 282. 

Otros hitos edilicios del barrio los constituyen los edificios ELMA, Comega y Goethe, sobre Corrientes; el impactante ex Correo Central, transformado en el Centro Cultural del Bicentenario; la Bolsa de Comercio; el ex Hotel Mihanovich (convertido en una de las sedes de la Facultad de Filosofía de la UBA); también la torre Mihanovich, en Arroyo 841; los hoteles Sheraton (en el lugar que ocuparon los tradicionales parques Japonés y luego Retiro), Four Seasons, Caesar´s Park, o el centro de compras Patio Bullrich, antigua casa de remates de hacienda. 

Estimado vecino, a vuelo de pájaro recorrimos parte de dos de los más tradicionales barrios porteños. Uno, San Nicolás, el “Centro”, asiento de innumerables edificios de oficinas, impacta además por el contraste entre la marea humana en los ajetreados días hábiles con los desiertos fines de semana. Otro, Retiro, barrio de desigualdades, entre la coqueta zona en lo alto de la barranca, con los degradados espacios debajo de ella, y con la presencia de la villa 31, otro de los paisajes insoslayables de la ciudad.