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Algunos apellidos engañosos

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MaloBueno 

por Santiago José Zervino

 

Continuando con las curiosidades genealógicas objeto de esta columna, viene a mi memoria una anécdota de un primo mío, genealogista y además escribano (en ese orden), a quien convocaron para un acto notarial en el cual participaba una Sra. María Bustamante de Smith. A llegar a  casa de esta dama, se dio cuenta de que la misma no hablaba casi nada de castellano, al punto que hubo que recurrir a la asistencia de un traductor público para explicarle los alcances del acto y leerle los documentos. ¿Cómo es que una señora de nombre y apellido tan españoles era tan inglesa? Ella misma lo explicó, traductor mediante: Su lejano antepasado Bustamante había naufragado en las costas inglesas cuando el desastre de la Gran Armada en tiempos de Felipe II, e imposibilitado de volver a su patria, había formado familia en Inglaterra. A pesar de haberse casado con una dama del lugar, había bautizado a todos sus hijos con nombres españoles y les había impuesto la condición de hacer lo mismo con sus descendientes. Éstos habían respetado la tradición hasta el siglo XX, y los hermanos de ella se llamaban Alfonso y Álvaro; eran de sangre casi puramente inglesa y escocesa, ninguno hablaba español, y eran la familia más inglesa que pueda uno imaginarse.

Todo esto para llegar a la conclusión de que hay apellidos sumamente engañosos, que indicarían una nacionalidad y una cultura, y que no son lo que parecen. No me refiero a aquellas familias que descienden de inmigrantes recientes, como las oleadas producidas después de las guerras de fines del siglo XIX, del siglo XX y que siguen produciéndose desgraciadamente en el nuestro. Me refiero a familias que llevan siglos en sus países de residencia, que han perdido todo contacto con sus raíces y que está perfectamente consustanciadas con la patria en que habitan. Un par de ejemplos serán útiles: si yo preguntara a alguien de qué nacionalidad son las familias d’Acunha Soutomaior, de la Gardie o Lo Presti di Fontana d’Angioli, es poco probable que me contestaran danesa, sueca y austríaca respectivamente. Sin embargo esa es la verdad. Lo mismo que pocos me contestarían que el conde de Newburgh es italiano o que el conde Douglas es sueco.

¿Y qué hablar de los muy austríacos condes de Thuillères de Montjoie, de los tan españoles O’Shea, o los igualmente daneses di Serène d’Acqueria? ¿Y los condes de Bassellet de la Rosée? Tanto ellos como los McNevin-O’Kelly son autríacos, como rusos son los condes de Ribeaupierre (a la izquierda, Alexander Ribeaupierre). Todos ellos llevan siglos en los países con cuya lengua y costumbre se identifican, y durante generaciones de han casado con gente de esos países, de tal modo que su genética no coincide en absoluto con sus apellidos. 

También ocurre lo contrario: no hace muchos años, un amigo muy querido criticaba la política exterior inglesa, y yo, por embromarlo, le dije que tan luego él que tenía sangre inglesa opinaba de ese modo. Reaccionó inmediatamente diciéndome qué él no tenía sangre inglesa ni nada por el estilo, y yo volví a decirle que sí la tenía. Los que nos rodeaban me decían que cómo podía discutirle al interesado sobre su propia genealogía y yo, como de costumbre, insistía en mi posición. Y le pregunté cual era el apellido de su abuela materna; me contestó inmediatamente que su abuela materna era española, a lo que yo retruqué con, …”pero, ¿cuál era su apellido?”. “Curtis”, me contestó muy contento, y yo le pregunté cuál creía él que era el origen de ese apellido, pronunciándolo según la fonética que  corresponde. Todavía me acuerdo de cómo se quedó con la boca abierta: jamás se había puesto a pensar que su abuela española tuviera un apellido inglés, pero era así efectivamente. 

Es el mismo caso de los Cullen, canarios de origen irlandés, que pronuncian su apellido a la manera española, y que si bien son conscientes de su origen remoto, son más “criollos que el zapallo”. Otro caso es el de los Blaquier. Hace algunos años, un pariente político de apellido francés me oyó pronunciarlo con la “erre” final, como lo pronunciaba un gran amigo de mi padre cuya madre llevaba este apellido. “Sí, me dijo, los Blaquié …etc”. Quienes conocen la genealogía de esta gran familia argentina saben perfectamente que son de origen gallego, que ellos pronunciaban su propio apellido marcando esa “erre”, y que las últimas investigaciones hacen pensar que son de origen inglés, algo así como Blaker o algo similar.

Y para terminar esta columna con una referencia a la genética y a la cultura a la que cada individuo adhiere, me voy a permitir repetir un comentario de mi gran amigo el destacado heraldista y genealogista Diego Molina de Castro. Se refiere a cierto personaje cuyo remoto antepasado por línea masculina es un hidalgo español y su remota antepasada materna es una india americana. “¿Cuál es el resultado típico de esa mezcla? Un típico chato cordobés?” . Solamente cuando todo el mundo ha asentido, comenta que se estaba refiriendo a … sir Winston Churchill.  No hace falta agregar nada más.

Hasta la próxima columna.