GENEALOGÍA

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HERÁLDICA

El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

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Pepita Balcarce, la nieta del General San Martín

Ratio:  / 7

 El arte del resguardo en algunos objetos singulares.

por ALDO MARCOS de CASTRO PAZ

 

Las cosas de todos los días, suntuosas o sencillas, fueron un refuerzo para la existencia y un adorno para la vista.

Fueron, muchas veces desde el solo peso de las cosas pequeñas. Estuvieron allí desde la sola gravitación de su mínimo paso impostergable.

Cuando la imprevisión termina con el curso de su existencia, acaban entre los trastos y los desperdicios, olvidadas. Más, cuando el cuidado o esa singular cualidad del azar doméstico las ha ido resguardando en el fondo de algún armario, en el rescoldo de la red de un mueble o en el anejo de un salón, en la ventana siempre abierta de una vitrina o en el menudo ramaje de una alacena, las cosas toman una fuerza inédita, recuperan los ecos de aquel atajo del tiempo. Tras el ritmo sucesivo de los instantes, son el memorial del tiempo que dormita en ellas, connaturalmente, y su sola presencia evoca un diálogo entre las generaciones. 

Las cosas, en este marco, pasan a ser fuertes reservorios del tiempo ido, del ayer de nuestros mayores, de la cotidianidad que ellas han protagonizado sin saberlo, de año en año, de mano en mano y de siglo en siglo.

Sonríe mi tía e interlocutora, la señora Celia de Estrada de Frías Bunge (1906-2002), sobrina de José Manuel, el patrono de las Escuelas católicas argentinas y tataranieta del protomédico Cosme Argerich, sentada en su sala del porteño barrio de las Victorias, junto a un mueble de estilo Don Pedro del estrado colonial de su tatarabuela misia Martina de Sarratea Altolaguirre (1). Y una tarde levantando la cabeza y tornando visible la tersura de su mentón, me dice: 

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Un análisis de ADN con pocas sorpresas

Ratio:  / 7

por Alfonso Beccar Varela

El otro día decidí recurrir a Ancestry.com para hacerme un análisis de DNA. Como siempre, investigué online antes de hacerlo, y me encontré con gente que opinaba que representaba un desperdicio de plata, y otros que estaban satisfechos con los resultados. Decidí que valía la pena averiguar por mi lado.

Después de mandarles por correo una muestra de mi saliva, esperé un par de semanas hasta recibir los resultados. Confieso que, poseedor de un frondoso árbol genealógico investigado por mi abuelo Carlos Ibarguren, y otros genealogistas argentinos, me intrigaba mucho determinar cuan geográficamente exacta sería la procedencia de mis antepasados conocidos según Ancentry.com. En particular, al no tener documentada ninguna persona de raza negra o amarilla en mi historia, me intrigaba conocer si mi ADN revelaría la presencia de genes de esas características. Eso plantearía un gran interrogante que seguramente me motivase a investigar con ahínco tal proveniencia, para encontrar en qué punto y con quien, ese aporte entra en mi caudal genético.

 

Comparto entonces lo que he recibido. Las regiones geográficas son definidas por Ancestry.com, y los porcentajes son aproximados. Soy consciente, y así lo aclara Ancentry.com, que hay margen de error, especialmente en los porcentajes más pequeños.

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Un verano provechoso (IV)

Ratio:  / 4

por Mariano Vilella y Sánchez Viamonte
Agosto 2015

 

Durango

 

Muchísimas veces había pasado al lado de Durango, pero nunca había entrado a conocer la villa. Esta vez no me llevaba allí ningún antepasado sino que me esperaba en aquella localidad mi amiga y anfitriona Mª Jesús Bergareche, con la firme decisión de hacerme conocer, de una vez por todas, las bondades de su ciudad.
Quedé gratamente impresionado con la población, que además me reservaba una grata sorpresa: al dirigirme a visitar la iglesia de Sta. María de Uribarri encontré a su izquierda, sobre un vano que da acceso a una calle lateral, un busto de cuerpo entero de don Bruno Mauricio de Zavala, el fundador de Montevideo.
La iglesia de Sta. María es magnífica, de porte gótico. Después del violento incendio de 1554 fue restaurada en estilo renacentista, en una conjunción de estilos que la dota de singular belleza. Su pórtico de madera, impresionante, es el más grande existente en España.
Sin embargo no fue aquí donde fuera cristianado en 1682 el fundador de ciudades en el Río de la Plata, sino en la cercana iglesia de Sta. Ana, ubicada junto al río, al arco de Sta. Ana que era una de las puertas de la antigua muralla y la Pl. de Pinondo. Pero la iglesia actual no es la misma en la que fuera bautizado Zavala, en 1772. Ante la amenaza de ruina, la primitiva iglesia fue derribada y levantada nuevamente unos pocos metros más alejada del río, para salvaguardar así los cimientos del nuevo templo de la acción de las aguas que, tal vez, hayan influido en el derrumbe de la antigua iglesia.
En 1716 fue Zavala nombrado gobernador de Buenos Aires y partió a América, dejando en Durango la casa de su mayorazgo que ya no volvería a ver jamás.
En 1724 hizo testamento en Buenos Aires  ̶ temiendo quizás los riesgos de la guerra─ antes de pasar a Montevideo para expulsar de allí a los portugueses. En él declaró tener tres hijos naturales: Francisco Bruno, Luis Aurelio y José Ignacio, a quienes dejaba su mayorazgo durangués; y una hija, María Nicolasa de la Concepción, que en aquel año se hallaba en un convento de Durango. Tuvo, al parecer, otro hijo natural llamado Carlos de Durango, que pese a aparecer en el testamento de su supuesto padre no fue “reconocido como tal por haber sido su madre probablemente india.”
El destino quiso que nuestro personaje “habiendo ido a la pacificación del Paraguay... volviendo de aquella provincia, murió a 31 de enero de 1736 entre las ciudades de Corrientes y Santa Fe. Era de estado soltero.” Fue enterrado en la catedral de Buenos Aires.
El valiente durangués murió lejos de la casa blasonada de su mayorazgo. Tal vez en la hora de entregar su alma recordara la ermita de la Veracruz, donde fuera integrante en su juventud de la Cofradía penitencial de la Santa Veracruz; y le quizás viniera a la memoria la imagen de la cruz de Kurutzeaga.
Pero no pensábamos en todo ello mi amiga Mª Jesús y yo, ocupados en degustar un rico bacalao. Un pescado que los vascos saben trabajar con mucho acierto.

 

Fotos: Estatua que representa a Zavala sobre el arco de un pasaje de Durango, adosado a la iglesia parroquial.

Casa natal de Bruno Mauricio de Zavala.

 

Un verano provechoso (III)

Ratio:  / 6

por Mariano Vilella y Sánchez Viamonte
Agosto 2015

 

Segura

 

Segura, en Guipúzcoa, me dejó gratamente impresionado.
La población no es grande y curiosamente conserva las mismas proporciones que tuvo en el pasado, pareciera que el avance destructor del progreso no hubiera llegado hasta aquí, o al menos lo hubiera hecho en menor manera, de una forma más respetuosa, como rindiendo pleitesía a la antigua hidalguía de sus piedras.
La parroquial de Ntra. Sra. de la Asunción es de estupenda fábrica, gótica del s. XIV, de tres naves. Sumamente agradable resulta ver, al lado del pórtico de la iglesia, el cuidado frontón en el que frecuentemente los pelotaris medirán sus habilidades.
Esta vez me llevaron hasta allí mis ancestros Picasarri, Arrúe y Alcíbar-Jáuregui, siendo yo chozno de Dª Josefa Ignacia de Arrúe y Picasarri, nacida en la villa de Segura el 19 de agosto de 1800 y que se estableciera en Buenos Aires con su tío el presbítero D. José Antonio Picasarri.
El abuelo materno de Dª Josefa, el segurarra D. Xavier Ventura de Picasarri había sido tesorero de su villa natal. Su abuelo paterno, D. Francisco Ignacio de Arrúe, señor del mayorazgo de Arrúe, había sido propietario del magnífico palacio que se encuentra en la parte más alta de la villa, en el sitio más destacado. La mujer de este último, Dª María Francisca de Alcíbar-Jáuregui, que era natural de Azcoitia y su padre era el señor de los mayorazgos de Alcíbar-Jáuregui, Salogüen, Amilibia y Basauri, y su madre lo era del de Acharán, también hundía sus raíces en la villa de Segura, ya que el mayorazgo de Alcíbar-Jáuregui había sido fundado sobre el palacio de Jáuregui y la obra pía instituida en la fundación del mayorazgo y establecida en la impactante Casa Ardixarra, ambas en Segura.
El palacio de Arrúe data de principios de s. XVI, con dos pisos realizados en ladrillo, de estilo mudéjar, en la reconstrucción que siguió al incendio de la villa en 1645 y que constituyen una de las pocas muestras de este estilo existentes en Guipúzcoa. El palacio de Jáuregui, edificado hacia 1615 es de estilo barroco, con su fachada labrada en piedra de sillería; y su lindante Casa Ardixarra, el edificio más antiguo de Guipúzcoa, representa para quien la contempla un momentáneo viaje a la época medieval.
Bajo el amparo de D. Pedro Ignacio Picasarri, deán de la catedral porteña, vivieron también en Buenos Aires sus sobrinos José Antonio y Josefa Teresa Picasarri, hijos de su hermano D. Xavier Ventura de Picasarri. Josefa Teresa se casó con José Joaquín Esnaola, natural de Albistur, y juntos engendraron a Juan Pedro Esnaola, quien el autor del arreglo musical del Himno Nacional Argentino, para que sonara como hoy se lo conoce. José Antonio no adhirió la Revolución de Mayo y no adoptó la ciudadanía de las Provincias Unidas, por lo que marchó a España y posteriormente a París para que su sobrino, Juan Pedro Esnaola, cursara allí estudios de conservatorio. Por entonces le confiaron a su sobrina Josefa Ignacia de Arrúe, que se encontraba huérfana desde los 16 años. Con la Ley de Olvido dictada en Buenos Aires, José Antonio Picasarri volvió a Buenos Aires con sus dos sobrinos.

 

Fotos: Portada de la iglesia parroquial de Segura.

           Casa Ardixarra y palacio de Jáuregui.

Un verano provechoso (II)

Ratio:  / 6

por Mariano Vilella y Sánchez Viamonte
Agosto de 2015

 

Avellaneda, Sopuerta.

 

Una vez más volví al barrio de Avellaneda, en Sopuerta. Esta vez el objeto del paseo no era visitar una vez más la llamada “Torre de Urrutia” que edificara hacia fines del s. XIV Juan Martínez de Avellaneda, ni la iglesia parroquial de San Bartolomé, dónde se bautizara mi ancestro Gerónimo de Abellaneda y Arcé el 14 de octubre de 1630, y que también fueran velados en esa iglesia, en 1655, con su mujer Dª María Ruiz de Gauna Cañedo y Abellaneda.
Esta vez el objeto del paseo era visitar el Museo de las Encartaciones, que por una cosa u otra no había podido visitar en mis anteriores excursiones. En su puerta había quedado con mi amiga Iciar Murúa, vecina y conocedora de las Encartaciones, para visitar juntos el museo y que hizo que disfrutara de la visita aún más.
El museo es interesante, instalado en la antigua Casa de Juntas, muestra con paneles informativos, maquetas y dioramas la historia de las Encartaciones y la forma de vida que se llevaba en ellas. Su visita es altamente recomendable.
En la primera sala tuve una agradable sorpresa: en uno de los paneles titulado “Militares del s. XVIII” aparecía en primer término mi antepasado el Gral. don Antonio de Larrazábal y Basualdo. Natural de Portugalete y pasado a Buenos Aires fue allí regidor, alcalde, tesorero de la Real Hacienda, teniente de gobernador, teniente de rey y alférez real, siendo este último el cargo de mayor importancia dentro del Cabildo, pues tenía la prerrogativa de custodiar y portar en las grandes ceremonias el estandarte real que representaba la figura del rey.
Una vez me hice la turística foto de rigor ante el panel que menciona a mi antepasado, se me ocurrió pensar que allí, en ese mismo barrio de Avellaneda, había nacido en 1654 el hijo mayor del matrimonio formado por los ya mencionados Gerónimo de Abellaneda y María Ruiz de Gauna: el capitán don Gaspar de Avellaneda. Pasó al Río de la Plata en 1674 y fue en Buenos Aires capitán de caballos, regidor perpetuo, alférez real y juez de menores. Había casado dos veces, la primera lo hizo de la manera en que buscaban hacerlo los peninsulares que poseían preclaro linaje y que era la manera de obtener las prebendas reservadas a la sociedad más destacada del virreinato; esto es casándose con “nieta de los primeros descubridores, pacificadores y pobladores de estas provincias”, y así lo hizo en 1681 con Dª Juana de Labayén y Ponce de León. Su segundo matrimonio suele provocar una sonrisa de picardía: a los 61 años de edad, en 1715, el obispo de Buenos Aires lo casó con una joven de 23 primaveras, Dª Inés de Aguirre y Salazar, hermana menor de su nuera.
De sus dos matrimonios tuvo don Gaspar trece hijos, siendo la quinta Dª Agustina de Avellaneda y Labayén, que ampliamente dotada en la suma de $10.000 contrajo matrimonio con el Gral. don Antonio de Larrazábal, que repitiera de esta manera la habitual fórmula de casarse con nieta de conquistador y de primeros pobladores.
El Gral. Larrazábal murió en Buenos Aires en 1756 y fue sepultado en la catedral, siendo uno de los “comerciantes más principales, idóneos y acreditados que se hallan en esta ciudad”.

 

Fotos: El autor ante el panel que menciona al Gral. don Antonio de Larrazábal, en el Museo de las Encartaciones.

           Parroquial de San Bartolomé y torre de Urrutia.

 

Un verano provechoso (I)

Ratio:  / 6

por Mariano Vilella y Sánchez Viamonte
Agosto de 2015

 

Foz

 

El los primeros días de este mes de agosto, mientras una bonita y joven pulpeira al pie de la playa de Foz me traía mi ración de pulpo para acompañar a una rica ración de navajas, recordé que cuando salió a pescar, un 16 de septiembre de 1752, mi antepasado Manuel Fernández do Eixo nunca pensó que moriría ahogado. Por esa razón “No hizo testamento ni memoria de él”.
Para entonces ya era viudo y habían pasado muchos años desde que contrajera matrimonio en la iglesia de Santiago con Victoria López de Neyra, aquel 19 de abril de 1700. Se le enterraría en la misma iglesia, en la que se bautizaran sus hijos y en la que también fuera última morada de su mujer. Quizás, en la proximidad de la muerte, recordara que su hijo menor, Januario, no podría asistir a su sepelio, ausente de Foz desde que pasara al Río de la Plata hacia 1740.
Januario Fernández do Eijo se casó en Buenos Aires el 17 de mayo de 1746 con la hija del hacendado y propietario Nicolás de Echeverría y Galardi, heredando a su muerte la estancia “Rincón de Todos los Santos” de aproximadamente cien leguas cuadradas de superficie, que Januario acrecentaría con nuevas compras, de tal forma que sus hijos llegaron a poseer más o menos 180 leguas en la zona que luego se llamaría “Rincón de Noario”.
Fue alcalde de la Santa Hermandad en Magdalena y promovió de su peculio la construcción de la primitiva capilla y, más tarde, junto a otros hacendados, la construcción de su iglesia parroquial. Vecino del barrio de Montserrat, junto a otros vecinos pudientes, adquirió el “hueco de Montserrat” para destinarlo a plaza pública.
Llamó a su sobrino Melchor, hijo de su hermano Policarpo Fernández do Eixo y nacido en Foz en 1762, haciéndolo estudiar en el Colegio de San Carlos y, posteriormente, enviándolo a la Universidad de charcas, en la que se doctoró en teología.
Mientras saboreaba el pulpo se me ocurrió pensar cuántas veces mi antepasado Januario, a quien la muerte no tomó por sorpresa puesto que “se confesso y recibió extremaunción”, en la inmensidad de las pampas habrá recordado el maravilloso sabor del pulpo a la gallega. Murió el 4 de julio de 1791 y está sepultado en la iglesia de Santo Domingo, muy lejos de su Foz natal.
Quién sabe si su sobrino Melchor  ̶ chantre de la catedral de Buenos Aires durante el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, en el cual votara que la autoridad ostentada por la Junta Central había pasado al pueblo de la ciudad y debía descansar momentáneamente en el Cabildo ̶ , en algún momento de las deliberaciones de aquella importantísima jornada no recordara el refinado sabor de las navajas a la plancha.

¿Bernardo o Balentín? Aclarando una confusión.

Ratio:  / 1

 por Carlos F. Ibarguren Aguirre
extraído de Los Antepasados, Tomo III
Buenos Aires, 1983. Inédito

 

Valentín de la Cámara Elizondo (ver ficha) fue “casado y velado según orden de nuestra Santa Madre Iglesia, en primeras nupcias”, en Salta, el 19­-VI­-1745, con Juana Crisóstoma de la Corte y Palacios, hija de Antonio de la Corte y Rozas y de María Palacios y Ruiz de Llanos, siendo padrinos de esa boda Gaspar de Mendiolaza y Gregoria de Elizondo, la madre del contrayente.

La novia, en tal oportunidad, aportó por vía de dote 800 pesos, “que se le adjudicaron en unas casas de esta ciudad”, a las cuales, posteriormente, el marido cambió con los coherederos de aquella, “dando 100 pesos más”, por el predio rural denominado “Potrero de la Caldera”.

Es que don Balentín — así con “B” larga escribíase entonces su nombre — era un rico propietario de fincas campestres que heredara o fueron luego adquiridas con el fruto de su trabajo de estanciero, según lo revelan su testamento e inventarios que corren agregados al respectivo expediente sucesorio.

Fallecida doña Juana Crisóstoma, el cónyuge supérstite volvióse a casar con Petrona Ruales, “quien trajo al matrimonio las casas de su morada y una esclava llamada María Antonia”. Con esta segunda consorte no dejó descendencia.

El 1­-IX­-1776 Valentín de la Cámara “estando enfermo en cama” pero “en mi libre juicio, memoria y entendimiento natural”, otorgó su testamento, ante el Escribano salteño Antonio Gil Infante, y los testigos Manuel Pucheta, Eduardo Burela y Pedro José Saravia. En dicha escritura el testador ordenó ser sepultado en la Iglesia Matriz, o donde lo dispusieran sus albaceas, amortajado su cadáver con hábito “de Nuestra Señora de Mercedes”. Declaró haber procreado por hijos legítimos solo estos 9 de su primer matrimonio; “Petrona, Luisa, Agustina, Balentín, Francisco de Paula, Marcos, Juan Thomás, Juan de Dios y Fernando de la Cámara”. Enumeró luego como bienes suyos; el sitio y “casas de su morada” en la ciudad; una chacra poblada en “La Caldera”, que comprara a su cuñado Santiago Porcel de Peralta, con un potrero contiguo, proveniente de la dote de su difunta mujer Juana de la Corte; otra chacra en “el Pucará”, que había heredado de su padre; así como el potrero “El Candado”, con los denominados “Cerro Redondo y Góngora, que todo lo tengo adjudicado a mi hijo Balentín”. Nombró tutor de sus hijos menores a su yerno Francisco Forcada, y por albaceas, en primer término a su cuñado Agustín de Zuviría, en segundo al dicho Forcada y en tercer lugar a su esposa Petrona Ruales, a quien, además, dejaba “el remanente del Quinto de mis vienes”.

Dos meses más tarde ya se había extinguido la vida de don Valentín, puesto que, el 18-­XI-­1776, sus herederos iniciaron la correspondiente sucesión, por ante el Alcalde ordinario de 2o voto de Salta, Juan Palacios, y el Escribano Gil Infante.

La relación del haber hereditario de mi antepasado, la suma y valor de los bienes, ganados y enseres domésticos que se inventariaron en sus fincas “El Pucará”, “El Candado” y “La Caldera” y en su casa mortuoria ciudadana, perdura manuscrita en las fojas amarillas del respectivo expediente judicial. 

Pero sobre todo, como recuerdo suyo, hoy sigue perdurando una obra suntuosa y única. Me refiero a esa joya barroca que es la puerta del convento salteño de San Bernardo, mandada tallar por don Balentín, y que ostenta su nombre destinado a resistir la prueba de los siglos. Dicho nombre, sin embargo, ha sido mal examinado por los historiadores y críticos que se ocuparon en dar realce a las excelencias ornamentales de aquel monacato carmelita.

En efecto; Bernardo Frias, en sus Tradiciones, fue el primero en estampar que cierto señor, a quien llama “Bernardo de la Cámara”, alcanzó celebridad “con solo grabar su nombre en el marco (de aquella puerta) en que se embelesaba su orgullo”. Miguel Solá — en Arquitectura Colonial de Salta y en su prólogo al cuaderno La Ciudad de Salta, de la colección de Documentos de Arte Argentino —repite que dicha puerta con friso y follaje serpenteante “perteneció a Don Bernardo de la Cámara”. También José León Pagano, en su Arte de los Argentinos, apunta que la famosa puerta “fue construída en 1762 para mansión de don Bernardo de la Cámara”. Y vienen reiterando lo mismo, una tras otra, distintas publicaciones, enciclopedias y guías para turistas.

Pues bien; esa puerta, de oscura madera de cedro, luce en la parte superior del marco labrado el escudo de la Compañía de Jesús; y en el medallón de la derecha se lee en abreviatura, sin mayor dificultad, el nombre verdadero de su donador; Don Balentín de la Cámara; mientras el otro medallón a la izquierda indica la fecha en que se fabricó la lujosa armazón; “Año de 1762”. Hay que poner entonces en claro la incuestionable identidad del donante del tallado marco de entrada al monasterio carmelitano de Salta, y no repetir por rutina “Bernardo”, donde dice claramente Balentín.

Florencio Varela, pionero de la fotografía

Ratio:  / 6

por Daniel Balmaceda
Extraído de "Espadas y Corazones"
 

 

Junio de 1845. De Europa, con una misteriosa caja de madera, Florencio Varela regresa a Montevideo, la ciudad donde vive exilado como tantos otros contrarios rosistas. En esa caja trae una cámara fotográfica: tiene un tubo en uno de sus lados y es desmontable. Varela la compró en París y el inventor del aparato, Louis Jacques Daguerre, le explicó en persona el procedimiento para usarla. El aparato causa furor en Europa desde 1839.

Al día siguiente de su regreso a Montevideo, Varela llevó la cámara fotográfica a la casa de su cuñado Juan Madero. Todavía hubo que esperar algún tiempo para usarla porque el cielo estaba nublado y se necesita contar con buena luz natural. Hasta que llegó el día indicado. Una tarde de sol pleno, decidido a probar el daguerrotipo, convocó a sus hermanos Toribio y Jacobo Dionisio Varela, a Juan Thompson (hijo de Mariquita Sánchez y Martín Tohmpson) y a un comerciante español de apellido Treserra, además de Madero, el dueño de casa. Per ser la primera vez, del experimento no participarían las mujeres. Esta novedad era, por el momento, cosa de hombres.

El grupo se subordinó a Florencio Varela. El jefe del operativo explicó que hacía falta aprovechar la luz del sol. Pero lo tanto, el primer paso fue trasportar los muebles al jardín. El fotógrafo y sus modelos sacaron del salón principal el sofá y los dos sillones de caoba, tapizados en forro negro de crin. Los colocaron en un ángulo del patio.  Jacobo Varela se sentó en el centro del sofá. A su derecha, Juan Thompson; y a su izquierda, Teserra. Toribio Varela y Juan Madero se ubicaron en los sillones. En el otro extremo del patio, protegido por la sombra de los árboles, Florencio Varela y su hijo Horacio montaron la máquina.

El novel fotógrafo colocó una banderita blanca arriba de la máquina y con tono marcial, dio las últimas instrucciones:

- ¡Inmóviles y sin hablar, aunque el mundo se venga abajó! ¡No reírse y mirar fijamente a la banderita blanca durante dieciséis minutos!

Hacía falta todo ese tiempo para que la imagen se fijara en el negativo.

El pequeño Horacio Varela –tenía diez años entonces- recibió la orden de controlar el tiempo con el reloj de bolsillo de su padre. Cuando se cumpliera el plazo estipulado, debía tocarle el pantalón a Florencio, quien se quitó la galera y se introdujo en un grueso saco negro para accionar el daguerrotipo. Desde allí pegó el último grito:

- ¡Ahora, quietos!

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Paseando por el Censo de 1869

Ratio:  / 40

 por Alfonso Beccar Varela

 

Entre el 15 y 17 de septiembre de 1869, bajo la presidencia de Sarmiento, se realizó el primer censo de la población de la República Argentina.  El individuo a quien le tocó recorrer el Paseo de Julio (en la foto, una vista del mismo tres años más tarde) se topó con todo tipo de individuos y un gran número de extranjeros, ya que el dicho Paseo se ubicaba en lo que es hoy la Avenida Leandro N. Além en el centro de Buenos Aires y era entonces la calle frente al rio. Desde la Aduana (hoy en la parte de atrás de la Casa Rosada) a la barranca de la Plaza San Martín, había dos (o tal vez tres) muelles, uno directamente ubicado en el edificio de la Aduana y los otros entre ese lugar y lo que hoy sería la esquina de Além y M. T. de Alvear aproximadamente.

Caminando de Corrientes hacia Retiro, se encontró con norteamiericanos, ingleses, irlandeses, alemanes y argentinos, naturalmente, con profesiones como maquinista, fogonero, marinero, costurera, mayordomo y muchas más.

Cuando llega al número 96, sin embargo, probablemente le abren la puerta dos alemanes. Uno era Federico Clain, que dice tener 35 años y de profesión cocinero. El otro, Augusto Helcher (32) declara sin problemas ser de profesión "alcahuete", que como vemos en el diccionario de la Real Academia indica una “persona que concierta, encubre o facilita una relación amorosa, generalmente ilícita”. Completan el cuadro en ese domicilio Eloisa Pintos, argentina de 28 años y Elena Brull, una irlandesa de la misma edad que son registradas como “rameras”.

Una casa más en dirección a Retiro, la número 99, parece proveer un poco de competencia al establecimiento anterior, si es que no trabajaban juntos.  El encargado es Juan Díaz de 27 años (oriental) también “alcahuete” de profesión. Sea porque le compra la comida hecha al cocinero alemán de al lado,  o porque la cocina él mismo, no se lista cocinero profesional es su casa. Juan declara como únicas habitantes de ese domicilio a 6 argentinas: María Bustos (de 30 años), Saturnina Díaz (22), Florentina Roblero (27), Carmen Flores (25), Eloisa Rodríguez (28) y María Beccar (26) (*).  Todas “rameras”. Ninguna de ellas sabía leer o escribir, mientras que el alcahuete sí declaró saberlo.

En ninguno de los dos domicilios se declaran clientes que estuvieran recibiendo tales "atenciones amorosas".

Sea cual fuere la impresión que tantas rameras juntas hayan causado en el censor (si lo suponemos hombre) sigue con su trabajo y golpea la puerta de la dirección adyacente hacia a Retiro, con los números 100 y 101. Aca encuentra un cambio de aire (probablemente con olor a madera), ya que la casa albergaba el día del censo a Daniel Laconteur de 63 años y dice ser inglés pese al apellido aparentemente franés y de profesión carpintero, con su hijo Juan de 15 (oriental y también carpintero) y all cocinero francés de 70 años Antonio Ternas. Todos estos saben leer y escribir, o así lo declaran. Vaya uno a saber cómo se llevaban son sus vecinas o con los alcahuetes de la cuadra.

Una casa más en dirección a Retiro, la 102, pareciera ser propiedad de (o alquinada por) Tomás Reganagco (32) y su mujer Catalina (27), ambos “ingleses” pese una vez más al apellido poco inglés. Él se declara de profesión “Fondero”, por lo que suponemos que el lugar era una fonda. Sea porque vivía con ellos o porque estaba de paso ese día, también encontramos ahí a Alberto Wattsaged, un inglés de 23 años que se declara “Plumerero”. A estos tres, se les suman un nutrido número de siete marineros ingleses, de entre 26 y 19 años. Todos estos, asi como el fondero y el plumerero declaran saber leer y escribir, aunque podemos suponer que los marineros lo harían en inglés. ¿Serian estos clientes de las "trabajadoras del sexo" casa de por medio?

Y así siguió su camino el que tomaba el censo ese día en Buenos Aires. Un marinero portugués, un cocinero italiano (por lo visto la cocina de toda Europa estaba representada en pocos metros!) y un fondero francés serían sus próximos entrevistados. Y no había hecho aún ni una cuadra. 

El día iba a ser largo…

 

NOTA: Es naturalmente la existencia y profesión de esta María Beccar que me atrajo a estas tan interesantes páginas del Censo de 1869, gentilmente identificadas por Coral Guanes. Desconozco la genealogía de esta María o más datos de su probablemente triste existencia. Especulo que bien podría ser hija de María de los Dolores Beccar (bautizada el 27 de diciembre de 1810 por el entonces Pe. Mariano Medrano Cabrera antes de ser Obispo de Buenos Aires), hija de Joaquín Rivera y Bernabela. Esta última, sin apellido, aparece listada como "esclava de Dn. Cosme Beccar", mi antepasado. Y en la época, la norma era nombrar a los hijos de las esclavas con el apellido del amo. Al poco tiempo de este bautismo, Cosme Beccar Febrer sería enviado a un verdadero "campo de concentración" donde los revolucionarios de mayo recluyeron a varios militares realistas, mandando a su familia (y por lo tanto a su esclava Bernabela y su bebita María de los Dolores) a la pobreza más abyecta.

 

El trono de la Araucanía y Patagonia

Ratio:  / 36

 por Mariano Vilella y Sánchez Viamonte



Una sucesión de falsos príncipes

 

Con motivo de la reciente muerte de Philippe Boiry, intitulado S.A.S. Felipe I, príncipe de Araucanía y Patagonia, y su posterior sucesión por Jean-Michel Parasiliti di Para, como Antonio IV, pude ver cómo se entablaban ciertos comentarios, normalmente jocosos, sobre tan disparatado reino y sucesión. En todo caso, me sorprendió ver que algunas personas daban cierto viso de legitimidad en el supuesto reconocimiento por parte de los caciques.
En estas breves líneas espero contar, aunque sólo sea de manera muy abreviada, la historia de la fundación y sucesión en tan disparatado reino, y cómo la supuesta legitimidad es sólo fruto de la ilusión o de la conveniencia tanto del fundador como de sus controvertidos sucesores, ya que en este caso no se puede hablar de descendientes.
No espere el lector encontrar aquí un trabajo de investigación, puesto que no es sino una escueta relación sobre la romántica aventura de un pícaro procurador de los tribunales franceses y su curiosa sucesión hasta nuestros días, que protagonizan la más dilatada sucesión de falsos príncipes de que se tenga memoria. Sin duda mucho más se podría escribir sobre esta graciosa dinastía, pero entonces estas líneas ya no serían lo que son: un breve escrito para divertimento de su autor, que espera ser también de entretenimiento para sus lectores.

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