GENEALOGÍA

Nuestra completa base de datos

Conquistadores, descubridores, gobernantes, caudillos, militares, escritores... descubra quiénes fueron, quiénes fueron sus mayores y quienes son sus descendientes.

Sumérjase en la más completa base de datos de genealogía de las familias tradicionales argentinas.

 

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HERÁLDICA

El arte del blasón

Disfrute, infórmese y aprenda disfrutando con los escudos de armas correspondientes a los linajes de más abolengo que han habitado el Virreinato del Río de la Plata.

 

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HISTORIA

Hechos que marcaron una época

Es imposible separar la genealogía de las familias que figuran en nuestra base de datos de la historia de América. Miembros de los linajes que aquí aparecen estudiados han sido próceres, virreyes, gobernadores, personalidades destacadas, etc.

 

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Juan de la Cámara: un escribano sin escrúpulos

Ratio:  / 9

 por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraido de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo VI, Los Avendaño y De La Cámara

 

Juana — la cual adoptó los apellidos Avendaño y Añasco de sus prohijadores   se casó el 15-VIII-1698, en la Catedral porteña con Juan Antonio de la Cámara, quien había nacido en 1669 en Madrid, de unos padres que se llamaron Juan de la Cámara y María López, madrileños también. Bendijo la boda el Maestro Domingo de Armas, ante los testigos Sebastián de Herrera, el Capitán Francisco Antonio Castro y Antonio Fernández Corredor.

Fué Juan Antonio, o simplemente Juan de la Cámara, como se le llamaba, un personaje bastante equívoco. Ignoro cuando ni en que circunstancia llegó a Buenos Aires. Me consta solo que de recién casado instaló una pulpería en la ciudad, la que estuvo “administrando tiempo de tres años”, hasta que la licencia de explotación se la quitó el Cabildo, para otorgársela al Capitán Joseph de Valdivia. Por sendas notas — en 1701 y 1702 — de la Cámara pidió amparo y reconsideración de esa medida y renovado permiso para abrir dicho boliche de ventas al por menor; petición que el Ayuntamiento despachó favorablemente.

Dos años después, por cédula regia datada el 20-VI-1704 en su Real Casa de Campo, Felipe V tornó a Juan de la Cámara de pulpero (que, por cierto, no atendía personalmente a la clientela desde el mostrador del negocio) en autorizante de la fé pública, nombrándolo “mi Escribano y Notario de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano”. 

El despacho pertinente se envió al Gobernador de Buenos Aires con la órden de que, al candidato, “le examineis, y hallándole ávil y suficiente, y constandoos que es fiel y legal, y jurandoos que no llevará derechos demasiados ni ningunos a los Pobres, ni de las disputas tocantes a mi Hacienda Real, le entregareis el título para que pueda usar de él”. Y el 24-II-1708, el Gobernador Manuel de Velasco y Tejada, en la ciudad porteña de su mando, encargó al Alcalde y Alferez Real Joseph de Arregui, que aprobado el exámen ordenado, le tomara el juramento a de la Cámara, lo que Arregui hizo tres días más tarde, entregándole al interesado el correspondiente título notarial.

A partir de entonces, Juan de la Cámara ejerce en Buenos Aires el oficio de legalizar las escrituras y demás documentos públicos que pasan ante él, y redacta también los autos y sentencias en los litigios de primera instancia como actuario de los Alcaldes de 1º y 2º voto. Por último, al referido Notario se le encargó el “travaxo de reconozer y copiar las quentas en el libro de Alcávalas”, donde se asentaban las cobranzas de esos tributos pagados al fisco en determinadas ventas.

Así las cosas, a fines de marzo de 1712, aparece en la ciudad el Licenciado Juan José de Mutiloa y Andueza, Oidor de la Audiencia de Sevilla, nombrado por el Rey “Juez privativo”, con encargo de investigar los contrabandos e irregularidades fiscales que, según denuncias, se producían harto frecuentemente en nuestro medio; y sancionar a los culpables de esos delitos.

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Madre Mercedes Guerra y Contreras

Ratio:  / 9

por Aldo Marcos de Castro Paz
Publicado originalmente en: Junta de Historia Eclesiástica Argentina
Archivum XXI, 2002, ISBN, 0325/5506

 

Santiagueña insigne, conoce el dolor en sí misma, porque Dios la llamaría para aliviar los dolores físicos, morales e intelectuales de los hombres y mujeres de su tiempo. Huérfana desde la cuna, conoce la amargura del exilio y las alternativas domésticas y económicas del trasplante; postergada para ingresar al Monasterio de clausura, ve pasar los mejores años de su vida desde el umbral de la “espera” y desde la fraternidad del servicio.

Córdoba y Buenos Aires son el escenario de los principales años de su vida de terciaria franciscana (mirando a Francisco Solano émulo de Francisco de Asís), y será catequista, maestra gratuita a domicilio de alumnos incorregibles, veladora de enfermos de casa en casa.

La epidemia de la fiebre amarilla la encuentra siempre activa y diligente a la cabecera de los apestados. Recibirá el “Premio a la Virtud”, otorgado por la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires y la Sociedad de Beneficencia, a instancias de la señora Micaela Cascallares de Paz y de una comisión ad hoc de señoras. 

Ciega de pronto, cuidando al señor Ambrosio de Lezica, casado con su amiga misia Rosa Lastra, recuperó la vista rezando una novena a la Virgen y aplicándose el agua de Lourdes que le trajo un hijo de éstos. 

Busca compañeras de camino y logra iniciar recién a la edad de 63 años su “Conservatorio Caridad de San Francisco”. Una significativa imagen del Niño Jesús de la Espina le señalará la misión a emprender. Este es el germen de la Congregación de Hermanas Terciarias Franciscanas de la Caridad que funda en 1880, mediando los episodios de la ceguera y la recuperación de la vista, la incomprensión y el abandono de los suyos.

Las epidemias de fiebre amarilla, tifus, cólera, viruela y escarlatina, la encuentran siempre junto al enfermo, aun en el campo de batalla, entre el silbido de las balas...

Ya en la vejez, es madre de los huérfanos de las víctimas del cólera, fundando el “Asilo San José” frente a la Laguna de Chascomús, en la Provincia de Buenos Aires. 

A pesar de sus años y mala salud, va a Roma para el Año Santo de 1900 y recibe del Papa León XIII el acertado elogio de “He aquí la Mujer Fuerte del Evangelio”. 

El fruto de sus obras y aspiraciones aún perdura en la labor de sus Hijas en las aulas y junto al lecho del dolor. El “Colegio Mercedes Guerra” de Santiago del Estero perpetúa su nombre y actualiza este sello evangélico de solicitud maternal y asistencial. 



Juan de Vergara, un contrabandista del siglo XVII

Ratio:  / 15


por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo VI, Los Agreda de Vergara

 

Juan de Vergara nació en Sevilla en 1564, “hijo legítimo de Francisco de Vergara y de Catalina de Yuzedo Mal-Lara su muger, mis padres difuntos que Dios aya” — como él lo declaró en su testamento. Entre los años 1590 y 1595 vino al americano mundo junto con sus hermanos Alonso, Bartolomé y Miguel Gerónimo. Desembarcó con ellos en Panamá; de ahí se corrió hacia Lima y luego a Potosí, y abandonó la Imperial Villa para trasladarse a Esteco, en jurisdicción de Salta del Tucumán. En Esteco, o Talavera de Madrid o Madrid de las Juntas, contrajo su primer matrimonio, por el año 1600, con Beatriz de Cervantes Alarcón (hija del Alguacil Mayor lugareño Rodrigo de Soria Cervantes y de su mujer Beatriz de Alarcón), acaudalada señora que al casarse con Vergara, aportó una cuantiosa dote, calculada en más de 20.000 pesos. Doña Beatriz era, a la sazón, viuda del Licenciado Juan Hermoso de Graneros, y su padre, el Alguacil Rodrigo, había nacido en Trujillo, hijo legítimo de Cristóbal de Soria y de Leonor Alvarez de Cervantes, a la que se le ha atribuído un cercano parentesco con el “Manco de Lepanto”.

En 1605 Vergara bajó a Buenos Aires como secretario de su amigo Juan Pedrero de Trejo, a quien la Audiencia de Charcas encargó investigar la verdad de ciertas denuncias sobre irregularidades cometidas en el reparto de “permisiones” (licencias de exportación). Y aquí, a orillas del Plata, hubo de radicarse para siempre, dedicado al tráfico que lo convertiría en el más poderoso contrabandista que recuerda la historia del Río de la Plata en el siglo XVII.

Desde sus primeros tiempos de recién llegado al incipiente poblacho porteño, el forastero de Esteco intervino activamente en la política vernácula como partidario de Hernandarias; bajo cuyo amparo se inició en la vida pública. Pero, bien pronto, sus actividades comerciales chocaron con la intrasigente gestión portuaria del Gobernador criollo que lo protegía, y, a partir de ese momento, comenzó a intrigar contra dicho Jefe, atrayéndose a los más ricos mercaderes del vecindario, cuyos intereses inmediatos estaban por una próxima reapertura del puerto.

Durante la siguiente administración de Marín Negrón, don Juan logró ganarse hábilmente la confianza de aquel mandatario, y convertirse en su “eminencia gris”. Adueñado, pues, de los resortes del poder, formó Vergara una alianza o consorcio capitalista y político — destinado a enriquecer a sus componentes por encima de cualquier traba legal — con el Tesorero Simón de Valdés, con Diego de Vega, portugués judío, contrabandista y negrero, con Mateo Leal de Ayala, personaje desleal que llegó a reemplazar como Teniente de Gobernador, a Marín Negrón después de la equívoca muerte de éste, y con otros vecinos influyentes.

El grupo o banda de Vergara — llamado también “partido confederado” — alcanzó a controlar el Cabildo por medio de personeros, paniaguados y parientes, que compraban los oficios capitulares. De manera que, en un momento dado, la corporación vecinal respondía, sin contradicción, a los intereses particulares de ese — para decirlo a la moderna — “trust” de audaces traficantes enriquecidos.

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San Francisco Solano

Ratio:  / 24

por Aldo Marcos de Castro Paz
Publicado en Junta de Historia Eclesiástica Argentina
Archivum XXI, 2002, ISBN, 0325/5506.

 

Es el Apóstol del Tucumán, su nombre va unido a la penitencia, la oración y la caridad heroica, fuente de todas las demás virtudes. Su presencia es sinónimo de luz en la extensa geografía del Virreinato.

El Santo del Violín llega a Santiago del el Estero en el año 1592, aproximadamente, donde ya existía desde 1566 en esta cabeza del Tucumán aquella Casa Matriz o proto-convento franciscano de la Gobernación, fruto del ánimo imbatible de fray Juan de Rivadeneyra. El que sentó las bases de la Iglesia en esta amplia porción de la actual América del Sur fue al primer obispo americano, honra de la Orden Franciscana, Fray Fernando de Trejo y Sanabria, hermano del célebre Hernandarias de Saavedra, el primer gobernador criollo. 

Francisco tiene 43 años y mucho amor en el corazón. Se interna en la selva, hábitat de tribus idólatras que es menester incorporar a la doctrina y al bautismo. La Rioja y el Tucumán son escenario de su actividad evangelizadora admirable, sin medida de tiempo ni de esfuerzo. 

Por su fervor y humildad, es el Francisco Javier de las Indias Occidentales.

Buen catequista, es músico y psicólogo infatigable y un auténtico civilizador en esta extraordinaria y difícil misión de unir dos mundos disímiles y aparentemente antitéticos: Europa y América.

Sabio y discreto, sabe penetrar no sólo en las espesuras de los bosques sino, mejor aún, en la profundidad del ser humano. Distingue su índole y busca el mayor bien de la persona, rescatándola para Dios.

Las notas de su violín arrancan la sensibilidad escondida del indígena y, puliendo su espíritu, lo elevan hacia la captación de los valores y las verdades de la FE. La población hispana también pudo apreciar su ejemplo, beber de su mensaje evangélico y reconocer en él a un auténtico promotor de la dignidad humana, muchas veces contradiciendo las expectativas de predominio personal de aquel polifacético siglo XVI.

Dotado de un espíritu didáctico, enseña a los naturales que obedecer al Rey, es obedecer a Dios, y así viste de Alcalde a una imagen del Niño Jesús, centro de la devoción secular de La Rioja. El, todo un Dios – Niño, con su vara de plata de la justicia en la mano, su capa de terciopelo negro y su sombrero con penacho de plumas, es un símbolo de la sujeción ciudadana a la ley, que en su anhelo de equilibrio desea imitar la justicia divina.

Para todos, él fue una presencia viva del mismo Dios en nuestra tierra.

Hoy en la celda-capilla de San Francisco Solano, “santuario temprano de la evangelización”, su imagen tallada en madera de ceibo peruano, su cordón y casulla, y demás reliquias se conservan con profundo amor, testimonio de su paso por el noroeste argentino y del férreo espíritu divino que lo animaba. Esta celda es Monumento Histórico Provincial por ley de la Legislatura de Santiago.

La amargura del General San Martín

Ratio:  / 3

por Carlos P. Ibarguren Uriburu
"
En la penumbra de la historia"
La Prensa, Mayo 22 de 1932

"La revolución me ha hecho conocer,
muy a pesar mío, a la generalidad de los hombres;
pero tal vez o sin tal vez, ellos nos echarán de menos
antes de que pase mucho tiempo."

San Martín, carta a O’Higgins.

Los argentinos rendimos fervoroso culto a la memoria de nuestro Gran Capitán. El pueblo lo contempla en la imagen estatuaria, montado en su caballo de guerra, y solamente conoce los hechos culminantes de su admirable acción pública que Mitre estudió en su excelente “Historia del General San Martín”. Pero si el prócer se ha difundido, el hombre íntimo es ignorado: su vida interior, sus sentimientos y pasiones, sus amarguras y desengaños durante su larga expatriación voluntaria, han quedado en la penumbra. Debemos mostrar esa alma superior, cuya grandeza recóndita iguala a las hazañas del héroe. Oigámosle en sus cartas privadas, escuchemos sus confidencias y aproximémonos a su espíritu para conocerle y venerarle.

La situación del general en Europa durante los primeros tiempos de su ostracismo era bien triste. Los pocos fondos con que contaba: veintiún mil pesos en títulos públicos del Perú y la problemática renta de una propiedad en Buenos Aires, constituían los únicos recursos calculados para sostener su existencia, con gran penuria económica. El Perú suspendió el pago de los dividendos de su deuda y la casa de Buenos Aires no producía nada. “En tan triste situación y para sostenerme oscuramente he tenido que vender a vil precio los veintiún mil pesos expuestos, no quedándome en el día recurso alguno para subsistir”. Pero no era sólo el precario estado patrimonial — que mejoró más tarde gracias a la ayuda de su amigo Aguado — lo que le afligía: su más intensa amargura dimanaba de las calumnias de los pasquines de Buenos Aires; de la ingratitud de los que creyó amigos, de los ataques de los enemigos y de la guerra de zapa que sordamente le hizo el gobierno para desprestigiarlo y mantenerlo alejado. “Confinado en mi hacienda de Mendoza — escribía a O’Higgins desde Bruselas en 1827 — y sin más relaciones que con algunos de los vecinos que venían a visitarme, nada de esto bastó para tranquilizar la desconfiada administración de Buenos Aires; ella me cercó de espías, mi correspondencia era abierta con grosería; los papeles ministeriales hablaban de un plan para formar un gobierno militar bajo la dirección de un soldado afortunado, etcétera, etcétera; en fin, yo vi claramente que era imposible vivir tranquilo en mi patria interín la exaltación de las pasiones no se calmase, y esta incertidumbre fué la que me decidió pasar a Europa”.

Los pasquines le hostilizaban: “sus carnívoras falanges se destacan y bloquean mi pacífico retiro. Entonces fue que se me manifestó una verdad que no había previsto, a saber: que yo había figurado demasiado en la revolución para que me dejasen vivir con tranquilidad”.

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