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Juan Rodríguez de Estela

Ratio:  / 3
MaloBueno 

  por Carlos F. Ibarguren Aguirre
extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo X, "Rodríguez de Estela"

 

Por lo que se verá a continuación, y falta de escudo familiar concreto, podría colocarse a la cabeza y como blasón del linaje Rodríguez de Estela la estrella de David, antiguo y venerado símbolo para los israelitas de todos los tiempos en cualquier parte de la tierra...

A pesar de la Leyes de Indias, y de las terminantes prohibiciones contenidas en las cédulas complementarias que decían, por ejemplo: “Mandamos que ningún reconciliado, ni hijo ni nieto del que públicamente hubiese traído sambenito, ni hijo ni nieto de quemado o condenado por la herética parvedad y apostasía, por línea masculina ni femenina, pueda pasar ni pase a nuestras Indias, o Islas adyacentes, pena de perdimiento de todos sus bienes para nuestra Cámara y Fisco, y sus personas a nuestra merced; y si no tuviera bienes les dén cien azotes públicamente”. O: “El Governador del Río de la Plata y sus Tenientes no permitan que por los puertos de aquella Governación passen al Perú ni a otra parte extranjeros ni naturales sin particular licencia nuestra, pena de nuestra indignación, y de que mandaremos hacer exemplar castigo a los que huvieran entrado sin la dicha licencia, sin disimulación con ninguna persona ni causa”. A pesar de todas estas restricciones amenazantes, la afluencia de portugueses que continuamente venía filtrándose a través de las fronteras rioplatenses para internarse en el país, era cada vez mayor; al punto que, en 1636, el Fiscal de la Real Audiencia de Charcas, Sebastián de Alarcón, creyó de su deber denunciar, muy alarmado, al Soberano de España, el peligro que acá entrañaban  “tantos innumerables hebreos  que han entrado y de nuevo entran, por mayor crecimiento, por aquellas partes”.

Acorde a esto, en 1634 atracó a la costa de Buenos Aires cierto navío con negros y pasajeros portugueses, pretextando una arribada forzosa, El cargamento de esclavos, desde luego, sería decomisado ipso facto por las autoridades y vendido en remate a vil precio a Diego de Vera, socio del célebre traficante porteño y Regidor perpetuo Juan de Vergara; cuya camarilla mercantil era la única que conseguía permiso gubernamental para introducir y negociar africanos en el Alto Perú. En cuanto a los viajeros portugueses, entre ellos venía un muchacho de 20 años de edad, sefardita de raza, que se llamaba Juan Rodríguez de Estela.

Al pisar las “argentinas playas”, el errante judío quien sabe que pasado lleno de angustias acababa de dejar del otro lado del mar! Aquí, seguramente, al igual que tantos marranos de la estirpe de David, él acudía en busca de una tierra prometida donde vivir y prosperar, liberado del miedo y de las humillaciones que ensombrecieron su infancia en la Lisboa natal. No cuesta creer, entonces, que el arribado “sin licencia” fuera, en los primeros tiempos, encubierto y socorrido por algún sionista converso, rico mercader ya aclimatado y con influjo vecinal — como el banquero Diego de Vera —, cuyo protector regularizaría la situación de nuestro personaje ante las autoridades; mientras seguramente le facilitó la oportunidad inicial para encarar el porvenir en esta tierra, donde, a semejanza de la de Abraham, la descendencia del recién venido multiplicaríase cual las estrellas del cielo.

El joven luso-hebreo, por lo demás, era un perfecto buscavida. Concentró todo su empeño en labrarse rápidamente una sólida posición en el lugar que le prodigara el destino. Y el 24-V-1641 — con 27 años de edad y 7 de residencia porteña — resolvía su matrimonio con una señora acaudalada y de antiguo arraigo en la ciudad: Catalina de Aguilar y Burgos — llamada también de Aguilar y Salvatierra — hija legítima del que fuera calificado vecino y “segundo poblador”, escribano Francisco Pérez de Burgos, y de su consorte Juana de Aguilar. Era doña Catalina, a la sazón, viuda de Francisco de Vargas Machuca, quien le dejó una niña: Juana de Aguilar, que casaría a su debido tiempo con Antonio Pereyra de la Cerda.

Tras su nuevo connubio, la referida viuda otorgó (13-VI-1641) “Carta de Dote”, aportando a la sociedad conyugal 4.421 pesos en objetos, esclavos y propiedades raíces. Merced a esta alianza ventajosa, y a su certera habilidad de negociante, Juan Rodríguez de Estela acopió respetable fortuna. Vióse dueño de casas, solares, dos “suertes” campestres y seis esclavos; y sus hijos, como se dirá más adelante, entremezclaron la paterna sangre sefardí con la muy rancia de “cristianos viejos”, que se preciaban de conservar, en buena medida, los descendientes de conquistadores de estas comarcas.

A raíz de la sublevación de Portugal (1-XII-1640) y adhesión a ella del Brasil contra la corona de España, el Virrey del Perú, Marqués de Mancera ordenó al Gobernador del Río de la Plata, Jerónimo Luis de Cabrera (nieto), el desarme y expulsión de todos los lusitanos que se encontraban en Buenos Aires, Santa Fé y Corrientes. En consecuencia, el nombre de mi antepasado encabezó la “Lista” de aquellos presuntos enemigos, moradores en el primero de dichos puertos, fechada el 6-I-16443. Su referencia es como sigue: “Pareció Juan Rodríguez de Estela, y dijo: es natural de la ciudad de Lisboa, de edad de treinta años, y que siempre se ha ocupado en servir a S.M.; y que esta casado con doña Catalina Salvatierra, hija y nieta de conquistadores desta provincia; y que tiene unas casas de su vivienda y un solar en la traza desta ciudad, y dos suertes de tierras para estancia, despobladas, y seis esclavos; los cuatro dellos con las dichas heredades le dieron en dote con la dicha su mujer; todo lo cual y el demás caudal que tiene valdrá, al parecer, tres mil pesos poco más o menos; y tiene tres hijos varones, el mayor de seis años, y que ha diez años, poco más o menos, que entró en este puerto, y vino a él de arribada”.

Por otra parte, en el “Registro y manifestación de armas” que se hizo durante la incautación respectiva, aparece en primer término: “Juan Rodríguez de Estela”, quien “manifestó un arcabús vizcaíno con sus frascos, y espada y daga negra, y una cota de malla vieja, pequeña y sin mangas”.

Compelido mi antepasado al ostracismo, doña Catalina, su esposa, apeló la medida, alegando estar avecindado su cónyuge en Buenos Aires y no tener otro delito que su calidad de portugués. El reclamo de la hija de Pérez de Burgos fue atendido en esa circunstancia; y la atribulada señora pudo retener, junto a sí, al sospechoso consorte; a quien, posteriormente, debido a una provisión de la Real Audiencia, se le devolvió la espada.

El 14-I-1641, al año de su casamiento, aparece “Joan Rodríguez de Estela” firmando como testigo, junto a Pedro de Morales, ante mi ascendiente el Escribano Alonso Agreda de Vergara, cierta constancia que hizo protocolarizar en el Libro del Cabildo el Alcalde Pedro de Pedraza Centellas. Y un par de décadas más adelante, en el “Padrón” de los vecinos de Buenos Aires que se levantó en 1664, figura inscripto Rodríguez de Estela, el cual: “Dixo ser de Lisboa, casado en esta con Da. Catalina de Aguilar, hija de Francisco Pérez de Burgos y de Da. Juana de Aguilar”. tal inclusión comprueba su definitivo apego al país, al ser admitido, gracias a su matrimonio, en el núcleo familiar de viejo cuño lugareño.

Catalina de Aguilar murió probablemente a fines de 1666, después de 25 años de convivencia con Rodríguez de Estela. Ella testó en dos oportunidades: el 19-II-1664 y el 18-X-1666. En esta última disposición, otorgada ante el Escribano Juan de Reluz y Huerta, la compareciente declaróse “mujer lexítima del Alférez Juan Rodríguez  Estela” (como se ve ya ostentaba nuestro judaico por esas fechas grado militar), e “hixa lexítima de Francisco Pérez de Burgos y de Da. Juana de Aguilar, difuntos”. Mandó se sepultara su cadáver, amortajado con el hábito y cordón de la orden en la Iglesia del convento de San Francisco, en la sepultura de Hernando Rivera Mondragón (hijo de su sobrina carnal Juana  de Manzanares y Burgos). Declaró, a renglón seguido, los hijos que tuvo en sus nupcias, a fin de que se hiciera la distribución de sus bienes entre sus herederos. Enumeró, al efecto, a 11 esclavos negros de ambos sexos y distintas edades, originarios de Angola, Arda, “los ríos” y nativos del país; a las casas de su morada, edificada en dos solares que lindaban, calle en medio, con las de Luis de Torres, antes de Manuel Piño, y por la otra parte con las de Andrés González Malagueño; y a los diversos muebles, alhajas, ropas y enseres domésticos que contenía la expresada vivienda. En dicho inventario figuran “ocho paises de flandes y otros cuadros al temple”; es decir ocho paisajes flamencos y otras pinturas coloreadas con barniz. Por último doña Catalina instituyó albaceas “al dicho mi marido” y luego al Regidor Hernando de Ribera Mondragón “mi sobrino” y a Diego Serrano “mi cuñado”. Y dado que la causante no pudo firmar la escritura “por temblarle mucho la mano”, lo hizo a ruego suyo el Regidor Luis de Rivadeneyra, además de los testigos; Gregorio Gómez, Pablo de Aranda, Juan Dunda y Lázaro de Zárate, “vecinos de esta ciudad y soldados del Presidio de ella”.

La muerte de su esposa significó un desastre para Juan Rodríguez de Estela. No pasaría mucho tiempo y ya se comprobó todo lo que esa “cristiana vieja”, descendiente de conquistadores, había representado como amparo y garantía en la existencia del advenedizo marido. En efecto; siete años después del fallecimiento de doña Catalina, al llegar el viudo al filo de sus 60 otoños, un día de febrero de 1673, él resultó detenido en su domicilio, y sus bienes secuestrados por orden de la Inquisición. Rodríguez Estela había sido testificado como judaizante, y el celoso Tribunal dispuso su arrestoy traslado a las cárceles de Lima, a donde ingresó el 30-I-1674.

Las indagaciones de los censores limeños de la Fé

Las constancias del proceso contra mi antepasado se conservan en el Archivo Histórico de Madrid, Sección Inquisición, Libro 1032, folio 195. El investigador chileno José Toribio Medina publicó, hace ya bastante tiempo, una referencia sobre esa causa en su obra La Inquisición en el Río de la Plata. Y Raúl A. Molina — generoso y erudito amigo — me facilitó una copia fiel, que hizo sacar en el repositorio madrileño, del testimonio caratulado "Relación de las causas de Fee que están pendientes en esta Inquisición del Perú por los fines del mes de henero de 1675, que la haze el Señor Inquisidor Fiscal Presbto. Don. Juan Queipo de Llano y Valdes, a su Alteza en el Consejo Supremo de la General Santa Inquisición, en la Armada que sale del Puerto del Callao por junio de 1675 años." Con tan significativo comprobante a la vista, amplío las breves noticias consignadas por Medina en torno al proceso inquisitorial sufrido por el protagonista de esta historia.

El año 1673, ante el Tribunal del Santo Oficio, un sujeto llamado Juan de León, formuló una denuncia de herejía contra Juan Rodríguez de Estela. Los inquisidores peruanos, entonces, ordenaron a su Comisario en Buenos Aires, Maestre de Campo Juan Arias de Saavedra, apresar al sospechoso vecino con embargo de sus bienes. Cumplidos esos procedimientos, se despachó al encausado para la provincia del Tucumán, y de ahí a la villa de Potosí, desde donde lo trasladaron a Arica, en cuyo puerto fue embarcado para el Callao con destino a Lima, y en sus “cárceles secretas” ingresó — como se dijo mas atrás — el 30-I-1674, en la “cárcel número 6”.

Entretanto, salió a relucir en el Juzgado limeño, “una denunciación” hecha por el año 1650, en la Villa de Oruro, contra un tal Juan Rodríguez, quien — al igual que su homónimo apresado en la ciudad bonaerense — arribó al Río de la Plata, huído del Janeiro con otros portugueses, y que en Buenos Aires y el Tucumán “judaizaba en castigar a un Santo Christo crucificado, azotándolo todos los viernes, y dándole de bofetadas luego le volvía a guardar en una caxa”. Esto decía saberlo el denunciante, “por aver concurrido él y otros a estas acciones; y aunque no lo nombra con el apellido de Estela, por aquellas probincias se avían reconocido algunas personas del nombre de Juan Rodríguez”. Nuestro Juan Rodríguez de Estela, sin embargo, habíase casado mucho antes en la ciudad de Buenos Aires, y aquel Juan Rodríguez de los sacrílegos garrotazos era soltero y vecino de Córdoba del Tucumán.

Otro testigo innominado declaró en autos que, cinco años atrás, “estando en el Brazil con su padre hablando de judíos”, recogió la noticia de que “Juan Rodríguez de Estela había sido penitenciado con sambenito por judío en la ciudad de Lisboa; y que se havía huído y venido a Buenos Aires, donde estaba casado con hijos y familia”. Y agregaba el declarante, “que haviendo venido del Brazil a Buenos Aires, las personas que vinieron con él conocían al dicho Juan Rodríguez de Estela, y los oyó decir como era judío penitenciado, y que se havía venido huído de la dicha ciudad de Lisboa; y también lo havía reconocido este denunciante quando llegó el dicho Juan Rodríguez de Estela preso de la ciudad de Arica, donde se embarcó para esta de los Reyes”.

En el inventario practicado de los bienes del recluso, se encontró en una gaveta de su escritorio, junto a la cabecera de su cama, “una hechura de un crucifijo de madera nueba sin cruz, la cual hechura estaba entre unas barrenas flamencas, clabos viejos y otros pedazos de hierro sin ningún valor. Por hallarse con esta indecencia se mandó poner por diligencia, y se mandó al depositario para que lo mandase encarnar y poner en su cruz”. Así, con la suspicacia y mala voluntad que denotan las atestiguaciones transcriptas, se abrió el proceso contra Juan Rodríguez de Estela.

La primera audiencia, con el reo presente, llevóse a cabo el 14-II-1674. Este “dixo ser de officio mercader, natural de Lisboa, vecino de Buenos Aires ... , de edad de sesenta años; dixo sus padres y que no conoció sus abuelos ni tubo tíos; declaró algunos hermanos y hermanas, su mujer e hijos”. Siguió diciendo que era cristiano nuevo por parte de padre y madre, que era bautizado y confirmado en la misma ciudad de Lisboa; confesaba y comulgaba entre año; que había sido veinte años prefecto de la Compañía de Jesús en dicho puerto; rezó las oraciones hasta los mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Iglesia con alguna confusión”, y habiendo procedido a las demás preguntas, concluyó confesando ser judío de profesión, “y puestas las manos y con lágrimas pidió misericordia, y que su padre le enseñó a judaizar y las ceremonias de la Ley de Moisés, hasta la edad de quinze años que salió de Lisboa, y quando pasó al Río Geneiro lo olvidó totalmente”.

En “la segunda audiencia y monición” (1º de marzo) y en la tercera (6 de abril), Rodríguez de Estela “se remitió a lo que tenía dicho, y del examen que en su persona practicaron “un médico y un cirujano que sirven al Tribunal”, resultó “que no tenía señal de circunciso”.

El 19 de septiembre, el acusado negó los cargos “de que azotaba y abofeteaba la hechura de un Santo Christo”, alegando, con razón, “havía otros muchos de sus apellidos en aquellas provincias de Buenos Aires y el Tucumán, y que su asistencia havía sido siempre en la de Buenos Aires, casado con hijos, de muchos años a esta parte”.

En cuanto a la “hechura”, o imagen del Cristo que se halló en la gaveta del escritorio suyo, mi sufrido antecesor explicó a sus juzgadores que, “descarnada” como estaba, se la habían dado, y que trataba de “encarnarla” (unirla) y ponerla en la cruz” cuando lo tomaron preso. Ello fue corroborado también por el artífice autor de la imagen, quien declaró que acabada la figura de Jesucristo, “se la llebaron en blanco” a casa de Rodríguez de Estela, a fin de que la colocase en la cruz correspondiente.

Y así quedó en Lima el infeliz sospechoso, negando sistemáticamente todas las acusaciones que se le hacían de hereje y de sacrílego; en tanto se practicaban las diligencias testimoniales en Buenos Aires — a 900 leguas de distancia — y de España se recibían las noticias que se pidieron acerca de si era verdad que había sido penitenciado en Lisboa.

Que drama atroz!. Ignoro como terminó la causa de ese antepasado frente a los torquemadas limeños, ni donde ni en que circunstancia se extinguió su vida. Presumo, sin embargo, que una vez revelado el secreto de su origen racial, el viejo sefardita — injertado por parentesco a uno de los troncos tradicionales de la sociedad porteña — fue sobreseído definitivamente. Sus hijos, por lo demás, no perdieron nunca el atributo que les venía por la prosapia materna; y entre los muchos linajes que de ellos derivan, a través de los Soria, Dogan, Pueyrredón, Ituarte, Sáenz Valiente, Aguirre, Barreto, Balcarce, Leloir, Lamarca, Martínez, Ayerza, Castro, Torres, Langdon, Obarrio, etc, etc, la sangre conversa de Juan Rodríguez de Estela, aunque ya muy diluída, reclama su parte entrañable en los latidos de sus descendientes argentinos.