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Bernabé González Filiano: Un evasor devoto

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 por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo VII - González Filiano

 

En la isla canaria de Tenerife, sobre escarpadas rocas circuídas de peñascos y acantilados que se hunden en el mar, acurrucada bajo la falda imponente del eruptivo Teide, se encuentra la villa de Garachico. Ahí, el año 1585, nació Bernabé González Filiano, hijo legítimo de Diego González y de Mencía Hernández de Oramas, de quienes heredó una casa grande de dos pisos, en aquella rupestre localidad insular.

De primer apellido español, seguido de otro al parecer de itálica filiación (recordemos que un genovés, Pedro del Ponte, fundó en 1505 a Garachico), mi antepasado “garachiquero” por su estirpe materna descendía de aborígenes canarios; los “guanches”, altos, fornidos, alegres y valientes; de aquilinas narices, labios amplios y blancas dentaduras; cuya raza el arqueólogo francés Augusto Berthelot describe como “de tez curtida y rostro oval y descarnado, facciones regulares, frente saliente algo estrecha y grandes ojos vivos y rasgados, a veces verdosos, espesa cabellera rizada, que variaba del negro al rojo oscuro. Muchas familias se enorgullecen — apunta Berthelot — de llevar nombres guanches; Doramas, Bencomo, Magantino”.

Bernabé González Filiano y Oramas o Doramas, de tan exótico origen (su testamento y otros antecedentes suyos investigó mi recordado,  querido y erudito amigo Raúl A. Molina), cuando tuvo edad suficiente, dedicose a los negocios del mar, al trafico negrero, y en uno de esos lances peligrosos resultó robado por los piratas.

Comercio intérlope a la orden del día, con boda, pecunia y cofradía

El arribo de nuestro canario a Buenos Aires data de 1614, en circunstancias en que el navío que lo trajo desembarcó clandestinamente en la costa 30 esclavos africanos. Y en la ciudad porteña, vinculado a la camarilla contrabandista que dirigía el poderoso vecino Juan de Vergara, el aventurero recién llegado vislumbró la alternativa de enriquecerse con rapidez, sin riesgos excesivos. Abandonó entonces las azarosas correrías marítimas, y en el embrionario poblacho rioplatense se instaló definitivamente. Ello quiere decir que aquí contrajo nupcias el 13 de enero de 1622 con Francisca de Trigueros Enciso — viuda, a la sazón, de Tomás Rosende —, la cual pertenecía a una familia solvente y de arraigo en el país. El Licenciado en cánones Francisco Trejo bendijo esa boda, en la que actuaron como padrinos Juan de Vergara — que fuera marido de una difunta hermana de la desposada — y la tercera mujer de éste, María de Freire.

Era Francisca de Trigueros hija legítima del antiguo poblador Diego de Trigueros y de su consorte Felipa Hernández Enciso; hija ésta del fundador de la ciudad con Garay, en 1580, Capitán Juan Fernández Enciso, y nieta del Gobernador del Paraguay Domingo Martínez de Irala. Para sus esponsales con el tenerifeño, la contrayente resultó dotada con 9.159 pesos de a 8 reales. A raíz de éste, o del primer casamiento de doña Francisca con Rosende, en 1617, el cuñado de ella Juan de Vergara declaró en su testamento; “Gasté y consumí mucha cantidad de acienda, que a sus padres presté, en joyas, preseas y esclavos y otras cosas”. Cuando murió Francisca Trigueros, sepultaron el cadáver en la iglesia de San Francisco, en el enterratorio de su familia, excavado al pié del altar de la Virgen de la Limpia Concepción.

El 4 de diciembre de 1618, en el informe jurídico ofrecido por el Tesorero Simón de Valdés, a fin de probar que en la causa criminal emprendida contra él bajo la dirección de Hernandarias, los testigos habían declarado movidos por el interés o por el temor, compareció (sic) “Bernabé González Feliano, residente en Buenos Ayres, natural y vecino de Tenerife ... y dijo ser de treinta y cuatro años, poco más o menos, y aunque ha sido pesquizado en esos autos de contrabando, no le tocan las generales de la Ley”. Afirmó, el deponente, que en la pesquisa contra Valdés y otros, incoada ante el actuario Juan de Munarriz, el vecino Linares le persuadió declarase, “haziéndole promesas que si lo hazía lo faborecía el governador Hernandarias de Saavedra ... e si no jurava, a este testigo y los demás les iría mal, dando a entender que se les harían grandes castigos, como después se vió en los tormentos que se dieron a diferentes personas”.

También el 5 de diciembre de 1619, en el proceso que contra el Gobernador Diego de Góngora llevó a cabo el Juez pesquisante Licenciado Matías Delgado Flores, compareció, ante el Escribano Domingo Fuentes, (sic) “Bernabé González Folian”. En tales actuaciones mi antepasado figura como “morador en la ysla de Tenerife, que dixo hacía algunos días que estaba en esta ciudad”. Declaró ser de edad de 34 años, poco más o menos, y que conoció a Góngora cuando este funcionario llegó a Buenos Aires en el mes de noviembre de 1618, en circunstancias en que — el declarante — “estaba preso en la cárcel pública por mandado del Gobernador Hernandarias”.

En esa oportunidad al inquieto Bernabé lo condenaron a destierro perpetuo, pero pudo salvarse y quedar en Buenos Aires. Tiempo después, el 3 de enero de 1625, lo vemos a González Filiano de Procurador del Cabildo bonaerense, aunque su elección fuera impugnada por el Alguacil Mayor Francisco González Pacheco, quien lo acusó de ser “pasajero que entró sin lisensia de Su Majestad y no poder tener ningún offisio antes de ser castigado por el delito que cometió, y buéltolo a embarcar a su costa”. El Gobernador Céspedes, sin embargo, dispuso lo recibieran sus colegas en el cargo, por haber adquirido vecindad de acuerdo a las leyes; “ser castellano y ser casado con mujer que lo és, y vesina desta ciudad y descendiente de conquistadores destas provincias. En consecuencia, el impugnado sujeto asumió el ejercicio de las funciones capitulares hasta el 3 de noviembre, día en que pidió su reemplazo por ausencia forzosa.

El 8 de abril de 1630, al día siguiente de morir Felipa Hernández Enciso, su yerno González Filiano pidió se depositaran los restos de su suegra en la sepultura familiar, en el templo de San Francisco, donde los Trigueros tenían fundada una Capellanía “en las constituciones de la Cofradía de N.S. de la Limpia Concepción”.

Fallecidos los suegros, mi ascendiente canario heredó una buena fortuna, que se sumaba a la amasada por él, sin duda contrabandeando. Ello le permitió disfrutar de tierras y solares, chacras y estancias, y de ser dueño de 27 esclavos negros aptos para todo servicio.

En 1641, el hombre hizo postura en el Cabildo a fin de abastecer de “carne de baca y ternera” a los habitantes de este puerto. Murió cuatro años más tarde, bajo disposición testamentaria del 18 de enero de 1645. En dicha escritura de última voluntad, el causante ordenaba se enterrara su cadáver, amortajado con hábito seráfico, en la iglesia de San Francisco, en el nicho de su familia, bajo la peana del altar de Nuestra Señora de la Limpia Concepción. Además de terciario franciscano, el difunto había sido cofrade de San Sebastián y Tesorero de la Santa Cruzada, lo cual revela que, en aquel tiempo, se podían cometer delitos fiscales reiterados sin mengüa de una sincera devoción religiosa, sistemáticamente practicada y laudablemente acogida.