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Juan Francisco de Aguirre y Uztáriz

Ratio:  / 2
MaloBueno 

por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires, 1983
Tomo II, Los Aguirre

 

Juan Francisco de Aguirre y Uztáriz vió la luz primera en Donamaría (derecha) el 18-VIII-1758. No había cumplido aún 14 años, cuando ingresó en la Real Compañía de Nobles Guardias Marinas como “caballero aspirante”, el 3-IV-1772, figurando en el catálogo respectivo (nº 1673) con los nombres de “Juan Ignacio Francisco”. Hizo su estreno como Oficial de la armada, en un viaje a Filipinas a bordo de la fragata “Rosalía”, que mandaba el célebre Juan de Lángara y Huarte, entonces Capitán de Fragata. Al año siguiente realizó cruceros científicos y de observación por el Mediterráneo y las costas africanas en la fragata “Cármen”, siendo ascendido a Alférez de Fragata. Tomó parte más tarde en la malhadada campaña contra Argel, subordinado al Jefe de Escuadra Pedro González Castejón, y bajo el mando militar supremo del Teniente General Alejandro O'Reilly. En 1776 le llegan los despachos de Alférez de navío, e integrando la dotación del “Astuto” zarpa hacia el Perú. De vuelta recibe en Cádiz su ascenso a Teniente de Fragata, y, a mediados de 1779, en la guerra de España aliada de Francia contra Inglaterra, nuestro hombre participa en ella, embarcado en el “San Miguel”; cuyo navío, a órdenes del Brigadier Juan Joaquín Moreno, incursiona por el canal de la Mancha y vigila el estrecho de Gibraltar.

En 1781, al ya Teniente de Navío Aguirre se le confiere el nombramiento de “Comisario”, con encargo de emprender la tarea de marcar la frontera entre España y Portugal en sus posesiones de Sud América, conforme al tratado preliminar de San Ildefonso, que ajustaron, el 1-X-1777, las potencias Católica y Fidelísima, a través del Conde de Floridablanca y de Francisco Inocencio de Souza Coutinho, respectivamente. Dicho tratado, en su artículo 15, establecía la designación, por parte de los altos contratantes, de “Comisarios de conocida providad, inteligencia y conocimiento del País, juntándose en los parages de la Demarcación”, para trazar la línea fronteriza que garantizase “la recíproca seguridad y perpetua paz y tranquilidad de ambas naciones”.

Así — en momentos en que su Rey acababa de concederle la merced de un hábito en la Orden de Alcántara, y estaba el interesado preparando las pruebas correspondientes para su ingreso — tuvo Juan Francisco que partir al lejano virreinato rioplatense. Y como España mantenía su beligerancia frente a Inglaterra, el flamante Comisario debió salir de Cádiz (14-XI-1781) hacia Lisboa. Allá, luego de entrevistarse con el Embajador de su país Conde de Fernán Núñez, Aguirre con algunos compañeros de misión (el Comandante José Varela y Ulloa, los hijos de éste José y Joaquín; el Teniente Coronel, trocado en Teniente de Fragata, Félix de Azara; el camarada de igual rango Rosendo Rico y Negrón; un “oficial de relojería llamado José Santaella”; además de los pasajeros Luis de Urriola, nombrado Oidor para Chile, y el Canónigo Gabino de Echeverría que iba al Paraguay) se hizo a la mar rumbo a Rio de Janeiro, bajo bandera neutral, a bordo de la fragata “Santísimo Sacramento” del Capitán mercante lusitano Torcuato de Silva, el 23-I-1782.

En la pintoresca ciudad carioca, los oficiales españoles (junto a otros pasajeros y a la familia de Miguel Sánchez Moscoso, asesor del Virrey de Buenos Aires) fletaron una corbeta que, en 37 días, los trajo a Montevideo, donde fueron recibidos por el Virrey Vértiz — primo 2º de Josefa de Uztáriz y Gaztelú Vértiz y Albirena, la abuela materna de Aguirre.

Este, por lo tanto, en su detención montevideana, se alojó, probablemente, en casa de su hermano Juan Pedro, casado con Margarita de Viana Alzaybar, criolla de alto copete lugareño (cuyo padre es recordado por Aguirre en su famoso Diario, cuando a propósito de los indios minuanes dice que “hacían daño como enemigos, hasta que el Sr. D. José Joaquín de Viana, Gobernador de buena memoria, hizo una expedición en que los aniquiló, y los pocos que quedaron se sometieron a la paz”). En ese hogar fraterno se estuvo el viajero ocho meses, en tanto el Virrey Vértiz organizaba las distintas comisiones que habrían de dar principio a los trabajos demarcatorios en la frontera del Brasil.

Juan Francisco — junto con Azara, Diego de Alvear y Rosendo Rico — se trasladó en febrero de 1783 a Buenos Aires; y aquí — es tradición doméstica — recibió hospitalidad en casa de su pariente (primo por Uztáriz y sobrino por Aguirre) Agustín Casimiro de Aguirre, mi 4º abuelo; vivienda ubicada al costado del Cabildo, con frente también a la Plaza Mayor.

Seis meses más tarde (17-VIII-1783), ante el Escribano porteño José García Echaburu, compareció “Juan Francisco de Aguirre y Uztáriz, Teniente de Navío de la Real Armada, nacido en Dona María, hijo legítimo de D. Joaquín de Aguirre y de Dña. Josefa Uztáriz, dueños que fueron del Palacio de Cabo de Armería denominado Aguirre, sito en el mismo lugar” — cual expresa la pertinente escritura. Y el nombrado marino dijo: “Que por cuanto Juan Pedro de Aguirre y Uztáriz, mi hermano, ha hecho cesión a mi hermano menor José Joaquín de Aguirre (el 19-IX-1782, en la ciudad de Montevideo ante el Notario Zenzano) del mayorazgo que le ha tocado y correspondía por su mayoría, en el referido lugar de Dona María, con su Palacio de Cabo de Armería que le pertenece por razón de la herencia”; a fin de que tuviera efecto dicha cesión y no la embarazase el hallarse de por medio el compareciente, éste, “versus propia voluntad”, le transfería, cedía y traspasaba al hermano menor suyo José Joaquín, para él y sus herederos, el derecho al Mayorazgo y al Palacio de Aguirre.

Por esos días, don Juan Francisco apuntaba en su Diario que en Buenos Aires la cuadra de Agustín Casimiro de Aguirre, sita “en la calle principal”, así como las demás “calles principales, tienen vereda o buen empedrado o enladrillado; pero hablando en general, son malas en tiempos de lluvias o de seca, pues cuando cesan aquellas por ésta, se levantan polvaredas tan sutiles que incomodan … Las casas principales dan, por zaguán, entradas a un patio, al que cáen las viviendas … Son buenas casas y capaces; la mayor no ocupará media cuadra”.

Describía luego, el recién llegado, las características de la capital del Virreinato: Su puerto, sus embarcaciones menores de trasbordo; el Fuerte, las Iglesias y conventos; la organización de sus gobiernos civil y religioso; las chacras y pampa circundante; sus estancias donde se criaban mulas que se vendían en los mercados de Salta y Jujuy, destinadas al Alto y Bajo Perú; su comercio, producción y volumen de los negocios; los negros esclavos y el tráfico de estos extendido desde el Africa. Y antes de entrar a ocuparse de todo el Virreinato, de su parte norte hasta las regiones mineras altoperuanas, y de su parte patagónica hasta las Malvinas, Aguirre, con acento personalísimo, manuscribe esta serie de comentarios y de datos acerca de la ciudad cabecera del Plata que, a manera de pantallazos, transcribo a continuación:

En Buenos Aires — anota el viajero — “no se ve lo magnífico, pero tampoco lo miserable … no hay casa de Mayorazgo; sólo hay dos vecinos cruzados [1]” … El vecindario urbano “se viste a la moda de España, y singularmente al estilo de Andalucía, a cuyos hijos se parecen en muchas cosas los de este puerto. Buenos Aires es una ciudad en que se verifica al pie de la letra el refrán que dice: el padre mercader, el hijo caballero y el nieto pordiosero … La población — según los informes que he podido adquirir — se regula de 30 a 40 mil almas de toda especie de gentes. Entre ellas la blanca o española es la más considerable, o a lo menos la mitad, y la otra mitad de negros, mulatos y pocos indios, que sólo hay los forasteros. La especie española se divide en las dos clases: de Europeos y Americanos que se dedican al comercio, a las artes y a la labranza. La especie parda es única casi para el servicio…” Entre los hombres transmigrados de España para mejorar de fortuna, “vienen algunos conocidos y muchísimos que no lo son; y según las utilidades con que se levantan en sus girso, se levantan también las casas de este país, donde se regulan las primeras las más ricas. La riqueza en todo el mundo es principio de nobleza, y si estos principios son más sensibles aquí que en otras partes, es porque todo país de poca población está más proporcionado para tales establecimientos … De cualquier manera las gentes de Buenos Aires se ven llenas de urbanidad y atención, manifestándose con la misma civilidad que en las mejores ciudades de España … Por el libre comercio … y por la declaración de Buenos Aires capital del Virreinato … no hay uno que no se asombre de su transformación casi de repente … Todos sus hijos montan a caballo, pero se puede decir que ya lo más general es unicamente para fuera de la ciudad, pues dentro de ella se anda a pie, unos con capa y otros en cuerpo, hechos unos gentiles petimetres. En esta parte de vestir y tratar, puede Buenos Aires pasar por una ciudad de la Península … Aún en el modo interior de adornar las casas, comer y demás usos domésticos, se parece al de Andalucía, bien que sujeto por los accidentes locales a variedad. La plaza de Buenos Aires es abundantísima de verduras, frutas, carne, pan, pescado, aves, leche, etc.. Se matan para el abasto de la ciudad, diariamente, cerca de 1.000 reses en los corrales de la cercanía … El agua es menester tomarla de los negros aguateros que la cojen a la orilla del rio … Actualmente se ha determinado haya casa de comedias; empiezan a representar en un teatro hecho de paso; todos hombres, pero en breve se espera haya mujeres, quedando establecida esta diversión para siempre …  Por el tiempo del patrón (San Martín de Tours) hay toros, que se corren en la plaza que se arma al propósito … La costa, así llamada la orilla del rio, es paraje poblado de chácaras, y a donde pasan, algunos, temporadas de campo. Hombres y mujeres son de mérito personal, de buen cuerpo y manejo; rara será la casa de tal cual viso no tenga clave (piano) … En Buenos Aires de tropa veterana hay sólo dos compañías de fusileros, un destacamento de dragones y otro de artillería … La milicia de Buenos Aires se compone de dos regimientos, con uniforme de casaca y calzón azul, chupa, collarín y vuelto de grana; la caballería tiene solapa y botón de plata. Sólo cuando hay necesidad urgente de Indios, acude a la defensa esta gente. En Buenos Aires se ve mucha oficialidad; sus hijos son amantes de la carrera militar y hay algunos que siguen en el ejército y armada … Ultimamente en Buenos Aires hay ya cafés, confiterías y posadas públicas…”.

A la sazón, el Virrey Vértiz (izquierda), debido a la poca diligencia que ponían los portugueses en concretar el envío de comisiones a la zona fronteriza con Paraguay, despachó a Félix de Azara hacia Rio Grande do Sul, a fin de combinar con las autoridades allá, la forma de dar principio a los demorados trabajos demarcatorios. Y como Azara volviera a Buenos Aires con la noticia de que en São Paulo estaban a punto de salir las esperadas comisiones lusitanas, nombró el Virrey las cuatro partidas expedicionarias españolas, cuyos respectivos Jefes o Comisarios fueron: de la 1ª, el Capitán de Navío José Varela y Ulloa; de la 2ª el Teniente de Navío Diego de Alvear Fernández Ponce de León; de la 3ª el Capitán de Fragata Félix de Azara, y de la 4ª nuestro Teniente de Navío Juan Francisco de Aguirre Uztáriz, al que se le subordinaban el Teniente Coronel ingeniero Julio Ramón de César, el Alférez de Fragata geógrafo piloto Pablo Zizur, el oficial de escolta Teniente de Infantería Santiago Gómez, el Capellán Ramón Varela, el proveedor Lorenzo de Figueroa, el cirujano Vicente Berduc — con “9 caxas” de botica —, el sangrador Domingo Cabrera, el panadero José Rodríguez, el cantero Ramón Solla, el carpintero Manuel Palomares y dos prácticos de rio que habían de conchabarse en el Paraguay. El destacamento de tropa se componía de “1 Sargento, 2 Cabos y 17 infantes del Fixo”. Y cada partida debía de llevar una colección de instrumentos para observaciones astronómicas y meteorológicas, y para los cálculos planimétricos; cuyas colecciones — según estampó en su Diario el Teniente de Navío Diego de Alvear — “se componían de 12 caxas de instrumentos y libros, que se hallaban acomodados primorosamente con toda seguridad y precaución de las humedades”.

El 30 de diciembre de aquel año 83, el Comisario Aguirre al frente de su 4ª partida y de la 3ª de Azara — quien por tierra se adelantaba hacia la Asunción — salió con toda esa gente en dos barcos, desde el fondeadero de Las Conchas, con destino al Paraguay. Y tras 116 días de navegación fluvial — incluídas 29 paradas — arribaron, Aguirre y los suyos, a dicha ciudad paraguaya el 25-IV-1784 a la mañana. (El 2 de mayo siguiente llegó también ahí Azara, a encabezar su facción). Ambas expediciones iban a recorrer sobre el terreno toda la línea — no definitivamente ajustada en el tratado de San Ildefonso — que arrancaba del primer rio de gran caudal situado al oeste del Paraná, hasta el desaguadero del rio Jaurú.

Mas la demora de los portugueses en acudir a esa frontera se prolongaba deliberadamente, pués estimó su gobierno que lo convenido en 1777 desfavorecía sus intereses en América. Los “fidelísimos” vecinos, por lo tanto, daban largas a la traza de límites en el norte paraguayo, a la espera de otro tratado de paz general — ahora entre España, Francia e Inglaterra — del que se podría obtener, de rebote, alguna ventaja mayor.

Debido a dichos motivos, Juan Francisco de Aguirre hubo de permanecer dos años en la Asunción (abajo); y allí se dió a los estudios históricos, a rebuscar documentos y toparse con la crónica descubridora y de la conquista rioplatense — La Argentina — manuscrita por Ruy Díaz de Guzmán. Con todo, pese al sinfín de dificultades opuestas por los poderes lusitanos, nuestro marino — fuera de algunas salidas menores — realizó dos grandes incursiones terrestres. La primera el año 1791, junto con Azara, alrededor de la controvertida y difusa raya limítrofe del Brasil, más allá de la región de Curuguaty, viejo dominio de indios tobatines, hasta las márgenes del rio Jejuy, afluente del Paraguay, donde los portugueses no acudieron a la cita. Y la segunda correría la efectuó Aguirre con su destacamento en 1793, por la cordillera y sus ramales que se empinan cerca de Villa Rica. En ambas exploraciones el Jefe verificó numerosos cálculos, mensuras y reconocimientos, que dejó consignados en su inseparable Diario viajero.

Luego de esas, en verdad, laboriosas campañas, el hombre quedó convencido de ser ya practicamente inútil su permanencia en aquellas guaraníticas latitudes. Sus planos y comprobaciones topográficas estaban terminados, y a ellos se unía — como escribe Groussac — “el deseo de volver a Europa, después de tantos años, con su respectiva cosecha de observaciones y trabajos personales, en que cifraba para su nombre la gloria, o por lo menos la notoriedad”. Por tanto, los Jefes de la 4a y 3a partidas, Aguirre y Azara, pidieron el relevo, que les fué concedido; y ambas facciones se fundieron en una sóla, “cuyo Comisario designado — cito a Groussac — “fué el Capitán de Fragata don Juan Gutiérrez de la Concha, más tarde soldado de la Reconquista, Gobernador de Córdoba y compañero de Liniers en la catástrofe como en la gloria”.

Por fin, vuelto de su peregrinaje sudamericano, Aguirre pisó tierra gallega en la Coruña, el 31-III-1798. Promovido a Capitán de Fragata, le nombraron Director de las Reales fábricas de artillería y municiones, existentes en la villa santanderina de Liérganes y en el valle de la Cavada. Al producirse la invasión napoleónica a España, Aguirre pidió su reemplazo al Gobernador de Santander, Coronel Francisco Amorós y Ondeano, el 4-II-1809; pero este conspicuo funcionario afrancesado le instó a colaborar con los invasores, lo cual el hidalgo patriota navarro rechazó de plano. Malquisto con los franceses, el hombre buscó refugio en cierta alquería de Cabarga, en Asturias, donde en febrero de 1811 la muerte le acogió en sus brazos, solterón empedernido, sin haber llegado todavía a cumplir cincuenta y tres años.

Aquellos hispánicos Comisarios, que durante casi dos décadas trajinaron por el Virreinato del Rio de la Plata, a efectos de demarcar sus fronteras con el Brasil, debían, a expreso mandado de la Corona, asentar en un Diario todos los sucesos producidos y observaciones y datos que pudieran ser de utilidad para mejor conocimiento de la vasta región en que iban a desarrollar sus trabajos. Así Juan Francisco de Aguirre, puntualmente, fué llenando, página tras página, lo que a la postre resultó frondoso mamotreto o compilación de apuntes referidos a incidentes de camino, a descripciones de territorios y ciudades, a notas sobre historia olvidada o desconocida, a usos y costumbres de sus habitantes, a formas de gobierno anacrónicas o contemporáneas de diverso carácter, recogidas en los lugares recorridos.

A lo largo del memorial aludido, abunda, por sobre todo, un profuso acopio de cálculos astronómicos, de coordenadas, rumbos, cómputos de distancias y triangulaciones; empero, entre tantas exactitudes matemáticas, nuestro incoercible geódeta incluyó su Diario Histórico: suerte de rapsodia de la añeja crónica de Ruy Díaz de Guzmán, seguida por comentarios inherentes a ocurrencias más modernas.

Ese ensayo retrospectivo — opina con justicia Rómulo Carbia, en su Historia de la Historiografía Argentina — “tiene un mérito resaltante: el de ofrecernos el texto de algunos documentos que su autor copió en la capital paraguaya, y que hoy ya nadie podría hallar … Aguirre tomó como base a Ruy Díaz, y sobre su contenido realizó una tarea no acometida nunca. Iba ella dirigida a depurar de errores al cronista prístino, y hay razones para considerar que el comisionado de fines del siglo XVIII, a distancia de un siglo y medio, modestamente antecedió a Groussac en ese empeño”. Este ilustre polígrafo francés, sin embargo, amputó aquel Discurso Histórico al publicar, por primera vez, un fragmento del Diario de Aguirre en los Anales de la Biblioteca que dirigía.

El manuscrito de mi lejano pariente está dedicado “el Rey N.S.” con estos párrafos de lealtad hacia Carlos IV: “Señor: La honrra de haber trabajado mi Diario en servicio de V.M. y su augusto Padre, me anima a presentarlo a Vuestros Reales Pies, ya que por su composición no es digno de tanta exaltación. La generosidad de V.M. lo reciva con aquel amor que lleva el pequeño don, ofrecido por quien no puede más, y es tan espresivo que no se conoce mayor aún entre los respetos de Dios y los hombres. Su Divina Magestad conserve a la Monarquía la preciosa salud de la vuestra, los dilatados años de su dignación. Señor. A los Rs. Pies de V.M. — Juan Francisco Aguirre”.

En 1815, tres años después de muerto el autor, los originales de su obra fueron a parar a la Real Academia de la Historia madrileña, legados por el difunto Capitán de Fragata que había sido nombrado miembro correspondiente de dicha corporación. En 1873, el Director de la Biblioteca Pública de Buenos Aires, Vicente G. Quesada, cumpliendo instrucciones del entonces Ministro de Gobierno de la Provincia, Dr. Amancio Alcorta, hizo sacar copias, en Madrid, del referido Diario en tres gruesos volúmenes que hoy se guardan en esa institución porteña. En 1905, en el Tomo IV de los Anales de la Biblioteca, Groussac publicó sólo el primer libro completo del Diario de Aguirre, con una Noticia Biográfica y crítica acerca del autor y su obra. En 1911, en el Tomo VII de los mismos Anales, entresacó Groussac mutilados algunos capítulos del antedicho Diario, omitiendo el Discurso Histórico. Este fragmento se vió recién en letras de molde en 1937-38, en la Revista de la Biblioteca Nacional, que dirigía Gustavo Martínez Zuviría. Con posterioridad — 1947 — la Colección Austral de Espasa Calpe Argentina, reprodujo íntegro el Discurso Histórico. Finalmente la Revista de la Biblioteca Nacional, los años 1949 a 1951, dió a la estampa los tres volúmenes completos del interesante Diario de Aguirre, precedidos por excelente prólogo de Felipe Barreda Laos.

 


[1] En 1783 esos cruzados serían Marcos José de Larrazabal, Caballero de Santiago, y el propio Virrey Vértiz, que lo era de Calatrava; ya Domingo Alonso de Lajarrota, Caballero de Alcántara había muerto 3 años atrás. Y si de porteños se trata, más tarde, en 1788, se cruzarían en la Orden de Carlos III, Manuel de Basavilbaso y Urtubía; en la de Santiago, Miguel Fermín de Riglos y San Martín en 1790; en la de Alcántara Miguel de Irigoyen de la Quintana en 1794; y en la de Carlos III, León de Altolaguirre en 1798.