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Juan de Vergara, un contrabandista del siglo XVII

Ratio:  / 15
MaloBueno 


por Carlos F. Ibarguren Aguirre
Extraído de Los Antepasados, Buenos Aires 1983
Tomo VI, Los Agreda de Vergara

 

Juan de Vergara nació en Sevilla en 1564, “hijo legítimo de Francisco de Vergara y de Catalina de Yuzedo Mal-Lara su muger, mis padres difuntos que Dios aya” — como él lo declaró en su testamento. Entre los años 1590 y 1595 vino al americano mundo junto con sus hermanos Alonso, Bartolomé y Miguel Gerónimo. Desembarcó con ellos en Panamá; de ahí se corrió hacia Lima y luego a Potosí, y abandonó la Imperial Villa para trasladarse a Esteco, en jurisdicción de Salta del Tucumán. En Esteco, o Talavera de Madrid o Madrid de las Juntas, contrajo su primer matrimonio, por el año 1600, con Beatriz de Cervantes Alarcón (hija del Alguacil Mayor lugareño Rodrigo de Soria Cervantes y de su mujer Beatriz de Alarcón), acaudalada señora que al casarse con Vergara, aportó una cuantiosa dote, calculada en más de 20.000 pesos. Doña Beatriz era, a la sazón, viuda del Licenciado Juan Hermoso de Graneros, y su padre, el Alguacil Rodrigo, había nacido en Trujillo, hijo legítimo de Cristóbal de Soria y de Leonor Alvarez de Cervantes, a la que se le ha atribuído un cercano parentesco con el “Manco de Lepanto”.

En 1605 Vergara bajó a Buenos Aires como secretario de su amigo Juan Pedrero de Trejo, a quien la Audiencia de Charcas encargó investigar la verdad de ciertas denuncias sobre irregularidades cometidas en el reparto de “permisiones” (licencias de exportación). Y aquí, a orillas del Plata, hubo de radicarse para siempre, dedicado al tráfico que lo convertiría en el más poderoso contrabandista que recuerda la historia del Río de la Plata en el siglo XVII.

Desde sus primeros tiempos de recién llegado al incipiente poblacho porteño, el forastero de Esteco intervino activamente en la política vernácula como partidario de Hernandarias; bajo cuyo amparo se inició en la vida pública. Pero, bien pronto, sus actividades comerciales chocaron con la intrasigente gestión portuaria del Gobernador criollo que lo protegía, y, a partir de ese momento, comenzó a intrigar contra dicho Jefe, atrayéndose a los más ricos mercaderes del vecindario, cuyos intereses inmediatos estaban por una próxima reapertura del puerto.

Durante la siguiente administración de Marín Negrón, don Juan logró ganarse hábilmente la confianza de aquel mandatario, y convertirse en su “eminencia gris”. Adueñado, pues, de los resortes del poder, formó Vergara una alianza o consorcio capitalista y político — destinado a enriquecer a sus componentes por encima de cualquier traba legal — con el Tesorero Simón de Valdés, con Diego de Vega, portugués judío, contrabandista y negrero, con Mateo Leal de Ayala, personaje desleal que llegó a reemplazar como Teniente de Gobernador, a Marín Negrón después de la equívoca muerte de éste, y con otros vecinos influyentes.

El grupo o banda de Vergara — llamado también “partido confederado” — alcanzó a controlar el Cabildo por medio de personeros, paniaguados y parientes, que compraban los oficios capitulares. De manera que, en un momento dado, la corporación vecinal respondía, sin contradicción, a los intereses particulares de ese — para decirlo a la moderna — “trust” de audaces traficantes enriquecidos.

Los agentes de la camarilla intérlope recibían de Africa y el Brasil distintos cargamentos de negros y efectos comerciables. Los barcos abarrotados de escalvos y mercancías recalaban en el puerto de Buenos Aires a pretexto de arribadas forzosas — cuando no hombres y cosas eran desembarcadas clandestinamente en un campo de Simón de Valdés sobre la costa del río. Aquí, enseguida, denunciábase el hecho al gobierno local por cualquiera de los miembros de la banda, o por algún funcionario personero del grupo defraudador. Los Oficiales Reales procedían entonces, sin más trámites, al decomiso de toda la mercadería y de los negros; que resultaban malvendidos en remate al único comprador a quien las autoridades concedían licencia para introducir esclavos a Potosí: Diego de Vega, el cual negociaba luego esas “piezas” al por menor en el Alto Perú, ganando diferencias enormes.

De 1612 a 1615, Juan de Vergara y sus compinches logran hacer abrir el puerto bonaerense al comercio prohibido, y se convierten en los negreros quizás más famosos de esta parte de América. Raúl A. Molina, que revisó los papeles donde constan, uno a uno, los navíos que trajeron aquellos cargamentos de esclavos a nuestras playas, asegura que en tiempos de Vergara fueron como 4.000 las “piezas” contrabandeadas, por un valor — calcula — de cuatro millones de pesos, suma que reducida a la moneda actual (1950) representaría una cantidad oscilante alrededor de cuarenta millones, y casi podría establecerse otra suma calculada en la mitad para el contrabando de mercancías”.

Entretanto, el incorruptible Hernandarias asume, por segunda vez, el gobierno de estas regiones, resuelto a enfrentar a los contrabandistas. Detiene y procesa a Vergara enviándolo al Perú para su juzgamiento; mientras que Simón de Valdés, cargado de cadenas es remitido a España a disposición del Consejo de Indias. Empero, la llegada ulterior de Góngora como Gobernador de la Provincia, trueca bruscamente los papeles. El nuevo funcionario se pone de parte del grupo “confederado”, asociándose a los cohechadores; la fiscalización aduanera de Hernandarias cae en la inoperancia; Vergara y Valdés, absueltos de culpa y cargo, reaundan sus especulaciones en Buenos Aires, y, con el poder en sus manos, se dan a ejercer implacables venganzas —criminales algunas — contra los partidarios de la administración anterior.

Ahora bien,en 1623 muere don Diego de Góngora, el codicioso Gobernador cómplice de la facción vergarista. En reemplazo suyo, pues, — y a fin de relevar al Lugarteniente Diego Paez de Clavijo, sobrino político de Vergara — llega a Buenos Aires Alonso Perez de Salazar, pesquizador de la Real Justicia; así como, posteriormente, “el Caballero 24 de Sevilla”, Francisco de Céspedes, toma a su cargo el gobierno de la Provincia.

A partir de entonces, una serie de incidencias, un tira y afloja de pasiones e intereses animan el juego político en la reducida sede porteña. En cierta oportunidad, por ejemplo, Céspedes creyó de su deber encarcelar a Juan de Vergara, “hombre rico, emparentado, y bastante caviloso”. No lo hubiera hecho el Gobernador! Enterado el Obispo Carranza de las tribulaciones de su “primo”, asalta en persona la Cárcel Real, y rodeado de clérigos armados rompe las puertas, y abriendo el calabozo saca violentamente al preso; y entonces “vio aquella ciudad (Buenos Aires) un prodijioso triunfo: un delincuente lego en hombros de eclesiásticos” — según lo anotó en su Gobierno Eclesiástico y Pacífico, el prelado quiteño Gaspar  de Villarroel, contemporáneo del suceso.

Mas “el delincuente lego” no prolongaría demasiado aquel triunfo. En 1628, Hernandarias en su carácter de comisionado de la Audiencia, le echa el guante a Juan de Vergara y lo remite preso a Charcas. El notable agiotista despliega, en la emergencia, todos sus recursos — entre los que no desmerecía su arte de leguleyo chicanero —, y se libera otra vez de la Justicia. Anda prófugo un tiempo, temeroso de Hernandarias, hasta que una Cédula regia, dada en Madrid en 1631 por Felipe IV — a raíz del natalicio del Infante Baltazar Carlos — concede una amnistía general, a la que se acoge nuestro hombre, recuperando así su cargo de Regidor perpetuo y su jefatura virtual en el Cabildo bonaerense.

De las actividades privadas de Juan de Vergara, diré que aquel vivía en la opulencia, rodeado de cuantiosas riquezas. A los ocho años de haber fallecido su primera consorte, se casó nuevamente, en 1609, con “doña Isabel de la Bega”, una hija del conocido vecino Diego de Trigueros.

Muerta de un mal parto esa su segunda compañera, a los doce meses de la boda, el inquieto viudo, una década más tarde, contrajo tercera nupcias, el 24-VII-1620, con la portuguesa María Freire, que era sobrina de su amigo y socio Diego de Vega.

Al cabo de esta serie de himeneos, con ninguna de aquellas tres señoras consiguio don Juan procrear descendencia. Y cuenta una anécdota melodramática, que luego de morir la primera esposa sin dejarle heredero — no obstante que ella tuviera dos niñas del matrimonio anterior — a fin de comprobar Vergara su propia capacidad germinativa, realizo un ensayo  práctico con una de sus más vigorosas mulatas; a la que, con gran contento suyo, logró embarazar. Consumado positivamente el experimento, parece que la pobre esclava fué mandada arrojar, sin más tramite, a las aguas turbias del río Luján, en cuyas profundidades desapareció para siempre; y nada valió el criminal sacrificio, ya que el victimario nunca pudo alcanzar, después, con ninguna mujer, la anhelada prolongación de su estirpe.

Durante casi medio siglo, Juan de Vergara había gravitado en los asuntos económicos, políticos, sociales y policiales de la ciudad porteña. Pero el tiempo, en definitiva, también doblega con sus estragos al más pintado de los hombres fuertes; y en un momento dado, empezó la declinación progresiva del personaje de esta historia; quien, a los 83 años de su vida, habíase quedado solo; tremendamente solo en su caserón ubicado al costado de la Iglesia de San Francisco, en la actual calle Defensa entre las de Alsina y Moreno. Ya no le servirían de consuelo a su vejez, ni los costosos objetos que alhajaban su mansión, ni el servicio de casi cien esclavos de ambos sexos, ni las rentas de sus treinta y tantas estancias, pobladas con miles de animales. Su inmensa fortuna — producto del contrabando — se conservaba intacta; más el antiguo prestigio político suyo apenas si era un recuerdo. Otros hombres y nuevas circustancias sucedíanse y transformaban paulatinamente a Buenos Aires. Y cierto día — nefasto para él — el Gobernador Lariz, por considerarlo amigo de un enemigo suyo, se incautó de sus propiedades y lo desterró a Chile, metido en un carretón. El proscripto tuvo que detenerse en Mendoza, debilitadas sus fuerzas para proseguir el viaje. Allá, en la ciudad cuyana, hecho el ánimo a esperar ese otro recorrido que comienza con la muerte, otorgó dos minuciosos y cristianísimos testamentos, fechados el 24-X-1649 y el 27-X-1650, ambos ante el Escribano del Cabildo mendocino Juan Ramírez. Y apenas cuatro días después de ordenar la última de sus disposiciones, al pie de la cordillera de los Andes, Juan de Vergara entregó su alma pecadora a la Misericordia de Dios.